12 Ago

Capítulo 304: La más excelente y lamentable tragedia de Mati & Catita

La Catita era la menor de once hermanos, cada uno más rubio que el otro, todos criados bajo el estricto alero de una acomodada familia del sector oriente de Santiago; siempre estudió en los mejores colegios, se rodeó de la gente más fina, recorrió junto a sus amigos los parajes más exóticos del globo y, en el periodo más hippie de su juventud, cuando le dio por hacer turismo social y bajar de Plaza Italia para explorar el Chile real, me conoció a mí, su contraparte, su polo opuesto, el hijo único de una familia periférica, que estudió en los liceos más cumas de su comuna, y que con raja había remojado las patas en uno que otro balneario popular del litoral central.

En todo caso, no fue el destino el que nos unió, sino el Lolo Astudillo, mi único amigo cuico, quien me llamó un domingo a las once de la mañana para convidarme a una actividad solidaria que organizaba junto a unos ex compañeros de universidad, y que, según él, lo haría conectarse con sus orígenes más humildes, esos que recordaba cada vez le llegaba la angustiosa culpa de quien vive derrochando en lujos burdos e innecesarios.

– ¿Y? ¿Te llegó la invitación del evento, perrín? – Me pregunto, con la papa en la boca que tanto lo caracteriza – Revisa tu Facebook, zorrón, ¿O estái con una minits acaso? ¿Ah?
– Calma, es que no la había visto, me parece que aquí está… ¿Es el “Solidary Lunch Fest V.I.P. Bean Golden Delux 5.0 Elektro Social Help”, cierto?
– Sí perrazo, será una porotada bailable de lujo, en una sede social de por allá abajo, cerca de donde voh viví po. Le serviremos porotits a los viejits que viven en situación de callits, mientras un DJ les pone unas electrónicas filetes para que calienten el cuerpo, ¿Qué te parece?
– No sé. Sólo puedo decir que hace tiempo no escuchaba una idea tan hueona.
– Y bueno, campeón, ¿Cuento contigo entonces? ¿Perro, papá, pichanga, porotos?
– Pa’ qué te voy a mentir… igual me da paja cocinarme algo. Iría pa’ puro comer gratis.
– Te esperamos entonces, perrazo, ¡Y viva la conciencia social!
– Sale hueón, si voh inventái estas leseras pa’ puro ponerla no más.
– ¡Y cómo la he puesto, papá! ¡Cómo la he puesto! ¿Ah?

Y en el fondo, era verdad: cada evento finoli que el Lolo se sacaba, no era más que una excusa para desatar las pasiones, como si el ambiente cuico se calentara al mezclarse con la plebe, teoría que constaté una vez más cuando, al dar el primer paso dentro de la sede, palpé en el aire una lujuria zorrona que no dejaba indiferente a nadie: decenas de jovencitas, todas con estampa de modelo, deambulaban coquetas alrededor de unos cuantos mendigos, quienes miraban desconcertados cómo esas lolitas los abrazaban para sacarse selfies, enseñando el escote y parando el poto, y luego corrían a los brazos de sus amigos pitucos, puros pailones flacuchentos de casi dos metros, quienes, con voces casi tan roncas como las de ellas, las invitaban a tirar a un roñoso colchón que estaba en una de las salas del lugar, para así amar como ama el pueblo: expuestos, incómodos y sin privacidad. Yo, al igual que los vagabundos que allí comían, no me sentía parte de lo que estaba presenciando, y por lo mismo no atiné a nada mejor que pescar una olla llena de porotos, cubrirla con un polerón, y salir caminando hacia atrás para pelármela sigilosamente, a ver si así los vagabundos –quienes, sin duda alguna, estaban completamente borrachos- pensaban que yo venía llegando, y no que me estaba arrancando con su almuerzo, y en eso estaba, con mi plan viento en popa, cuando alguien tocó mi hombro y me obligó a dejar todo hasta ahí.

