16 Abr

Capítulo 285: Steffi

Tendría yo unos 26 años cuando desperté junto a la Steffi. Nos habíamos conocido la noche anterior en un encendido pub universitario, de esos donde el reguetón a volumen ensordecedor te invita a bailar, a puntear y a agarrar, pero nunca a conversar. Por lo mismo, lo único que sabíamos el uno del otro al momento de encamarnos eran nuestros nombres, y al despertar, desnudos, felices y abrazados, convenimos en que teníamos cierta química, y decidimos conocernos en serio.

 
– Es bien bonita tu casa. – Le dije, para romper el hielo – Está grandota… ¿Vives sola, o con alguna amiga, o amigo?
– ¡Ojalá! – Me respondió, realizando una exagerada mueca de hastío – Vivo con mis papás, ¡Y son más lateros que la chucha! O sea, pa’l pico, no me dejan ser, no sé qué onda ellos, los odio caleta.
– ¿Cómo? ¿Tus papás están acá? ¿Nos escucharon afilando entonces?
– No, tontito, tranquilo, si andan de viaje, así que ni se enteraron de que te da por llorar cuando acabas. Eso quedará entre nosotros no más.
– Ya, menos mal.
– Y bueno, ¿Qué vamos a hacer toda la tarde? ¿Te tinca que tiremos de nuevo, y que después vayamos al parque?
– ¿Tirar de nuevo? No sé si me la pueda, creo que ya quedé seco… Lo hicimos, ¿Cuántas? ¿Cinco veces? Eso es más de lo que la he puesto en todo el año…
– Pucha, qué lata, y yo que tengo energía pa’ rato. Vamos al parque entonces, a andar en skate.
– ¿En skate?
– Sí po, ¿O preferí que compremos unos ácidos, nos disfracemos y veamos memes todo el día?
– ¿Drogarnos? ¿Un domingo por la mañana?
– Sí po, ¿Qué tiene? O si querí que salgamos a tomar, igual conozco un after que aún está abierto a esta hora, ¿Vamos? Venden un tequila la zorra ahí.
– Steffi… ¿Te puedo hacer una pregunta?
– Sí, Mati, obvio.
– A riesgo de cagarla, tengo que saber… ¿Cuántos años tení?
– ¿Cuántos me echái, a ver?
– ¡Steffi, no estoy jugando! Sólo dime cuántos años tení, para ver si salgo arrancando o no.
– ¡Ay, qué latero! Tengo 18 po Matías, estuve de cumpleaños la semana pasada… ¿Qué onda? ¿Por qué abres tanto la boca? Estás pálido, pobrecito, ¡Ya, cambia esa carita! Mira que se te marcan las arrugas, y a mí los viejos me gustan harto, pero no los amargados, ¿Estamos?
 
Por si las moscas, le pedí a la Steffi que me mostrara su carnet y toda documentación que confirmara que ya era mayor, y ella, entre risas, accedió a mis peticiones paranoicas haciendo morisquetas y gestos de cabra chica. Como la diferencia de edad era bastante, me propuse de inmediato dejar de verla, o, en el mejor de los casos, verla lo menos posible, esperar a que creciera, que madurara… sin embargo, como su energía vital era inmensamente superior a la de las minas de mi edad, caí rendido a sus encantos y la acompañé a cada carrete universitario al que me invitó durante esos días, aunque me quedara dormido en los sillones, no me supiera las coreografías de moda ni me manejara en los temas que conversaba con sus amigos de voces chillonas. Nuestra asimétrica relación se basó en afilar como conejos, hacer el ridículo en los juegos de baile de la Wii y mirar páginas de memes y videos de fails por horas, y lo cierto es que junto a ella dejé de actuar como el viejo mañoso en el cual me estaba convirtiendo y aislé completamente mi mente de las preocupaciones que conlleva la madurez, y fue tanto lo que me embobé con su lozanía, que olvidé el único detalle que nunca debería haber olvidado: yo estaba actuando como un cabro chico, pero ella, mi linda Steffi, efectivamente era una cabra chica, con todas sus letras y complicaciones.
 
– Matías, ¿Sabes qué día es hoy?
– ¿Martes?
– No po tontito, me refiero a si sabes qué celebramos hoy.
– ¿Año nuevo? ¿No? No sé, me rindo.
– ¡Hoy cumplimos un mes po, Matías! No me digas que se te olvidó.
– ¿Un mes ya?
– Sí, y te tengo un regalito.
– ¿Porque cumplimos un mes? ¿Por eso?
– Toma. Espero que te guste.
– ¿Qué es? ¿Es como… un cupón?
– Sí, pero lee lo que dice.
– Vale por dos tatua…
– ¡Vale por dos tatuajes románticos! ¡Uno tú, y uno yo! ¿Qué te parece? Mi nombre en tu brazo, y tu nombre en mi pecho, ¡Es genial!
– Pero… pero Steffi… pero…
– ¡Ay, qué tierno, quedaste sin palabras! Ya, levántate, que tenemos la hora hoy mismo.
– ¿Hoy?
– Sí, el local del tatuador queda por aquí cerquita, así que en un ratito más tendremos sellado nuestro amor para siempre…
– Pero…
– Para siempre…
 
Igual siempre había querido hacerme un tatuaje, sobre todo cuando chico, y en ese momento me convencí de que no era tan mala idea marcar mi piel con el nombre de la persona que me hizo volver, justamente, a aquellos años mozos en los cuales vivía el día a día despreocupado y sin pensar en el mañana, y en eso meditaba mientras la Steffi se dejaba escribir “Matías” sobre su pecho izquierdo, con letra cursiva y algunos corazones como decoración, cuando salí a dar una vuelta para decidir la decoración que le pondría al nombre de mi joven enamorada, y caminé y caminé por una plaza cercana contemplando lo lindo de la vida y de la libertad, y luego di unos cuantos pasos más y doblé en una esquina, y paulatinamente comencé a correr, y corrí como un loco, y di saltos para avanzar más rápido, y me paré al medio de la calle gritando para detener un taxi, y me subí a él como quien se tira un piquero en el mar, y le pedí al chofer, entre alaridos y aletazos, que me alejara de aquel horrendo lugar para siempre. Para siempre.
 
A la Steffi nunca más la vi. Por algunos amigos en común supe que con el tiempo dejó de desearme la muerte, y que rehízo su vida con un tal Matías, al cual sorprendió en algún momento de la relación diciéndole que se había hecho un tatuaje en su honor. Luego de que terminaron, debió buscar a otro Matías; repitió la historia, terminaron, y luego buscó a otro Matías, y así, la pobre se obligó a llevar una vida circular, condenada a pololear con hueones hasta el infinito… o, al menos, hasta que se borre esa hueá.

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