25 Jul

Capítulo 303: Nacimiento y caída de “El Almacén Glamour”

Don Yolito llegó al barrio en compañía de su esposa, doña Choli, a finales de los años ochenta; arrendaron un pequeño local a la vuelta de la casa que mis padres compartían, lo desratizaron, le pegaron una amononada en la medida de lo posible y, finalmente, inauguraron allí un pequeño negocio para ganarse la vida, al cual bautizaron con el pomposo y elegante nombre de “El Almacén Glamour”. Al principio, la idea de los enamorados era vender ropa exclusiva, joyas y alimentos gourmet. Sin embargo, cuando se dieron cuenta de que en el barrio sólo habitaban viejos chicheros y viejas guachacas, cambiaron el rumbo y comenzaron a comercializar aquellos productos que la gente siempre les pedía que vendieran: cigarrillos sueltos, colonia de guagua, pinches para el pelo, fósforos y paquetes de velas, para los apagones. Con el tiempo, “El Almacén Glamour” se hizo de una pequeña clientela que, si bien compraba apenas lo suficiente como para que sus dueños pudiesen comer y pagar sus cuentas básicas, era fiel, constante y sumamente bien agradecida, tanto así que don Yolito, como una muestra de afecto, instaló una banca justo afuerita de su humilde local, con el único y noble fin compartir una buena conversación, un refresco y, por qué no, un puchito con quien quisiera acompañarlo, sin costos, sólo por la buena onda, y en forma de agradecimiento por hacerle más amena su vida. Y fue ahí donde conoció a mi viejo.

Mi viejo y don Yolito se hicieron amigos casi de inmediato: se la pasaban jornadas enteras echando la talla afuerita del almacén, cuchicheaban de lo lindo sobre lo humano y lo divino, compartían uno que otro secreto como yuntas que eran, y así, a medida que el tiempo y su amistad avanzaba, era que no, comenzaron a jaranear a espaldas de sus esposas… aunque, a decir verdad, a mi madre le daba lo mismo lo que mi padre hiciera o dejara de hacer, pero no así a doña Choli, ya que ella sabía que su marido, con copete dentro, era en extremo mal portado… si me lo hubiesen contado, no lo hubiera creído, aunque como si fuese ayer recuerdo que en cierta ocasión, y en plena once familiar, a mi viejo se le salió que don Yolito, a quien todos consideraban un hombre recto e intachable, se ponía más que cocoroco con un par de tragos encima, se le soltaban las trenzas en mala, y agarraba de gastarse las ganancias de la semana en truculencias que nadie podría imaginarse; “pero eso no más les diré”, agregó mi papito, para no seguir echando al agua al pobre hombre, “miren que el Yolito es re buena persona, y yo, la firme, lo último que haría en mi vida sería perjudicarlo”. O por lo menos, ésa era la idea.

Fue a mediados de los noventa cuando “El Almacén Glamour” se vino a pique: las ventas con suerte le permitían a don Yolito reabastecerse y, por consiguiente, la mercadería le comenzó a escasear como nunca. Yo, a mis tiernos ocho años, recuerdo haber ido a preguntar un par de veces por lápices de colores, para terminar una de esas típicas tareas a última hora, pero ni siquiera eso tenía, así que, con el paso del tiempo, me hice la idea –al igual que todos los habitantes del sector- de que ir a buscar algo donde don Yolito era tiempo perdido. Eso, hasta que vi en la tele la publicidad del producto que estuve esperando toda mi vida, y mi viejo, mostrándose dispuesto a comprarlo, me dijo que don Yolito lo tenía.

– ¿Estás seguro, papá? – Le pregunté, inocentemente – ¡Es que lo quiero demasiado! ¡Sería el regalo de cumpleaños ideal!
– ¡Seguro po, Matías! – me respondió, poniéndose de pie y tomando su billetera – ¿Cómo me dijiste que se llamaba la cuestión?
– Súper Nintendo.
– ¿Súper Nintendo? ¡Pero claro po! Don Yolito tiene de sobra ahí, en el almacén, apilados uno arriba del otro.
– ¡Papá, papito lindo, pero dime la verdad! ¿Me vas a regalar uno?
– ¿Es lo que quieres, hijo mío?
– ¡Sí, papi, sí!
– Entonces, es lo que tendrás, te lo mereces. Además, ¿Cuándo te he dicho que no yo? ¿Ah? ¿Te he fallado alguna vez? ¡Nunca po, Matías, nunca! Ya, pesca tu chaqueta y sígueme, ¡Hoy tendrás tu propio Súper Nintendo!

Y ahí partí yo, ilusionado de la mano de mi viejo, quien, jugando con la suerte a su favor, me mintió descaradamente para, a su modo, hacerme feliz.

