18 Jul

Capítulo 300: La vieja rancia y su hija

– Mati. Oye Mati, ya po, ¿Te falta mucho? – me preguntó mi viejo, desde el otro lado de la puerta.
– ¡Viejo, déjame tranquilo!
– Hueón, no me digái que te estái corriendo la masturbación ahí dentro, ¡Llevái más de media hora encerrado, cabro ‘e mierda! Las chiquillas se están empezando a enojar ya.
– ¡Papá, ándate! Diles que estoy bien, que no me molesten.
– ¡Es que la hija de la vieja quiere ocupar el baño!
– ¡No, que no huevee, que mee en el patio! ¡A mí aún me queda pa’ rato!
– No seái hueón po, Matías, si la cabra es de choro tímido, ¿Cómo querí que salga a poto pela’o a la intemperie, pajarón?
– ¡Bueno, búscale una solución tú po! Si al final, por tú culpa estoy aquí encerrado con esta tremenda caga’era, ¡Por tu culpa, y la de nadie más! ¿Me escuchaste?

La rabia que sentía no era para menos, y, es más, si un par de horas antes una voz divina me hubiese advertido en qué terminaría esta velada, por nada del mundo hubiese aceptado la invitación que con tanto ímpetu mi viejo me lanzó aquella tarde, luego de que me arrastrara hacia su casa con unas ansias descontroladas, jurándome de guata que me tenía una propuesta imposible de rechazar.

