12 Oct

Capítulo 317: El libro de actas del flaco Lucho

El timbre de mi departamento sonó poco después de la media noche, justo cuando, en cuclillas, me dirigía a la cocina para prepararme un vituperio antes de acostarme.

– ¡Quién es! – Grité frente a la puerta.
– ¿Matías? ¿Estái ahí? – Me respondió la voz de un hombre que, extrañamente, se me hizo familiar – ¡Ábreme! Se me están congelando las huevas aquí afuera – agregó con tono lastimero, y yo, como soy confiado, le hice caso de inmediato.

A primera vista, y debido a que tenía todas las luces apagadas, me fue imposible reconocerlo: una gabardina café, cuyo cuello le llegaba hasta las orejas, y un gracioso sombrero, levemente inclinado hacia abajo, me impedían ver bien su rostro, pero cuando desabotonó su abrigo para extraer desde uno de sus pliegues algo que parecía ser un enorme cuaderno de apuntes, dejando al descubierto su raquítico y miserable cuerpo, todo me quedó más claro.

– ¿Flaco Lucho?
– Sí. Hola.
– Hola.
– ¿Cómo estái?
– A ver, ¡Pare, pare, pare! ¿Qué anda haciendo usted acá? ¡Y a esta hora, más encima! ¡Y un sábado! ¿Anda buscando a mi viejo? Porque, si es así, déjeme decirle que no lo veo hace caleta. Todas las tardes venía a bolsearme once, pero, de un día para otro, simplemente desapareció.
– No, si a mi compadre no lo busco, él anda en otra. Te busco a ti. A mí parecer, tú eres el que está realmente desaparecido.
– ¿Yo? ¿Y desaparecido de dónde? Si estoy acá todo el santo día.
– ¡De mi clandestino po, pajarón! Hace meses que no vai, y bueno… mi economía se desestabiliza si uno de mis parroquianos empieza a fallar.
– Pucha don Luis, siento decirle esto, pero… creo no iré nunca más.
– ¡Qué!
– Lo que escuchó. Ahora tengo una nueva vida, estoy en pareja, con un hijo en camino, y debo ser responsable. Ya es tiempo de que pare de emborracharme hasta perder la conciencia entre esas sucias paredes que por tanto tiempo me cobijaron.
– Siento tanto escuchar eso, Come Quesillo, tanto tanto… pero fíjate que me lo esperaba.
– ¿Sí?
– Sí. Tú eres un mamón de nacimiento, y yo tenía clarísimo que, tarde o temprano, me ibai a dar la espalda. Por lo mismo traje esto.

Cuidadosamente, como si se tratase un documento sagrado, puso frente a mí el alargado cuaderno que ya había visto antes.

– Firma tu salida aquí, con tu puño y letra, especificando los motivos de la misma. Toda renuncia debe quedar registrada, mira que la hueá no anda na’ al lote.
– ¿Y esto, don Lucho? ¿Qué es?
– Es el libro po. El libro de actas de mi clandestino.
– ¿El libro de actas?
– ¡Sí po, Come Quesillo! ¿No te acordái? Todos mis clientes frecuentes tienen que firmar este libro de actas para registrar su participación en mi selecto club social. Tu papá firmó, tú firmaste, varios amigos tuyos también firmaron… ¿O acaso se te atrofió la mente con tanta piscola?
– No… o no sé…
– Bueno, en realidad, ¡Qué te vai a acordar! Si se te apagaba la tele siempre, demás quedaste con secuelas. En este librito, Matías, cada noche voy tomando pequeños apuntes de quienes asisten a mi clandestino; de lo que dicen, lo que hacen, lo que toman, los vasos que rompen y los hielos que sacan. Así, cualquier problema, mal entendido o situación que amerite ser recordada, queda aquí objetivamente registrada, ¿Me cachái?
– O sea, déjeme entender… ¿Usted me está diciendo que ese cuaderno roñoso, lleno de manchas de vino, es un libro de actas, y que en él lleva un respaldo de todo lo que pasa en su antro, por si se nos apaga la tele y después necesitamos recordar lo que hicimos?
– Bueno, sí. Algo así.
– No le creo.
– ¿Y qué me importa a mí que no me creái, tonto hueón? Si lo traje pa’ que lo firmí, no pa’ probarte algo.
– A ver, si lo que usted me dice es cierto, léame cualquier página en la que salga yo. De una noche en la que, según usted, yo quedé sin conciencia. Tan borrado como para no recordar lo que hice.
– ¿Borrado a morir?
– Sí, borrado a morir.
– Bien, toma asiento, Come Quesillo, que esto se va a poner interesante. Aquí vamos.

