29 Ago

Capítulo 306: Caipiriñas

A principios de febrero, y pese a mi siempre creciente miseria económica, me encalillé en un paquete turístico con destino a Brasil. Viajé solo, más por opción que por carencia de amistades, renté un cuarto en el hostal más económico y rancio de Río, me compré unas sungas amarillas diminutas –y que en Chile jamás hubiese podido usar, porque puta que somos prejuiciosos con los gordos deformes por estos lares- y programé mi retorno para seis días más, tiempo suficiente como para hacer todo lo que quisiera hacer. Y vaya que lo logré.

El primer día, me enfoqué en mojar las patitas en unas cuantas playas, mirar potos, y buscar algún local chileno donde vendieran charqui y piscolas. Fracasé; el segundo, recorrí aquellos destinos paradisiacos imperdibles, nadé con pececitos de colores, y me quedé zeta temprano gracias a una insolación que me gané por culpa de un error de principiante (en mi defensa, no sé leer portugués, y por eso confundí el tubo del dentífrico con el del bloqueador); durante el tercer y el cuarto día, que cayeron fin de semana, comí y bebí como un cerdo, mañana, tarde y noche, así que de ellos poco recuerdo; el quinto día lo dejé para pasar la caña, y al sexto día, y sabiendo que me quedaban pocas horas para regresar a Chile, me levanté más temprano que de costumbre, pesqué los pocos reales que me iban quedando, y salí de mi claustro dispuesto a rematar como dios manda mis mini vacaciones… y quién lo diría: gracias a esa sabia decisión, recién al sexto día, conocí lo más maravilloso que podría haber conocido por allá… al sexto día, todos los tours que tomé, todas las playas que recorrí y todos los momentos mágicos que viví, se hicieron nada… al sexto día, y pese a todo pronóstico, la conocí a ella… al sexto día, y maldiciendo al destino por no habernos reunido antes, conocí a la Leila.

La Leila, al igual que este servidor, viajó a Brasil sola, y se hospedó en un cuartucho de mierda en el primer hostal barato que pilló. Sí, por esas coincidencias de la vida, el mismo que pillé yo. Cada mañana bajaba sagradamente a desayunar al comedor del lugar, y se topaba con parejas de viejitos centroamericanos o jóvenes hippies europeos a los cuales poco y nada les entendía, hasta que un martes, a eso de las once, escuchó un acento y un modo de hablar que no había escuchado hace días. Un acento que le recordó lo más florido de su tierra natal.

– ¡Por la concha grande de tu misma madre! ¡Leche culiá’ está terrible de caliente! ¡Me cago en el hijo e’ la perra que no avisó que esta hueá estaba hirviendo, por la santísima chucha! ¡Pico con esta hueá, hueón, pico con el desayuno! ¡Me quiero cortar un coco!

Pese a que en una ocasión normal la Leila hubiese reprobado semejante vocabulario, estando allá, lejos de casa, no pudo evitar contener una leve risa al reconocer a un compatriota hospedándose bajo el mismo techo que ella.