– Dos vecinas nuevas, aquí, justo aquí al ladito, – me lanzó frotándose las manos, apenas crucé el umbral de su puerta – madre e hija: 27 años la cabra, 65 años la vieja, ¿Qué me decí?
– Papá, no lo puedo creer, ¿Para eso me trajiste hasta acá?
– A ver, Matías… Matías… tú siempre me pides que hagamos cosas como padre e hijo, ¿O no?
– No.
– Y bueno, esta es nuestra oportunidad.
– ¿Nuestra oportunidad para qué?
– ¿Cómo que para qué? ¡Para que lo pasemos chancho juntos po, hijo mío! ¿Qué me decí? Una tú, la otra yo, ¿Ah? Dime si es mala idea, ¿Ah?
– No lo sé, viejo. Tendría que pensarlo. Aunque, de todos modos, no creo que sea tan fácil llegar y hacerla po.
– ¡Pero Mati, escúchame! ¡Escúchame! Yo ya conversé con las chiquillas esta mañana, ¡Las ayudé con la mudanza, incluso! Imagínate, ¡Si ya tengo la mitad de la pega hecha! Porque ahí, entre caja y caja desempacada, le comenté a la dueña de casa, que no es más que una vieja rancia que vive de puras herencias, que yo también tengo un hijo de 27 que no hace ni una hueá, al igual que su hija, que es una cabra bien pava y quemada como ella sola, y le tincó caleta la idea de hacer una cita doble.
– Papá, tengo 30…
– ¿Qué? Hueón, ¿En serio? ¿Y qué hay hecho con tu vida en todo este tiempo? ¡Ya, pero filo! El punto es que la vieja, sin necesidad de que la rogara, me dijo “ya pues vecino, los esperamos a eso de las diez para la inauguración de nuestra morada entonces; nosotras nos ponemos con los traguitos, y ustedes nos ponen otra cosa… ¡O sea! Nos dan la bienvenida al barrio, mire que las noches están muy frías, y harta falta que nos hace un poquito de compañía masculina a ambas”, ¿Qué te parece, Mati? ¡En bandeja po hueón! ¡En bandeja!
– Ya, pero… ¿La hija de la vieja es bonita?
– ¡Preciosa po, Mati hueón! ¡Preciosa! Mira, si incluso nos tomamos una serviu en su pieza, cuando terminamos de ordenar. Aquí está, ¿Qué tal?
– ¿En serio es ella? ¡Es la media mina po viejo!
– ¡Te lo estoy diciendo po, Matías! Lamentablemente, eso sí, la vieja no es na’ tan agraciada: cojea un poco, tiene un ojo medio hueviado, y ni te cuento el tufo… pero bueno, nada que unas doce o trece piscolas no puedan solucionar.
– Si tú lo dices.
– ¿Y? ¿Vamos entonces?
– ¡Ya viejo, acepto! ¡Vamos!
– ¡La raja! En serio no te vas a arrepentir, Mati hueón, te va a encantar la Gumersinda, le hablé súper bien de ti, y la firme, te quiere puro hacer chupete. Un amor de persona ella.
– ¿Gumersinda? ¡Ja! ¿Qué hueá? Tiene como nombre de vieja, ¿O es idea mía?
– ¿Y qué más querí, Mati hueón? Si tiene 65 años po, ya te dije.
– Papá, no…
– ¿Qué hueá?
– No me digái que yo me tengo que comer a la vieja.
– ¡Pero si en eso habíamos quedado po! Dijimos una tú, y una yo, ¿O no?
– ¡No! ¡Me dijiste que tendríamos una cita con una señora y con su hija! Entonces, yo supuse que…
– ¡Y por qué me tendría que servir a la veterana yo, hueón!
– Puta… ¡Porque tú erí el viejo aquí po!
– Hueón, tómalo como un regalo, ¡La vieja tiene recorrido, mal agradecido! Entiéndelo, ¡Te puede enseñar de la sensualidad! Y eso es lo que a voh te hace falta, hijo: te hace falta una guía, una maestra, una experta en las artes amatorias, ¡Yo te estoy haciendo un favor quedándome con la lola ésa, que ni chuparlo haciendo la invertida debe saber! ¿Y qué haces tú a cambio? Miras en menos mi sacrificio, como si yo te estuviera cagando… y puta que me da pena esa hueá, hueón, puta que me da rabia lo mal hijo que eres a veces…
– Ya viejo, pero tampoco te pongas así… ¿Y si no voy mejor, y vas tú no más?
– ¡Pero si ya está todo conversado! ¿Cómo se te ocurre que voy a llegar solo, si les dije que iría contigo? A la vieja le gustan los lolitos, a la cabra le gustan los hombres maduros, y pucha… yo sólo… sólo quería… – me dijo dificultosamente, limpiándose una incipiente lágrima que nacía en su ojo izquierdo – perdón, lo siento, no me gusta que me veas llorar…
– Pero papá…
– Sólo quería que saliéramos juntos… que fuéramos aquí al ladito, y que nos tomáramos unos copetes con la vieja y su hija, y… y… y tú no querí po…
– Viejo, no hagái pucheros, que me da pena.
– Es que… es que… ¡Es que yo quería afilar! – Agregó, lanzándose a llorar como un niño con rabieta.
– Puta… ya viejo, ya…
– ¿Ah? ¿Ya qué?
– Ya. Vamos.
– ¿En serio?
– Sí, vamos, ¡Pero no lo pasaré bien!
– ¡Puta Mati hueón! – me gritó, poniéndose de pie, y cambiando abruptamente su semblante triste a uno notoriamente feliz – ¡Si voh lo pasái mal o bien o más o menos, te juro que me importa un pico! Porque lo es yo, ¡Lo voy a pasar la raja, hueón! Te juro, ¡Lo voy a pasar la raja!

De brazos cruzados, esperé a que mi viejo se lavara las presas y se tirara Axe en el hoyo en reiteradas ocasiones, “por si sale un trombón oxidado”, me aclaró, guiñándome el ojo. Cuando terminó de acicalarse, me llevó a empujones hasta la casa de nuestras futuras conquistas, obligándome a poner buena cara y a ser medianamente educado, como si estuviese lidiando con mi yo de niño. Al llegar, nos abrió la puerta la hija de la vieja, quien resultó ser tan guapa como se veía en las fotos que anteriormente me había mostrado mi taita, pero tan tosca como me la imaginé yo en mis peores pronósticos.

– Hola chiquillos, pasen. Los estábamos esperando – nos dijo simplemente, apagando la luz apenas hicimos nuestra entrada.
– Buena noches mijita, permiso – le respondió mi viejo, recibiendo por parte de ella un beso medio cuneteado.
– Ya, ¿Dónde está tu mamá? – Agregué yo, rendido ante mi desgracia.
– Ahí, en la pieza, esperándote. – Me respondió, sin siquiera mirarme – Tú pasa no más, me dijo que quería conocerte, ver de qué estás hecho, y después, si te da el visto bueno, podremos comenzar con la fiesta.