– ¡Buenos días don Yolito! ¿Cómo le va?
– Ahí no más pue’ vecino… aguantando…
– Oiga don Yolito, ¿Le quedará a usted algún Súper Nintendo por ahí?
– ¿Ah? ¿Un qué?
– ¡Un Súper Nintendo po! Si yo sé que usted tiene – chamulló mi padre, como el mejor de los actores, ante la perplejidad de don Yolito, quien no entendía lo que su interlocutor se traía entre manos – ¡Yo mismito vi el otro día un par aquí, ahí, al lado de los chocolates!
– ¿Aquí? ¿Está seguro? Chuta vecino, yo creo que usted está equivoca…
– ¡Ah! ¡Entonces se le acabaron! – Lo interrumpió mi viejo.
– No, es que… es que…
– ¡Pucha Mati, que tenemos mala suerte! ¡Se le acabaron justo hoy los Súper Nintendo a don Yolito! ¿Cierto, don Yolito? ¿Cierto? Vamos a tener irnos, y volver otro día no más po.
– Pero papá, ¿Y si vamos a comprarlo a otro lado? – Dije, esperanzado.
– ¡Estái loco! ¿Y pa’ qué? ¡Si don Yolito los vende, y con un montón de juegos! Sólo que hoy tuvimos mala suerte, y se le agotaron, ¿O no don Yolito? Dígale al Mati po, no me deje como mentiroso.
– Tiene razón su papi, Matías – respondió don Yolito, de mala gana, comprendiendo al fin la vil triquiñuela de mi viejo – hace un par de horas vendí el último. Lo siento, pequeño.
– ¡Ya, vamos no más!
– Está bien… pero papá, ¿Me compras un dulce, que sea?
– ¡Cómo se te ocurre, Matías! Esta plata que traigo aquí – me dijo, golpeándose sus bolsillos vacíos – es única y exclusivamente para tu Súper Nintendo, ¡Y para nada más! Y si gasto un solo peso en otra cosa, ya no podré comprártelo po, ¿Me entiendes? Caminemos para la casa ahora, y otro día volvemos, ¿Estamos? ¡Nos vemos don Yolito, muchas gracias de todos modos! ¡Y que le siga yendo bien!

Desde ese día en adelante, cada vez que yo le recordaba a mi padre mi deseo de tener mi propia consola de Súper Nintendo, el me pescaba de la mano, me llevaba nuevamente al negocio de don Yolito, y repetía la misma deplorable actuación una y otra vez, “¡Pero don Yolito! No me diga que de nuevo vendió el último que le quedaba”, y otra vez, “¡Hoy día es el día, don Yolito! Dígame que le guardó el juego ése al Mati… ¿Cómo? ¿No? ¡Pucha, a fin de mes volvemos entonces! ¿Ya?”, Y otra vez, “¡Don Yolito! ¡Ahora sí que sí! ¿En serio? ¿Entonces no le quedan? ¡Que tení mala suerte Matías! Ya po, pa’ la próxima será, tal vez ahí tengamos más suerte”, y así, siempre lo mismo, cada semana repetía su show, el cuento del “algún día lo tendrá” ya me lo sabía de memoria, lo que hizo que me llenara de pesimismo con respecto al tema, y me resignara a la idea de nunca tener mi anhelada consola… hasta que un día, y pese a todo pronóstico, el momento soñado llegó.

– ¡Buenas tardes don Yolito!
– Buenas tardes vecino, ¿Cómo está usted?
– ¡No me quejo! Oiga don Yolito, deme buenas noticias esta vez, ¿Tendrá algún Súper Nintendo por ahí?
– ¡Sí pue’! Aquí le tengo uno – respondió don Yolito, sacando la flamante caja que contenía la consola desde debajo de su mostrador, y entregándomela en mis tiritonas manos.
– ¡Pucha don Yolito! De nuevo no tie… ¿Qué?
– Que ahí está la consola pue’, vecino. Le guardé una, ¿Ve? Tal como usted tantas veces me lo pidió – Le dijo, guiñándole el ojo.
– Pero… pero…
– Eso sí, Matías, – me habló, ignorando por un rato a mi padre – con la pura consola no hací nada po… ¡Así que mira! ¡Traje juegos también! Fui de propio donde el proveedor a buscarlos, especialmente para ti, observa: aquí hay uno de fútbol, otro de unos monitos que comen plátanos, aquí hay unos del Súper Mario, estos son de pelea, hay otros tantos de guerra también, ¿Qué te parecen? ¡Llévatelos todos no más! Si tu papi me dijo que te los iba a comprar apenas me llegaran, – mintió, tal como mi padre había mentido durante tanto tiempo – ¡Toma, toma, échalos en una bolsita! Y anda a probarlos al tiro, ¡Pásalo chancho! Tal como lo pasaré yo con la platita que tu taita me pagará ahora mismo… sí, ahora mismo… – dijo girándose hacia mi padre y, con una cara que ahora interpreto como de satisfacción ante la venganza, puso un pequeño papelito en sus manos – aquí tiene la boleta, vecino. Y, antes de que me lo pregunte, no… no fío.

Mi felicidad era inmensa, di gritos descontrolados celebrando mi nueva adquisición, y saltando de alegría vi como mi padre, con su rostro desencajado, pescaba la boleta, iba a la casa a buscar la cajita de zapatos en la cual guardaba sus escasos ahorros, y billete a billete le pagaba a don Yolito el alto costo en el que le vendió la consola, más el puñado de juegos que me entregó. La cara de don Yolito estaba tan luminosa como la mía, y, antes de despedirnos, le dio un abrazo a mi padre, quien estaba a punto de llorar, y le dijo algo así como “no se aflija, compadre, mire que negocios son negocios, a veces se gana, y otras se pierde… usted me entiende”.

Al otro día, alguien le contó a doña Choli, por medio de una carta anónima, que su esposo se gastaba todas las ganancias de su negocio en puras maracas caras. “El Almacén Glamour” cerró sus puertas de inmediato, y para siempre; doña Choli se fue a vivir sola a España, donde encontró el amor a los pocos meses, y don Yolito, triste y despechado, se convirtió en uno más de los viejos chicheros que, fruto de sus malas decisiones, deambulan día a día por el barrio.

Y yo… bueno, yo di vuelta el Street Fighter II más de cien veces. Y con Chun-Li.

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