21 Sep

Capítulo 313: Cuando la Leila conoció a mi madre

– Bien, aquí vamos.

Suspiré, tomé un poco de aire, dirigí mi mirada al cielo, me persigné, finalmente carraspeé, y continué con mi discurso temeroso.

– Leila, ella es mi mamá; mamá, ella es la Leila… mi polola, y la madre de tu futuro nieto.

Mi vieja se puso de pie a duras penas, acercó sus ojos a menos de un metro del rostro de la Leila, la rodeó un par de veces con la intención de examinarla más detenidamente, y se paró frente a mí, dispuesta a entregarme su veredicto al fin.

– ¿No te da vergüenza, cabro hueón? – Comenzó, pegándome un paipe maletero – ¿Cómo se te ocurre pinchar con una cabra tan bonita? Ahora la pobre está condená’ a pasar vergüenzas cuando ande por la calle con voh. “¡Mijita! ¿Sacó a pasear al perro?”, Le van a decir.
– ¿Cómo lo supo, tía? – se metió la Leila – Camino para acá me gritaron seis veces eso, fíjese.
– Y usted, mi niña – Continuó mi vieja – ¿Cómo fue a caer tan bajo? ¿Estaba pagando una manda, o algo así, cuando se metió con este pastel?
– No sé… es que yo lo encuentro bonito – respondió, sonriendo – digo: me gustan sus ojos, sus cejas, sus labios, su pelo… ahora, el problema es que todo eso junto cuaja bien poco. Pero aún así, algo me pasa con su hijo. Me imagino que es química no más.
– Ah… ¿Y conociste a mi ex marido?
– ¿Al papá del Mati? Sí pue, lo conocí el otro día. Simpático el caballero.
– Ése hueón sí que es feo. Es más feo que el hoyo del poto, diría yo, ¿O no?
– Digamos que… no es mi tipo.
– Si estamos cagadas nosotras, mija. El buen gusto no es lo que nos caracteriza. Aunque, de todos modos, mi Mati igual tiene su gracia, es simpático al menos. ¡Uy! Y eso que no lo conociste cuando guagua… ¡Ahí sí que era feo!
– ¡Ya mamá, córtala! – Me impuse, colocando mi mejor cara de rabieta – Vengo con la hueá y, más encima, tú molestándome.
– ¿Por qué? ¿Qué les pasó? En la mañana me dijiste que irían a hacerse una ecografía, ¿Salió algo mal? ¿Mi nieto está bien?
– Tranquila, todo está bien, – le respondí – pero no quiero hablar de eso.
– ¡Ay Matías, que eres coloriento! – Me interrumpió la Leila – Lo que pasa tía, es que, desde la primera ecografía, el doctor se mostró preocupado por el tamaño de la cabeza de mi bebé. Me explicaba que era demasiado grande, desproporcionada al compararla con el resto de su cuerpo, ¡Incluso me mandó a hacerme una pila de exámenes y toda la guarifaifa! Y bueno, yo no le había contado nada de eso al Matías, para no preocuparlo antes de tiempo, y por lo mismo hoy, apenas entró conmigo a la consulta médica, se llevó la media sorpresa cuando el doctor lo quedó mirando y gritó a todo tarro “¡Ahí está la cosa po! ¡Por eso el cabro chico es cabezón!”.
– Yo voy a demandar a ese hueón – murmuré, aún molesto.
– ¡Ya, Matías, córtala! Comprende que estábamos todos felices, al fin descartamos que fuese algo grave, así que no te pongái hueón, ¿Ya? Y tía, aquí le traje algunas fotitos que nos dieron después de la eco. Mire, ahí están los coquitos de su nieto. Son enormes.
– ¡Sí! ¡Qué lindos! Iguales a los del Mati. ¿Y? ¿Hay alguna otra foto? ¿De su carita, al menos?
– Pucha, no, ésas no salieron bien… fue raro, de hecho: apenas el doctor me frotó la maquinita por la guata, el bebé cambió de posición, abrió sus piernas, y nos puso todo su pirulín en la pantalla.
– Nada de raro, mija, si los hombres de esta familia, apenas ven una cámara, muestran al tiro la raja o la corneta. Son unos rotos culiaos todos todos éstos.
– ¿En serio? Son medios exhibicionistas entonces – agregó la Leila, en tono jocoso.
– ¡Harto po! ¿O acaso no hay leído las leseras que escribe el Mati?
– ¡Mamá, no! ¡No, no, no, no, no!
– ¿Cómo, suegra? ¿El Mati escribe? No me había contado, ¡Y eso que a mí me encantan los poemas de amor y las novelas de aventuras!
– ¡No me digái que no conocí el blog “Hijo de Tigre”! – continuó mi madre, inflando el pecho – ¡Si mi niñito es famoso! Las chiquillas le mandan fotos a poto pela’o incluso, ¡Cuéntale po Mati, cuéntale!
– ¿“Hijo de Tigre”? – Consultó la Leila, entrecerrando los ojos – No. Nunca lo he leído.
– ¡Ya, menos mal! – Dije, aliviado – No lo leái, si son puros textos filosóficos lateros, nada del otro mundo. Ahora mismo lo cerraré, incluso.
– ¿Cerrarlo? – Continuó la Leila – ¡No, ni se te ocurra! Yo no lo leeré, ¡Pero, uf! ¡Mi mamá es fanática! Si demás te ha escrito, mira, búscala.
– No, no, no creo.
– Te apuesto que sí, pasa pa’ acá el celular, ella se llama… ¿Viste? Aquí está, y…
– Chuta… ¿Ella es tu mamá?
– Ella es…
– Ah… y mira, tiene tu mismo lunar ahí en…
– Mati.
– ¿Qué?
– Si querí seguir viendo ese lunar, nunca le hablí de esto a mi papá, por favor.

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