01 Jun

Capítulo 296: Final inesperado

El taxi ya iba llegando a San Bernardo cuando el chofer, aún pegado a su celular, comenzó a llorar.

– ¡Pero mi amor, escúchame! ¡En serio tení que escucharme! – Le clamo a su interlocutora, a gritos, y al borde del colapso nervioso – ¿Te acuerdas de que yo te perdoné cuando, en nuestra mismísima boda, te acostaste con Luis Eduardo, mi hermano menor? ¿Te acuerdas? ¿Y qué te dije yo? Sí, está bien, lo aceptó, me enojé más de la cuenta y dejé a mi hermano lisiado, lo sé, y asumo mi error, pero respóndeme, ¿Qué te dije? Te dije: ya mi amor, no importa, está todo olvidado, sigamos con nuestras vidas; Bueno, lo mismo te estoy pidiendo de vuelta, olvida todo y… ¡Sí, sí sé que la cagué! Sí, me afilé a la nana en nuestra cama, y nos pillaste, lo acepto, ¡Pero ella me drogó! ¡Algo le echó a mi café, estoy seguro! Tienes que creerme… Ahora, sobre lo de tu madrastra… ya te lo expliqué, le estaba haciendo un favor, entiéndelo, desde que quedó ciega su autoestima ha estado baja, y yo pensé que lo mejor para subirle el ánimo era, justamente, dejarle caer la sin hueso, ¿Me vas a juzgar por eso? ¿Por querer hacerle un favor a la pobre María Patricia, que, además, tanto que ha sufrido luego de que Luis Felipe, tu padre, la dejara al descubrir que tenía un gemelo idéntico, pero millonario, y se volvió loco maquinando un plan para arrebatarle su fortuna? ¡Estaba mal la pobre, no sabes cuánto! Yo sólo hice lo que el corazón me dijo que tenía que hacer, y ahora… sí, ya me explicaste que te escribió una carta contándote que espera un hijo mío, ¡Pero eso es mentira, corazón! Cuando ese bastardo nazca, le haré las pruebas pertinentes, y te demostraré que José Tomás, su jardinero, es el verdadero padre. Bueno, entiendo que creas que José Tomás falleció, ¡Pero eso no es así! Tengo pruebas de que está fingiendo su muerte para no hacerse cargo de… de… a ver, espérame un poquito, ¿Amigo? Amigo, discúlpeme – se dirigió hacia mí, colocando su teléfono sobre su hombro – ¿Vamos bien por este camino?
– ¿Ah? ¿Me habla a mí? – Le respondí, cerrando la boca e incorporándome a mi asiento de súbito.
– Sí. Le preguntaba si voy por la ruta correcta.
– ¡Sí, sí, dele no más! Usted no se preocupe, yo le aviso cuando lleguemos.
– Perdóneme, pero… si mal no recuerdo, usted me tomó en Providencia, y me dijo que me fuera derechito camino a Santiago Centro, y bueno… Santiago Centro lo pasamos hace bastante rato ya po, ¿Se fijó?
– Ah, sí, pero no importa, usted siga en lo suyo no más, no se distraiga, dé vueltas en círculos si quiere, o devuélvase, o dele derecho, haga los que guste, pero por favor, se lo suplico, continúe hablando por teléfono, por favor se lo pido.
– Señor… bájese de mi taxi.
– ¡Amigo, no…!
– ¡Abajo, le dije!
– ¡Pero menos dígame qué pasará con su hermano! ¿Volverá a caminar? Y su mamá, ¿Le confesará algún día a su papá que usted no es hijo de él? ¡Y qué me dice de su compañero de trabajo! El Sotito, ¿En serio se ganó la Lotería y luego su mayordomo lo asesinó para robarle su fortuna, o es sólo una teoría suya? ¡Ya po dígame! ¿No? ¿Por qué se está deteniendo? Ya, bueno, me bajo, me bajo, no me rete, ¿Cuánto es? ¡Chucha! ¿Treinta lucas? Vaya, vaya, ése sí que es un final inesperado…

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