– Amén – dijo simplemente, aún sonriendo.
– ¡Chucha, no me hueí que erí chilena! – Le respondí, totalmente avergonzado – ¡Disculpa mi exabrupto! Pensé que nadie me entendía por acá.
– Es obvio que todos te entienden. Digo, no es como si estuviésemos en China tampoco.
– Cresta… no lo había pensado así.
– Pero filo, si no es para tanto, total… aquí nadie nos conoce. Podemos hacer lo que queramos, decir lo que se nos venga a la cabeza, y a todos les dará lo mismo. Mira… ¿Cuál es tu nombre?
– Matías. Pero dime Mati.
– Ya, observa… ¡Al Mati le gusta el pico!
– ¡Oye!
– ¿Viste? Todos me escucharon, la mayoría me entendió, ¿Pero a alguien le importó realmente que tú le prendas velas a la corneta? A nadie po.
– ¡Pero eso es falso! ¡Di que es mentira! ¡Que es mentira que me gusta el ñafle!
– No sé na’ yo… casi lloraste con un poquito de leche caliente, así que tengo mis dudas.
– Pero… pero…
– Yo me llamo Leila, a propósito.
– ¿Leila? Bonito nombre, ¿Y qué significa?
– Significa “al Mati le gusta el pico” en árabe.
– ¿En serio?
– ¡No po tonto! ¿Cómo va a ser en serio? No sé lo que significa realmente. Lo único que sé, es que cuando chica me lo puso un tío.
– ¡Oh, no hueí! Qué mala… ¿Y qué onda? ¡Está preso ese hueón supongo!
– ¡No, Matías! ¡Me refiero al nombre!
– ¡Ah! Menos mal. Disculpa, es que el calor de acá me tiene medio hueón.
– O sea, ¿Durante el invierno en Chile eres un genio, o algo así?
– Sí. Modestamente, sí.
– Podríamos juntarnos por ahí en junio entonces, para comprobar si es cierto lo que me dices.
– ¿Me estás proponiendo una cita?
– ¡Mira, qué milagro! ¡Te avivaste!
– ¿Y por qué no hacemos algo ahora mismo mejor?
– ¡Uy, te las estás jugando con todo! El problema es que, si acepto salir contigo hoy, en junio no me pescarás, y me perderé el lujo de apreciar al Matías en su máximo esplendor.
– Ya, pero igual hoy le puedo hacer empeño. No creo que te decepcione… tanto.
– Si estaba bromeando, Matías. Me tinca, fíjate… hagamos algo esta noche. Yo regreso mañana a mi dulce hogar, así que hoy, para la despedida, tengo ganas de salir a tomar caipiriñas. No me he tomado una desde que llegué, me he dedicado sólo a recorrer parques y a sacar fotografías, y las ganas de chupar ya me están matando.
– Chuta, no va a poder ser.
– ¿Cómo? ¿No puedes tomar? ¿Eres mormón, o algo así?
– ¡No, si de hecho tomo como si no hubiese mañana! Lo que pasa es que tengo el vuelo de vuelta a Santiago para hoy… y a las ocho de la tarde.
– No… – me dijo, con un tono de pena sincera.
– Pucha, sí.
– ¿Y entonces? ¿En qué quedará nuestra salida?
– Podemos salir igual po. O sea, aún falta un rato para el medio día, tengo que estar en el aeropuerto a eso de las seis… podemos subir a nuestros cuartos a buscar algunas cosas, salir y…
– Y hacer todo lo que queramos hacer hasta antes del atardecer.
– Podría funcionar, ¿O no?
– Lo haremos funcionar, Matías. Es nuestro último día acá, así que lo haremos funcionar.

La Leila subió a su cuarto a buscar una mochila con las cosas que necesitaba para comenzar nuestra cita, según me dijo, y yo subí a lavarme la zanja y a ordenar mis hueás, porque, al parecer, estaría todo el día con ella. Y, para mi fortuna, así fue. Puntualmente a las doce nos juntamos en las afueras del hostal, nos sonreímos antes de saludarnos nuevamente, como si hubiésemos sido conocidos de toda una vida que no se veían desde hace mucho, y comenzamos a planear la gran jornada.

– ¿Vamos a Copacabana? – Me dijo.
– Vamos. En la otra esquina pasan taxis.
– ¿Y para qué quieres un taxi? Caminemos, no seái pajero.
– ¿Caminar? Pucha… ya.
– ¿Qué onda? No te gusta caminar.
– ¿A mí? ¡Me encanta! – Mentí levemente – No hay nada mejor que ir a pata a un lugar al cual, fácilmente, podríamos llegar por otros medios mucho más cómodos, ¡Amo esa hueá!
– Entonces camina, sígueme el ritmo, ¡Y pónele ganas sí po!

