26 Sep

Capítulo 314: Todo sobre mis antojos

La curiosa relación que he tenido con mi madre –a ratos cercana, a ratos tirante- ha pasado por varias etapas. Primero, en mi más tierna niñez, la vieja me regaloneaba todo lo que podía: era común, por ejemplo, que se pasara horas en la cocina preparando queques, hamburguesas, completos y los postres más deliciosos con tal de satisfacerme; mal que mal, yo era su pequeña bendición, y mi dicha estomacal era su dicha espiritual. Cuando me llegó la edad del pavo, y la posterior juventud rebelde, sus arrumacos gastronómicos fueron desvaneciéndose lentamente: de vez en cuando me servía un helado con galletitas, y rara vez se rajaba con unos chacareros de ensueño, hasta que finalmente, cuando me convertí en un adulto medianamente responsable, era un milagro si lograba que me invitara un pan con queso siquiera. De pronto, toda su atención hacia mi persona se limitó a un “¿Tení hambre? Sírvete solo, en el refri hay de todo”, y sería, ¡Y cómo sufrí, Dios mío! En serio, cómo sufri… Bueno, eso hasta que se enteró de que iba a ser abuela, porque desde el momento mismo en el que supo la noticia, no paró de llamarme para invitarme a mí y a la Leila, la madre de mi futuro retoño, a almorzar a su casa, prometiendo cumplirle todos sus antojos, y dispuesta a satisfacerla en sus más mínimas necesidades… y ahí fue donde comenzó el problema.

Viernes 15 de septiembre.

– Mati, ¿Y? ¿Van a venir a almorzar? – Me preguntó desde el otro lado del teléfono – Voy a estar sola estos días, y un poco de compañía no me vendría mal.
– Sí po mamá, estoy esperando que la Leila se despierte. Con esto del embarazo duerme más que la cresta y, según mi cronómetro, ya lleva… dieciocho horas, y contando.
– ¡Oye, pregúntale si tiene algún antojo po! Lo que quiera yo le preparo.
– Es que vieja, está raja, y…
– ¡Pero despiértala! Si es una preguntita no más, para ponerme manos a la obra ahora mismo y sorprenderla con algo rico.

Alejé el celular de mi boca y, con sumo cuidado, le puse un paipe a la Leila en la frente con tal de hacerla despertar. “Amor”, le dije, apenas balbuceó un inentendible reclamo, “mi mamá pregunta si andái con algún antojo, ¿Qué le digo?”. La Leila abrió sus ojos cansados, y me respondió “no, nada, dile que no se preocupe. Lo que sea su cariño no más”.

– ¿Y? ¿Qué te dijo? – Insistió mi vieja, ansiosa.
En ese momento, y con un hilo de baba colgándome de la boca, se me vinieron a la mente todos esos platos exquisitos que hace tanto no probaba, todas esas obras de arte que mi vieja sabía condimentar tan bien en la intimidad de su cocina, y por lo mismo, con el dolor de mi alma, me vi obligado a mentir.
– Dijo que un pollo al mariscal.
– ¿Un pollo al mariscal?
– Sí. Con harto caldito, y con papas fritas, por supuesto. ¡Ah! Y acompañado de un pancito amasado también, y su ensaladita a la chilena. Y, de postre… ¡Suspiro limeño! Si es posible, claro.
– ¿Todo eso tiene de antojo? Media rara la mezcla.
– Sí, ¿Qué tiene? Así son las embarazadas po, ¿Le digo que no podí?
– ¡No, no! ¡Cómo se te ocurre! Sí puedo.
– ¡Ya vieja, allá nos vemos entonces! ¡Adiós!

Ese día, sin reparo alguno, comí como un cerdo. La Leila, quien nunca ha sido una gran amante de los mariscos, según me confesó cuando nos conocimos, se comió una porción pequeñita de su plato, arrugando la frente de vez en cuando, y disimulando piolamente una que otra arcada, pero, como era nuestro primer almuerzo oficial en familia, ni se quejó. Menos mal.

Sábado 16 de septiembre.

– Matías, ¿Vendrán a almorzar hoy de nuevo supongo? Como me pediste que los invitara toda la semana…
– ¡Sí mami!
– ¿Y la Leila? ¿Tiene algún antojito hoy?
– En la mañana me comentó que andaba desesperada por zamparse una paila marina – mentí, de nuevo.
– ¿Paila marina? ¿Seguro? Ayer no tenía muy buena cara cuando se estaba comiendo los mariscos.
– ¡Ah! Es que… es que… no estaban tan bien cocinados po.
– ¿Qué? ¿Me estái hablando en serio?
– Obvio, ¡Así que hoy póngale más empeño pues señora!
– ¿Ah?
– Y eso sí, acompaña la paila marina con algunos trocitos de limón de pica. De poste, un flancito, ¡Y antes de que se me olvide! De entrada, ceviche por favor.
– Pero la Leila no puede comer ceviche, Matías. Es peligroso para una embarazada consumir el pescado crudo.
– Tranquila, si no se lo comerá. Es que le gusta el olor.
– ¿El olor?
– Sí, con eso se conforma, ¡Allá nos vemos!

En resumidas cuentas, quedé con el ombligo vuelto pa’ afuera. La Leilita, por su parte, sólo se llenó con pan.

Domingo 17 de septiembre.

