23 Ago

Capítulo 305: Monse

A los 17 viajé por vez primera a Valparaíso de noche, solo, casi pato, con la única intención de vivir en carne propia lo que significaba carretear ahí, en el epicentro del hueveo del litoral central… y sinceramente, de no haber sido por ella, por su boca, por su voz y por sus ojitos picarones, quizás la ocasión ya la habría olvidado. Y es que, al principio, el jolgorio porteño no me pareció nada fuera de lo común: un poco más económico que otros lares, claro está, pero la ranciedad de sus bares no distaba mucho de lo que yo ya había visto en los sucuchos de mis barrios: harto borracho hediondo a sobaco, música triste, con predominancia de boleros cargados a las notas menores, y ambientes lúgubres que invitaban a tomar para olvidar penas, paradójicamente, ya olvidadas. “Más de lo mismo”, me dije en un principio, empecinado en que ningún recuerdo me llevaría de vuelta a la capital… claramente, no tenía idea de lo equivocado que estaba.

Fue todo en febrero, un caluroso sábado veraniego, y, por lo mismo, preferí dejar la piscola de lado y tirarme de cabeza a probar todas las cervezas artesanales que por allá ofrecían. La caña de la pilsen me obligaba a estar tumbado en la cama el domingo entero, y eso, para un tipo con un creciente insomnio, es más un placer que un castigo. Varios litros más tarde, y como es lógico en situaciones así, las ganas de echar la corta sobrepasaron la paja que me daba ponerme de pie, así que no me quedó más que salir de mi letargo, abrirme paso entre la multitud que a esa hora atiborraba la cantina de mala muerte a la que fui a caer, y agudizar el olfato para saber dónde se encontraba el anhelado baño. Al llegar a éste, y con la calma de quien tiene todo bajo control -pese a que mi vejiga me daba indicios de que iba a explotar-, separé mis piernas frente al urinario, levanté la cabeza levemente, y me bajé el cierre del pantalón hasta el tope; y en eso estaba, buscándome la diuca dificultosamente, cuando a mi lado, desde una de las casetas, salió ella, tan linda ella, con su semblante triste y sus movimientos suaves, dispuesta a pegarse una manito de gato con el rímel que acababa de sacar de su bolso, sin reparar aún en mi presencia.

– Oye, – le dije simplemente, mientras me subía el cierre para ocultar mi vergüenza – amiga, ¿Me escuchas? Oye po, péscame.
– ¡Cresta! – Gritó asustada, llevándose la mano al pecho, y dando un leve y gracioso saltito hacía atrás que logró desordenar su larga cabellera negra – ¡Degenerado! ¡Qué haces aquí, en el baño de mujeres!
– No, momento, ¿Qué haces tú aquí? – Le respondí, desafiante – Éste es el baño de hombres.
– Estás equivocado, es el de mujeres, ¿Qué quieres apostar?
– ¿Apostar? Nada po, sería maldad si lo hiciera, tomando en cuenta que yo tengo la razón.
– ¿Sí? ¿Y cómo estás tan seguro de eso, genio? A ver, sorpréndeme.
– Simple: hay urinarios, mira, ¿Para qué mierda tendría urinarios un baño de minas?
– Chuta…
– Y ahí, en ese letrero gigante de la entrada, dice clarito “Baño de Hombres”, ¿Lo ves?
– Qué bochorno más grande, dios mío…
– Y, además, no hay papel higiénico, y el frasquito del jabón está lleno. Porque ya sabes, si los hombres no nos limpiamos ni la raja, menos nos vamos a lavar las manos po.
– No sigas, qué plancha…
– Y, para rematarla, mira las paredes, ¿Ves? En todas dice “Pico y Zorra se aman”, y piensa, ¿Quién, aparte de un hueón bruto y troglodita, escribiría algo así?
– Bueno, al menos en eso estás equivocado – me dijo, sonriendo por vez primera – porque ese rayado de ahí, el de la esquina, el más grande, lo hice yo hace un rato.
– ¿Cuál? ¿El que, además de las palabras, tiene los dibujos?
– Sí, ese mismo, ¿Qué te parece?
– Bonito. Aunque un poco exagerado, la verdad. Todos sabemos que el pico es más chico, o sea.
– ¿Ah? Pero si lo hice diminuto…
– ¿Qué? ¡Ah, sí, claro, claro! Te quedó perfecto, digo, precioso, una obra de arte.
– Bueno… gracias, supongo. De niña siempre quise ser dibujante, pero no tengo mucha gracia con el lápiz, lamentablemente… ¡Aunque no me quejo! Igual la vida me regaló otros talentos.
– ¿Sí? Déjame adivinar… ¡Erí buena pal catre! Así, como tonta pa’ la corneta me tinca, ¿O no?
– No. Hablaba de mi talento vocal. Todos dicen que canto maravilloso.
– Ah…
– Y, por si tienes dudas, no… no soy “como tonta pa’ la corneta”, como tú dices.
– Ya, disculpa Igual, no lo tomes a mal, no lo decía por tu pinta ni nada eso, sino que por tu cara… ¡O sea!
– Y tampoco soy buena pal catre, fíjate. No deberías ser tan prejuicioso.
– Tienes razón, me fui al chancho cuando dije eso, lo reconozco.
– Ni siquiera me gusta tanto tirar, para tu información.
– De corazón, mis disculpas.
– Ni chuparlo me gusta.
– Perdón, en serio.
– Porque, pa’ que sepái, a mí me gusta que me meen.
– Sí, discúlpame, nunca más diré algo como… ¿Ah?
– Eso, que mi mayor placer es que me hagan pichí encima. En la cara, ojalá. Y si es en la boca, mucho mejor.
– Eso es… igual es como raro, ¿O no?
– No, no creo. Una parafilia como cualquier otra no más. Y es que amigo, seamos francos, ¿A quién no le gusta una buena lluvia dorada de vez en cuando?
– No sé… a mí nunca me han meado, la verdad.
– ¿En serio? – me preguntó, llevándose las manos a la cintura y dando un paso hacia mí, quedando su rostro a menos de medio metro del mío – ¿Y no te tinca que te mee ahora, acá mismo? Tú te sientas ahí, en el wáter, yo me paro sobre tus hombros, y…
– ¡No, no te preocupes!
– ¿Seguro?
– Es que tengo que viajar mañana, y subirme al bus apestando a orina no creo que sea muy grato.
– Ah, qué pena… ¿Y si me meas tú a mí?
– Chuta… ¿Y el olor? ¿No te molesta?
– Tú no te preocupes por eso.
– ¿La dura?
– La dura. Porque me lo trago.
– No te creo.
– Sí, me gusta, además me hace bien para la voz. Entre más orina tomo, más bien canto, ése es mi secreto, ¿Quieres ver?
– Mierda. ¿Es normal que me esté calentando con esto?
– Sí, por supuesto que es normal, a mí me pasa siempre, ¿Y entonces? ¿Procedemos?
– ¡Ya po, démosle!
– Pero después no te arrepientas, ni menos andes contando que te encontraste con una rarita que prefiere el pichí antes que el agua.
– No, no te preocupes… si, pensándolo bien, aunque el agua del mar sea salada, uno igual se empecina con las ganas de beberla po, ¿O no? Entonces, igual te voy entendiendo.
– Buen pensamiento, me gustó.
– Y por otro lado… me estoy aguantando las ganas desde hace rato… así que ven, quiero ver tu perversión.
– Que bonito que hablas… ¿Cuál me dijiste que era tu nombre?
– Matías, para servirte, ¡Digo! Para mearte, aunque me gusta que me digan Mati, ¿Y el tuyo?
– A mí dime Monse… a tu servicio.
– Y entonces, Monse, ¿Nos encerramos en el único cubículo que tiene el picaporte bueno, me agarrái la bombilla y comenzamos con lo nuestro?
– Me parece maravilloso.
– Prepárate entonces… esta noche eres la flor más bella, y gracias a mi riego, verás cómo vas a brotar. Ya lo verás.

