25 May

Capítulo 293: El mundo es un pañuelo

– Lo que son las coincidencias de la vida, papá… que increíble, el mundo es un pañuelo.
– Anda al grano, Mati hueón latero, filósofo al peo, ¿A qué querí llegar?
– Toma asiento y te cuento, porque te vas a sorprender, ¿Te acuerdas que el sábado te dije que no haría nada, y que me quedaría acostado viendo películas? En realidad, te mentí… Fui a una fiesta.
– ¡Hueón chueco, te odio! ¿Por qué me haces ese tipo de desaires? ¿Te da vergüenza salir conmigo acaso?
– Papá, la última vez que te llevé al carrete de un amigo te metiste a la mala a la pieza de su abuelita, y puta… ¡Le dibujaste a la veterana una corneta en la frente po!
– ¡Uy, el mocoso llorón! ¡Si fue una broma no más! Y aparte, ¿Obligué yo a la vieja a quedar raja tan temprano? Que se modere po, ¡Si incluso me subí arriba de ella para hacer mejor mi graffiti, y ni siquiera se inmutó! A sus años, debería saber que ir a acostarse en pleno carrete trae sus riesgos.
– ¡Papá, la señora está postrada, te lo dije! Tiene como 97 años y, por sus dolores, despierta sólo para comer, prácticamente.
– Bueno, es su palabra contra la mía.
– ¡Ya! ¡Basta! El punto es que el sábado pasado fui a una fiesta.
– Sí, fuiste a una fiesta sin mí.
– Y conocí a una chiquilla.
– ¿En serio? ¿Y cómo estaba? ¿Tení fotos?
– Y en cierto momento de la noche pinchamos, y bueno… nos terminamos sacando filo po, tú cachái.
– ¡Ya, de eso sí que tení que tener fotos! ¿Traigo mi proyector?
– Y cuando nos estábamos despidiendo, yo, como que no quiere la cosa, le dije “oiga dama, ¿Y si me da su número, así por ser? A ver si la llamo alguna noche para salir a tomarnos un refresco”, y ella, sin necesidad de ruegos, me respondió, “¡Ya po! Anota”. Yo, ni hueón, saqué mi celular y empecé a discar. Y no me vai a creer.
– ¡La mina te salió con sorpresa! Típica esa hueá.
– ¡No! Lo que pasó fue que… ¡Su número ya lo tenía registrado en mi agenda de contactos!
– Ya… ¿Y?
– ¡Y eso po! A la mina la conocía de antes, y no me acordaba pa’ na’. Le dije “¡Oye, tu cara me suena!”, Me respondió “¡A mí la tuya igual!”, Y empezamos a hacer memoria y quedamos pa’ la cagá porque… ¡Nos habíamos comido hace como dos años! En el cumpleaños del maricón Pepe, y estábamos tan borrachos, tan pero tan borrachos, que habíamos borramos casi por completo ese episodio de nuestras mentes.
– ¿Y qué pasó después?
– Na’ po… nos despedimos, muertos de la risa y todo eso, y quedamos en juntarnos… y nada más po.
– ¿Y el remate de la historia? ¿Dónde está la gracia?
– Pero papá, ¿Me entendiste? Pinché con una chiquilla con la que ya había pinchado antes, y ni ella ni yo nos acordábamos, ¿No te parece demasiada la coincidencia?
– ¿La verdad? Me parece la hueá más común del mundo.
– Ah, que erí fome.
– Coincidencia fue lo que me pasó a mí con la Priscila… ¡Esa historia sí que es pa’ irse de raja!
– Ya empezó…
– Conocí a la Priscila cuando cumplí dieciocho, en los tiempos en los que se hacía llamar “la Para Diuca”. Ofrecía sus servicios en el clandestino del Guatón Lalo, y fue el regalo de cumpleaños que, en esa ocasión, me hizo mi taita, que en paz descanse.
– ¿Mujer de la noche?
– ¡Claro! Aunque ella era otra cosa, una puta de otra época, profesional, con cultura y educación, refinada, así como las de antes… lo chupaba con servilleta.
– Una dama.
– El punto, Mati hueón, es que la primera vez que chupé una teta buena en mi vida, fue una teta de la Para Diuca. Una experiencia hermosa, inolvidable, gloriosa; chupar sus pechos era como saborear una piel divina, y si no me crees, mira, ¡Se me llegó a parar de tantos recuerdos que se me vinieron a la mente!
– Ya, ¿Y? ¿La coincidencia dónde está?
– Es que no me lo vai a creer.
– Veamos.
– Lo que pasa es que, cuando tú naciste, a tu mamá le costó mucho darte leche… así que le tuvo que pedir a la señora que estaba en la camilla de al lado, quien había parido recién a su octavo retoño, que te amamantara.
– Viejo, no…
– Esa señora, muy amablemente, te tomó entre sus brazos…
– No…
– Y puso tu cabecita apegada a su pecho izquierdo. Perdón, me rectifico: a su enorme, suave y celestial pecho izquierdo…
– No papá, no te creo.
– Y cuando voy sintiendo su aroma, cuando mis ojos interceptaron la textura tersa de su piel, agudicé mi mirada y confirmé mis sospechas. Efectivamente…
– No me digas.
– Se trataba de la Para Diuca.
– ¡Pero papá!
– Sí, hijo mío, aunque no lo creas: tú y yo, en distintas épocas de nuestras vidas, vimos la luz gracias a la misma teta.
– ¡Que horrible tu coincidencia, por la chucha! Gracias por regalarme un trauma más.
– ¡No, calma’o! Si la coincidencia es que tú bebiste leche de ella hasta que hiciste arcadas, siendo que ella antes se había atragantado con leche mía hasta vomitar, ¿Qué te parece? ¿Ah? ¿Cómo te quedó el ojo?
– Ya, sí, igual cuática la coincidencia culiá’.
– Sí, que recuerdos… que recuerdos… ¿Matías?
– ¿Qué pasa?
– ¿Vamos de una carrerita a ver a la Para Diuca? Una teta pa’ cada uno po, ¿Qué me decí?
– Deja pensarlo, a ver… ¡Ya! Pero no es de caliente, es sólo que me mata la curiosidad.
– ¡Puta, no! Lo siento, no va a poder ser… ahora que lo dices, acabo de recordar que murió. Salió a sapear a la calle durante un tiroteo, y ¡Paf! La curiosidad la mató, tal como te mata a ti ahora… ¡Oh, de nuevo, la tremenda coincidencia!
– ¡Sí, la cagó! Que increíble… si el mundo es un pañuelo, ¿Viste?

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