Sábado 09 de mayo de 2015.

“Siendo las 00:34 horas, ingresa al clandestino el señorito Matías, alias “el Come Quesillo”, quien llega saludando con su potito parado como el buen colipato que es, y procede a zamparse una piscola tras otra hasta quedar mongólico.

Pasaditas las 03:00 , y ante mi negativa de permitirle usar el baño, Matías sale a la calle a echar la corta. Regresa a eso de las 03:30, aún más borracho, pero ahora en compañía de una misteriosa mujer de unos cuarenta años, morena, de aspecto haraposo, y con quien comparte una caja de vino tinto mientras se besan y se toquetean.

“Les presento a mi nueva polola”, señala Matías, “la conocí aquí afuerita: yo estaba echando la meá’ al lado de un árbol, sin percatarme que todo el chorrito le caía justo en la cabeza a un perro que se encontraba durmiendo a un costado del mismo. Era uno de los diez perros de mi guachita. Ahí llegó ella, me puteó, yo la puteé de vuelta, y entre puteo y puteo nos fuimos calentando, nos agarramos a calugazos, me corneteó un rato, aprovechando que aún no me guardaba la herramienta, y yo, como agradecimiento, la invité a servirse algo aquí con nosotros. Fue amor a primera vista”.

A las 05:50, una serie de actitudes de la nueva polola de Matías comenzaron a perturbarnos a todos, a saber:

– Insistentemente pidió “un pancito, o un platito de comida”, porque, según ella, no almorzaba desde hace días, cosa que pusimos en duda debido a su abultada panza.
– Cuando le comenté que en mi cocina tenía una olla con porotos, me pasó un pote desocupado de mantequilla para que se los echara ahí. Acto seguido, me ofreció un mamón como agradecimiento, al cual me negué única y exclusivamente porque a la susodicha le faltaban varios dientes, y me dio julepe que me enterrara alguna de las pocas piezas que le quedaban intactas.
– De la nada, sacó una caja llena de parches curita, le pasó una tira a cada uno de los presentes, se lanzó al suelo, escondió sus piernas dentro de su falda, y, a viva voz, nos pidió una cooperación, aludiendo a que cuando niña le habían amputado sus extremidades inferiores, y que ahora necesitaba dinero para unas prótesis. Luego de que todos le pasaran monedas de $50 y $100, se puso de pie nuevamente, y continuó bebiendo y comiendo porotos desde su potecito de mantequilla.
– Cuando Matías se quedó dormido debajo de una mesa, la mujer le sacó las zapatillas, las guardó dentro de un morral y se despidió de todos, no sin antes pedirnos que le echáramos en una bolsa de basura todas las latas vacías de cerveza que estaban tiradas en el piso, y los trozos de cartón que usábamos como colchonetas, ya que, según ella, “les sacaba cualquier plata”. A esa hora, quince eran los borrachines que continuaban en pie, y a todos les ofreció un mamón por quina, piolita, debajo del árbol en el que dormía con sus perros. Los quince accedieron. La plata para pagarle la sacaron de la billetera de Matías”.

– Mierda, don Luis – le dije, cuando terminó de leer – ¿Fue cierta esa hueá?
– Claro que sí po, Come Quesillo.
– Ahora entiendo porque anduve con pulgas durante tantos días.
– Ni me digái, mira tuve que fumigar el clandestino como tres veces después de tu tallita.
– Ya, pero no todos deben ser malos recuerdos po. De seguro más de algún momento grato está registrado por ahí.
– Sí po, claro que sí, tú escucha no más:

Sábado 09 de enero de 2016.

“Siendo las 22:00, se da inicio oficialmente a la quincuagésima versión del Festival de Disfraces pa’l pico.

Hoy vivimos un momento muy grato, ya que el desagradable del Matías nos informó que está pinchando con una minita, y que no podrá participar en ésta ni en otras actividades hasta que lo pateen. Qué alivio, descansaremos un poco de su caminar colipato y de su potito parado. En serio, qué alegría.

El Festival de disfraces pa’l pico de este año estuvo más reñido que nunca, y luego de que el jurado (compuesto por mi esposa y yo) deliberara a grito pelado por un largo rato, se determinó que los ganadores fueron los siguientes.