Puta las vecinas raras, pensé… aunque bueno, si enyuntaron tan rápido con mi viejo, normales no podían ser.

Di un paso lento para contemplar el lugar. Efectivamente, la casa recién estaba cobrando forma, muchas cosas no habían sido sacadas de sus cajas, y el único mueble que habían alcanzado a instalar era una pequeña mesa en pleno living, rodeada de cuatro pisos, y sobre la cual descansaban una botella de pisco, otra de vino, cuatro vasos, y un lote de pocillitos con aceitunas y hueaitas varias para picar, “ocurrencias de la vieja, de seguro”, pensé. Para agarrar valentía, y sin pedirle permiso a nadie, agarré la botella de pisco, la abrí, y ahí mismo, de pie y con cero vergüenza, me la sumergí en la jeta por un largo rato. Uno, dos, tres y cuatro sorbos me mandé al seco sin siquiera cerrar los ojos, esperanzado en que me ayudarían, sí o sí, a afirmar la guata para comerme a la vieja, y cuando ya sentí que la borrachera sería la copilota perfecta para mis futuras malas decisiones, entré al cuarto de la veterana dándole una sola patada a la puerta, y gritando a todo tarro “¡Afírmate vieja culiá, que aquí llegó tu hombre!”.

– ¡Chucha, pico, mierda! – Clamó la vieja, dando un salto que la dejó sentada al borde de la cama, lugar donde aprovechó de acomodarse levemente la placa, ya que se le había desencajado producto del susto – Pero qué tenemos aquí… tú eres el hijo del vecino, ¿Verdad?
– Sí señora. Matías, para servirle – respondí firmemente, cerrando la puerta y apagando la luz, para no enfrentar la realidad.

Y es que la vieja no era precisamente mi tipo… bueno, no era del tipo de nadie, en realidad.

– Ven aquí, lolito, no seas tímido – me susurró, dándole suaves golpecitos con la palma de la mano al lado de la cama que estaba desocupado.
– No soy tímido, – le respondí, canchero – aunque bueno, a decir verdad, tampoco soy un lolito…
– ¿No? Tu papá me dijo que eras universitario. Y a mí, sinceramente, me encantan los universitarios.
– Señora Gumersinda, yo con raja fui a la universidad un par de años, y me dediqué a puro hueviar, la verdad.
– Ya, pero… ¿Eres menor de 30, supongo?
– Puta… sí, ya, bueno, sí – mentí, sólo porque no quería cagarle la onda a mi viejo.
– Lo importante, Matías, es que tengas espíritu joven. No como mi difunto esposo, que falleció el año pasado, a los 72… aunque la diuca ya se le había muerto como a los 25. Fue siempre un amargado.
– No, eso a mí no me pasa… no, no me pasa.
– Bueno, y si es que te pasara… aquí, en el velador, aún conservo todas sus pastillitas. Digo, no es que piense que las necesites, pero, por si las moscas…
– ¡Démelas, señora! ¡Démelas todas!

Si bien mi destino era inevitable, para ser del todo sincero… tampoco busqué evitarlo. Algo tenía la vieja que llamaba mi atención: tal vez era su candidez, su picardía, su forma de hablar, o quizás toda la calentura que viví en ese momento se debía, simplemente, a la esencia rancia que mi padre me heredó, y que se sintió atraída por la esencia rancia que la vieja exudaba por cada uno de sus poros. El punto, sin embargo, era que, estuviera yo caliente o no, una erección mirando a la vieja a la cara no me duraría tanto, y si bien la doña, con el máximo de su profesionalismo, se sacó la placa para proceder a quitarme los pantalones y masajearme la presa con sus encías desnudas, yo estaba absolutamente convencido de que con algo de ayuda extra quedaría como rey. Rápidamente, tomé una tira de pastillas, me eché dos a la boca, y me las tragué dándole un gran sorbo al vaso de agua que descansaba sobre el velador.

