15 Sep

Capítulo 311: Billetes falsos

– ¡Mati hueón! ¡Deja de lado todo lo que estái haciendo y ven! ¡Jamás me vai a creer lo que te voy a contar!
– Papá, ¿Estái bien? Te ves agitado.
– ¿Y cómo no estarlo? ¡Si me pasó la hueá más brígida del universo!
– Pucha viejo, estoy medio apurado, ¿Creí que podái hacerla corta? Tengo hora a médico, y no puedo perderla.
– ¡Sí, sí, obvio que sí! Seré breve, preciso y conciso. Toma asiento.
– No, no, así no más. Es que en serio estoy justo en la hora.
– ¡Toma asiento te digo! No te vai a arrepentir, eso tenlo por seguro.
– Puta, ya, está bien. Tienes tres minutos.
– Y creeme que valdrán la pena, Mati hueón, serán los tres minutos mejor invertidos de tu vida… ¡Ya! ¿Te acordái que te conté que ahora me dedico a falsificar billetes?
– ¿Qué? Papá, nunca me contaste esa hueá… ¡Eso es ilegal! ¿Cómo se te ocurre meterte en algo así?
– ¡Tranquilo hueón, si es fácil! Empecé hace un par de meses, y el proceso es a prueba de tontos. Primero, pesco unas hojas blancas, les imprimo el billete en cuestión por lado y lado, luego los corto con una guillotina, les pongo una meá’, así como pa’ darles color y textura, los arrugo un poquito, los dejo secando arriba del techo una tarde entera, ¡Y listo! Llegar y gastar.
– No, no te creo que sea tan fácil, ¡Pero filo! Viejo, ¿Eso era? La dura me tengo que ir, voy súper atrasado.
– Espera, calma’o, me queda poco. El punto es que al principio comencé con billetes de baja denominación: una luca, dos lucas, a lo más. Los usaba para comprar en los negocios de por aquí cerca, total, todos quienes los atienden están siempre arriba de la pelota, y ni cuenta se dan del engaño.
– Sí, suena creíble.
– Pero después, cuando caché que el chancho estaba tirado, dejé las pequeñeces de lado y me lancé con los de cinco lucas.
– ¡Qué cuático viejo! Ya, ahora sí que sí, lo siento, pero estoy apuradísimo.
– ¡Tranquilo, ya estoy casi! Al principio, repetí el modus operandis de la estafa: entraba a un local cualquiera de por aquí, me cercioraba de que el dueño estuviese cura’o como pico, y empezaba a comprar: “don Floridor, ¿Cómo le va? Está raja, por lo que veo. Mire, quiero unas cajetillas de cigarros, botellas de pisco, bebidas y hielo, ¿Que cuántas? ¡Todo lo que me alcance con estas chauchas!” Y ahí, con la máxima fe del mundo, lanzaba los billetes falsos apilados uno encima del otro, arrugaditos y bien carreteados, cosa que no despertaran duda alguna.
– Me sorprendes viejo, me sorprendes. ¡Ya, ahora sí! Llevas veinte minutos hablando po, y dijiste que serían tres, así que…
– ¡No, Mati hueón, espera! Lo que pasó luego es lo interesante: cierta tarde, fui a la botillería del flaco Lucho, y su esposa me comentó que necesitaba sencillo, porque tenía puros billetes grandes, ¿Y qué hice yo? ¡Ni hueón po! Le llevé un sinfín de papeles impresos de cinco lucas, “tome señora”, le dije, “sencille no más”, y la vieja dele que dele pasándome billetes reales de diez y veinte mil, ¡Chucha que fui feliz!
– Ya, eso sí que es turbio.
– Pero ni hueón po, no podía quedarme ahí, vi la creciente buena racha como un buen indicio, y decidí que sí o sí tenía que continuar con mi pequeño emprendimiento.
– Ya… estoy apurado en serio, pero esto se está poniendo levemente interesante.
– Pesqué la plata recientemente ganada, fui a una tienda del centro, compré una decena de impresoras nuevas, todas profesionales, papel de mejor calidad, y tintas de primera; y bueno… ¡Seguí falsificando como caga’o de la cabeza, Mati hueón! Y me forré, déjame decirte.
– Buena historia, papá, buena historia. Ciertamente reprochable, pero al fin y al cabo, nada te puedo decir a esta altura de la vida. ¡Ya! Ahora sí que estoy frito, me tendré que ir en taxi, ¡Nos vemos!
– ¡Matías!
– ¡Qué!
– Aún no termino.
– Puta la hueá…