– Primer lugar, quien recibió como premio una botella de aguardiente y un cuarto de kilo de pichanga: Don Julio Chicha. Don Julio brilló al disfrazar a su corneta de huasita, adornándola con unas regias trencitas echas con sus pendejos, y una pequeña canastita de mimbre ubicada estratégicamente justo en la base de su tula, en la cual posó sus cocos cuidadosamente antes de comenzar a gritar “¡Huevos cocidos, huevos cocidos! ¡Lleven sus huevos cocidos! ¡Saladitos, duritos y sabrosos los huevos cocidos!”. Un hermoso homenaje al campo chileno y a nuestras tradiciones, sin duda alguna.
– Segundo lugar, quien recibió como premio una lata de pilsen, y el derecho a sacar hielo ilimitado de mi refrigerador por 24 horas seguidas: Mi compadre, alias el Cacha Fiá’, y papá del hueón del Mati. En esta ocasión, mi compadrito optó por una temática animalista, y vistió a su regalón de avestruz: sólo le bastó teñirse los pendejos de gris, doblarse el pirulo por debajo del noesni, agarrarse el glande y, con sumo cuidado, metérselo en el hoyo, tal como cuando los avestruces esconden su cabeza en la tierra, según nos enseñaron los monitos. “No gané, pero puta que lo disfruté”, señalo al recibir su diploma, poniendo los ojos blancos y secándose el hilito de baba que le caía por la pera.
– Tercer lugar, quien recibió como premio una bolsa de charqui y un cortito de pisco: El Mierda…”.

– Espere, espere, don Luis – lo interrumpí confundido – ¿Dijo el Mierda?
– Sí, ¿Por qué?
– ¿Y quién es ése?
– ¡El Mierda po! El cabro que atendía la verdulería de la esquina. De tu edad, más o menos, aunque mucho mejor conservado.
– No me suena pa’ na’ oiga.
– ¡Cómo no vai a cachar al Mierda, hueón!
– No po, ¿Y de dónde lo conocen ustedes?
– Nos hicimos yuntas una madrugada en la que, de puro paleteado, nos abrió su local para vendernos tomates y paltas. Íbamos a hacer una completada bailable en el clandestino, y el socio nos cayó tan bien, tan, pero tan bien, que lo invitamos a compartir con nosotros sin dudarlo ni un segundo. Desde ese día, repetimos la comilona todas las veces que pudimos: él se rajaba con las verduras, y yo le daba copete gratis.
– Calma, ¿Completadas? ¡Y por qué nunca me invitaron! ¿Y cómo es eso de que a él le da copete gratis? ¡Usted a mí me cobra hasta el arriendo de un vaso de vidrio po, don Lucho!
– ¡Es que no te vayái a comparar voh con el Mierda po! ¡Si el Mierda es otra hueá! Figúrate que esa misma noche, Matías, entre italianos y dinámicos, se abrió con nosotros como si fuésemos amigos de toda una vida; nos contó que a su mamá le vinieron las contracciones del parto mientras estaba cagando, y la pobre no sabía si era un mojón o una guagua lo que le iba saliendo. Le pusimos el Mierda por eso. Tu papá lo adora.
– ¿Cómo? ¿Mi viejo?
– ¡Pero si el Mierda es como un hijo para tu padre! El hijo que siempre quiso tener, de hecho: trabajador, honrado, empeñoso, sencillo, buen mozo… Pasaron la navidad juntos, incluso.
– ¡Qué!
– ¡Ya, no me interrumpái cuando hablo de mi amigo Mierda! Que él no se lo merece. Prosigo:

“- Tercer lugar, quien recibió como premio una bolsa de charqui y un cortito de pisco: El Mierda. El Mierda disfrazó su hermoso pirulo de platano, cubriéndoselo con una cáscara real, y si bien el jurado le quería conceder el primer lugar, él, humildemente, dijo que no era merecedor de tal distinción, y por cuenta propia se quedó con el tercero.

Pero algo extraño había en la mirada del pobre Mierda esa noche. Notoriamente estaba cabizbajo, triste, alicaído. Como buenos amigos que éramos, y siendo las 02:13, nos sentamos a su alrededor y le preguntamos qué mal lo aquejaba. Nos explicó que, cómo no, su mal era de amor: las malas lenguas le contaron que su ex polola había llevado a otro hombre al departamento que hasta hace poco tiempo compartían, donde ella aún conservaba una foto de ambos, incluso, y esa hueá a él lo mataba.