– Lolito, ¿Te fijaste en lo que hiciste? – Me dijo la vieja al rato, soltándome la diuca por un segundo.
– ¿Por qué lo dice? – Le consulté, mirando a mi alrededor, buscando descifrar a qué se refería – ¡Ah, conchesumare! ¡Me tragué el agua donde usted deja la placa! Mierda, ¡Y está la placa dentro! ¡Puta, qué asco! ¡Qué asco!
– Sí, ahora que lo mencionas, sí… aunque no lo decía por eso.
– ¿De qué habla, señora?
– Es que al ladito de las pastillas que mi esposo se tomaba para que se le endureciera el fierro, tengo las pastillas que el doctor me recetó para el estreñimiento. Tú entenderás que a mi edad ir al baño es todo un reto, y…
– Chucha señora, ¿Y por qué no me dijo antes?
– ¡Es que tú erí muy ataranta’o po, mocoso hueón! Llegái, apagái la luz, tomái lo primero que tení a la mano pa’ echártelo a la boca y, además, ¿Cómo chucha querí que vea lo que estái haciendo? ¡Si yo soy corta de vista po!
– ¿Y ahora cómo sé qué hueá me tomé?
– A ver, sosiégate, respira profundo… ¿Sientes el pirulín más durito?
– No, todo lo contrario.
– ¿Sientes ganas de cagar?
– Sí. Hartas.
– Entonces te tomaste el laxante. Y yo que tú, corro al baño, porque es de los fuertes.

Tan raudo como entré a su cuarto, me puse de pie y salí de él. Desesperado, abrí todas las puertas del hogar para intentar dar con la del baño, y eran tan fuertes los retorcijones, tan estruendosos, tan desesperantes, que ni siquiera reparé en que mi taita estaba disfrazado de momia, enrollado de pies a cabeza con papel higiénico, mientras la hija de la vieja, vestida a lo Tomb Raider, lo correteaba por todos lados, lanzando alaridos, gemidos y risotadas exageradas. Luego de abrir dos puertas con nulo éxito, di con la del wáter y, sin preocuparme de nada, me bajé los pantalones y comencé a echar afuera todo lo que había consumido durante el día. Diez, veinte, treinta minutos pasaron, y la mierda no se me paraba ni en lo más mínimo, y es más, cada vez que me intentaba poner de pie, los retorcijones salvajes volvían aún con más fuerza, y me obligaban a tumbarme de nuevo en el trono con nulas esperanzas de salir de ahí prontamente. Hasta que mi viejo apareció y, desde el otro lado de la puerta, me preguntó si me faltaba mucho, y yo le respondí que me dejara tranquilo, y siguió insistiendo porque la hija de la vieja quería ocupar el baño, y yo le recriminé que todo era culpa de él y que, si querían que saliera de ahí, tenía que buscarme una solución.

– Ya, ya, Mati, – me dijo, con un tono de voz que mezclaba la preocupación y la risa – ya se me ocurrió que hacer.
– ¿Sí? A ver, sorpréndeme.
– Límpiate el hoyo, te paras, corres hasta el baño de mi casa, y continúas cagando allá, ¡Fácil po!
– ¿Y si no alcanzo viejo? ¿Y si me cago a medio camino?
– Puta… ¡Da lo mismo! ¿A quién le va a importar? Si todos los viejos chicheros que deambulan por la calle a esta hora andan cagados, meados, ¡Y hasta vomitados, incluso! Que andí con un poquito de mierda en los pantalones te convierte en un hueón decente por acá, ¿No creí?

Tenía razón.

