20 Jun

Capítulo 298: Tempuras

La conocí en las afueras de un restorán de sushi, un sábado cualquiera, a eso de las 7 de la mañana. Ella buscaba algo para bajonear, y yo, debido a un exceso de hielo en las piscolas que me había zampado hace poco, me estaba pegando una meada en toda la puerta del local, agarrándome la diuca con una mano, y aferrándome a la pared con la otra.

– Oye, disculpa, – me dijo, con voz borracha – Estoy que me cago de hambre, ¿Tení algo para mí?
– ¿Quién? ¿Yo? – Respondí confundido, sacudiéndome raudo la herramienta antes de guardármela tímidamente.
– ¡Chucha, disculpa! Acabo de cachar que estabai echando la corta, ¡Ja! Qué hueona soy. Como te vi de reojo con una cosita entre los dedos, juré que en realidad estabai sosteniendo unas llaves, y puta, me pasé la película de que erai el dueño de este local, que estabai recién abriendo y que me podíai vender una promo en la buena onda, ¡Qué pena, por la chucha!
– No, yo no… – respondí, ahueonadamente.
– Pucha, tendré que volver al after en el que estaba entonces. Nos vemos amigo, una lástima que el destino nos haya separado tan abruptamente.
– Oye, para… ¿Y si te invito a comer algo? – Le lancé sin anestesia, envalentonado por la borrachera, embobado por su belleza.
– Tengo tanta hambre que me encantaría, te juro. Aparte, así a la primera, y pese a tu mal aspecto, me pareciste buen cabro, fíjate.
– ¿En serio?
– Sí… pero, lamentablemente, ya me tengo que ir. Mis amigas me están esperando.
– Ah… bueno, al menos lo intenté.
– Ahora… si supieras cocinar sushi, te aceptaría la invitación sin dudarlo.
– ¡Pero si yo sé cocinar sushi po! – Mentí – ¡Soy experto en esa hueá! Se hacer de ése, el que lleva… eso que le echan al sushi; y del otro… del otro también. Sé preparar de todos los tipos que existen, la verdad, para qué entrar en detalles.
– ¿En serio? ¡Qué genial! Pucha, aunque no sé, a ver… ¡Ya, filo! Vamos a tu departamento al toque, antes de que me arrepienta.
– ¿Cómo? ¿Ahora mismo?
– Sí po, si eso estábamos diciendo, ¿O no?
– Oye, pero… ¿No tienes que ir a avisarle a tus amigas primero? – le sugerí, con la única intención de ganar tiempo.
– Bueno, sí, tienes razón, ¿Me acompañas?
– No, mejor anda tú solita no más… yo, por mientras, iré a comprar las cosas… tú sabes… ¡Las cosas po! Todas las cosas pal sushi, como el arroz y… todo lo demás…
– Ya, ¿Y cómo lo haremos para juntarnos más rato?
– Mira, pásame tu celular. Te dejaré apuntado mi domicilio y mi número, y de puro balsa me mandaré un mensaje, para así poder tener el tuyo; yo vivo aquí al lado, a unas pocas cuadras, no es para tanto. Mi nombre es Matías, por cierto.
– Encantada de conocerte, Matías. Yo soy la Papa.
– ¿Cómo dijiste? ¿Pepa?
– No, Papa, con dos “a”.
– ¿Papa? ¿Como “Papa frita”?
– Como “Papa de cazuela”, en realidad. Así me dicen mis amigas… por lo caliente.
– Ah, entiendo.
– ¿Nos vemos en tu departamento entonces, Matías?
– Nos vemos en mi departamento entonces, Papa…
– Y oye – me detuvo, mientras me tomaba del hombro y se despedía con un beso medio cunetea’o.
– Sí… dime…
– Esmérate para que ese sushi te quede espectacular, – susurró en mi oído, aún sin soltarme – porque, de ser así, yo no seré la única que probaré algo rico esta madrugada…

