11 Jun

Capítulo 297: La leyenda de “El borrador” y la abuela maldita

El viernes por la noche visité el departamento de un nuevo amigo y colega, Sergio Cortés, la mente maestra tras el exitoso blog El Borrador. Como un gesto de cordialidad y admiración, llevé a la reunión una botella de pisco, una bebida y una bolsa de charqui, y él, como buen anfitrión que es, se puso con el hielo y los vasos.

La conversación fluyó naturalmente: hablamos de música, libros, películas y, cómo no, de sucesos paranormales, la especialidad de Sergio. Yo, para parecerle interesante, apagué las luces y comencé a relatar la única historia de esa índole que conozco, “La llorona”, con voz siniestra y bien decorada, pero lamentablemente él ya se la sabía y, para variar, me hizo saber que la estaba contando mal, ya que se trataba de una señora mexicana que había perdido a sus hijos, y no de una toplera transexual que derramaba lágrimas por la tula, como le aseguraba yo.
– No importa, Matías – me dijo, dándome golpecitos en el hombro – puede que no te manejes en el área de lo desconocido, pero eso da igual, al menos en lo tuyo eres un experto.
– ¿Cómo? ¿A qué te refieres con eso de “en lo tuyo”? – Le consulté extrañado, y casi molesto.
– Ya sabes… en tus cosas… en lo rancio…
– Hueón, ¿Qué onda? Yo no soy rancio. Eso es ficción, ¿Ya? El “Hijo de tigre” es sólo un personaje, ¿Está bien?
– ¿Matías?
– ¿Qué pasa?
– Te tomaste la botella de pisco casi solo.
– Pero porque tú no quisiste tomar po.
– ¡Obvio que no! Si te caché en la cocina revolviendo con la diuca el primer trago que me serviste, así que me dio asco y, obviamente, ni he pensado en probarlo.
– Ya, hueón mamón, está bien, iré a comprar otra botella entonces, ¿Me acompañái?
– No, no puedo. Ya van a ser las 12 de la noche.
– ¿Y?
– Que a las 12 de la noche… tengo que hacer…
– ¿Qué quieres decir? ¿Quieres que me vaya?
– No, no es necesario… si es que no te molesta quedarte solo, claro…
– ¿Y qué es lo tan importante que tienes que hacer? ¿No te puedo acompañar?
– No, ni lo pienses…
– ¡Uy, ya! ¡El hueón misterioso! ¿Sabí que más? Me viraré pa’ mi casa mejor.
– Yo no te estoy echando.
– Da igual, es lo mejor… así puedes hacer tus cosas raras sin que nadie te moleste.
– Matías, pero no te vayas en esa…
– No, si no importa… creí que seríamos amigos, pero de veras, no importa…

Y dicho esto, me puse de pie con escándalo y, secando mis lágrimas, salí del lugar tirando todo a mi paso. Ya en la calle, no pude evitar la tentación de pasar a la botillería más cercana y pedirle al vendedor el pisco que hace un rato le había propuesto a Sergio comprar, y mientras caminaba pensando en lo triste que iba a ser darle el bajo solo, caí en cuenta que mi reciente pataleta había sido más que desmedida: mi compadre Sergio nunca fue pesado conmigo, sólo me dio una explicación que no quise comprender y, por lo mismo, era más que claro que le debía una disculpa. Con esa idea en mente retorné a su edificio, y sin pedirle siquiera permiso al conserje, subí las escaleras corriendo y toqué el timbre de su departamento.

– ¿Sí? ¿Quién es? – Respondió, sorpresivamente para mí, una voz femenina desde dentro.

Extrañado, miré el número impreso en la puerta, jurando que me había equivocado de piso, o algo así, pero no: ése era el departamento de Sergio.

– ¡Que quién es, pregunté! – repitió la voz femenina – ¡Responda, o llamaré a carabineros!
– ¡Hola! – Grité, para ser escuchado desde el otro lado – ¡Busco a Sergio! ¡Sergio Cortés! ¡Soy un amigo!

No se escuchó nada desde el otro lado por, al menos, dos minutos, y aquel tenebroso silencio sólo se vio interrumpido por el sonido de la puerta abriéndose lentamente, dejándome frente a frente con mi interlocutora, una señora de unos 70 años, de cabello canoso, y vestida únicamente con una bata.