La Monse me tomó de la mano y, dándome un suave beso a modo de previa, me dirigió hacia la caseta de la cual había salido hace un rato. “Apúrate, que estoy que me meo”, le dije, sin preocuparme de lo mata pasiones que soné, “espérate un poco, que a mí me gusta tomarme mi tiempo”, me respondió, arrodillándose dificultosamente frente a mí, producto del poco espacio con el que contábamos, y realizando extrañas elongaciones con su mandíbula, como si quisiera tener su boca abierta al máximo. Se notaba que la Monse sabía lo que estaba haciendo, o que al menos lo hacía frecuentemente, porque en un momento sacó se su bolso un enorme babero y un gorrito de natación, y se los instaló para que ninguna gota de mi ser le llegara donde no le tenía que llegar, y en eso estaba, preparándose como una profesional, cuando yo, sin poder aguantar más, lancé un grueso chorro de meado sin control ni dirección, con la mala suerte de que le cayó justo en el ojo derecho, haciéndola gritar –afinadito, hay que decirlo- del tormento y del dolor.

Decenas de veces le pedí disculpas, y decenas de veces me respondió que me callara, que era un desconsiderado y que, si quería su perdón, debía recargar fuerzas para intentar mearla nuevamente, aunque ahora de forma exitosa… Con tal de complacerla, cerré los ojos y me concentré en mi cometido, pero no, no hubo caso, los nervios y las ansias de quedar bien parado me jugaron una mala pasada, y fue tanta la fuerza que hice, tanto el empeño que le puse, que más salirme algo por delante, me comenzó a salir algo por atrás, así que no me quedó más que plantearle a la Monse, a mi tierna Monse, las dos únicas opciones que nos iban quedando a esas alturas: o me esperaba afuerita, para poder cagar tranquilo, o comenzaba a hacerse la idea de agarrarle el gustito a un desecho humano algo más sólido, como para que fuera variando en texturas y sabores también po.

Y eligió la primera opción.

Ni siquiera lo dudó, e incluso me trató de cerdo por proponerle semejante aberración. No la culpo, en todo caso, todo en la vida debe tener límites, incluso las perversiones.

Nuestra relación a distancia duró casi tres meses, y no tengo palabras para graficar lo felices –y cochinos- que fuimos durante todo ese tiempo: ella venía a visitarme, y yo la esperaba fielmente tomándome litros y litros de pilsen para cumplir sus fantasías, o yo viajaba a verla, y ella me servía una enorme jarra de agua con hielo apenas cruzaba su puerta para darle un toque más fresco y sano a su brebaje favorito, hasta que el día de su cumpleaños (el cual estuvo precedido por una fiesta cargada a los excesos) terminó conmigo sorpresivamente… la noche anterior la había cagado, y, de puro borracho, ni siquiera me había dado cuenta…

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