– Está bien papá, te voy a hacer caso. Allá voy.
– Me parece, Mati hueón, me parece.
– Puta… ¿Papá?
– ¿Sí, Matías?
– No hay papel higiénico.
– Ah… sí, me hace sentido… el que había lo ocupé para vestirme de momia.
– ¡Pero viejo! ¡Cómo chucha!
– ¡Y qué querí que haga, si a esta loca le gusta esa hueá po! Me correteó haciéndose la expedicionaria hasta que me pilló, me quitó de un mordisco las tiritas de Confort que me cubría la entrepierna, dejando sólo mi regalón expuesto, para después…
– ¡Viejo, no! ¡No me interesa! ¡Ahora no! Ayúdame acá, por favor, ¡Tráeme ese mismo papel que ocupaste pa’l disfraz! Ni ahí con que esté arrugado, si es para limpiarme a la rápida no más.
– No, no puedo. Lo saqué al patio, y lo quemé.
– ¡Pero papá!
– ¡Estaba empapado de fluidos, Mati hueón! ¡No seái chancho tampoco! La hija de la vieja le refregó la resbalosa por todos lados, después yo me limpié la corneta, nos secamos el sudor y, pa’ rematarla, me soné bien sonados los mocos en él, ¿Cómo querí que no lo quemara? No hablí hueás po Matías, por la cresta.
– ¿Y no tienen más papel? O puta, ¡Un cuaderno, un mantel, lo que sea!
– Si se mudaron hoy no más las chiquillas, no les pidái tanto, si ni siquiera el agua les han dado.
– Y pa’ qué te pregunto si es que tení algo en tu casa po.
– Sabes que me limpio la zanja con papel de diario arrugado… y no, no tengo, ya se me acabó… ¡Pero espera, espera! La hija de la vieja me está gritando algo.
– ¿Sí? ¡No me digái que tiene un Confort guardado por ahí!
– No, no es eso.
– ¡Puta la hueá!
– Ya. Me dice que, justo debajo del lavamanos, está su bolso. Lo dejó ahí cuando se estaba arreglando para mí, y no lo alcanzó a sacar.
– ¡Sí, sí, aquí está!
– Y que ahí dentro, hay algo que te puede servir.
– Puta, está lleno de bolsillos, botones y cierres esta hueá. No entiendo ni dónde se abre…
– ¡Puta que erí inútil hueón! Esmérate un poquito que sea po.
– ¡Ya, ya, pude abrirlo! Hay una crema de manos… condones… pinzas, tijeras, una depiladora, un cargador de celular, un lápiz labial… chicle, cigarros sueltos, un encendedor, lentes de sol, lentes de descanso, pinches, coles, un espejo, un cepillo de dientes, una peineta, galletas, una plancha para el pelo… llaves, un monedero, una carpeta, dos perfumes, más cremas… ¡No creo que pueda limpiarme el hoyo con algo de esto po, viejo! ¿O sí?
– ¡Sigue buscando po, Matías, no seái negativo! Yo quiero que la fiesta continúe, y en este momento, lamentablemente, eso depende de ti.
– ¡Aquí encontré algo más acolchadito! Son…
– ¿Sí?
– Viejo… son tampones…
– ¡Ya po, buena, estái salvado!
– ¿Salvado? ¡Y qué se supone que haga con un tampón, viejo!
– Puta, ¿Qué más vai a hacer?
– ¡No, ya basta! No, no, no, no.
– Ay, Matías, que eres alaraco. Sólo tienes que relajarte, respirar profundo, abrir bien los cachetes y ¡Paf! Meterte el tampón hasta el fondo del culo, nada más. Después, para no ser tan cochino, sacas otro, y te pasas el algodoncito por los bordes de la raja, y luego otro, y otro, y así, hasta que te quede limpiecita.
– Puta viejo… ¿Y tú lo has hecho?
– ¿Que si lo he hecho? Por favor, mi record es zamparme un tubo de toalla Nova pa’ dentro, así que…
– Ya, está bien, ahí voy.
– Dale hijo, dale; inhala, exhala, inhala, exhala, inhala…
– A ver… a ver… ¡Uf! Una empujadita más, y… oye, no duele tanto.
– No, si es rico, dale.
– Ya, está dentro… Ahora me estoy limpiando.
– Estoy tan orgulloso de ti, Matías, no sabes cuánto.
– Está bien, tiro la cadena y salgo. Dile a la hija de la vieja que venga no más, que ya puede pasar.