– ¡Yo no he hecho nada! ¡Alguien me cargó! ¡Alguien dejó esta olla en las manos, y yo no me di ni cuenta! – Grité, improvisando una defensa incuestionable.
– No me dé explicaciones caballero, no se preocupe, en serio… mírese, su vida ya es demasiado difícil – Me dijo una joven particularmente hermosa, confundiéndome con uno de los vagabundos – no se estrese más de la cuenta y siéntese. Yo le haré un poco de compañía. Pero de lejitos.

Y así fue como conocí a la Catita.

Para no romper la magia, no le dije de inmediato que el Lolo Astudillo me había invitado a cooperar con la actividad solidaria, y no a comérmelo todo, como lo estaba haciendo, pero luego de finalizada la jornada, cuando el Lolo apareció con unas botellas de vino para celebrar el éxito de su campaña, fuimos presentados formalmente, y todo el mal entendido llegó a su fin.

– Y entonces, Matías, – me dijo la Catita – si no eres un vagabundo, ¿Por qué te dejas esa barba tan fea, y te vistes con puros harapos viejos?
– Es una forma de hacerlos sentir integrados. – le mentí – Al mimetizarme con ellos, les demuestro que empatizo con la situación en la que se encuentran, que vivo lo que ellos viven, que palpo la discriminación en primera persona, ¿Me cachái?
– Matías… me dejaste pa’ la cagá, qué profundo…
– Bueno, así soy yo, “Mati el profundo” me dicen. La pulenta.
-Ahora entiendo todo po. Por eso tampoco tomas del vino que trajo el Lolo, porque tu aspecto de borracho demacrado es sólo una farsa, ¿No?
– No, momento: sí no tomo vino es porque no me gusta. A mí me gusta el pisco.
– ¿En serio? ¡A mí también! Y no sé por qué, si es un trago como de… como de pobres, ¿Cachái? ¡Pero igual he encontrado algunos que son exquisitos!
– Espera, ¿Cómo es eso de “trago de pobres”?
– Ay Matías, tú me entiendes… que es como popular, un trago corriente, o sea, no es lo que suele beber la gente como uno, ¿Me cachái?
– Claro, gente como uno…
– Y como te decía, un verano fui a misionar a Perú, y allá encontré unos piscos de lujo, de primer nivel, tanto así, que ni siquiera los exportan, porque son exclusivos a morir, imagínate.
– Sí, me imagino… – respondí, ya desinteresado en la conversación.
– Y entre nosotros, Matías, a mis amigas siempre les digo que si algún día, así de la nada, llega un tipo y me invita un pisco de esos, ¡O sea! Me entrego entera.
– ¡Yo tengo en mi casa uno po! – Agregué, interesado nuevamente.
– ¿En serio? Porque, de ser así…
– Lo juro – mentí, una vez más – mi viejo siempre me regala tragos de distintas partes del mundo, cada vez que viaja me trae uno nuevo, y la navidad pasada llegó con una joyita: un pisco creado por unas sacerdotisas peruanas ciegas que viven solas hace decenas de años en un templo oculto cercano a Lima. Su vida entera la dedicaron a la producción de ese brebaje, y sólo sacaron a la venta dos botellas: una, la que vendieron más barata, la compro el presidente de Arabia Saudita, y la otra… bueno, la otra la tengo yo.
– ¡Ya! Anda a buscar tu auto, y nos vamos a tu casa de inmediato.
– Chuta, en mi casa no voy a poder, tengo a unos maestros ampliando el living – mentí, y seguí mintiendo, para no reconocer que no tenía auto… ni menos casa – pero ándate tú a la tuya, me das la dirección, preparas algo rico, y yo voy en la noche a verte, ¿Te parece?
– Me parece genial. Así, tú pones el traguito, y yo te preparo el postre.
– ¿En serio? ¡Bacán! ¿Y puede ser tutti frutti?
– Ay, Matías, que hueón, o sea…
– ¿Por qué? No entiendo…
– ¡Ya, filo! A las diez te espero entonces, para que tengamos tiempo suficiente como para darnos un baño a full, a ver si así nos quitamos este olor a roto, ¡Me mato!

