05 Sep

Capítulo 309: Mati pequeño

La noche en la que la Leila me dio la noticia de mi futura paternidad, nos acostamos hablando de cómo pensábamos que sería nuestro hijo, y nos despertamos imaginando nuestras vidas junto a él. Bueno, en realidad ella despertó por mis ronquidos, pero de igual modo, y luego de compararme con un cerdo moribundo, comenzamos a imaginar nuestra vida junto a él.

– ¿Y? – Me preguntó, acurrucándose sobre mi pecho – ¿Has pensado en cómo quieres ponerle?
– La verdad, sí. – le respondí, con seguridad – Según mi parecer, así de lado igual funciona bien; o si no, te pongo en cuatro patas no más, corta, ¿O no?
– ¡Me refiero a cómo le quieres poner a la guagua, hueón! ¡Al nombre que le quieres dar!
– ¡Ah! No, la verdad es que no… ¿Y tú?
– Sí. Matías.
– Dime.
– Matías.
– ¡Qué po!
– ¡Matías, te digo!
– ¡Y yo te estoy diciendo “qué po”!
– A ver… despeja tu mente, e intenta entenderme: quiero que nuestro hijo se llame Matías, ¿Me captas? Bautizarlo bajo el nombre de Matías.
– Así… ¿Cómo yo?
– Sí po, obvio. Me gusta tu nombre. Además, desde que supe de mi embarazo, pensé ponerle así, como su papi.
– Entonces… ¿Será un Mati pequeño?
– Sí. Un cabezón chico.
– Qué emoción, en serio.
– ¿Te gustó de veras? Igual lo podemos pensar, si es que tienes otra idea, no sé.
– ¡No! Me encantó, te lo juro.
– Además, en mi familia es tradición que los hijos se llamen como sus padres. Sí, sé que es una tradición de mierda, pero, hasta ahora, nos ha traído buena suerte.
– Entonces, con el Matías Junior nos sumaremos a tan gloriosa costumbre familiar.
– ¡Qué genial! Dame un segundo, le escribiré a mis papás para contarles.
– ¡Ya! Yo le avisaré a los míos también. Espero que no se vuelvan locos eso sí, son algo extraños ellos, pero… no, no creo que pase nada, estoy hablando demás, no pasará nada.

Y, efectivamente, no pasó nada. Mi madre, tal como lo pronostiqué, primero refunfuñó porque no le puse como su abuelo Estanislao, pero luego reconoció estar chocha de todas formas, y comenzó a diseñar ajuares con motivos infantiles y el nombre de su futuro nieto bordado en el pecho, y mi padre… bueno, mi padre no me dijo ni media palabra. Los padres de la Leila, por su parte, y según lo que ella misma me iba contando, estaban tan felices con la noticia, que pintaron un cuarto de su casa con la frase “La pieza de Matías”, y su mamá, en un gesto que buscaba demostrar el inmenso cariño que le tenían desde ya a mi retoño, mandó a confeccionar un colgante de oro carísimo, con unas letras cursivas que decían “Mati”, decoradas con unos pequeños diamantes que le daban un toque colorido e infantil.

Y mi padre, nada.

Hasta que una semana después, cuando junio ya estaba por terminar, apareció en mi departamento borracho, sin zapatos, y cargando un oso de peluche al que le faltaba un ojo y un brazo.