¿Pero cómo podemos ayudarte, Mierdita? Le preguntamos entre todos, y el pobre no supo qué responder. Necesitaba recuperarla, claramente, y no hallaba la forma de hacerlo. Envíale una señal de amor, le recomendamos, un detallito que la haga recordarte y extrañarte, un engañito para que vea cuánta falta le haces, pero el Mierda era poco ocurrente y, por lo mismo, decidimos darle una mano. Una gran mano, mejor dicho.

Siendo las 04:00, y ya sólo quedando en el clandestino mi compadre y yo, averiguamos la dirección de la cabra, el piso en el que vivía, y el número exacto de su departamento. Esa misma noche, como si fuésemos cupido, entramos a la verdulería que atendía el amigo Mierda, nos robamos un repollo, llegamos hasta el edificio de la susodicha, trepamos hasta su balcón y, con sumo cuidado, lo lanzamos por la ventana hacia su cama, para que así, apenas la chiquilla se despertara, viera la misteriosa verdura y recordara las ricas ensaladas que el Mierda le preparaba.

A las 5:57, y ya terminada la misión, nos comprometimos con mi compadre a repetir la acción hasta que la cabra se convenciera de que tenía que volver con el Mierda, y de paso, y como se debe, prometimos cortarle la corneta al hueón que ahora se la estaba comiendo. Anótese, comuníquese, publíquese y regístrese: le cortaríamos la corneta. En serio.”.

– Chucha… ¡Ya! ¡Lea otra página mejor!
– ¿Cómo? ¿Y no te interesa saber cómo terminó esta historia?
– ¡No, no, para nada! ¡Siga con otra no más!
– Nunca pillamos al hueón po…
– Asumo que no.
– Y el Mierda se mató.
– ¡Qué!
– O sea, se mató andando en bicicleta. No vio una cáscara de plátano que estaba afuera de su local, y ¡Paf! Se sacó la chucha.
– Cresta.
– Es curioso, ¿O no? nació mientras su mamá hacía su mierda, y murió igual, haciéndose mierda.
– Oiga don Lucho, ¿Y esa página? La que está escrita como rara.
– ¡Ah! Ésta. Sí. Fue cuando tu papá se quedó dormido en mi baño, con la radio prendida, y una canción de Violeta Parra repitiéndose como disco rayado toda la noche, ¿Te la leo?

Viernes 18 de septiembre de 2015.

“Siendo las 08:42 de la madrugada, y en mi rol de dueño del local, procedí a despertar a todos los borrachines que se encontraban desparramados en cada esquina de mi hogar. Primero, al hueón del Mati, quien estaba raja en el patio con su potito parado cuan colipato es, y luego a mi compadre, quien llevaba más de ocho horas inconsciente en mi baño, con la radio pegada a su oreja izquierda, y una canción de la Violeta sonando una y otra vez por la misma.

A las 09:00 en punto, y debido a mi insistencia, mi compadre se levantó a duras penas, apagó la música que por tanto rato lo había acompañado, se acercó a su hijo Matías, y le dijo en tono cantadito:

Mati culiádico, pásame un vásico
sírveme un písquico, bien cabezónico.
No seái pajérico, cabro de miérdica
sácate un púchico, y un fosforítico.
Invita unas mínicas, pa’ ponerlárica
yo sé calética ‘e sensualidálica”.

– Ah, sí. Sí me acuerdo de eso. Habló como tonto por semanas.
– Fueron días duros, sin duda alguna. Si se andaba cayendo de borracho en cualquier lado mi compadre. Según recuerdo, las penas de amor lo tenían mal.
– ¿Cuáles penas de amor? Bueno, de seguro andaba sufriendo por una vieja cruel, pérfida y malvada po, así como le gustan a él.
– Sí, lamentablemente. Andaba sufriendo por tu mamá.
– ¿Qué?
– Quería reconquistarla el pobre, ¡Y casi lo logra! Si a veces pienso que mi compadre se la unta con miel, oye: vuelve loca a cualquiera, fíjate. Incluso a su ex señora.
– Y no me diga que en su libro de actas aparece esa historia…
– ¡Pero si aquí sale todo po, Come Quesillo! Ya te lo dije, ¿O no me creí acaso?

Sabado 19 de diciembre de 2015.

