04 Oct

Capítulo 316: Quince mil

– Y entonces, mi cabo, ¿Ya me puedo ir?
– Cómo se le ocurre señor, si recién le estoy pidiendo sus documentos. Que no los ande trayendo porque, según usted, los dejó empeñados en un clandestino a cambio de una garrafa y una bolsa de charqui, no significa que este procedimiento se dé por concluido. Sígame, me va a tener que acompañar al retén. 
– Pero oiga, qué es porfia’o usted, yo ya le dije que voy apurado. Mi hijo toma once a esta hora, y quiero llegar a bolsearle antes de que se lo coma todo.
– Por favor, no oponga resistencia. Dígame su nombre.
– ¿El de mi hijo? Matías. Pero anote ahí “Mati hueón” no más, así le decimos de cariño.
– No se haga el payaso oiga, me refiero al suyo. Cuál es su nombre.
– ¿Pero pa’ qué quiere saber eso? ¿No ve que va a matar la magia? ¡Ya po, déjeme libre! Si yo no hice nada malo.
– Bueno, la señorita aquí presente asegura lo contrario.
– Yo lo único que quiero, mi cabo, es que este caballero me pague – reclamó la mujer, sosteniendo firmemente su cartera, y masticando un enorme chicle con toda la jeta abierta – no trabajo na’ gratis yo, pa’ que sepa, así que quiero mi plata ahora.
– ¿Que te pague? ¡Sale! ¿Y por qué no me chupái el hoyo mejor?
– Ya po, serían cinco lucas más, ¡Pero ahora le voy a cobrarle antes sí po! A mí no me va na’ a hacerme hueona dos veces.
– ¡Ya basta, silencio! – Se impuso el carabinero – Dejen de hacerme perder el tiempo, y aclárenme de una vez porqué diantres me llamaron.
– ¡Porque esta mujer me quiere estafar pue, mi cabo!
– ¿Cómo es eso? No le estoy entendiendo.
– Mi cabo, lo único que tiene que entender usted, es que esta bataclana… ¡Es terrible de chanta! Todo lo que hace es fraudulento, turbio y, pa’ más remate, ¡No tiene ni un brillo po! ¡Si es cosa de mirarla! ¡Prefiero macaquearme con un bistec antes que ponérselo de nuevo!
– A ver caballero, más respeto con la maraca, por favor, ¡O sea! ¡Con la dama! ¡Más respeto con la dama!
– ¡Yo lo único que quiero es que me pague! ¡Que me pague! – Insistió la mujer, estirando su pegoteada mano en señal de cobranza.
– A ver, momentito, vamos a intentar algo – dijo el carabinero, cambiando su tono duro por uno más conciliador – les propongo que nos saquemos las caretas y hablemos las cosas como son. Ustedes dos me tienen harto y, para peor, mi turno ya está por terminar, así que démosle fin a esto de una buena vez. Señor, dígame algo, así entre nosotros, como hombres que somos… ¿Por qué no le paga la cacha a la dama, y nos vamos para nuestras casitas todos felices? ¿Ah?
– No. No pienso
– ¡Pero por la cresta! Ya, entonces no me queda más que llevármelo detenido. Acompáñeme por favor.
– ¿A mí? ¿Y por qué me va a detener a mí? Llévese a esta loca en ese caso po, si ella es la que me quiere estafar.
– ¡Págueme! ¡Págueme! – Continuó reclamando la mujer, mientras se sacaba un pendejo de la boca.
– ¡Págame tú, cara ‘e raja!
– A ver, a ver, chanten un poco la moto, – se metió el carabinero – caballero, excúseme si le entendí mal, pero… ¿Le acaba de decir a esta dama… “págame tú”?
– ¡Sí pue! ¡Cómo se debe!
– Ahora sí que me fui a la chucha… ¡Perdón! Ahora sí que no le estoy entendiendo nada.
– Lo que pasa, mi cabo, es que, como le estaba diciendo, yo iba camino al departamento de mi hijo.
