09 May

Capítulo 289: Empotado

Ahí estaba yo, embobado de amor, mirando al horizonte con mis ojos vidriosos y deshojando flores mientras murmuraba “me quiere mucho, poquito nada; mucho, poquito, nada; me quiere mucho, poquito nada…”. Tenía recién diecisiete años, y si bien ya era considerado un tonto grande ante los ojos de mi familia, mi comportamiento era el de un cabro chico recién flechado por Cupido gracias a la aparición de mi nueva vecina, una lola que, tal como yo en aquella época, andaba en la búsqueda de un amor pasional y romántico, de esos que te hacen lanzar suspiros al viento y dibujar corazones rojos en todos los cuadernos. Un par de veces nos juntamos a regalonear afuera de su casa, y ese mismo par de veces nos dimos algunos besitos locos, suaves y melosos, como emulando aquellos atraques de película que son más cercanos a una fantasía amorosa que a un romance verdadero. Y así, entre suspiros y canciones románticas a todo volumen, pasé mis días prendado al ideal que me hice de ella, hasta que mi viejo se comenzó a preocupar de mi fugaz enamoramiento y cierta mañana, en pleno desayuno, sin siquiera dejarme despabilar del todo, me entregó su preocupante diagnóstico al respecto.

– A voh te dieron agüita de poto.
– ¿Ah?
– Eso: que te dieron sopita de choro, caldillo de zorra, agua de canoa, consomé de cholga, ¡Que te tienen empotado, Mati hueón! ¡Completamente empotado!
– Ay viejo, na’ que ver, ¿Qué onda? O sea, tú no entendí lo que es el amor real, ¿Cachái? Por eso no podí aguantar que mi corazón lata por esa muchacha, que mis ojos brillen al hacer contacto con los suyos, y que una sonrisa aflore de mi alma cada vez que la veo sonreír, ¿Me entendí?
– Dime algo, Matías… cuando fuiste a la casa de esa cabrita, ¿Te ofreció algo para tomar?
– Sí, un té, ¿Y qué tiene?
– ¿Y estaba saladito? ¿O cremosito? ¿Con un leve sabor a pila?
– No. O no sé, ¡Viejo, me preguntái puras hueás! ¿Qué onda? O sea.
– ¡Viste! Te hicieron el viejo truco po, Mati hueón, te dieron del caldito mágico, y voh, de puro débil que erí, caíste redondito, ¡Pero no te preocupes! Que yo, tu salvador, te tengo la solución.
– Viejo, yo no necesito ninguna solución, no hablí tanta…
– ¡Silencio! Sólo relájate, y continúa tomándote tu tecito… ese tecito que te preparé con tanto esmero…
– Papá… ¿Qué le echaste a mi té?
– Nada. Un antídoto, nada más.
– Papá…
– Si el fuego se apaga con agua, y lo dulce se aplaca con lo salado, ¿Qué lograría apaciguar un empotamiento severo, así como el que sufres tú ahora?
– Viejo, no…
– ¡Agüita de tula po!
– ¡No!
– ¡Es ciencia, hueón! ¡Ciencia! Sólo me remojé las presas y la raja con un chorrito de agua, el cual sazoné posteriormente con los únicos calzoncillos buenos que tengo, y que ya casi tienen vida propia con tanto fluido que han agarrado, ¡Y listo! El remedio para tu mal quedó servido. Y por lo visto te gustó harto, porque te lo tomaste al seco, y ni te arrugaste.
– Pero… ¿Entonces éste no es un palito de canela?
– No. De seguro es una mata de pendejos pegoteados. Y eso cafecito de ahí, que parece miel, no sé lo que es. Bueno, sí sé, pero no te voy a decir.
– ¡Viejo! Te o… te odi… ¡Bluagh!
– Eso, vomita, te estás descontaminando, ése es el amor saliendo de ti… bota todo, hijo mío, échalo todo afuera, tranquilo, son las mariposas de tu estomago muriendo lentamente y siendo expulsadas fuera de tu cuerpo, ya serás libre nuevamente… eso, llora, vomita, grita, y sé libre nuevamente.

Comentarios

Comentarios