Pese a que llegué a nuestro destino al borde del paro cardiaco, la caminata me sirvió para conocer a la Leila mucho más a fondo. Descubrí, por ejemplo, que en esencia nos parecíamos en todo, pero que, a la vez, no nos parecíamos en nada, me explico: ambos amábamos las chorrillanas, pero ella por las papas fritas y la cebolla, y yo por la carne y el huevo; a ambos nos gustaba la gastronomía, pero a mí me gustaba cocinar platos exóticos, y a ella comérselos, y los dos éramos asiduos asistentes a discos colas, pero ella porque podía bailar sin que ningún hueón se la joteara, y yo… bueno, yo por la música. Cada paso que dábamos juntos era como un regalo que disfrutaba al máximo, y cada risa que logró sacarme me hacía pensar en que debería quedarme ahí, junto a ella, aunque fuese una noche más; en serio la Leila me estaba moviendo el piso, y tenía que tener cuidado, porque rapidito me podía enganchar.

– Llegamos, al fin – me dijo, antes de cruzar la calle que nos llevaría a la playa – ¿Vienes muy cansado? Estás traspirando más que la mierda.
– ¿Quién? ¿Yo? No, no, es que me tiré agua, por eso tengo la cara mojada.
– ¿Te tiraste agua? ¿Y cuándo, que no me di cuenta?
– En un momento en el que me diste la espalda.
– Ah… ¿No me estarás mintiendo?
– Bueno, sí, te estoy mintiendo… llevo sudada hasta la raja, la verdad, hace tiempo no caminaba tanto…
– No lo hagas más, ¿Ya?
– No creo que lo pueda controlar. De chiquitito que me transpira el hoyo, no sé a qué se deberá.
– Me refiero a mentirme. Aunque sea con una tontera como ésa, no lo hagas, ¿Bueno?
– Bueno. Te lo prometo.
– ¿Seguro?
– Sí, de corazón.
– A ver, te pondré a prueba… ¿Tu nombre es Matías?
– Sí, ése es mi nombre.
– Y vives en Santiago, al igual que yo, ¿O no?
– Sí, en Santiago vivo.
– Y allá en Santiago… ¿Tienes polola, o algo?
– No, estoy soltero, ¿Y tú?
– También, pero para, que las preguntas las hago yo… ¿Y tienes puras ganas de volver, cierto? ¿Para así tomarte unas buenas piscolas y comerte unos churrascos gigantes y bien aceitosos?
– No, no tengo ganas de volver.
– ¿No? ¿Y eso por qué?
– Porque acá estoy contigo, y allá no.
– Ya, tonto, te dije que no me mintieras.
– Y no lo estoy haciendo. Te prometí que, de ahora en adelante, te diría la pura verdad… ¿Y tú?
– Yo tampoco me quiero ir… me gusta estar así, como ahora… aquí, contigo.
– Me refería a si me vas a mentir.
– No, y por lo mismo te estoy respondiendo con la verdad, Matías. En serio me quedaría aquí, aunque fuese una noche más… aunque fuesen unas horitas, para seguir caminando a tu lado.

Cagué, me enamoré, así de rápido, así de fugaz. Cada cosa que salía de la boca de la Leila, cada gesto, cada movimiento, me hacía suspirar, y por lo mismo, mientras esperábamos a que el semáforo cambiara de rojo a verde, la tomé de la mano, cara de raja, y le sonreí, recibiendo de su parte una sonrisa de vuelta, y la suave caricia de su dedo pulgar frotándose contra el mío.

Esa tarde en Copacabana fue, para ambos, inolvidable: nos reímos, conversamos, nos bañamos, jugamos a tirarnos agua, nos abrazamos mar adentro, y comimos de casi todas las hueás ricas que ofrecían los hostigosos vendedores de la playa. La hora se nos pasó volando, y de no ser por un argentino que le gritó a su novia “¡Che, move el orto! ¡Ya van a ser las cinco, boluda!”, ni nos hubiésemos enterado de que teníamos que comenzar nuestra despedida.