– Afirmativo, a bolsearle comida. Prosiga.
– Y justo afuera de una casona antigua, apoyada en un poste y jugueteando coquetamente con el hilito del tampón que se le asomaba por la entrepierna, estaba esta… señorita.
– ¡Lady Laura para usted, y la boca le queda donde mismo! – Reclamó la dama, acomodándose las charchetas dentro de su ajustada minifalda.
– Yo la quedé mirando, mi cabo, porque, para serle honesto, creí que me iba a asaltar. Entienda usted que ese tajo en la cara, ese diente de oro y ese aspecto de matarife espanta hasta al más valiente.
– Bueno, eso se lo concedo – dijo el carabinero, observando con desdén la decadente figura de la bataclana.
– Y yo la quedo mirando, mi cabo, y ella me mira de vuelta; yo pensé “cresta, aquí me cociné”, y ella que se me acerca; yo que me quedo petrificado, y ella que me hace una oferta.
– ¿Cómo? ¿Cuál oferta? – Consultó el oficial.
– Que si acaso me lo quería ponérmelo – respondió la mujer, pasándose un dedo por el pliegue de su seno izquierdo, para luego proceder a olérselo.
– Eso mismo, si acaso quería ponérselo. Y yo igual la pensé po, mi cabo, si entiéndame que, en un contexto normal, ni con tula prestá’ le hubiese hecho el favor.
– Y entonces, ¿Por qué miéchica accedió a subir hasta su privado? – Consultó el carabinero.
– ¡Porque yo soy corazón de abuelita pue, caballero! Y mi lema en esta vida, pa’ que usted lo sepa, es que el agua y el pico no se le niegan a nadie.
– Entonces… para ver si le voy entendiendo… ¿Usted le hizo un favor a esta dama?
– ¡Eso mismo pue, mi cabo! ¡Al fin estamos en sintonía! Y disculpe que me cachiporree, ¡Pero vaya qué favor le hice!
– ¿Tanto así?
– ¡Como debe ser pue, como un profesional! Se lo chanté por aquí, por acá, y por ahí también, por supuesto, ¡Y cómo gritaba esta bestia! Si le daba gracias al grandísimo por haberme puesto en su camino. Lo dejé todo en la cancha, y le pegué, de corazón, la mejor cacha de su vida. Pero sin besos eso sí, como corresponde.
– Claro, claro, lo entiendo.
– Así que, al terminar, me limpié el pájaro entre sus sábanas, luego se las pasé por la cara, para quitarle los litros de baba que había derramado, y le dije “listo guachita, estái atendida. Serían quince mil”.
– Espere, o sea…
– ¡Dígale algo pue, mi cabo! – Chilló la mujer, rascándose uno de sus labios menores – ¡Si acá la que cobra por afilar soy yo!
– Y perdón que continúe porfiando, mi cabo, pero aquí, en este caso en particular, el único profesional fue este pechito.
– ¡Basta! Ya todo está decidido, – habló el carabinero, alzando sus brazos – señor, me lo voy a tener que llevar detenido por prostitución.
– O sea… ¿Con eso usted me está dando la razón? Digo, ¿Está reconociendo que aquí el puto fui yo?
– Desde mi punto de vista, ¡Claro!
– ¡Ja! ¡En tu cara! Me voy en cana, pero forra’o, ¡Ahora págame!
– Ya chuchetumare, toma, ahí tení – refunfuñó la mujer, entregándole unos arrugados billetes que sacó desde su calzón.
– Y pásale el dato a tus amigas, hago precios por grupos, y por unas pocas luquitas más, hasta a la diversidad le aplico un poco… ¿Y entonces? ¿Ya nos vamos, mi cabo?
– Sí, por favor…
– Adiós, entonces. E intenta olvidarme, vieja fea.

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