30 Ago

Capítulo 307: Hijo de tigre

– Y entonces, Matías… ¡Dime algo po!
– Mierda, ¿Es en serio esto? ¿La dura voy a ser papá?
– Sí, es enserio. Y de un hombrecito.
– ¿De un hombrecito? Cresta.
– ¿Y quieres escuchar lo más tragicómico?
– ¿Qué? Dime, ¿Qué cosa?
– El pobre mocoso heredó tu cabeza.

Desde su bolso, la Leila sacó un enorme sobre blanco, del cual extrajo los resultados de una ecografía que, precisamente, señalaba las semanas de embarazo que me decía tener, y que, además, mostraba clarito a un cabro chico en estado fetal, tiernamente acurrucado, y chupándose el dedo como si no hubiese mañana.

– Puta madre, – dije, cubriéndome la boca – es igual a mí.
– Tiene hasta tu misma guata de caballo parado. Fíjate, es como un marciano. Pero un marcianito lindo.
– Estoy pa’ la cagá.
– Si quieres salir arrancando, ahora es cuando. Yo me quedo con tu departamento, eso sí.
– ¿Salir arrancando? Leila, cómo se te ocurre, ¡Estoy feliz!
– No te creo.
– Es que… no sabría cómo explicártelo. En cualquier otro momento de mi vida me hubiese cortado la tula… pero ahora, contigo… contigo todo es distinto.
– Yo también estoy feliz, Matías – agregó la Leila, dándome un apretado abrazo que nos sirvió para juntar nuestras enormes barrigas en un extraño símbolo de unión.
– No lo puedo creer. Seré papá.
– Seremos papás, Matías.
– Esta hueá es mágica, lo juro.
– ¿Cierto que sí?
– Nada podría arruinar este momento.
– Nada.
– Me siento demasiado bacán. En serio, nada podría echarlo a perder…
– Eh… ¿Matías?
– Nada de nada.
– Matías, péscame.
– Déjame sentirte… déjame disfrutar de tus abrazos… deja que el crío sienta a su papi cerca.
– ¡Matías!
– Qué, dime, qué pasa.
– ¡Péscame, te digo! Un vagabundo acaba de entrar a tu departamento.
– ¿Ah?
– Sí, míralo. Está a tus espaldas, y acaba de sacar una chela del refri, ¿Lo conoces?

Y claro que lo conocía.

– ¿Papá?
– ¿Cómo estái, Mati hueón? ¿Y usted, señorita Leila? ¿Cómo le va?
– Perdón, chanta la moto, ¿Ustedes se conocen? – Le pregunté, espantado, esperando lo peor.
– ¡No! ¡Cómo se te ocurre! – Respondió mi viejo, preparándose un sánguche con todo lo que encontró a su paso – es que los escuché conversando antes de entrar, y ahí caché su nombre.
– ¡Papá, qué onda! ¿Nos estabai espiando? ¡Esa hueá está mal!
– ¿Y qué más querí que hiciera, Mati hueón? Si, cuando estaba metiéndole la llave a la puerta, escuché la voz de una mina, y puta, ¡Pensé que estabai afilando po!
– ¡Papá, cuida tu vocabulario! ¿Qué va a pensar mi polola de ti, de mí, de nuestra familia?
– ¡Ay! ¿Ahora estamos pololeando? – Se metió la Leila, sin poder disimular una naciente risa nerviosa.
– Y por eso paré la oreja un rato – continuó mi padre – así como pa’ correrme una macaca aquí afuerita, escuchando sus gemidos, y bueno… cuando la cabra te dijo que estaba embarazá’, pensé “¡No creo que se lo ponga ahora po! Total, ya le tiene la pega hecha”. Por lo mismo entré, y bueno, aquí estoy… ¡Ah! Y felicitaciones a ambos, a propósito.
– Gracias tío – le dijo la Leila, sin dar señales de incomodidad ante las barbaridades que salían de la boca de mi padre.
– Gracias a usted, reina, por el milagro que hizo; fíjese que en la familia ya pensábamos que este cabro disparaba puro aire, ¡Y a propósito de eso! Matías, dame una manito.
– Qué querí, papá.
– Toma mi celular, y envía un mensaje de mi parte. Tú sabí que yo tengo los dedos crespos pa’ ocupar esa cuestión.
– Pucha, ya, dicta.
– Apunta: “Gané”.
– Ya… ¿Y ahora?
– Ahora envíasela a “Sapo de oro 49”. Está ahí, entre mis contactos.
– Listo, enviado, ¿De qué se trata todo esto viejo? ¿Qué cresta estás tramando?
– Nada, Mati hueón, voh calma’o no más.

Ni cinco segundos pasaron desde que presioné enviar, cuando mi celular comenzó a sonar.

– A ver, esperen un poco, es mi… ¿Aló? ¿Mamá?
– ¡Matías, cabro hueón! ¿Cómo es eso de que voy a ser abuela? – Me gritó mi vieja desde el otro lado, en un ataque de histeria que no le escuchaba desde hace tiempo.
– ¡Pero mami! ¡Cómo supiste!
– ¡Por tu papá po! ¿Y cómo más iba a ser? ¡Si voh a mí no me contái nada, don importante!

