18 Jul

Capítulo 302: La Tuto

La primera vez que vi a la Tuto, fue en un concurrido parque santiaguino, cierto domingo al medio día, mientras se encontraba haciendo malabares para un par de autos que esperaban que la luz del semáforo se tornara verde. A riesgo de sonar enamoradizo, la flaca me flechó casi de inmediato, y lo cierto es que no podría haber sido de otra forma, si la Tuto se desenvolvía con una naturalidad cautivante, cada movimiento que realizaba resultaba ser todo un deleite visual, y yo, embobado por su mística circense, no atiné a nada más que a acercarme a uno de sus amigos para rogarle, a cambio de un par de cigarros y un pan con mortadela lisa, que me contara todo acerca de ella, a ver si teniendo un poco de información privilegiada lograba meterle cháchara, y algo más. Lo único que puse sacar en limpio, luego de la rápida interrogación, fue que la Tuto pasaba volada todo el santo día, y que todos sus temas de conversación, era que no, giraban en torno a la marihuana, a sus centenares de beneficios y a la cantidad estratosférica de usos que se le podía dar. Y es que tan sólo era cosa de verla: cada prenda de ropa que usaba tenía uno que otro motivo alusivo al consumo de marihuana; sus aros -confeccionados por ella misma- no eran más que trozos de alambre trabajados para que se asemejaran a dos hojas de marihuana, y cada vez que se acercaba a los autos para pedir la correspondiente cooperación voluntaria, señalaba que todo lo recaudado sería destinado, única y exclusivamente, a la compra de marihuana para el consumo personal y recreativo.

Yo, por mi parte, volado no he sido nunca, y por lo mismo me costó tanto decidirme a hablarle cuando noté que se sentó en una esquina de la cuneta, con el fin de encender un enorme pito que guardaba tras su oreja izquierda. Pese a todo, dejé mis miedos de lado y me le acerqué cancheramente, la saludé como quien saluda a un conocido y, con tal de generar algún tipo de complicidad, le conté que yo también era artista, que escribía relatos de todo tipo, así como ella, que era una artista callejera. No me pescó ni para el hueveo, y me pidió, sin siquiera mirarme, que me virara al toque, así, con esas mismas palabras. Esa tarde, me devolví a mi departamento cabizbajo, derrotado, alicaído, pero decidido a volver al ataque en otra ocasión, aplicando esta vez mayor destreza, más viveza y, sin lugar a dudas, una mejor estrategia.

Un par de días pasaron cuando me convencí de retornar a la esquina donde la Tuto semaforeaba, y, poniendo en juego mis mejores cartas, me paseé frente a su rango de visión con un pulgoso perro callejero que aguaché a unas pocas cuadras del lugar. La Tuto fijó su atención en mí casi de inmediato, dejó sus clavas tiradas a un costado de la vereda, y se me acercó sonriendo y meneando sus caderas con su exótica coquetería pachamámica.

– Oye, hermanito – Me dijo, apuntándome con sus ojitos de marihuanera – Y ese amigo canino, tan bonito, ¿Es tuyo?
– Mío no es, aunque tampoco tiene otro dueño. Por eso le puse “Hojitas”… porque, en realidad, es del viento – le mentí.
– Oh, hermano… qué místico… me dejaste así, como pensando, y la volá’…
– Pero ven, acércate, ¿Querí hacerle cariñito? Está tapado en pulgas y garrapatas, eso sí, pero igual podí acariciarlo usando un palito, ¿Te tinca?
– No te preocupí, hermano, si él es un ser hermoso, sano, así como yo, o como tú, ¿Me captái?
– Claro, como yo… claro…
– Pobrecito, se nota que no se ha bañado en días. Y tan feíto que es, ¿No te parece? Aunque igual tiene un aura limpia, un corazón puro, ¿Cierto? Pese a todas sus pifias exteriores, por dentro es una criatura hermosa y bondadosa.
– Sí po, sí es un buen animalito.
– ¿Ah? No amigo, no te confundas, en realidad estaba conversando con el perrito… y le estaba hablando de ti…
– O sea… ¿Piensas que por dentro soy lindo?
– Por dentro, claro…
– Entonces… ¿Me aceptarías una invitación a salir? Total, ya tengo tu confianza, me imagino, ¿Vamos a tomar algún trago, o a bailar, o a conversar un ratito?
– No, no te preocupes.
– Chuta, ya…
– No me gustan esos panoramas, hermanito, son muy típicos. Vámonos a la playa mejor, está rico el día. Ando con mi carpa, mi cocinilla, y un saco lleno de marihuana, ¿Te tinca?
– ¿A la playa?
– Sí po, ¿O tení algo mejor que hacer? Ah, no me digas… eres un clásico conformista asalariado que tiene que pedirle permiso a su jefecito cuando quiere disfrutar de la vida, ¡Siempre es lo mismo! Hace más de tres semanas que quiero pegarme una escapadita con algún compañero de buenas vibras, pero nunca pueden. Qué pena.
– ¿Asalariado, yo? ¡Cómo se te ocurre! – Mentí nuevamente, pensando en qué chiva le metería a mi jefe para faltar a la pega al día siguiente – ¡Vamos a la playa no más! Acompáñame a buscar mi traje de baño, y nos vamos.
– ¿Traje de baño? ¿Y para qué? Yo me baño al natural, me gusta dejarme amar por el mar… y también por quien me acompaña…
– ¡Ya, partamos ahora mismo entonces! ¿Compramos algo para llevar? ¿Su cocaví, o algo?
– ¿Y para qué, hermano? Si sólo necesitamos que la luna encienda su destello para nosotros, que la fogata que armemos nos dé luz y energía hasta que amanezca, y que los pitos que nos fumemos nos dejen en órbita, listos para ser nosotros mismos en nuestra esencia más pura, listos para abandonar nuestra individualidad, y así, de una buena vez, hipnotizados por el embrujo de la hierba santa, convertirnos en uno… en uno, bajo el manto infinito de las estrellas…
– ¡Ya! O sea, igual entendí poco, pero si te estás refiriendo a lo que yo pienso, el panorama se oye bueno.
– Y sí que será bueno… ¡Pero oye! Sólo nos falta algo.

