04 May

Capítulo 287: El cumpleaños de mi viejo, 2017 (parte 2).

– Un “Sueño Bolivariano” donde el negro Fidel. Sí, eso quiero, un “Sueño Bolivariano” como regalo de cumpleaños. Ya lo decidí.
– ¿“Sueño Bolivariano”? ¿Y qué es eso, viejo? ¿Un copete nuevo, o algo así?
– Digamos que es… una promo… una oferta especial que el negro Fidel ofrecerá en su toples por un tiempo limitado, y como tú me dijiste “pídeme lo que quieras”, bueno… un “Sueño Bolivariano” es lo que quiero.
– Entonces, eso es lo que tendrás.
– ¿Promesa?
– Sí, promesa, ¡Pero igual cuéntame qué es! Estoy metido, ¿Se come?
– Sí, algo así.
– ¿Y entonces?
– Es una promo de maracas.
– ¿Ah?
– Que es una promo de maracas, ¡Pero no de cualquier maraca! Porque, gracias al “Sueño Bolivariano”, en una misma noche puedes servirte a una bataclana colombiana, a otra paraguaya, después a una venezolana, y de ahí a una peruana, y así, una rica diversidad hispanoamericana resumida en jornadas de intenso placer autóctono, ¿Qué te parece? Emocionante, ¿No?
– ¡Pero viejo, por la chucha!
– ¡Ah! Y olvidé contarte lo mejor: como yapa, por lo caro que sale, el negro se raja con una chilena que representa lo mejor de lo nuestro. Pero esa te la dejo pa voh, ya he probado bastante de esa raza.
– ¡Viejo, no!
– Ya lo prometiste.
– Puta, sí, pero…
– ¡Nada de peros! Mira Matías, desde chiquitito te enseñé que las promesas se hacen para cumplirlas, y si me fallas ahora, ¿Qué pensará la gente de mí? ¿Que no te eduqué bien?
– Pero papá…
– ¡Así que menos cháchara y más acción! Voy de una pasadita a pegarle una enjuagada a mis condones de siempre, que aún resisten una postura más, y nos vamos, ¿Estái listo?

No es por justificarme ni nada de eso, pero igual esa noche tenía frío, me sentía solo y, según descubrí al palparme los coquitos, estaba más acumulado de lo normal. Mi viejo, entusiasmado como nunca, ni siquiera se molestó en ponerse ropa interior, “con un buzo y una polera me basta”, aseguró, “si total, planeo estar a raja pelá’ hasta terminar mi recorrido por esas profundas zanjas hispanas”. Por mi parte, no me quedó otra que echar todos mis ahorros en mi siempre escuálida billetera, hacerme la idea de disfrutar mi premio de consuelo a como diera lugar, y rezar para volver a casa sin ningún bicho pegado a los pendejos.

Esa noche, el toples del negro Fidel lucía tan lúgubre como siempre, y su única novedad era un intenso aroma a condimentos y a carne quemada que inundaba todo el lugar. Mi viejo, entre saltitos y alaridos, como niño en juguetería, le dijo al negro que esa jornada no era una jornada cualquiera, que no quería viejas desdentadas ni travestis engañosos, sin importar que con cinco piscolas pasaran piola como minas, no señor, nada de eso le interesaba, porque deseaba darse un gustito, deseaba probar el lujo, el honor y el placer de contratar un “Sueño Bolivariano”, y que sin dudarlo comenzaría con la peruana, porque escuchó de buena fuente que la socia le metía un rocoto por el hoyo a sus clientes más regalones, y la curiosidad que le despertaba tal placer no lo dejaba ni dormir. Yo, por mi parte, me quedé pagándole el servicio al negro Fidel, mientras me lamentaba recordando lo mucho que tenía que ahorrar para terminar despilfarrando mis miserables ganancias de esta forma.

– Para de llorar, colizón, que en este local las lágrimas salen por la tula, no por los ojos. – me dijo el negro, a modo de consuelo – Y dime algo, chicoco, ¿Es cierto lo que me contó tu papi? ¿Qué te cedió a la chilena, como un gesto de amor y ternura?
– Sí, don negro, así es… aunque no sé… hoy ando como cansado, la verdad. No tengo ganas ni de hablar.
– ¡No faltaba más! Tengo la chica ideal para ti. Ella hace hablar a cualquiera, ¡Así que imagínate!
– ¿Sí?
– ¡Pero claro! Mírala, ahí está…
– ¿Cuál? ¿La señora esa? ¿La con cara de pituca?
– Esa misma, la de abrigo de piel. Una dama de los pies a la cabeza, ¿No te parece?
– Pero se ve como… muy seria, demasiado tosca, ¿O es idea mía?
– Hablas porque no la conoces… Y te aseguro, mocoso, que una vez que conozcas a la Facha Grey, nunca más la podrás sacar de tus recuerdos.
– ¿Facha Grey?
– Sí, así le decimos por acá. En honor a la gran actriz porno Sasha Grey, por supuesto. Y porque es una facha culi’á, también.
– Pucha don Fidel, no sé. No me tinca.
– ¡Ya, no seái coloriento! Si no es tan facha la vieja tampoco. Es un poco pinochetista, quizás, y anda con una foto del tata en la cartera, a la que le prende velitas cada mañana, ¡Pero nada más!
– ¿Nada más? Eso ya es mucho decir.
– Bueno, igual es un poco homofóbica, y xenofóbica también. Y clasista, se me olvidaba. Por lo mismo se sienta cada noche ahí, alejada de todas las demás chiquillas, y pucha… vas a tener que afilártela no más, mira que es lo único que me va quedando libre. Y tiene que justificar el sueldo la vieja igual, si figúrate que la mayoría de mis clientes son extranjeros, ¡Y no quiere prestarles el mono porque le da asco! El colmo.
– Pero don negro.
– ¡Ya, me aburriste! ¿Se lo vai a poner a la veterana, o te virái?
– Ya, bueno ya, pero por amor a la patria no más.