Sé que quizás fue apresurado de mi parte, pero en ese momento pensé, sin duda alguna, que la Papa se convertiría en la mujer de mi vida. Y es que lo nuestro no fue calentura, no señor, ¡Fue un flechazo! Un tremendo flechazo explosivo entre dos completos desconocidos, ¡Y no podía ser de otra forma! Si no nos bastaron más que cinco minutos de ojitos y coqueteos para concertar una cita mañanera de lo más romántica, una cita que, de seguro, sería el puntapié inicial para una mágica relación, y así, imaginando una vida juntos, un futuro que debía cimentar desde ahora, superando esta prueba de fuego que me autoimpuse, le pedí al taxista que me llevara volando hasta el cajero automático más cercano, donde saqué de un solo golpe las pocas lucas que me iban quedando para el mes, y luego a La Vega Central, mientras buscaba en mi celular los ingredientes que debía comprar para preparar aquel dichoso sushi que mi futura polola esperaba con tantas ansias.

Primero, desembuché unas pocas chauchas y compré los que, se suponían, eran los ingredientes más básicos: un arroz con granos de tamaño insignificante, algas nori, vinagre blanco, soya, sésamo, unas cuantas paltas, una hueá que parecía pan añejo rallado, aceite, sal y azúcar (porque, aunque me avergüence reconocerlo, soy tan mal dueño de casa, que ni esas hueás tenía). Posteriormente, crucé corriendo hacia el Mercado Central, donde, con el dolor de mi alma, compré un puñado de camarones, y un salmón entero, para que no se notara pobreza. Por si las moscas, le escribí a la Papa para ver cómo iba, en una de esas cancelaba todo, y yo ahí me quedaría, como hueón acumulando cachivaches que no consumiría jamás.

– Sí Matías, si iré, no te dejaré plantado por nada del mundo. – me aseguró – Sólo dame una media horita más, lindo, que una amiga se curó, y tengo que ir a dejarla. Paciencia.

Perfecto. Con dos bolsas repletas de coloridos productos llegué hasta mi departamento, dejé todo en la mesa principal, y me puse manos a la obra. Eché una taza de arroz a un colador y comencé a lavarlo hasta sacarle toda la hueaita blanca que, según aprendí en ese momento, era el almidón. Una vez limpio, lo tiré a una olla, sin sal ni nada, y lo cubrí con una taza de agua. Ya a esas alturas me sentía como un chef profesional, pero a la vez, viendo que la cosa no era tan rápida como lo esperaba, entré en pánico y le escribí nuevamente a la Papa, para cerciorarme de que no viniera en camino y me arruinara la sorpresa.

– Recién voy llegando a la casa de mi amiga, Matías. No me extrañes tanto. – fue su tranquilizadora respuesta.

Mientras el arroz se cocía, aproveché de condimentar el vinagre. Vertí unos buenos chorros en un vaso, le eché un poquito de sal, un poquito más de azúcar, revolví echo un peo, y listo. Para optimizar el tiempo, comencé a picar la palta, fileteé el salmón, dejé listos los camarones y estiré un alga nori sobre una hueá que parecía individual de madera, pero que una vieja del mercado me aseguró que debía comprar, o que de otro modo los rolls me quedarían más feo que el hoyo del poto. Cuando el arroz estaba libre de agua, lo destapé completamente y comencé a abanicarlo con una bandeja, para que bajara su temperatura. Posteriormente, vertí sobre él aquel dulce vinagre previamente tratado, y lo revolví para que no quedara ni un grano sin recibir el líquido que le regalaría el sabor que tanto esperaba la Papa, y mientras pensaba en ella, en sus ojos, en sus labios, recordé que aún me faltaba calentar el aceite para preparar esos famosos tempuras que les llaman, que no son más que la misma lesera que un sushi normal, pero fritos.

– ¿Y ahora? ¿Cuánto te falta? – Le escribí.
– 20 minutos, lo prometo.