Mi viejo, guiñándole el ojo a la Leila, le susurró sonriendo: “Es mi ex. Ella me apostó que el Mati era colipato, y yo le aposté lo mismo, pero que iba a tener un hijo antes de los cuarenta, así como pa’ hacer la pantalla, ¿Me cachái?”.

– Ya, ¿Y cuándo nace? – Continuó mi vieja.
– No sé, en noviembre parece.
– ¿Cómo que “parece”? ¡Averigua po, pailón! Pa’ ir ordenando mis horarios pa’ cuidártelo, y todo eso.
– Mamá, no, ¿De qué estái hablando? Es mi hijo, y yo me voy a hacer cargo de él.
– ¡Sale hueón! No sabí ni ponerte un condón, vai a saber cuidar a una guagua.
– Pero mamá…
– Dime algo, ¿Tení la cuna ya? ¿Y el coche? ¿Y los pañales, la ropa, los chupetes?
– ¿Y cómo voy a tener todo eso? ¡Si supe recién hace cinco minutos que iba a ser padre!
– ¿Viste que erí deja’o, Matías? Ya, yo le voy a comprar todo. Y el uniforme de la selección, también.
– ¡Mamá, no! ¡Ni se te ocurra! Si sabes que no me gusta el fútbol.
– Y no te olvides de ponerle el nombre de mi abuelo Estanislao. ¿Te conté que, en su lecho de muerte, le prometí que mi primer nieto se llamaría como él? Y bueno, yo soy una persona que cumple sus promesas, así que date por avisado.
– Olvídalo.
– ¡Date por avisado, dije! Y trae a esa niñita a tomar once para acá mañana mismo, mira que quiero conocerla… Era virgen cuando le hiciste la maldad supongo, ¿O no?
– Ya mamá, mañana hablamos.
– ¡Hijo, hijo, espera!
– Qué pasó ahora…
– Felicidades. Serás un gran padre, ¿Y sabes por qué?
– No, ¿Por qué?
– Porque tuviste el mejor ejemplo, Matías. Lejos, el mejor ejemplo.

Corté el teléfono, miré hacia donde estaba la Leila con mi viejo… aunque ahora estaba sólo ella.

– ¿Y mi papá?
– No sé – me respondió – tomó tu billetera, sacó tu tarjeta, y me dijo que iría a comprar algo para celebrar.
– Pucha Leila, en serio discúlpame, me imagino que querías estar a solas conmigo, para hablar de todo esto y…
– No te preocupes, mi cabezón – me respondió, acariciándome el pelo – tu papá es un amor, ¡Igualito al mío, déjame decirte! Incluso, si se llegan a conocer, se llevarían la raja.
– ¿Tú decí?
– ¡Obvio! Y ni te cuento, el mío está súper feliz porque va a ser abuelo. Incluso, quería dejar a un trabajador a cargo de su botillería, para ayudarme con todo lo que fuese necesitando, pero le dije que no se preocupara, porque tarde o temprano iba a reencontrarme contigo. Y míranos, aquí estamos.
– Espera, ¿Tu papá tiene una botillería?
– Sí, una grandota. Y es súper relajado, le diré que te mande un traguito de regalo. Y a tu papá también, obvio.
– ¡No, ni se te ocurra contarle eso a mi papá!
– ¿Y por qué no?
– Es que… digamos que… se podría emocionar más de la cuenta, y créeme, no queremos que eso pase.
– Ay Mati, no seas exagerado, no creo que sea para tanto…
– Sí es para tanto.
– Ya, no seas malo con tu padre, porque… ¡Mira! Ahí llegó. Hola tío, ¿Dónde andaba? ¿Qué trae ahí?
– Traigo la celebración, mijita; aquí le traigo la celebración.

Mi viejo, sin siquiera pedirme ayuda, dejó sobre la mesa del comedor dos enormes bolsas repletas de limones, y una mochila con variados packs de cervezas, de todas marcas, tipos y tamaños.