La Catita era todo un caso. Al igual que el resto de sus amigos, su espíritu abajista no le bastaba para eliminar su identidad arrogante y arribista, y si bien ese clasismo que se le salía por los poros no me era atractivo para nada, ella sí tenía algo que llamaba poderosamente mi atención… su raja perfecta y tonificada, tal vez, ese traste que tuve en mente en todo momento, y que me embobó tanto, que me hizo olvidar que, para lograr ponérsela esa noche, tenía que tener el bendito pisco que había prometido, ¡Y cómo! Si en mi departamento con suerte tenía una pilsen en lata, y una botella de plástico llena de un aguardiente de 50° que me regaló una tía borracha en una de mis tantas visitas al sur, producida ilegalmente por unos huasos de la zona, y capaz de dejar lona a cualquiera que osara siquiera a olerla… no había más vueltas que darle, la solución estaba clara: tomé una curvilínea botella de aceite de oliva artesanal, que me gané en una rifa de la pega, la vacié completamente, la lavé a la rápida y, con la ayuda de un embudo, la llené con la bendita aguardiente que haría pasar por el más fino de los piscos peruanos; le puse un corcho, para rematar, y le pegué una pirula etiqueta que imprimí en el cyber de la esquina, ciegamente esperanzado en que la Catita me diera la pasada apenas viera el regalito con el que llegaría, y rezando para que no le diera un sorbo apenas atravesara la puerta.

Lamentablemente, no fue así.

– ¡Matías, no lo puedo creer, lo trajiste! – Clamó con voz chillona, justo antes de tomar la botella, descorcharla y, de un solo trago, zamparse casi un cuarto de su contenido – oh, miera… oh, mierda…
– ¡Catita! ¿Estái bien? A ver, ven, déjame tomarte el pulso, ¿Puedes respirar? ¡Dime algo! ¿Aún tienes visión? ¿Sientes que te estás quemando por dentro? ¡Habla, por el amor de dios, habla!
– Matías, esto es… es…
– Pucha, ya, me pillaste, sí…
– ¡Es el pisco más exquisito que he probado en mi vida!
– ¿Qué? ¿En serio?
– ¡O sea! Igual lo había tomado antes, ¡Obvio! Su sabor se me hace súper familiar – respondió, dándole otro sorbo a la botella.
– Ya, pero chupa con cuidado, no te vayas a emborrachar antes de…
– ¡Es que es increíble! – Agregó, dándole un sorbo más – Amo su atractiva presentación – y otro más – su golpe aromático, tan fresco, tan elegante – y otro – se nota su largo tiempo de añejamiento en barricas de roble – y otro más – sus suaves notas de rosas y jazmín, además de cítricos – y de nuevo, otro – en la boca se siente redondo, cremoso, con un final largo y persistente – y otro, una vez más – y sus toques le otorgan una personalidad única y… y… una personali… ¡Hic! Yo… yo… ¡Hic!
– ¡Catita! ¿Estás bien?
– Yo… ¡Hic! yo creo que, ¡Hic! Yo… yo… ¡Hic!

Y dicho esto, la Catita echó la cabeza hacia atrás, puso los ojos blancos, hizo un par de arcadas y, sin más, se fue de hocico al suelo, donde comenzó a vomitar boca abajo, llenando su cara y su pelo con el aguardiente regurgitado mezclado con los pocos porotos que se había comido aquella tarde. La escena era impactante, penosa, patética, “esto es una tragedia”, pensé, “una vez más el cruel destino me ha vencido… aunque, a quién quiero engañar, la culpa fue mía, toda mía, yo soy quien provoco mi decadencia, y por lo mismo… debo pagar”, y tal como si fuese una versión rancia de Romeo, me recosté al lado de mi intoxicada Julieta, llamé a una ambulancia, indicando que en tal dirección debían recoger a un par de jóvenes muertos, pero de curados, y me bebí el resto del contenido de la botella, yaciendo al lado de mi amor imposible, sintiendo como poco a poco me meaba y me cagaba, y pensando en la vida juntos que nunca podríamos tener.

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