Igual poco. Dejé friendo el aceite, rogando que la demora de la Papa fuese un poquito más larga, y comencé a preparar mis primeros rolls. Para empezar, me humedecí ambas manos, tomé una porción de arroz, y comencé a distribuirlo sobre el alga previamente dispuesta; en segundo lugar, di vuelta el alga, dejando el arroz por abajo, y, sobre ella, dibujé una línea con palta, camarones y salmón; tercero, enrolé la hueá, como quien hace un pito, dejando bien formadito el coso, así, como si fuese un pirulo grande, y lo corté a la mitad, imaginando el dolor que sentiría si se tratase de un pirulo real; cuarto, empolvé los rolls con harina, luego los pasé por huevo, los sumergí en esa especie de pan rallado, y repetí el proceso una y otra vez, hasta que tuve suficientes piezas como para dejar satisfecho al más chancho de los chanchos. Varios minutos habían pasado y, sabiendo (por lo que leí) que el tempura se disfrutaba mejor calientito, me imaginé que la mejor opción sería echarlos a freír exactamente 5 minutos antes de que la Papa llegara, para que así cruzara la puerta y, apenas sintiera el olor de la maravilla culinaria que le había preparado, se arrojara a mis brazos y se dejara abrigar por ellos para siempre.

– ¿Ya vienes? – Le escribí.
– Espérame, me surgió un leve imprevisto, mi amiga se puso a vomitar, a mear, a cagar y a llorar al mismo tiempo. Dame, máximo, 20 minutos más, no te duermas por favor.

Genial, eso me daba tiempo para preparar mejor mi sorpresa, mal que mal, mi plan de conquistarla por el estómago ya estaba en marcha, y ahora sólo me quedaba perfeccionarlo y tornarlo insuperable. Pensé en desnudarme y recibirla con las piezas de sushi sobre el cuerpo, pero luego concluí que, si lo hacía, de seguro sufriría una que otra quemadura y que, además, no tendría como chucha pararme para abrirle la puerta, así que desistí y me fui por lo simple: preparar unos tecitos, ¿Qué mejor? Rápidamente puse el hervidor, despejé la mesa, chanté dos individuales que me regaló mi mamá para darle algo de dignidad a mi vida, sobre ellos acomodé las dos únicas tazas buenas que me van quedando, unos platitos, un pocillito con soya y sésamo, y un plato grandote para depositar los tempuras cuando estuvieran listos. 5 minutos tardarían en freírse, como ya había estipulado, pero aún no tenía rastros de la Papa.

– ¿Cuánto te falta? – Le escribí, una vez más.
– No sé, poco más de 5 minutos.
– ¿Me puedes avisar cuando te falten 5 minutos exactos?
– ¿Y cómo podría yo saber eso?
– Tienes razón, olvida lo que dije. ¿Vienes en micro?
– No, en taxi.
– El Mercado está a 5 minutos de mi departamento. ¿Me puedes avisar cuando pases por ahí?
– Sí, creo que sí.
– Maravilloso. Aquí te espero. Y prepárate.

Revisando mi refrigerador, descubrí que tenía una piña que había comprado quizás con qué fin, así que la pelé y la piqué en cuadritos; saqué mi licuadora –que llevaba meses guardando polvo en un mueble- tiré los cubitos de piña dentro, luego azúcar, hielo, y apreté el botón para echarla a andar. Tomé una cuchara, probé, ¡Perfecto! Eché el contenido en dos vasos y, para no quedar como un cochino de culia’o, lavé la licuadora, la cuchara, y cada implemento que usé en la preparación del maravilloso sushi que estaba por servirme junto a mi más reciente pinche, quien aún no me daba señales de vida para que yo pudiera tirar a freír los famosos tempuras, pese a que ya debería haberlo hecho hace rato.

– Hola, ¿Ya pasaste por el Mercado?
– Sí, ya estoy dentro de tu edificio, de hecho. Ahora tomaré el ascensor.
– ¡Qué! Pucha, ¿Y por qué no me avisaste? – Le consulté, mientras tomaba los rolls que aguardaban en la mesa, y los tiraba al aceite hirviendo rápidamente.
– A ver, ¿Oye hueón, qué onda? ¿Por qué tanta pregunta?
– No, no, no te confundas, es que te pedí que me avisaras cuando te quedaran 5 minutos, porque…
– ¡No quiero ninguna explicación, loco de mierda! Lo que me faltaba, ¡Enamorarme a primera vista de un hueón controlador! ¡De un maniático, de un sicópata! Chao contigo no más, ¡Y no me busques jamás en tu vida, enfermo culia’o, o llamaré a los pacos! ¿Estamos?

Como era de esperarse, los rolls me los tuve que meter por la raja.

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