¡Cresta! Iba todo tan bien, ¡Siempre tiene que haber un “algo” que arruina todo!

– ¿Qué cosa? – Le pregunté, desesperanzado.
– Papelillos. Ya se me están acabando los míos, ¿Tú tienes?

Respiré completamente aliviado, ¡No se trataba de nada grave! Sólo tenía un obstáculo para lograr mi cometido, y solucionarlo sería pan comido.

– ¿Papelillos? Eh… no, no tengo. Pero podría comprar.
– ¡Ya po, filete! Hagamos ese trato: yo me pongo con la marihuana, y tú con el papel, ¿Te parece?
– ¡Me tinca!
– Ya… ¿Y?
– ¿Y qué?
– ¿Y qué estái esperando?
– Ah… es que no sé dónde venden.
– Ahí po, al frente, en el supermercado.
– Ya, ya, entiendo… ¿Lo busco en la sección de útiles escolares? ¿Al lado del papel de oficio, por ahí?
– No… en la tabaquería. La que está en la entrada…
– Ah… ¿Y cómo los pido? ¿Pregunto por papelitos? O cómo…
– Hermano, a ver, dime una cosa – me interrumpió, ligeramente ofuscada – ¿Tú fumái marihuana?

Su pregunta era clave. Según inferí por mi propia cuenta, el consumir marihuana era un requisito excluyente para la Tuto se fijara en alguien, así que no me quedo más que, otra vez, mentir.

– ¡Sí po, si fumo! Fumo caleta, ¡Como quinientos pitos al día! Así, hermana, sé todo sobre la marihuana, amor y paz, ¡Viva Bob Marley! Aguante abril, cogollos mil, no me importa nada vieja, no me importa nada.
– A ver, fúmate esto – me retó, poniendo ante mis ojos, como si fuese un desafío, un pito gigantesco.
– ¿Qué? No… no sé… ¿Y para qué?
– Es que, la verdad, a mí me da lo mismo si fumái o no fumái. Sólo quiero saber si me estás diciendo la verdad.
– O sea, si yo no fuera vola’o, ¡Porque sí lo soy! Igual habrías ido conmigo a la playa.
– Pero claro po, hermano, ¿Tan superficial me crees? A mí me importa lo que las personas son, no lo que hacen…

¡Mierda! Me encontraba en un limbo de los peores: si seguía mintiendo, la perdería, y por otro lado, si le decía la verdad, quedaría como un saco’e hueas… ¡Pero a quién quería engañar! la Tuto me tenía de los cocos, y en esos momentos, el decirle la legal era mi única salida

– Mira, Tuto, para serte sincero… sí, fumo. Pero poco. Súper poco. Muy, pero muy poco. Casi nunca, en realidad.
– ¿Viste que no costaba nada hablar con la pulenta?
– Sí, tienes razón, lo siento mucho… es sólo que no quería quedar como imbécil frente a ti.
– Tranquilo, socio, relájate… ¿Y por qué tan poco?
– ¿Ah? ¿Qué cosa?
– Fumar, de eso estamos hablando, ¿Por qué fumas tan poco?
– Ah, porque me da alergia la marihuana.
– ¿Alergia?
– Sí. Cada vez que fumo, me da alergia.
– ¿La dura? ¿Y cómo se te manifiesta? ¿Con ronchas, picazón y hueás así?
– No, nada de eso… se me ponen los ojos rojos.
– ¿Que se te ponen los ojos…?
– Rojos, se me ponen rojos. Rojísimos, de hecho, ¡Y hay que tener cuidado con las alergias! Algunas llegan a ser mortales. Imagínate que a veces, después de fumar y sufrir las correspondientes consecuencias, me he tomado de las mismas pastillas que me tomo cuando me pica una abeja, ¡Y no me hacen nada! Mis ojos no disminuyen para nada su tonalidad rojiza, y por eso me preocupo tanto de evitar el consumo de hierba… Y ahora, ¿Qué me dices? ¿Voy a comprar los papelillos igual? ¿Para ti, más que sea?
– Sí… bueno, anda no más…
– ¿Segura?
– Sí, obvio, aquí te esperaré.

Y no. No me esperó. Ni cagando me esperó.

Y el perro callejero, tampoco.

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