09 May

Capítulo 3: El terremoto.

Siempre he lamentado el no tener una buena anécdota basada en cómo viví el terremoto del 2010. Muchos de mis amigos, al recordar el trágico momento, condimentan la narración con tallas envidiables: que estaban en un bar y el copete les salió gratis, o que andaban en un motel y tuvieron que compartir ascensor con otras parejas a raja pelá, e incluso tengo un conocido que se cagó entero en una disco mientras intentaba escapar por la salida de emergencia… ante eso no me queda más que callar, mi historia es patética.

 

Resulta que mis vacaciones se acababan, y decidí pasar aquella noche en la casa de mi madre porque, según ella, estaba preparando una fiesta “súper especial”. El tío Pato, su pareja, le había descargado toda la discografía de Arjona hace un tiempo, así que mi vieja preparó la tremenda comilona para verlo actuar en el Festival por su LCD recién comprado para la ocasión. Al darme cuenta de la cruel realidad, no tuve más opción que pescar la botella de pisco que estaba en la mesa de la cocina y comenzar a tomar cortitos para curarme rápido y hacer más soportable lo que vendría. Pero no, se me empezó a dar vuelta el mundo como al quinto trago, vomité en el lavaplatos y se me apagó la tele. Desperté a las cuatro de la madrugada, en mi cama y sin ropa. Ni supe del famoso terremoto.

 

Luego de estar unos 5 minutos intentando encender la luz y gritando para que alguien me explicara porque había tanto ruido de sirenas en la calle, el tío Pato apareció y me llevó al living como pudo. “Tu mamá está desconsolada”, me dijo, “no pudo ver a Arjona”, y con la poca información que tenía intentó explicarme lo sucedido, y como consejo de buen padrastro agregó: “Mati, ¿Por qué tomai la bicicleta y vai a ver a tu papi? Me tinca que debe estar borracho y sin saber qué hacer… con todo respeto te lo digo ah”. Tenía razón.

 

Llegué donde mi viejo a eso de las seis de la madrugada. La puerta de su casa se hallaba entreabierta, y la luz de un par de velas me bastó para percibir que el living estaba hecho mierda (aunque no supe precisar si se debía al terremoto o al desorden común que siempre había en su cuchitril). Mi viejo se encontraba tirado en el piso, aferrado a una botella de Báltica y vestido solo con unos calzoncillos roñosos.

 

–          Mati… Mati, ¿Erí tú?

–          Sí viejo, ¿Qué onda, estay bien?

–          ¡Mati hueón, viniste a salvarme! – Exclamó al borde de las lágrimas, y notoriamente ebrio – Pensé que se estaba acabando el mundo Mati por la chucha, vi mi vida frente a mis ojos… ¡Y vi a puras putas Mati! ¡Puras putas! ¿Qué opinai de eso? ¿Será bueno o será malo Mati?

–          No sé viejo, yo sólo vine a ver si estabai bien… y veo que es así…

–          Ah, ya entiendo… – acotó con voz de arrepentimiento – te sentiste mal porque no apareciste tú cuando vi mi vida frente a mis ojos… ¡No te sintai mal por eso Mati! ¡Si tú erí lo más grande que tengo! ¿Lo sabí, cierto? ¿Los sabí?

–          Sí viejo, demás – respondí intentando un tono irónico.

–          Pensé que no te vería más Mati – repuso más calmado – Pensé eso y me di cuenta de algo, cachai, tuve una revelación.

–          ¿Una revelación? A ver, sorpréndeme…

–          Es que nosotros no podemos tener más secretos hijo, por eso nos alejamos y por lo mismo ahora tenemos que contarnos todo. No más lejanía, no más hueás ocultas, desde hoy no nos esconderemos nada, ¿Bueno hijo? ¿Te parece? ¿No más incomunicación?

Sus palabras me emocionaron, el notar que mi padre estaba cambiando al fin fue un momento glorioso, para no creerlo. Se necesita un terremoto para remecer el espíritu de un viejo rancio, y en esta ocasión el fenómeno se estaba dando.

 

–          Papá… sí, me parece – le dije conmovido – no más incomunicación.

–          ¡Es lo mejor hijo! ¡Transparencia total! – Exclamó aliviado por mi complicidad – A ver Mati, dime algo que nunca me hayai dicho, expresa algo, lo que tú quieras, con libertad hijo.

–          Está bien papá – respondí sonriendo – siento que nunca te he dicho que… que te amo viejo, te amo aunque no estemos tan juntos como antes y, aunque no lo creas, te admiro más que a nadie…

 

Mientras decía estas palabras me agaché a abrazarlo, y no me avergüenzo de decir que hasta un par de lágrimas derramé.

 

–          ¿Viste que no era tan difícil Mati? – Me dijo intentando sentarse.

–          No viejo… no era tan difícil… ¡Ahora te toca a ti! ¿Hay algo que quieras decirme?

–          Sí Mati – respondió mirándome fijamente.

–          Dale, échalo afuera – le dije preparándome para escuchar el discurso más emocionante salido de la boca de mi padre.

–          Mati… – comenzó – cuando tú erai chico… yo me vivía corriendo la paja con las revistas Avon que tu mamá llevaba pa la casa.

–          ¿Ah?

–          Sí hijo… y tu mamá se emputecía porque yo le decía que erai tú quien dejaba las hojas todas pegoteadas con cola fría… y por eso, como castigo, te quitó el Nintendo que te regaló pa tu cumpleaños.

–          Viejo, ¿Qué hueá?

–          Ay hijo mío… – respiró profundo – ¿Viste que no hay nada mejor que la verdad? Como que hasta me siento más liviano…. ¡Siempre con la verdad hijo! ¡Siempre con la verdad! Ya, ahora anda a ver si está abierta la botillería del flaco Lucho y te traí un roncito… rájate tú  con el ron y yo me rajo con el maní, por acá me queda un poco. Y apúrate, que tengo miles de secretos que contarte, te vai a ir de raja cuando sepai a cuál de tus ex pololas me comí, jajajaja, apúrate hijo, ¡Que la verdad nos espera!

 

Salí de su casa en silencio, tomé la bicicleta y me puse a pedalear. Pasé por fuera de la botillería del flaco Lucho y noté que no quedaba ni una sola botella viva, todo el copete estaba desparramado por el piso. “Mi viejo se va a morir”, pensé mientras me devolvía pedaleando hasta su casa riéndome a carcajadas.

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