– Hola señora, disculpe que la moleste a esta hora, pero…
– ¿Que busca a Sergio Cortés, dijo? – Me interrumpió.
– Sí, yo estaba con él hace un rato, y…
– Yo soy la abuelita de Sergio – me interrumpió nuevamente – pero usted… ¿Quién es usted?
– Matías. Mi nombre es Matías, un gusto. Mire, yo conocí a su nieto por internet hace poco, ¡Pero no vaya a pensar mal! No somos colipatos ni nada de eso, sólo chateamos durante un tiempo y hoy, por vez primera, nos juntamos… sí, y sé que quizás suene colipato, pero no es así, le juro que no es así.
– Ese Sergio, nunca deja de sorprenderme – susurró la anciana, mirando hacia arriba – no sé cuándo va a descansar ese niño… en la familia nadie logra explicarse el porqué de lo que hace.
– ¿A qué se refiere señora? No le estoy entendiendo nada.
– Mijo – me dijo, tomándome de ambas manos – Sergito falleció hace ya 15 años. Tuvo una muerte fulminante aquí mismo, en ese escritorio, frente a su computador.
– No… no le creo…
– Pero no se asuste, por favor, no tome esto como algo malo. A él le gusta actuar así, lo hace de buen cabro que es no más, imagínese que ni en vida descansaba, y ahora, en espíritu, mucho menos.
– Ya, pero no me mienta po oiga, no ve que me da miedo…
– Una vez cada tres años, Sergito se mete a la internet no sé cómo, conoce a alguien, lo invita a conversar, y luego se va… se debe sentir solo en el más allá el pobrecito, por lo mismo no hemos querido llamar a una espiritista para que lo espante, si mi Sergito es bueno, él no le ha hecho mal a nadie, sólo quiere contar sus historias, esas que tanto le gustaba inventar cuando estaba vivo.
– Señora, en serio, ¿Me está hueviando?
– No, ¿Por qué habría de hacerlo?
– Señora…
– Mijo, sé que esto es difícil de creer, pero por favor, no le tenga miedo a lo desconocido.
– Señora, por favor…
– Estas cosas pasan…
– Señora, póngase seria, una vez más le pregunto, ¿Me está hueviando, sí o no?
– Pero joven, yo no…
– ¿Me está hueviando? ¿Sí… o no?
– ¡Ya, sí, sí te estoy hueviando, pajarón! Sergito está cagando, y me pidió que te dijera que venía al tiro. Pasa no más, que ahí afuera te estái entumiendo como los hueones.

Entré al lugar enrabiado, aún pálido del miedo, y sudando a mares, pese al frío; dejé la botella de pisco sobre la mesa, me acerqué al baño y le grité a mi amigo: “¡Harto simpática tu abuelita, hueón oh!”.

– ¿Cuál abuelita? – Me respondió Sergio, desde el otro lado – ¿La de la foto del living? Sí, amorosa ella. Vivió durante mucho tiempo aquí… yo siempre le decía que no le abriera la puerta a los desconocidos, pero un día no me hizo caso y ¡Paf! De un puro tiro unos asaltantes la mandaron pal patio de los callados. Brígido igual, aún no me repongo del todo.

Me di la media vuelta y, para mi terror, no había rastro alguno de la anciana, ni en la cocina, ni en el living. El “¡Conchetumare!” Que lancé fue tan fuerte que, de seguro, lo escucharon hasta el primer piso, y no atiné a nada más que a tomar la botella de pisco, abrir la puerta de par en par y salir corriendo del lugar, al mismo tiempo que la abuelita de Sergio, esta vez escondida al lado del ascensor, se levantaba de un solo salto y me gritaba “¡Bu! ¡Te asusté de nuevo, almácigo de hueas!”.

Buena onda la viejita igual, ni un rencor con ella; se tomó unas piscolas con nosotros, me pidió disculpas por lo desatinadas de sus bromas y, como favor, me regaló –e incluso me ayudo a ponerme- algunos de sus pañales para adultos. Mal que mal, de ahí para adelante la cagadera no me la quitó nadie.

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