– Como era de esperarse, llegó un momento en el cual la producción de billetes falsos se me fue de las manos. Pero eso me dio lo mismo, si tenía más, tenía que gastar más no más po, así de simple. Y fue entonces cuando me di cuenta de un error garrafal.
– ¿Sí?
– Cada billete falso de cinco lucas, cada uno de ellos, tenía un detalle que se repetía: por culpa de mi torpeza, no noté que escaneé uno al cual le había dibujado una pichula en el centro, justo en toda la cara de la Gabriela Mistral, así que, desde el inicio de mi negocio, todos esos billetes se habían impreso con ese detallito; un error casi imperceptible para quienes los observaran a la rápida, pero que me podría jugar en contra en el caso de que alguien se diera cuenta del patrón, y se pusiera a investigar la procedencia de mi producto.
– ¡Claro po! Era cosa de que a la esposa del flaco Lucho, por ejemplo, le reclamaran, y ella dijera “ah, pero estas lucas me las pasó tal caballero”, y después conectaran toda la merca contigo… Interesante viejo, muy interesante, ¡Pero la pulenta, me tengo que ir!
– ¡Sosiégate, cabro hueón, ya estoy terminando! Según mis cálculos, entre el 40% y el 50% de los billetes que circulaban en el barrio, eran billetes míos, creados por este pechito, y que lucían la decoración antes señalada… Entonces, tuve que tomar una decisión.
– Dejaste de hacer billetes.
– Dejé de hacer billetes…
– ¡Puta viejo, y pa’ esa cagá’ de remate me tuviste media hora acá retenido! Ya, sale, aún estoy a tiempo de llegar a mi cita, ¡Córrete!
– ¡Siéntate Matías, aún no he terminado!
– Puta… ya…
– Desconecté las impresoras, borré las evidencias, guardé todo en la bodega… pero aún quedaba un gran “pero”…
– Cuál viejo, y hazla corta por favor.
– Tenía una rumba de billetes aún por gastar.
– Cresta.
– ¡Pero no podía dejar evidencias, demonios! Por una parte, debía hacerlos desaparecer rápido, y por otra, tenía que hacerlo cuidadosamente; así que no lo pensé más, y decidí llamar a un radio taxi. Viajaría a una comuna vecina, y dedicaría el día entero a comprar pequeñas cositas en cada uno de los almacenes que pillara en mi camino.
– ¿Y? ¿Fin de la historia?
– Y me subí al radio taxi, y guardé entre mis piernas una mochila llena de billetes falsos, y bajé la cabeza, y le di las indicaciones al chofer, sin siquiera mirarlo de la pura vergüenza.
– Ya, cagué, ya perdí mi hora… termina la hueá tranquilo no más.
– Y llegamos a nuestro destino, y no, no pude…
– ¿No pudiste qué?
– No fui capaz de pagarle con uno de mis tantos billetes falsos.
– ¿La dura?
– La dura. Así que me metí la mano al bolsillo y, con el dolor de mi alma, saqué el único billete real que aún conservaba. Un billete de veinte lucas, estiradito, que guardaba casi como un amuleto de la buena suerte. Y no me vai a creer lo que me pasó.
– ¿Qué te pasó?
– Pesco las veinte lucas, las entrego, aún mirando hacia abajo y, con la mano estirada, recibo el vuelto…
– No me digái…
– Sí… miro por primera vez al taxista, y descubro que no era “el” chofer, sino que “la” chofer. Raro, pensé, ¿Cuántas veces en tu vida has visto a una mujer manejando un taxi? Cuático po.
– ¡No te desvíes! ¡No te desvíes!
– Entonces, tomo el dichoso vuelto…
– Sigue, sigue…
– Y eran tres billetes de cinco lucas…
– No te creo…
– Sí, Mati, sí… los observo bien, los guardo sin decir palabra alguna, y…
– ¡Viejo, no! ¡No puede ser!
– Sí… me la culié.
– ¿Qué?
– Eso. Me la culié. A cambio de los billetes de mi mochila, eso sí. Gratis no me iba salir.
– ¿Cómo? ¿Entonces no te entregó billetes falsos? ¿Los mismos billetes que tú confeccionabai, con la pichula en la cara de la Mistral y la calidad de mierda que tú les otorgabai?
– ¿Qué? ¡No! ¿De dónde sacaste esa hueá? ¡Na’ que ver!
– Pero… pero…
– Voh tení una mente muy retorcida, Mati hueón, deberíai ir al doctor a verte, ¿Sabí? A veces no te reconozco, déjame decirte, a veces ni parecí hijo mío.

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