26 Abr

Capítulo 286: El cumpleaños de mi viejo, 2017 (parte 1).

Martes 25 de abril.
Celebración del cumpleaños de mi taita.

“Ven tipín ocho a tomar once a mi departamento”, le dije a mi viejo en la víspera de su cumpleaños, “¡Y llega sobrio, por favor! Mira que tendré la mesa puesta con algunas cositas ricas que te prepararé con mis propias manos, y no quiero que nada empañe tan arduo trabajo, ¿Estamos?”, ¡Y vaya que me trabajé! Porque mi idea para esta celebración, como nunca, era ofrecerle a mi padre un cumpleaños sorpresa distinto, sencillo e íntimo, en el cual primara la moderación y el buen gusto, es decir, algo totalmente alejado de la ranciedad que tendía a protagonizar nuestras celebraciones de años anteriores.

A eso de las seis de la tarde me puse manos a la obra. Recordé que en más de una ocasión mi viejo me había mencionado lo mucho que le gustaba la carne mechada, lamentándose por las pocas veces en las cuales había tenido el placer de degustarla, así que, olvidando el tradicional charqui que nos servíamos en cada tomatera, le preparé unos sánguches generosos de aquel suave e hilachado manjar, entre panes gigantes y acompañamientos capaces de derretirle el paladar al más fino de los comensales. Para complementar, y apoyado en un antiguo libro de recetas que guardaba para aplicar en alguna ocasión especial, cociné una diversidad de bocadillos a base de camarones y salsas picantes de diferentes sabores y colores, además de una variedad no menor de jugos naturales y, así como para el postre, un suspiro limeño de primer nivel. La torta, eso sí, la bajé a comprar a eso de las siete y media, y mientras me entretenía enterrándole las velas, confiado en que mi viejo llegaría impuntual, como siempre, escuché el chirrido del timbre que me indicaba todo lo contrario.

– ¿Quién es? – Pregunté, esperanzado en que fuese algún despistado que se había equivocado de departamento, o un testigo de Jehová haciendo horas extra, o algo así.
– ¡Soy yo po, Mati hueón, tu papá! ¡Ábreme la puerta luego, asopa’o!

No lo podía creer. Si ya era difícil que mi viejo fuese puntual, el hecho de que llegara diez minutos antes me parecía, hasta ese momento, imposible.

– ¡Pero papá! – Le grité, sin siquiera hacer el amago de abrirle la puerta – ¡Te dije que llegaras a las ocho! ¡Qué chucha hací acá tan temprano!
– ¡Puta hueón! – Me respondió desde el otro lado – ¿Podí abrir la hueá rápido? ¡No sé pa’ qué cresta te hací de rogar tanto, como si fuerai la gran hueá!

Desesperado al constatar que la once no estaba lista, me puse a preparar los sánguches con una mano y a terminar de ponerle las velas a la torta con la otra, mientras los gritos que mi viejo me dedicaba desde el pasillo se incrementaban a cada segundo: que ponía los vasos en la mesa, y escuchaba un “¡Ya po, cabro de mierda, apúrate!”, Que le echaba mayo a su sánguche, y un “¡Te voy a echar la puerta abajo, chuchetumare!” Retumbaba en mis oídos, y así, con escándalo y todo, terminé de armarle a la rápida la sacrificada sorpresa, dándole el toque final al encender cada vela de la torta para que las apagara apenas cruzara el umbral que nos separaba.

– ¡Mati! ¡Ya po, Mati hueón! ¿Estái ahí?
– Si papá, ya voy, pero antes… cierra los ojos.
– ¡Puta hueón, no po! ¡Abre la puerta luego!
– Viejo, me carga que seas tan impaciente, ¡Cierra los ojos te digo!
– ¡Ya po, saco’e hueas! ¡Apúrate!
– ¿Y pa’ qué tanto apuro? ¡Quién te manda a llegar tan temprano po!
– Es que me vine corriendo porque estoy… estoy…
– ¿Qué hueá? ¿Estái que te cagái?
– No, ya no, – me respondió, justo antes de que le abriera finalmente y contemplara de frente su cara sudada, con imponentes venas sobresaliendo de su frente – es demasiado tarde, ya me cagué… aunque al parecer eso a ti te da lo mismo… permiso…

Por supuesto, fuimos incapaces de probar siquiera un bocado por culpa del hedor a mierda que invadió de pronto todo mi departamento, y luego de que mi viejo se empelotara en pleno living y se limpiara la raja con la puntita de mis cortinas cafés, no nos quedó más que tirar todo a la basura, y partir a chupar a un boliche de mala muerte cualquiera no más, si total, esa era nuestra vida, nuestra rutina, nuestra verdad, ¿Para qué engañarnos?

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