“Siendo las 13:15, el joven Matías hace su ingreso al clandestino, meneando su potito de colipato como si le rogara a Dios para que alguien se lo hiciera zumbar. Pide una piscola, la cual le sirvo en el vaso que mi señora ocupa para la orinoterapia, y me pregunta por su padre, ya que no lo ha visto en todo el día. Anda en la playa, le respondo, en Quintay específicamente; salió tempranito a hacer un trámite, y vuelve mañana pasadito el medio día. Matías agradeció la información, pagó a regañadientes las seis lucas que le pedí por la piscola, y se fue por la puerta principal, meneando su culito travieso con la escaza sensualidad que lo caracteriza.

A las 13:50 en punto, mi compadre salió de su escondite preguntando si ya se había ido el sapo de su hijo. Nos recordó lo importante que era que su estadía en el clandestino se mantuviera en secreto, ya que le había dicho a su ex señora, a quien quería servirse nuevamente, que realizaría un acto de amor sin precedentes con tal de recuperarla: viajaría hasta Quintay, lugar donde iniciaron su romance, y se traería tres sacos llenos de arena de la playa, con el fin de desparramarla por todo su patio, para luego invitarla a hacer el amor sobre ella, recreando así la lujuriosa tarde en la que afilaron por primera vez. Con los cabros del boliche le encontramos tan buena la idea, que lo felicitamos invitándolo un meloncito con vino. Y tomamos y tomamos, una garrafa tras otra, hasta que los melones no dieron más.

A las 16:19, mi compadre, ya más rojo que pichula de perro, se comenzó a despedir, pero señaló que, a causa de la borrachera, no sería capaz de traerse los tres sacos de arena, ya que con raja se podría uno. Como buenos amigos que somos, lo alentamos y le dijimos que le diera no más, que con eso bastaba, y le servimos unas piscolitas para que no se fuera con sed. Y tomamos y tomamos, hasta que se nos derritió hasta el último hielo.

A las 17:50, mi compadre, modulando apenas, dijo que ahora sí que sí. Tomó sus cosas para irse al terminal, pero reconoció no ser capaz de traerse ningún saco de arena, y que, por lo mismo, pondría todo su empeño en traer agua de mar en una de las garrafas que recientemente había vaciado, ya que igual lo consideraba un regalo bonito. Obviamente, aplaudimos de pie su buena idea, y entre todos nos pusimos con unas botellas de tequila para festejarla. Y tomamos y tomamos, hasta que se nos acabó la sal.

Ya a las 19:30, mi compadre, tumbado en el suelo, dijo que su ex señora se podía meter la arena, el mar y la playa entera por la raja, que no estaba ni ahí con comérsela de nuevo, y que prefería mil veces seguir hueviando con nosotros antes que arrastrarse por viejas de mierda histéricas. Como se debe, celebramos con escándalo su sabia decisión, y sacamos un vodka para seguir con el jolgorio. Y tomamos y tomamos, hasta que ya no dimos más.

A las 23:45, mi compadre, llorando como cabro chico, empezó a llamar a su ex señora para decirle que la amaba, que lo perdonara por ser una mierda de ser humano, pero ésta no le contestó. Pataleó, bramó y sufrió como nunca, y nosotros, como buenos amigos, le pasamos una cajita de tinto para que se calmara. Tengo que ir a la playa ahora mismo, dijo, si quiero recuperarla, debo cumplir con lo que le prometí. Le recomendamos que no fuera hueón, ¿Dónde va a encontrar locomoción a esta hora, compadre? Le hacíamos ver, pero él insistía. Entonces, se nos ocurrió una idea: ¡Regálele cualquier hueá no más, y la hace pasar por algo de la playa! Perfecto, pero… ¿Qué podría ser? ¿Agua de la llave mezclada con sal? No, la susodicha se daría cuenta de inmediato, ¿Arena de esa que está en la calle? Menos, está pasá a meado de vagabundo, y la vieja no es na’ hueona tampoco, ¿Y entonces? Mientras pensamos, nos tomamos un roncito. El ron siempre nos da creatividad.

