09 May

Capítulo 30: El pub.

Cansado de la ranciedad de mi viejo, apenas recibí mi primer sueldo lo invité a un pub bonito, decente y de buen olor. En aquella época el clandestino del flaco Lucho era su local favorito, no lo sacaban de ahí ni a palos, así que el único modo que encontré para que hiciéramos algo fuera de lo común fue prometiéndole que yo pagaría la cuenta completa. Como siempre, en todo caso, pero esta vez sería de forma voluntaria y sin pataleos.

– Oye viejo, si el clandestino del flaco no tiene ni un brillo, ni siquiera pone música, y si te da hambre la única hueá que hay para comer es charqui, ¡Vamos a un local digno alguna vez!
– ¡No estoy ni ahí con esas hueás fifís Mati hueón! Además deben vender puros tragos para minas ¡Si yo los he visto en la tele! Decoran los vasos con limón, naranjitas, piña, guindas, palmeritas, banderitas, bombillitas, ramitas… ¡Les echan cualquier hueá menos copete!
– Pero viejo, ¿Cómo todo en esta vida va a ser ir a un bar, sentarse y curarse? Vamos a un pub donde nos atiendan bien, pedimos unos tragos novedosos, comemos algo rico y todo eso mientras escuchamos buena música de fondo.
– Mati hueón… acabas de sonar tan pero tan pero tan hueco, que por un momento creí haber estado hablando con el Pato.
– Ya viejo, yo salgo sí o sí, ¿Me acompañas o no?
– ¿Seguro que venden copetes en esas cagás de locales? Me tinca que se llenan de hueones que van a puro comer sushi…
– ¡Si venden copete hombre! Venden martinis, caipiriñas, mojitos, daiquiris…
– ¿Qué onda Mati hueón? ¿Estai hablando en chino? No entendí ni una sola hueá de lo que dijiste.
– Viejo, son nombres de tragos.
– No sé qué serán esas cosas, jamás las había escuchado, pero tragos no son…
– Esos son los copetes que las minas aman… porque viejo, los pubs siempre están llenos de minas…
– Vamos.

Por el camino reclamó menos, pero sí iba con cara de perrito perdido, y lo comprendo en todo caso, tantos años en la obscuridad acompañado solo de un par de curagüillas, y ahora en Bellavista… que también está lleno de curagüillas, pero son hartos y meten más bulla. Buscamos un local que tuviese alguna mesa libre, entramos y ahí nos instalamos.

– Mati – me dijo mientras intentaba aclimatarse – ¿Estás seguro de que acá venden copete? Se parece a la casa de Barbie esta hueá…
– Sí viejo, tranquilo, intenta pasarlo bien.
– ¿Y cómo hago para pedir una piscola? ¿Cómo le llaman a las piscolas en los lugares pirulos? ¡Porque estos agarran de cambiarle el nombre a todo!
– Se llaman piscolas viejo… ¡Pero no tomí lo mismo que tomái siempre po! Atrévete y pide algo nuevo.
– ¿Sabí qué Mati? Tení razón, parezco viejo culiao, ¡Y yo soy joven po! ¡Señorita, señorita! – Gritó para llamar a la mesera – ¡Tráigame esa carpetita que tiene bajo el brazo, que hoy quiero pedir algo de otro mundo!

La niña nos pasó dos carpetas que tenían el nombre del pub y su logo en la portada. Abrí la mía y noté que todos los tragos venían con su correspondiente descripción y una foto al lado, menos mal, así mi padre no se perdería tanto. Pero nada de eso, le miré el rostro y su cara estaba descompuesta, se notaba que no entendía nada, pero ya no iba a reconocerlo, estaba dispuesto a adaptarse, así que no me quedó otra que dejarlo tranquilo.

– ¿Cómo vai viejo? – Le consulté con la más buena onda de mis voces.
– Bien, bien, sí, sí… – respondió con visible confusión – Bien raro los nombres de los copetes, pero si son curadores no hay problemas.
– Ahí viene la mesera, pide lo que más te tinque no más, recuerda que yo invito.
– Buenas noches, ¿Ya decidieron? – Consultó la mesera.
– Sí – le respondí – andamos con harta hambre, así que tráiganos una chorrillana… y para tomar, yo quiero una piscola.
– ¡Puta Mati hueón! ¿Cómo es la hueá? – Consultó molesto mi viejo.
– ¡Pero viejo, si yo he probado todos esos tragos ya, tú eres el que tiene que experimentar sabores nuevos!
– Ya, pero no me dejes en vergüenza delante de la dama… Perdónelo señorita, mi cabro no está acostumbrado a salir, es medio antisocial.
– No se preocupe caballero, suele pasar… ¿Y usted ya decidió qué quiere tomar?
– ¡Pero por supuesto! – Respondió canchero, empoderado, seguro de sí mismo – Quiero un “Macarena”.
– No señor, eso no… – Le respondió la niña.
– ¿Ah, no tiene? – La interrumpió – Bueno, entonces deme un “Aserejé”.
– Es que… no…
– ¿Tampoco? ¡Chuta! Ya, a ver, ¿Un “Salomé”? ¿No? ¿Un “Lamento boliviano”? ¿Tampoco? A ver… ¿Un “Paramar”?
– ¡Señor! – Le dijo la mesera, alzando la voz para poder hablar al fin – ¡Esa es la lista de canciones para el karaoke, la carta de tragos es esta otra!
– Mati, ¿Nos vamos? – Me dijo.
– Vamos – respondí, tan avergonzado como él.

Nunca volvimos a visitar un pub.

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