07 May

Capítulo 288: El cumpleaños de mi viejo, 2017 (parte 3).

– Me está comenzando a gustar esto de pasar mis cumpleaños junto a ti, Mati hueón. – me dijo mi viejo mientras caminábamos hacia su casa, ya de madrugada, con el noble fin de tomarnos las últimas piscolas de la jornada para no dormir a saltos – Aunque siempre te cagues con el regalo, me está comenzando a gustar esta dinámica de padre e hijo que pasan el tiempo juntos… eso sí, para el próximo año rájate con un chocolatito po, mínimo, ¡Si no sé a quién saliste tan mano de guagua voh!
– Viejo, ¿De qué hueá estái hablando? Gasté todos mis ahorros preparándote una once tremenda, la cual arruinaste porque te cagaste en mi living y apestaste todo, y después en una promo de maracas que disfrutaste solo, y que me tendrá encalillado por quién sabe cuánto tiempo, ¿Cómo se te ocurre reclamar? Yo cumplí con creces con mi parte, y deberías estar agradecido.
– Matías, dime una cosa… ¿Tú sabes lo que es un regalo?
– Sí, obvio, algo que se da. Y yo ya te di demasiado.
– A ver, dibújame un regalo. Toma este palito, y ahí, en la tierra, dibuja cómo crees tú que es un regalo.
– Pero viejo, insisto, ocupé todos mis fondos invitándote a…
– ¡Que dibujes un regalo te digo! ¿Tiene un regalo la forma de un hueón llorando por plata acaso?
– No, viejo – le respondí, tomando la varita y dibujando en el suelo lo solicitado – es así… y así…
– ¡Muy bien! Es una cajita, con un envoltorio se supone, y una cinta que lo envuelve. Qué bonito, ¿No?
– Sí, bonito. Pero viejo, no sé a lo que vas.
– A eso po, Mati hueón, a eso precisamente voy, ¿Dónde está mi cajita? ¿Compraste papel de regalo ayer, acaso? ¿Un papel colorido, con motivo cumpleañero, y una cinta bien brillante para darle el toque pirulo?
– No viejo… es que creí que te bastaba con todo lo demás…
– Entonces, me debes el regalo.
– Pero papá…
– ¡Mati, tranquilo! Si no tienes para qué preocuparte. Respira, te pusiste pálido.
– ¿En serio? ¿Está todo bien entonces?
– ¡Obvio que está todo bien! Si yo soy tu padre, te tengo cariño, ¿Qué imagen tienes de mí? Nunca tan maricón po…. Me lo puedes entregar mañana, con calma, o pasado mañana, tienes tiempo aún.
– ¿Qué? Viejo no, olvídalo.
– ¡Pero por qué no!
– ¡Porque no no más po! Además… tú eres un mal agradecido…
– ¿Yo? ¿Mal agradecido?
– Sí tú… tú, papá…
– ¿Yo qué?
– Tú… erí como el pico…

De pronto, una serie de recuerdos reprimidos volvieron a mi mente… imágenes de mi infancia que se vieron reflejadas en un repentino tiritón de pera que fui incapaz de controlar, y en más de una lágrima que de seguro derramé ahí mismo, frente a la mirada consternada de mi padre. Como si hubiese sido ayer, recordé cuando, poco después de cumplir los 13, y aún agradecido por la pulenta guitarra eléctrica que me había llegado para la navidad, me acerqué a él para preguntarle qué era lo que quería para su cumpleaños, o sea, qué era lo que más le gustaba en el mundo. “Afilarme a tu vieja”, me respondió simplemente, “lo que más amo en la vida, Matías, es afilarme bien afilada a tu vieja. Pero con respeto”, agregó, pegándome unas suaves palmaditas en la cabeza como queriendo decir “ya, ahora ándate a hueviar a otro lado, mocoso intruso, ¿No veí que estoy ocupado?”, y dándome la espalda para continuar ojeando su revista Avon de pegoteadas hojas blancas. Yo, comportándome como el buen hijo que hasta el día de hoy soy, y sin entender del todo lo que mi viejo me había querido decir, recorrí todos los almacenes del barrio preguntando por algo “para afilarse a mi vieja”, y soportando de vuelta todas las reprimendas y puteadas que los comerciantes me regalaban fruto de la aberración que yo, inocentemente, les estaba diciendo. Hasta que llegué a la botillería del flaco Lucho. El flaco, queriendo hacerla cortita, me dijo simplemente: “lo que quiere tu taita, mocoso, es meterse a la camita con tu mami. Y bueno, ¿Quién no? Si todavía está bien buena la tonta”, y yo, aun con muchas dudas, le pedí que fuera más específico, el cumpleaños de mi padre era en pocos días, y todavía no daba con aquello que lo haría feliz. “Puta, toma, regálale esto”, me dijo el flaco finalmente, entregándome medio fondeado un paquetito plateado que sacó de su billetera, y que se me asemejaba demasiado al envoltorio de una bolsita de té. “¿Y esto qué es?”, le pregunté, “tú llévaselo a tu papá no más”, me respondió, “te aseguro que le gustará, ¡Pero no se te ocurra decirle que te lo pasé yo! Y si lo haces, te corto los cocos, te lo juro, ¡Ah! Y son cinco mil pesos”. Le pagué al flaco, le di las gracias por la asesoría, y corrí hasta mi casa con la satisfacción de habérmela jugado por hacer a mi padre feliz. Por primera vez en mi corta existencia, sentía que estaba haciendo algo bueno por alguien más, que estaba llevando a cabo un gesto que, de seguro, sería enormemente apreciado, agradecido y valorado por el hombre que me dio la vida… y así, tan crudo y sincero como lo estaba sintiendo, se lo quise hacer saber ahora… ahora, en esta igualmente cruda y sincera conversación.

– No me diste ni las gracias, viejo… más lo que huevié buscándote un regalo, por muy tonto e infantil que haya sido, y nada… nunca me dijiste nada.
– Ma… Matías…
– Era la intención la que valía, viejo, ¿Sabes? Y quizás por eso nunca más me esmeré en regalarte algo físico, algo concreto, ¿Y para qué? Si después de ese cumpleaños, además de tu desprecio, de tu indiferencia, recibí la noticia… la noticia de que tú con mi vieja se separarían… ¿Te fijái?
– Matías…
– Nada bueno sucedió después de ese regalo que con tanto cuidado escondí en la cama que ustedes dos compartían, tal como el flaco Lucho me dijo que lo hiciera, ¿Cachái? ¡Y dime algo po! ¡Habla, acepta lo que te estoy diciendo! Quizás para ti no significó nada, pero… ¿Te das cuenta acaso cómo puedes afectar la vida de alguien simplemente con un pequeño acto?
– Sí, Matías, sí me doy cuenta.
– Habla en serio.
– Es en serio, sí me doy cuenta… porque esa mañana, cuando tu madre pilló ese condón entre nuestras sábanas, comenzó a discutir conmigo, y yo, recién despertando, no supe explicarle de dónde había salido. Me culpó de serle infiel, metió todas mis cosas en una bolsa de basura, me echó de la casa, y me pidió el divorcio…
– ¿Ah?
– Sí, Matías. Acabo de descubrir que, por culpa tuya, mi matrimonio terminó, y mi vida se fue a pique.
– Pero viejo, yo no….
– ¿Quién es como el pico ahora, Matías? Respóndeme tú esta vez, ¿Quién es como el pico ahora?

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