– Creo que es la hora… – le dije, tendiéndole la mano para que fuéramos a buscar nuestras cosas.
– Me dijiste que estaríamos juntos hasta el atardecer, y aún queda sol… y ya no me puedes mentir.
– Ven, siéntate aquí – le respondí, estirando mi toalla sobre la arena – tendremos nuestro atardecer sí o sí. Nuestro último atardecer en Río.

Dándome la espalda, la Leila se acomodó entre mis piernas, y se recostó sobre mi pecho invitándome a abrazarla. En silencio, vimos como el sol lentamente desaparecía tras el mar, y cuando ya no quedaba luz alguna que contemplar, mi fugaz enamorada se dio la media vuelta, tomó mi rostro con su mano izquierda, y me besó como nunca me habían besado.

– ¿Cuánto tiempo tienes antes de irte al aeropuerto? – Me preguntó, aún con los ojos cerrados.
– No lo sé – le respondí, rozando mi nariz contra la suya – una media hora. Cuarenta minutos, como mucho.
– Vámonos al hostal, ahora.
– Está bien. ¿Caminamos por donde mismo nos venimos?
– No. Nos vamos en taxi, ahueona’o, – me respondió, poniéndose de pie rápidamente – estamos contra el tiempo, así que pícala… por favor, pícala…

Más obediente que nunca, tomé nuestras pertenencias, y corrí junto a ella a tomar el taxi que nos llevaría de vuelta al lugar donde todo comenzó, pero antes… le dije que me esperara, porque tenía que pasar a comprar condones.

– No me hueí, ¿Es en serio? – Me preguntó, mirando la hora en su celular.
– Sí, lo siento, no vine preparado… no me tengo tanta fe – le respondí, acelerando el paso para llegar a una farmacia que vi a pocos metros de donde estábamos.

Y entré a la farmacia, y recorrí trotando cada pasillo buscando los condones, y los encontré, y los pagué, y me reuní nuevamente con la Leila, y así, teniendo todo listo, tomamos un taxi, entramos al hostal, volamos hasta su cuarto y nos desnudamos salvajemente, como si fuésemos dos adolescentes licenciosos que iban a tirar por primera vez.

– Ya Mati, ¿Estás listo? – Me preguntó, recostándose sobre la cama.
– Espera… mierda… espera, espera…
– Pucha, ¿Qué pasa? ¿Acaso te arrepentiste?
– ¡No! ¡Cómo se te ocurre! No es nada de eso.
– ¿Y entonces?
– Es que… es que me quedan grandes…
– ¿Qué te queda grande? ¿De qué hablas?
– ¡De los condones estoy hablando! ¡Me quedan grandes estas hueás!
– Ya, pero cómo…
– ¡Es que están hechos con otro molde po, para brasileños! ¡Y estos hueones se gastan así unas pichulas!
– Pero Mati, hace algo, no sé… intenta arremangarlos, o hazles una basta, inventa una solución…
– Puta, no, ¡Mira! ¡Si mi diuca parece una serpiente bebé cambiando su piel! Si te la meto, se le va a soltar el forrito, y se te va a quedar adentro, fijo.
– Ya, filo.
– ¿Filo con qué?
– Dejémoslo hasta aquí no más… si la vida no quiso que tiráramos, quizás por algo será.
– Pucha, pero busquemos otra forma… podemos pasarlo bien igual…
– ¿Y qué otra forma se te ocurre?
– No sé, démonos besitos… regaloneemos, toquémonos, no todo en esta vida es tirar, ¿O sí?
– Sí… igual tienes razón.
– ¿Te puedo hacer un cariño… aquí, entonces?
– Pero Mati, es que nos vamos a calentar.
– No, tranquila, si no pasará nada. Ven, quiero besar tu cuello.
– Ay Mati… qué rico… pero en serio, no nos vayamos a calentar, ¿Ya?
– No, si sólo es cosa de que tengamos claros los límites… relájate…
– ¿Y si los sobrepasamos?
– Depende de nosotros no caer en la tentación. Si ponemos de nuestra parte, no nos vamos a calentar, ¿Quieres que continuemos?
– Sí po, obvio, quiero más que la chucha.
– ¿Segura?
– Segurísima…
– Está bien… pero oye… igual puede ser que, entre roce y roce… ¿Te meta la pura puntita?
– Es que nos vamos a calentar, Matías.
– No creo, si somos maduros, sabemos controlarnos.
– ¿La pura puntita, dices? Así, ¿Sólo por jugar?
– Así es, la pura puntita, y sin calentarnos…

Y nos calentamos. Y vaya que nos calentamos.