Me levanté y comencé a caminar con las patas abiertas, aun sufriendo el embiste de uno que otro retorcijón que me atacaba despiadadamente, pero con la seguridad de que el tampón que me tapaba el hoyo me defendería de cualquier churretera fulminante. Más tranquilo, aunque levemente humillado, abrí la puerta, y me encontré frente a frente con la hija de la vieja, quien, sin disimular en lo más mínimo su molestia, me hizo a un lado y pasó a echar la corta que había tenido que postergar por mi culpa.

– Oye, ahueona’o – me dijo, antes de cerrar la puerta – ¿Me dejaste las toallitas húmedas justo donde las encontraste po, cierto?
– ¿Toallitas húmedas?
– Sí po, las tallitas que le dije a tu papá que que sacarai para que te limpiarai el poto. Las que estaban casi en el fondo de mi cartera, al lado izquierdo del botón dorado del bolsillito donde dejé la billetera, arriba del compartimento para guardar el maquillaje, justo debajo de donde estaba el celular, ¿O no las viste?
– ¿Las toallitas? Sí, sí las vi, – mentí – y te dejé varias… casi todas, la verdad. Muchas gracias.
– De nada. Pero espero que no se vuelva a repetir.
– No, tranquila, no se va a repetir, tranquila.

Me fui a la casa de mi viejo sintiéndome el hueón más hueón de la tierra, y con una picazón de hoyo que no se la doy a nadie. Entré a su baño derrotado, me saqué el tampón de un solo tirón, cagué un rato más y, luego de cerciorarme de que nada me quedaba en el estómago, me arranqué toda la ropa y me metí a la ducha para quitarme la suciedad y la vergüenza del cuerpo. Al terminar de secarme, me paré frente al espejo y, extrañamente, algo sentí al verme así, tan desnudo, tan vulnerable, tan miserable, y desde el fondo del alma, como una catarsis igual o más potente que la diarrea que acababa de experimentar, grité “¡No más! ¡Se acabó el Mati que se presta para el hueveo de todos! ¡Se acabó el Mati al que cagan siempre! ¡Se acabó el Mati hueón! ¡Hoy es tiempo de renacer! ¡De ser un nuevo Matías! Saldré ahí afuera, golpearé la puerta de la vecina, y me la afilaré bien afilada, ¡Como debe ser, sin traspiés, sin asco y sin miramientos! ¡He dicho, caramba! ¡Abran paso!”.

– Matías, ¿Pa’ dónde vai en pelota, hueón? ¿Y por qué gritabai tanto ahí dentro? – Me preguntó mi viejo, quien estaba sentado en su sillón solo, viendo tele y tomándose una pilsen.
– Papá, ¿Ya llegaste?
– Claro, aquí me ves.
– ¿Y la hija de la vecina?
– Na’, se quedó en la casa. Le dije que durmiera no más, que otro día nos veíamos, total, hoy ya me la culié.
– Ya, ¿Y la vieja?
– Se quedó durmiendo, estaba cansada.
– ¿Sí?
– Sí. Porque también me la culié.
– Ah…
– Pero no te preocupes por ellas, me dijeron que lo habían pasado la raja… gracias a mí, claro.
– Pucha…
– Pero no te decaigas, ven, siéntate, sírvete una pilsen con tu padre.
– Está bien… ¿Te quedan?
– Sí po. Entré al baño mientras te duchabas, tomé tu billetera desde los pantalones que dejaste en el suelo, saqué las tarjetas, y fui a comprar chelas para toda la semana en la botillería de al lado.
– ¡Puta viejo, de nuevo lo mismo!
– Lo hecho, hecho está, Matías.
– ¿Te aseguraste, si quiera, de no comprar de nuevo de esas cervezas sin alcohol? Recuerda que el dueño de la boti no hace devoluciones.
– ¡Obvio po! Si ya estoy medio cura’o incluso, ¡Nunca tan hueón!
– Ya, menos mal.
– Porque… cuando la lata dice que tiene “cero grados”, es para hacer referencia a que esa es la temperatura de la pilsen po, ¿Cierto?
– No, viejo. Se refiere a que tiene cero grados de alcohol.
– Ah…
– Sí…
– Puta la hueá…

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