– Aló, hijo…
– ¡Una paella!
– ¿Una paella? ¿De eso tiene antojo la Leila hoy?
– Más que la chucha, si le pregunté, ¿Por qué? ¿No me creí?
– No, no, si te creo, pero… ¿Cómo se prepara esa hueá?
– Puta mamá, no sé po, busca en internet, hazlo por tu nieto.
– ¡Ya, ya, tení razón!
– Y mami.
– Dime, Matías.
– Si pudierai preparar un consomé de entradita, sería el cielo mismo. Y de postre, una torta de queso frío con arándanos, un pie de manzana, y un arroz con leche, por favor.
– Para, todo eso… ¿Es para la Leila, o para ti?
– ¡Para la Leila po! ¡Ah! Y unos duraznos con crema también. Y pucha, me pidió que no te dijera, pero se muere por servirse una buena chorrillana la pobre. Igual le da lata que pienses que es muy buena pa’l diente, pero pucha… ésa es su realidad po.
– Ah ya… está bien, le pondré empeño… nos vemos.

Antes de salir, la Leila me comentó “¿Sabes? Tengo un antojo tremendo de comer hielo. Hielo, y nada más que hielo”. Yo, aterrado, le respondí “pucha amor, ni se te ocurra decirle eso a mi mamá, ¿Ya? La pobrecita se saca la cresta cocinando para sorprenderte, así que, si le comentái que querí algo tan simple, capaz que se sienta, y no es la idea po”. La Leila me dio la razón, me regaló un beso tierno y partimos. Esa tarde almorcé tanta paella, tanta, pero tanta, que casi caigo al hospital por sobredosis de comida. La Leila, por su parte, sólo se comió el arrocito.

Lunes 18 de septiembre.

Extrañamente, ese día mi madre no me llamó. Por un momento pensé que se trataba de un error en las comunicaciones, incluso salí a la calle a buscar señal por un buen rato, pero nada sucedió. Estaba devastado, la única certeza que tenía era que ya era medio día y mi vieja aún no me realizaba la invitación de rigor, así que, buscando no sonar tan interesado, marqué su número yo mismo, para acabar al fin con mi dolor.

– ¡Mamá! ¡La Leila hoy tiene antojo de un cordero al palo, con papas cocidas, pebre y hartas empanadas de acompañamiento!
– ¿Sí?
– ¡Sí! Y de postre, unos panqueques con…
– Pucha Mati, es que ya cociné.
– ¿Qué?
– Eso po, ya tengo el almuerzo listo, así que apúrense.
– Pero, pero…
– Apúrense, dije.

“¡Maldición!”, Pensé, “mi fortuna se acabó, por la cresta”. Con un semblante triste, le dije a la Leila que nos pusiéramos en marcha, “¿Qué te pasa, cabezón?”, Me preguntó, y “nada”, le respondí, “sólo que todo se derrumbó, dentro de mí, dentro de mí”. La tomé de la mano, y partimos: ella y yo, nuestro bebé en su guata, y seis kilos de felicidad recientemente ganados en la mía.

Al llegar, mi madre nos saludó amablemente, como siempre, me pescó para el hueveo un rato, y nos invitó a tomar asiento.

– Preparé cazuelita – nos dijo, sirviéndole primero a la Leila, y luego a mí – ¡Coman, coman!
Como nunca, engullí el almuerzo en silencio, mientras ellas conversaban de sus vidas. Algo se traía entre manos mi vieja, y yo, pese a la curiosidad, no quería averiguar de qué se trataba.
– Y entonces, Leila, ¿Quedaste contenta hoy al fin? – Le consultó a mi novia, cuando ya habíamos terminado de comer.
– Sí, y muchas gracias tía, – le respondió la Leila – de corazón, gracias por considerar mi antojo, le quedó súper rica.
– ¿Qué? ¿Cómo? ¿Qué? – Me metí, empalideciendo de pronto.
– Lo que pasa, Matías – comenzó mi vieja, clavándome su mirada asesina – es que yo, preocupada por lo poco que la Leilita comía cuando venía para acá, la llamé personalmente de madrugada, y le pregunté qué le gustaría almorzar hoy. Y claro, la pobre casi se puso a llorar de la emoción, porque yo, por primera vez, le estaba consultando algo así… “claro, por primera vez”, le dije yo, “nunca se me ocurrió llamar al Mati para preguntarle si tenías algún antojo. Perdóname, Leilita, disculpa mi falta de tino para contigo, nunca más se va a repetir… nunca más”.
– Chuta mamá, es que…
– ¡Y bueno! ¿En serio te gustó la cazuela, Leila?
– ¡Sí po tía, obvio!
– Es que a tu plato, como estás esperando guagüita, le eché sal de mar, que es más sanita, ¿Cachái? ¿Y a ti, Matías?
– ¿Ah? ¿A mí qué?
– ¿A ti te gustó?
– ¡Sí, sí, claro que sí! Te quedó la raja, vieja, en serio, la mejor cazuela que me he servido en mi vida.
– ¿Sí? Ah, claro… debe ser porque a tu plato, como eres un hueón rancio, en vez de sal, le eché pichí.
– ¿Qué hueá? ¡Mamá!
– ¡Ay tía, que es bromista usted! – Interrumpió la Leila, riendo de buena gana – “Le eché pichí”, me gustó esa frase, está buena para decirla cuando una no quiere revelar un ingrediente secreto.
– Claro mijita – respondió mi vieja – para eso mismo es… para no revelar nada. Entonces, ¿Les sirvo más? Matías, ¿Qué pasa? Te pusiste amarillo, ¿Quieres otro poco, pero esta vez con trozos de choclo? ¿No? ¿Para dónde vas? ¡Cabro mal enseñado no más, cómo se te ocurre pararte corriendo de la mesa sin siquiera pedir permiso! ¡Ven a comer más, Matías! ¿No erai eso lo que queríai, hueoncito? ¡Ven a comer, te digo, y trágate todo lo que tu madre te preparó con tanto amor!

Cada kilo que subí comiendo esos días, lo bajé vomitando como grifo aquella tarde, así que, en resumidas cuentas, quedé exactamente igual que al principio: hambriento, ansioso, triste y descariñado.

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