Al terminar, y pese a que no queríamos separarnos, fui responsable y puntualmente tomé el avión de vuelta a Chile, no sin antes prometerle a la Leila, quien me fue a dejar al aeropuerto con toda la pena del mundo, que saldríamos sí o sí apenas ambos estuviéramos en Santiago, y, para forjar definitivamente nuestra unión, le anoté en su teléfono mi número y mi dirección, para que fuera ella quien concretara nuestro reencuentro, “de esta forma, si mañana despiertas y consideras que esto fue sólo un amor de verano, no tienes para qué llamarme”, le dije, “pero si quieres que continuemos y vayamos por algo más, y al fin salgamos a tomarnos esas caipiriñas que tanto querías esta mañana, estaré listo para responderte”. Nos dimos un último beso, el abrazo del adiós, y una sonrisa final que estuvo decorada por un “juro que te llamaré. Por supuesto que lo haré” de parte de la Leila, que me hizo recobrar la fe en el amor. Y esperé su llamado a los dos días, cuando se suponía que ella ya estaba en Santiago, y nada; y esperé su llamado por una semana, mirando mi celular cada cinco minutos, a ver si en algún descuido no había escuchado el ringtone, y nada; y esperé todo marzo, y todo abril, y cada día de mayo, y nada, y así que no me quedó más que aceptar que la ausencia de su llamado era, en sí, un mensaje claro… un mensaje que significaba que conmigo no quería estar, y que, aunque me doliera, debía aprender a vivir con eso, y que no me quedaba más que conservar las mágicas horas que vivimos como lo que fueron: solo un lindo recuerdo de verano. Eso, hasta que un sábado de junio, mientras me encontraba echado perdiendo el tiempo en las redes sociales, una solicitud de amistad me llegó. Era de la Leila, y con tan solo ver su foto en la pantalla, la cuchara se me paró.

– ¡Matías! – Me escribió, apenas acepté su solicitud.
– Hola. – Respondí seco, aún dolido por su desaire – Creí que nunca más iba a saber de ti.
– Somos los más hueones, Matías. Debimos habernos dado nuestros apellidos, por último, para buscarnos en Facebook, ¿Sabes todo lo que me costó encontrarte? ¿Sabes cuántos Matías hay en Santiago? Por la cresta, es como si los viejos se hubiesen puesto de acuerdo para ponerle a todos los hueones el mismo nombre.
– ¿Sí? ¿Y por qué no me llamaste?
– Matías, en Brasil estábamos en un barrio de mierda. Esa tarde, apenas te fuiste, unos cabros chicos me asaltaron y me robaron el celular. Perdí todos mis contactos y, entre ellos, obviamente tu número.
– Sí. Me hace sentido.
– No me digas que estás enojado.
– ¡No! Cómo se te ocurre… es sólo que…
– ¿Sólo que…?
– Sólo que te extrañé… te extrañé demasiado…
– ¿En serio? Y yo te extrañé a ti, mi cabezón.
– Entonces, ¿Aún sigues soltera?
– Solterita.
– ¿Y todavía tienes ganas de verme?
– Demasiadas. Y hoy mismo, de ser posible. Tenemos mucho de qué hablar.
– ¡Ya! Casualmente, dijimos que nuestra cita oficial sería en invierno, y mira que cumplidores somos.
– Es que somos únicos, Matías. Eso es lo que pasa, que somos únicos.

