27 Jun

Capítulo 299: La mujer de goma

Si bien sus padres la bautizaron como Yahaira, todos quienes la conocíamos preferíamos llamarla por su nombre artístico: La Mujer de Goma. Según el saber popular, la Mujer de Goma había llegado al barrio a mediados de los noventa, con tan solo veinte añitos, presentando su espectacular show de contorsionismo junto a la compañía circense a la cual pertenecía. Gracias a su hiperlaxitud, la Mujer de Goma era capaz de doblarse como si se tratase de una muñeca articulada: giraba sus brazos en 180° sin siquiera arrugarse, se agarraba el lado izquierdo de su cintura con su mano derecha, y viceversa, se acostaba de guata en el suelo, alzaba la zona púbica y se doblaba de tal modo que podía rascarse las orejas con las uñas de sus patas y, lo que más llamó la atención de quienes presenciaron sus primeras funciones, podía levantar ambas piernas a la altura de su cabeza, pasar sus pies por detrás de su cuello, y unirlos de forma que pareciera que se le anudaban justo sobre su nuca. Al contemplar tal talento, el negro Fidel, ya convertido en el dueño del toples más connotado del barrio, aplaudió a la Mujer de Goma de pie, le compró una manzana confitada –para romper el hielo- y partió a hacerle guardia a la puerta de la casa rodante que la artista compartía con el resto de sus colegas. Luego de presentarse, felicitarla y alabar su singular talento, el negro le lanzó un turro de billetes sobre sus elásticas piernas y, sin más rodeos, le ofreció trabajar en su local. La Mujer de Goma no la pensó dos veces: la vida circense nunca la convenció del todo, últimamente se mareaba al viajar tantas horas seguidas entre pueblo y pueblo, y habían noches en las cuales, además de convertirse en la Mujer de Goma, el dueño del circo la obligaba a personificar a la Loca de la Cartera o a la Traga Sables, y si bien la oportunidad que le ofrecía el negro Fidel también incluía que explotara sus dotes elásticas, mover la cartera y tragar sendos sables de carne, el dinero y el placer en esta nueva vida serían lujos mucho más abundantes. Estaba decidido entonces: esa misma noche la Mujer de Goma se convirtió en la nueva puta estrella del toples del negro Fidel, y el éxito y la fama, ahora sí que sí, no se le hicieron esperar.

Lamentablemente, para mi viejo no todo era tan maravilloso… en más de una ocasión me comentó que su sueño más grande era afilarse, aunque fuese por un minutito, a la Mujer de Goma, pero que, debido a lo cotizada que ésta era, nunca lograba agendar una hora para que lo atendiera, sumándole a eso que sus tarifas no estaban al alcance de cualquiera, y que, justo cuando mi viejo lograba juntar las lucas necesarias para la tan esperada sesión, la Mujer de Goma se tomaba unas vacaciones, lo que causaba que mi papito se gastara las lucas ahorradas en decenas de bataclanas comunes y corrientes, y terminara llorando arrepentido por todas las malas decisiones que había tomado en su vida. Hasta que un día sucedió lo impensado: una lluvia torrencial inundó las principales calles de Santiago, transitar por la ciudad se volvió una tarea titánica, y dos clientes frecuentes del negro Fidel, ambos provenientes del barrio alto de la capital, cancelaron sus respectivas citas con la famosa Mujer de Goma. De inmediato el negro comenzó a escribirle a sus parroquianos más fieles, “¡Respetable público! La Mujer de Goma está con turnos libres, ¡Sólo por hoy! ¡Sólo dos funciones: vermut y noche! El que llega primero, ¡Gana!”, fue su persuasivo mensaje, y mi viejo, con la misma adrenalina que siente alguien que debe ir a atender una emergencia, se chantó una bolsa de basura en cada pie, otra en la cabeza, y partió corriendo a reservar las dos horas disponibles.