El negro, como buen jefe que es, se acercó a la Facha Grey y le dio las indicaciones pertinentes, al mismo tiempo que ella me llamaba con cierta cara de asco y me invitaba a pasar su privado.

– ¿Quieres escuchar un poco de música? – Me preguntó mientras se quitaba la ropa, sin hacer contacto visual en ningún momento.
– Sí, me encantaría – le respondí, empelotándome también.
– Esta es mi canción favorita, la mejor canción del mundo. Me gusta escucharla antes de cada sesión.
– ¿Pero si no es…? ¿Es el himno nacional?
– Con la parte de los valientes soldados incluida. Una exquisitez.
– Bueno, doña Facha, no es que quiera entrar en polémicas, pero… ¿No tiene algo más motivante?
– Tengo un cassette de los Huasos Quincheros también, ¿Te parece si lo pongo?
– ¿Sabe qué? Mejor procedamos sin música, así no más, a la antigua.
– ¡Justamente como me gusta a mí! Como hacíamos las cosas en el pasado… como cuando mi general estaba vivo.
– ¿Cómo? ¡No me diga que el general murió! ¡Oh, mi papá me enseñaba todas sus canciones cuando yo era chiquitito! Si hasta una coreografía del “Muévelo, muévelo inventé… Mire, ¿La quiere ver?
– No seái ridículo pendejo, ¡Ya! Menos blablá y más acción, mira que mi jefe no me paga por conversar, sino que por trabajar, ¡Trabajar! Pero claro, qué saco con explicarte eso a ti, si ustedes, los jóvenes, se la pasan hablando de sus derechos, pero nunca de sus deberes.
– Señora…
– Flojos de mierda que no le trabajan un día a nadie, ¡Si por eso el país está como está po! ¿Hiciste el servicio militar tú?
– No, pero doña Facha, oiga…
– Y además, se nota que voh andái apurado, y es obvio que por algo será po, ¿Qué andái trayendo en esa mochila? Te apuesto que una molotov, o marihuana, o fetos, ¡Qué horror, mi dios!
– ¡Oiga, señora!
– ¡Qué!
– ¿Podemos afilar luego? Mire que me está matando tanto las pasiones, que siento que se me está parando pa’ dentro, ¿Bueno?

La Facha Grey, obediente como ella sola, cerró la boca de golpe y me tumbó sobre su desgastado catre, del cual sobresalían varios resortes y trozos de esponja polvorientos.

– ¡Ya, comencemos! – Exclamó, atándome ambas manos al respaldo de la cama, y vendándome los ojos con sus enormes sostenes – primero, comencemos por estimular algunas zonas erógenas – agregó, mientras, sorpresivamente, me hundía su dedo pulgar en mi tímido culo.
– ¡No, no! ¡Eso sí que no! ¡Me duele!
– ¡Estos resentidos, se quejan por todo! ¡Me tienen harta!
– ¿Por qué mejor no lo hacemos de forma normal no más? – Le dije, con voz tiritona – Ya sabe, mete-saca, mete-saca, y listo, no le tomará más de dos minutos, le juro.
– Perfecto. Pero eso te costará veinte mil pesos adicionales.
– ¡Pero cómo!
– Estos hueones – continuó quejándose – ¡Si quieren todo gratis! ¡Todo gratis! ¡Falta orden y respeto aquí, por la cresta!
– Lo siento, señora Facha, lo siento mucho – le reclamé, intentando liberarme – pero esto llega hasta acá, vieja loca, ¡Me voy a la chucha!
– No, pero espera, aún queda lo mejor.
– ¿Lo mejor?
– Sí, el gran final, el que logra que hasta el más valiente se vuelva loco y que el más rudo grite como si el mundo se fuera a acabar.
– A ver, deje pensar… ¡Ya! Me interesó, ¿Y de qué se trataría?
– Te voy a poner corriente.
– ¿Qué?
– En los cocos. Te voy a poner corriente en los cocos.
– ¡No, yo me voy! ¡Chao, me voy!

No me importó que la Facha Grey me lanzara huevos, ni menos que me gritara “¡Negro muerto de hambre, ándate a tu país! ¡Lo tuyo no es una diuca dura, es una diuca blanda!”, Mientras me arrancaba a poto pelado por la calle Bandera hacia la salvación; sólo me preocupé de avisarle a mi viejo que lo esperaría lejos de aquel antro, de aquel infierno, de aquel escenario patético, mientras él cumplía su sueño de hacerle una auténtica paraguaya a una paraguaya auténtica.

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