A velocidad luz, ordené el chiquero que tenía en el living y el mierdal que había en mi pieza; quería sorprender a la Leila, aunque no fuese necesario, y para ello se me vino un plan más que bueno a la mente… ¡Le prepararía caipiriñas! La mañana en la que nos conocimos me dijo lo mucho que quería tomarse unas para despedirse de Brasil, y en este momento, el momento de nuestro reencuentro, esperarla con el trago típico del país que fue testigo de nuestro fugaz amor sería una sorpresa que la dejaría con la boca abierta. Seguro que así sería.

Revisé mi billetera, pelada… Saqué la tarjeta de crédito de emergencia, aquella que juré no usar nunca más, luego de casi quedar a raja pelá’ por culpa de mi consumismo, y fui a un supermercado a comprar todo lo necesario para quedar como rey: una coctelera, por supuesto, un mortero, un medidor, unos vasos pirulos, una botella de cachaza, limas, limón, para la decoración, y hielo, mucho, mucho hielo. La Leila, según me había dicho, llegaría a las nueve, así que diez minutos antes tiré a la coctelera unos pedazos de lima con un poco de azúcar, y comencé a molerlos con el mortero, buscando sacarles la máxima cantidad de líquido posible. Luego, agregué la cachaza, un poco de jugo de limón, hielo frappé, y comencé a menear la coctelera con el mismo ímpetu con el que me macaqueaba cuando chico, hasta que me cansé. Sonó el citófono, “don Matías”, me dijo el conserje, “la señorita Leila lo busca”; “que suba”, le respondí, nerviosísimo, vertiendo la espectacular caipiriña en los vasos que había dispuesto para ello, decorados con una rodaja de limón, incluso, y me tomé lo que sobró al seco, para calmar los tiritones. Aunque la verdad es que no sirvió de nada: apenas sonó el timbre, comencé a temblar de nuevo.

– Matías.
– Leila.

Sin siquiera preguntar el típico “¿Cómo estás?”, Dimos un paso hacia adelante y sellamos nuestro encuentro en un beso que duró minutos. Ella me acarició el pelo, tal como lo había hecho aquel lejano día de febrero, y yo le susurré “gracias… gracias por encontrarme”, mientras seguía saboreando sus labios y recordando perfectamente porqué me había enamorado de ella.

-Pasa, – le dije, sin soltarle la mano – y quítate un poco de ropa, estás abrigadísima.
– Es que es distinto encontrarnos así po, en invierno. El frío está insoportable.
– Espera… ¿Te hiciste algo?
– No, ¿A qué te refieres?
– ¿Te cortaste el pelo? ¿Te lo teñiste? Hay algo distinto en ti. Tienes como una luz nueva.
– O sea, claro que me corté el pelo… aunque prácticamente llevo el mismo look que tenía cuando me conociste.
– Ah… que raro… ¡Pero oye, mira!
– ¿Qué cosa? ¿Qué quieres que mire?
– Te tengo una sorpresa.
– ¿Sí? Yo también te tengo una sorpresa a ti.
– ¿La dura? ¡Bacán! ¿Y cuál es?
– No po, dale tú primero. Tú empezaste.
– Ya, ve hacia la mesa, ¿Qué te parece?
– Espera… ésas son…
– ¡Sí! ¿Te acuerdas que el día en que nos conocimos me dijiste que morías por unas caipiriñas?
– De veras po, ¡Qué lindo eres! ¡Qué detallista!
– ¿Te gustó el regalo?
– ¡Obvio que me gustó! Mírame la cara, me estoy riendo como tonta, como las hueonas enamoradas.
– Bueno, ¿Y tu sorpresa? ¿Cuál es?
– ¿Quieres saberla? ¿Estás seguro?
– ¡Sí po, dale!
– Bueno… mi sorpresa es que te vas a tener que tomar todas esas caipiriñas tú solo.
– ¿Qué?
– Sí… porque, Matías… desde la tarde en la que nos despedimos… yo ya no puedo tomar.

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