– Antes de que me diga cualquier cosa, mijita, ¡Le aclaro que todas estas de acá, son sin alcohol!
– ¿Sí? ¿Está seguro? – Le consultó la Leila, sacando un cuchillo para comenzar a partir los limones.
– ¡Sí pue, como corresponde! Me fijé que el pajarón de mi hijo quería hacerla tomar caipiriña, ¡Y na’ que ver po! Este cabro está bien hueón, me dije yo, así que por lo mismo pensé en prepararle algo más sanito, refrescante, y que le dará puro felicidad al mocosito que viene en camino.
– ¿Vamos a hacer micheladas entonces, tío?
– ¡Mire que me salió habilosa usted oiga! Así me hubiese gustado tener una hija a mí, que cache al tiro cuando el hueveo comenzó ¡No como el pastel que me fue a salir! Fíjese, mi niña, que el Mati es tan hueón, que una vez fuimos a una casa de pu…
– ¡Papá, no!
– ¡A una casa de pura gente chora, digo! De pura gente linda.
– Ya, por ahí sí po viejo.
– Y el Mati, de puro hueón que es, ¡Le estaba echando el ojo a una maraca con sorpresa!
– ¡Puta, papá!
– Eso, perdón, una puta, no una maraca. Maraca suena feo, tienes razón, me retracto.
– No le hagas caso, Leila, a mi papá le gusta mucho hablar de más, y…
– No te preocupes – me frenó la Leila, terminando de exprimir los limones – lo que tú hayas hecho en tu pasado a mí no me compete. Yo fui lela antes de conocerte, incluso. Tuve polola y todo.
– ¿En serio? – Se metió mi viejo, abriendo unos ojos inmensos – ¿Y tiene videos de eso? ¿O una fotito, más que sea? O describa cómo lo hacían no más, si con la pura imaginación puedo hacer maravillas, ¿Era tetona la otra comadre? Porque le aviso al tiro que, si era tetona, voy a necesitar un video sí o sí.
– ¡Papá, ya basta!
– Ay Mati, relájate. – me interrumpió la Leila, impregnando con sal el borde de los tres vasos que había dispuesto sobre la mesa, para luego verter en cada uno de ellos un poco de jugo de limón – No tío, no era tetona ni nada de eso. Era una camiona normal, así… igual al Mati, pero un poco más peluda, y sin corneta.
– O sea, era como el Mati, pero con unos siete centímetros menos de cuerpo – replicó mi taita.
– Claro, como el Mati, pero menos femenina… ¡Ya, estoy lista acá! ¿Cuál es la cerveza sin alcohol, me dijo?
– Ésa, mijita, la azulita. Las otras tráigalas pa’ acá, que son para los que no estamos esperando.
– Está bien – respondió la Leila, llenando su vaso de pilsen y tomándosela casi al seco, para proceder a servirse otra casi de inmediato – ¡Puta que extrañaba este sabor, por la cresta! Aunque no cure, igual es rica. Muchas gracias, suegro. En serio gracias.
– Es lo mínimo que podía hacer, señorita Leila – le contestó mi padre, levantando su vaso a la altura de sus ojos – ¡Salud, por mi nieto! Mi primer nieto, ¡Y que llevará mi nombre!
– ¿Ah, sí? – Reparó la Leila, tomándose una lata más – ¿Y cuál es su nombre, oiga?
– Anótelo bien, pa’ que no se le olvide, es…
– ¡No papá, ni en broma! Tu nombre es más feo que la chucha.
– ¡Voh erí feo, hueón sin respeto!
– Ya tío, no se enoje – se metió la Leila, sacando una chela más de su pack – aún tenemos muchas cosas de las que hablar con el Mati, y todas las decisiones que tomemos, desde el nombre del cabezón chico hasta el cómo lo vestiremos, serán pensando en él, y en nadie más que él, ¿Te parece, Mati?
– Me parece, Leila – respondí, echándole más limón a su vaso.
– ¡Es bien buena pa’ la pilsen usted, oiga! – Le gritó mi viejo, alcanzándole la lata última lata de su sano pack – tome, tírese ésta, así como pa’ ir a comprar más.
– ¡No tío, no se preocupe! – Respondió la Leila, rellenando el vaso con esa última lata – ya es mucho ya. Pese a que no tienen copete, tampoco es bueno abusar.
– ¡Tranquila, niña! – Le dijo mi padre – La hija del Chancho Manríquez, el dueño de la botillería de acá abajito, también está preñá’, y toma de esta pilsen todo el santo día, ¡Y na’ que le hace mal!
– Pero papá – me metí yo – ¿La hija del Chancho Manríquez está embarazada? Hasta donde yo entiendo, ella es gorda no más.
– ¡Sale hueón! ¡No voy a saber yo reconocer a una mujer que está con una bendición chantá’ ahí a’entro!
– ¿Sí? Y según tú, ¿Cuánto tiempo de embarazo tiene, a ver?
– Puta… desde que la conozco po, o sea… ¿Unos dos años?
– ¿Dos años de embarazo? ¡Viste, viejo hueón! ¡Otra vez la cagaste!
– ¡Mierda! ¡Hic! – Gritó la Leila, sufriendo una borrachera repentina – Entonces, ¡Hic! Eso… significa que… ¡Hic!
– ¡Que la hija del Chancho Manríquez está culiable, conchemimare! – Clamo mi viejo, dando un puro salto para salir corriendo del lugar.
– ¡No, espere! ¡Hic! Dígame que estas cervezas no tie… ¡Hic! No tienen alcohol, ¡Hic!
– Mi niña, como buen suegro que soy y seré con usted, no puedo mentirle… así que me voy, ¡Adiós!
– ¡Pare! ¡Hic! ¿Usted sa… usted sabe que yo no puedo consumir alcohol? ¡Hic! ¿Cierto? ¡Hic! ¿Y qué pasa si el ca… si el cabro chico me sale falla’o? ¡Hic! ¿Qué pasa si me sale hueón? ¿Ah?
– Bueno, mi niña, ¿Qué le puedo decir? Si el cabro le sale falla’o, hueón o tonto de remate, ¡Hijo de tigre no más va a ser po! ¿O no?

Comentarios

Comentarios