– ¡Dónde está mi nieto! – Gritó, alzando los brazos como muestra de su felicidad – ¡Ven a conocer a tu abuelo, cabro chico! Te traje un regalo más que bacán. Se lo robé a un perro aquí afuera, ¡Y puta que dio la pelea el hueón!
– Papá, ¿Qué chucha? – Le respondí, quitándole el peluche para dejarlo remojando en cloro – Mi hijo aún no nace. La Leila tiene fecha para noviembre, ¿Te lo dije, o no? Aparte, no creo que te importe tanto, sinceramente.
– ¿Qué? ¿De qué estái hablando, Mati hueón? ¡Claro que me importa po!
– Papá, el otro día te escribí todo emocionado contándote que ya teníamos nombre para el bebé, y ni bola me diste.
– ¿Cómo que no, hocicón?
– ¡No po! Pero no importa, ya nada me sorprende de ti.
– ¿Ah, no? Eso está por verse. – me respondió desafiante, quitándose la polera y quedando a torso desnudo frente a mí – ¿Y esto? ¿Qué me dices de esto? ¿Te sorprende?
– ¿Qué cresta es eso que tienes en el pecho, papá?
– Cómo que qué es… ¡Es un tatuaje po!
– Sí, sí sé que es un tatuaje, pero… ¿Quién es “Jorge”?
– Ya, me estái agarrando pa’l chuleteo.
– No, es en serio, quiero saber por qué te tatuaste el nombre “Jorge” en todo el pecho.
– Y por qué más va a ser, ¡Por mi nieto po!
– ¿Ah?
– El día en el que me escribiste me emocioné tanto, que pasé a celebrar al clandestino del flaco Lucho; él también se emocionó, se rajó con unos enguinda’os, una cosa llevó a la otra, y terminamos cura’os como pico tatuándonos los nombres de nuestros seres queridos en el cuerpo: él se tatuó el de su gata, y yo… el de mi Jorgito.
– Papá, se llamará Matías…
– ¿Qué?
– Mi guagua, no se llamará Jorge, se llamará Matías.
– A ver, momento, yo creo que aquí hay una confusión: Matías eres tú, mi hijo; tu hijo, te lo recuerdo, se llamará Jorge.
– ¡No, papá! ¡Se llamará Matías! ¡Eso fue lo que te escribí, por la rechucha! ¡Revisa tu celular!
– No, no creo, a ver… – me dijo, aún confundido, sacando el teléfono de su bolsillo – a ver, a ver… ¡Con-che-mi-ma-re!
– ¿Viste?
– Pero… pero… ¿Cómo cresta me fui a confundir tanto, hueón?
– No sé po, dime tú… o sea, yo me llamo Matías, y tenías que pensar en que mi hijo llevaría mi nombre, ¿Tan difícil era memorizar eso?
– ¿Y quién cresta es el “Jorge”, hueón?
– Ni idea.
– Chucha, aquí encontré una pista. Después de tu mensaje, me mandó uno el flaco Lucho, y me dijo: “compadre, venga no más, pa’ que me acompañe a ahogar las penas. Hoy mi señora llegó con el hoyo pasado a harina. Me tinca que me está cagando con el panadero del almacén del frente. Con ese hueón del Jorge”.
– O sea, confundiste a mi bebé con un panadero que se afila a la esposa de don Luis arriba de su mesón…
– Demás que leí los mensajes juntos y, borracho en el salón del tatuador, se me cruzaron los cables.
– Por gil te pasó. Vai a tener que borrarte esa hueá con láser no más.
– ¿Estái loco? He escuchado que duele más que parir.
– No te queda otra, deberás aprender a vivir con él.
– ¡Menos! ¿Qué le digo a las guachas que me pregunten porqué tengo tatuado este nombre, si ningún cercano se llama así? ¡Pensarán que el tal “Jorge” es mi pololo!
– ¿Y entonces? Algo tení que hacer po. Alguna salida se te tendrá que ocurrir.
– Sí, ahora que lo dices, sí. Algo se me ocurre… pero…
– ¿Pero qué?
– Pero no sé si te vaya a gustar…

Hay decisiones en esta vida que se deben tomar para resguardar la dignidad de la familia… por muy indigna que ésta sea. Esa pequeña dosis de decoro que les va quedando, esa mínima gota de decencia, ese atisbo de integridad, se debe cuidar, aunque pienses que, con tantos episodios de rancio patetismo, ya no sirva de nada.

– ¿Aló? ¿Leila? Mi amor, mira, estuve pensando bien lo del nombre del bebé… y pucha, ya no sé si Matías me guste tanto…

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