Como soy curioso, esperé a que este viejo califa volviera del toples sentado en su living, hojeando una antigua revista AVON de tenía toda pegoteada sobre la mesa de centro. Apenas lo sentí llegar, mojado de los pies a la cabeza, le pedí que me contara detalladamente cómo lo había pasado. Quería saber si la Mujer de Goma era tan maravillosa como la pintaban.

– Mati, hueón… – me dijo con voz entrecortada y los ojos llorosos, como si hubiese presenciado un milagro – prometo que no me voy a lavar la pichula nunca más, ¡La Mujer de Goma es de otro mundo, hueón! Ella es un ángel… no somos dignos de sus talentos…
– Pero papá, no lo pongái color tampoco, no puede ser para tanto.
– Mira, cabro hueón, ¡Lávate la boca antes de poner en duda el profesionalismo y la calidad de la Mujer de Goma! Mejor asume que voh no sabí na’ de sensualidad, Mati hueón, ¡No sabí nada! Pero de qué estoy hablando, ¿Cómo vas a saber lo que es un polvo decente, si no has estado ni cerca de probar las maravillas que la Mujer de Goma es capaz de hacer? No estamos al mismo nivel, hijo, lo siento, yo hoy he visto el cielo, ¿Y tú? Bueno… tú eres tú no más po…
– Ya, pero… ¿En serio es tan maravilloso afilar con la Mujer de Goma? ¿O me estái hueviando?
– ¿Si acaso es maravilloso? Mati, hueón, ¡Es celestial!
– Pero, a ver, partamos por el principio, ¿Es cierto que la mina se contorsiona entera?
– Hace todo lo que querái.
– O sea, ¿Podí estar arriba de ella, y pedirle que te haga cariño en la nuca con uno de sus pies?
– Totalmente.
– O sea, ¿Podí tenerla en cuatro, y pedirle que, al mismo tiempo, se doble pa’ atrás y te dé un besito en la boca?
– Es capaz de hacerlo.
– O sea, ¿Le podí hacer la carretilla, y pedirle que, con las uñas de sus pies, te rasque la espaldita?
– Sí, hueón, sí, ¡Pero eso da lo mismo! Sus talentos van mucho más allá de semejantes estupideces. Su arte no tiene límites.
– ¿Tanto así, papá?
– Si no quieres creerme, entonces no me creas, me da igual. Yo, mientras tanto, me dormiré la mejor siesta de mi vida, para así recargar semen y llenarme de nuevas energías… esta noche, Matías, iré por la segunda patita, y sólo me importa quedar como rey.
– Pero papá, cuéntame más po, ¿Es cierto que la loca es capaz de lamerte las bolas al mismo tiempo que te macaquea con una mano, mientras se prepara una piscola en la espalda con la otra? ¡Ya po viejo, cuéntame! ¿Y es verdad que, si se lo pides por favor, te hace una rusa mientras está en posición invertida? ¡Ya po, no me dejí metido! ¡Viejo! ¡Viejo, ya po!

Y se quedó dormido, el hueón pesa’o. Comenzó a roncar como bestia a la vez que cientos de preguntas sobre las capacidades amatorias de la Mujer de Goma se me venían a la mente, y fue tanta la curiosidad, tantas las ansias por saber cuáles eran los límites de sus destrezas, que me metí a la mala a la pieza de mi viejo con un embudo y una botella de pilsen, le abrí la jeta, le chanté el embudo y comencé a tirarle cerveza pa’ adentro. Todos quienes conocemos a mi viejo sabemos que la chela no es más que un somnífero para él, y yo, con la convicción de que no despertaría hasta el otro día, me decidí a ponerme una bolsa de basura en cada pie, otra en la cabeza, y partir corriendo con dirección al toples del negro Fidel. Como venganza por el sinfín de veces en las que me había jugado chueco, le arrebataría a mi viejo la hora que le quedaba con la Mujer de Goma, así tal cual, y no había nada ni nadie que pudiera detenerme.

