09 May

Capítulo 29: Mis abuelos paternos

Nunca tuve una relación muy cercana con mis abuelos paternos: eran demasiado conservadores, y eso contrastaba con los valores de mierda que mi viejo me inculcó. Doña Tencha, mi abuela, fue dueña de casa toda su vida. Ella consideraba que cocinar, lavar y planchar eran sus trabajos, así que, por lo mismo, los hacía de mala gana y reclamando de sol a sol. Don Aureliano, mi abuelo, se las daba de buen samaritano, aunque en el fondo todos sabíamos que era más turbio que la cresta. Él trabajó como taxista luego de jubilarse, y en su propio vehículo se chifló a una cantidad innumerable de pasajeras que “no tenían cómo pagarle”, según confesó en su lecho de muerte. Y es que el viejo estuvo ahí, en su lecho de muerte, un buen rato; se había enfermado de no sé qué hueá al corazón y, luego de un tiempo, quedó postrado en la que había sido su cama matrimonial, hecho bolsa, demacrado y, según el diagnóstico pesimista de los médicos, sin posibilidad alguna de recuperarse.

Mientras tanto, doña Tencha pasaba puras rabias: ya no podía disfrutar de las mil teleseries que veía a diario debido a que su esposo requería de su cuidado… aunque don Aureliano, para qué andamos con cosas, abusaba de su condición para hacerse la víctima, porque si había algo que don Aureliano amaba, era sacarle canas verdes a doña Tencha.

Doña Tencha dormía en el cuarto de invitados y, apenas despertaba, y muy de mala gana, iba a ver si don Aureliano necesitaba alguna cosita. Con el paso de los días, la salud de don Aureliano fue empeorando: rechazaba todas las comidas, con mucho esfuerzo lograba moverse, y sus energías vitales apenas le permitían hablar. Daba tanta pena verlo en ese estado, que a doña Tencha le fue inevitable no compadecerse de su condición.

Hasta que un día sucedió el milagro: una mañana de verano, doña Tencha notó con alegría que su esposo estaba sentado en la cama, despierto y escuchando música en su vieja radio a pilas. Aún sorprendida, le preguntó si se sentía mejor, y la respuesta de don Aureliano fue positiva, e, incluso, agregó que sentía apetito. Después de estar semanas convaleciente, al fin tenía ganas de comer algo rico, y eso, sin lugar a dudas, era una muy buena señal.

– ¿De veras Aureliano? ¿Tení hambre, o estái bromeando conmigo?
– No mi vieja, si te juro que hoy desperté como nuevo… aún no estoy bien del todo, es verdad, pero algo es algo, ¿O no?
– ¡Qué felicidad! Ya, cuéntame, ¿Qué quieres comer?
– ¡Uf! No pruebo bocado alguno hace tanto tiempo, que no sabría por dónde comenzar.
– Dime no más, déjame regalonearte, mira que en vida me he portado bien mal contigo…
– Bueno viejita, si tú insistes… ¡Anota! Quiero jugo natural de naranja, pero no de cualquier naranja, quiero de las que venden en el negocio de doña Paz… sé que queda lejos, pero ya que insistes en regalonearme; después, pasa donde don Carloncho, y le dices que te venda un litro de leche de vaca, ¡Pero que no le eche agua! Sé que es más cara, pero vale la pena cada peso; por el camino compra pan amasado, palta, tomate, jamón, mermelada, y una docena de huevos de campo; también quiero queso, el Juan Tufo vende uno muy bueno, pasa donde él… ¿Sabes qué nunca he comido, y que quiero probar antes de que me pase algo? ¡Tocino! ¡Y champiñones! ¡Y calamares también! no sé dónde venden, pero si buscas bien puedes encontrar. ¡Ah! También trae harina y manjar, para que me prepares unos panqueques… me acaba de dar ese antojo.
– Pero Aureliano… ¿No será mucho?
– Es que tengo hambre…
– Bueno viejo, pero lo haré sólo por ti, para que veas que te sigo amando.
– Gracias viejita…
– Ya, voy y vuelvo, ¡Y prepárate para el mejor desayuno de tu vida!
– ¡Ah! ¡Viejita!
– ¿Sí, Aureliano?
– ¡Tráeme el diario también! Sé que el quiosco más cercano queda requete lejos, pero tú sabes: un desayuno sin diario, no es desayuno, ¿Estamos?

Sin chistar, doña Tencha se armó de ánimo y partió. Aunque le costó, encontró todo lo que su esposo le pidió; caminó de vuelta a su casa cargada con bolsas repletas de mercadería, y se encerró en la cocina para preparar con especial cariño cada alimento solicitado, y el resultado fue tan impresionante, tan grandilocuente, tan abundante, que tuvo que usar la bandeja del horno como base para llevar todo a la cama de don Aureliano. Abrió la puerta de la pieza cuidadosamente con la patita, entró y vio a su esposo recostado sobre la cama, con la radio en las manos, y su mirada fija en el techo. Posó la enorme bandeja en un costado del colchón y le dijo “listo mi amor, tu desayuno está servido”, pero don Aureliano no reaccionó, no se puso contento, no respondió… y claro que no lo iba a hacer, porque su corazón había dejado de latir pocos minutos antes, junto con un último suspiro que nadie escuchó. Doña Tencha quedó petrificada, su cara se tornó roja y, según ella misma cuenta una y otra vez, sólo abrió la boca para exclamarle al cuerpo inerte de su amado “Viejo reconchetumadre… ¡Pa’ qué chucha me hací cocinarte todas estas hueás si te vai a morir, bastardo de mierda! ¡Pa’ qué! ¡Ojalá te vayái al infierno, Aureliano maricón! ¡Ojalá se te achicharren las hueas en el fuego eterno! ¡Y quiera dios que por siempre, por el resto de la eternidad, sigái en las mismas, recagao de sed y hambre, mientras te parte el hoyo allá abajo Satanás, mal agradecido culiao!”.

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