Siendo las 03:47, determinamos que, con tanto ron, la creatividad se nos fue a las pailas. Mi compadre comenzó a llorar aún más desconsoladamente, diciendo que por culpa nuestra su reconquista fracasaría. Yo, sintiéndome responsable, y cura’o como pico, solté lo primero que se me vino a mi mente borracha: ¡Regálele un chorito po compadre! ¿Qué mejor?; ¿Y de dónde saco un choro a esta hora, flaco Lucho hueón? Me pregunto, y fácil, le respondí, en mi patio tengo un poco de greda, la que ocupo con mi señora pa’ recrear la escena de “Ghost: La sombra del amor” que tanto le gusta, la amasamos un poco, la dejamos lista pa’ trabajarla, y llamamos una bataclana pa’ que nos preste el molde. Estaba decidido entonces: crearíamos un auténtico marisco de greda, y lo pintaríamos con un poco de pasta de zapatos para darle el toque final. Sin duda alguna, mi compadre quedaría como rey.

A las 05:00 en punto llegó la señorita que nos prestaría el modelo: su mami hace mucho la había bautizado como Paulita, pero era más conocida en el mundo del hampa como la Choro Apreta’o. Por la módica suma de cuatro lucas, la Choro Apreta’o se quitó los pantalones, se depiló frente a todos y, de pie como una profesional, dejó que yo y mi compadre le llenáramos la regalona de greda fresca. La totalidad de los asistentes apostaban a que el plan funcionaría perfectamente: de veras la humanidad de la Choro Apreta’o tenía la forma característica del sabroso molusco que queríamos lograr, e íbamos como avión cuando, lamentablemente, nos avisó que estaba que se meaba, así que necesitaba que le despegáramos esa hueá cuando antes de ahí abajo… Y vaya que lo intentamos. Dios sabe que lo intentamos.

A las 06:30, llegamos a urgencias.

A las 07:20, la Choro Apreta’o al fin pudo echar la corta, y todo gracias a un hoyito que cuidadosamente le hicieron con un taladro.

A las 07:40, lamentablemente, nos vimos obligados a dejarla sola. Mi compadre se acordó que habíamos dejado unas latas de pilsen en la parte de arriba del refri y, si dejábamos pasar más rato, se iban a congelar.

No supimos de la Choro Apreta’o nunca más. Y con respecto a mi compadre, su ex señora le siguió dando la pasá’ por amor al arte… pero sin compromisos”.

– Y… sería todo, Come Quesillo – me dijo, cuando terminó de leer – ahora, a lo que vinimos: firma tu renuncia aquí, resume los motivos acá, y estaríamos.
– Pucha don Lucho… ¿Y si me lee otra?
– No puedo, lo siento, tengo que ir a atender mi local. Hoy es sábado, y los sábados siempre son prendidos.
– Ay, es que… es que no sé.
– ¿Qué es lo que no sabí, Come Quesillo?
– Es que con todo lo que me leyó, pucha, se me vinieron tantos recuerdos a la mente. Recuerdos de cuando era rancio, hace ya harto tiempo atrás.
– Pero así es la vida po, Matías: a veces, sólo a veces, lo más sano es asumir que las responsabilidades son para cumplirlas, y bueno… tú vas a ser padre, estás con una pareja estable, y tienes al frente dos caminos claritos: o te comportas como la gente de bien… o sigues la senda rancia que, para bien o para mal, llevas en los genes.
– No, si sé, debo tomar las riendas de mi vida de una vez. Eso lo tengo claro.
– Me parece. Entonces, firma tu renuncia acá.
– Ya, ahí voy… ahí voy… ¡Ah! Pero disculpe, don Luis, tengo un problema.
– ¿Qué problema?
– Es que no tengo lápiz.
– Yo ando trayendo uno, aquí tienes.
– ¿Y de qué color es?
– Azul.
– ¡Ah! Es que a mí no me gusta firmar con azul. Prefiero el negro.
– No tengo ningún lápiz negro a mano po, Come Quesillo.
– Pucha.
– Sí, así que…
– Y oiga.
– Dime.
– ¿Y en su clandestino tendrá?
– ¿Si acaso tengo un lápiz negro en mi clandestino? Bueno, sí. Yo creo que sí.
– ¡Vamos para allá entonces! Ahí hacemos todo con más calma… y nos podemos tomar una cosita mientras…
– Bueno, si así lo prefieres. Tengo promo de charqui más piscola a luca hoy día.
– ¡Perfecto!
– Pero tení que acompañarme a prenderle velitas al Mierda antes, por un favorcito que me hizo, mira que él es mi santito que me cuida y me proteje.
– Andando entonces. Y no meta tanta bulla, que no quiero que mi polola se despierte…

Sábado 07 de octubre de 2017.

“Y volvió al clandestino el hueón po… aquí lo tengo, bailando arriba de una mesa, en pelota, meneando su potito como el buen colipato que es.”.

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