Según me enteré, al llegar al toples del negro, la siguiente hora que mi padre había agendado comenzaba a las diez de la noche en punto. Como eran las ocho, aproveché el rato libre para explicarle a don Fidel que mi viejo me había cedido su turno, porque le había entrado agua en el hocico cuando iba de vuelta a la casa, lo que le provocó una alergia fulminante. El negro me creyó sin titubear, y me invitó a tomar asiento en la barra principal de su local, no sin antes forzarme a comprar una botella de pisco ridículamente cara para amenizar la espera. Las dos horas se me hicieron cortas pensando en todas las posiciones que le pediría a la Mujer de Goma que ejecutara, e incluso aproveché de elongar un rato afuera de su privado para no dar tanto la cacha y lograr sacarle todo el potencial posible al don divino que dios le dio, y en eso estaba, intentando juntar mi guata con mi rodilla, cuando apareció ella, sublime, imponente, vistiendo un traje de una pieza plagado de brillantes lentejuelas rojas, y, tomándome del cuello con los dedos de sus pies, me invitó a pasar.

– ¿Estás preparado, lolito?
– Sí, sí, creo que sí.
– ¿Has escuchado hablar de mí? ¿Sabes quién soy?
– Sí. Usted es la Mujer de Goma.
– Muy bien. Siempre tengo que advertirle a jovencitos como tú que yo no soy una muñeca inflable, ni nada parecido: yo soy una artista, y aquí, en mi cuarto, soy la encargada de dar el placer, no de recibirlo, ¿Estamos claros?
– Sí, sí entiendo, conozco sus reglas…
– Ah, ¿Sí?
– Sí. Es que mi papá me ha hablado mucho de usted.
– ¿Tu papá?
– Sí, mi papá. Se la afiló hace poquito rato, en realidad.
– ¿Cómo dijiste?
– Era un viejo flacuchento, medio pelado, que vino a eso de las seis de la tarde, ¿Se acuerda?
– Ah… el que lloraba cuando se iba cortado.
– Sí… Ése es un mal hereditario, la verdad.
– Entonces, veo que soy famosa en tu familia.
– ¡Súper famosa! Y he escuchado tan buenas referencias suyas, que quería pedirle que me hiciera lo mismo que le hizo a mi papi.
– ¿Seguro? No sé… me parece que no estás preparado para tanto.
– ¡Yo estoy preparado para todo! ¡Créame!
– ¿Estás seguro? Porque te aseguro que, si me insistes, cuando atravieses esa puerta al marcharte ya no serás el mismo.
– ¡Y eso es lo que quiero! ¡Quiero que haga de mí lo que quiera! ¡Hágame ver la luz, doña Mujer de Goma! Por favor, déjeme con la misma alegría que hoy dejó a mi padre, estoy listo para todo, ¡Para todo!
– Muy bien, si así lo deseas… recuéstate en mi cama, y estira un poco las piernas. En treinta segundos comenzamos.

La Mujer de Goma, dándome la espalda, sacó una vieja radio a pilas y puso de fondo una jocosa canción circense, mientras se arrancaba su traje de lentejuelas y lo colgaba en un perchero empleando sólo su pierna derecha. Dándose una espectacular rueda, apoyándose en el suelo con una mano, cayó acostada a mi lado, rodeó mi cuello con una de sus piernas, y me acomodó de un solo tirón encima de su espectacular cuerpo.

– ¿Estás listo para ver el cielo, lolito?
– Sí, estoy listo, Mujer de Goma.
– Muy bien… entonces el cielo es lo que verás.

Y dicho esto, la mujer de goma alzó su brazo izquierdo por encima de mi cabeza, con la mano derecha cubrió mi boca y, sin ningún tipo de aviso, tomó un enorme consolador de goma negro que descansaba sobre el velador, y me lo dejó caer en la raja de un solo golpe.

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