18 Oct

Capítulo 318: El Mierda

Cochamó, 04 de octubre de 1985.

– ¡Mamá! ¡Ya pue mamá, óigame! ¡Tráigame el jarrito pa’ lavarme el poto, por el amor de Dios!
– Chiquilla de moledera, ¿Cuántas veces te he dicho que te llevís tu misma las cuestiones del aseo pa’l baño? ¡Diecisiete años ya, y aún no aprendí!
– ¡Es que me vinieron unos retorcijones re fuertes oiga! No alcancé a traer nada, imagínese.
– Ya, ¿Y no querí que te lleve papel también?
– Pucha … sí.
– Cabra de miéchica no más, ¡Andái tonta porque te la pasái puro mirando a ese pailón que viene a vendernos verduras en su carretilla!
– ¡Ay mamá! ¡Cómo se le ocurre! Si con él ni hablo.
– ¿Y esa vez que te dejé a cargo de la casa porque fui a vender huevos a la feria? Si la vecina ya me contó que lo hiciste pasar, y que el pelafustán dejó su carretilla apoyada aquí afuerita, y le importó un pepino que todos le robaran los tomates y los repollos que andaba trayendo. A mí no me hací na’ hueona voh.
– Pero mami, ¡Llevo meses explicándole que sólo le ofrecí un vasito con agua! Nada más.
– Segurito, ¿Y voh creí que no me he fijado en cómo se hacen ojitos?
– ¡Ay! ¿En serio? ¿Usted cree que él me mira con cara de amor?
– ¡Con lo guatona que estái, lo dudo!
– ¡Pero mamá, no me diga guatona! No sé lo que me pasa, si apenas trago bocado yo oiga. Pa’ mí que es su comida la que me tiene hinchá’.
– ¿Mi comida? Sí, claro, sóplame este ojo, ¡Ya! ¡Ábreme la puerta del baño será mejor! ¡Que tengo que ir a darle maiz a las gallinas oye!
– Gracias mami.
– “Gracias mami” – replicó la anciana, remedando a su hija burlescamente.
– Oiga mamita. Mamita, ¿Sigue ahí?
– ¡Qué querí ahora!
– Es que por más que me paso el papel por el poto, me sigue saliendo limpio oiga. Y yo estoy segura de que hice po, ¿No estaré enferma?
– ¿Por qué decí eso?
– Es que he andado todo el día con la guata pa’ la historia, con un dolor que se lo encargo oiga; vine, hice fuerzas, y ahora me paso el papel por la rayita, y nada pue. Podría usarlo de servilleta pa’ servirle unas sopaipillas incluso.
– Guárdalo entonces, si hay que ser ahorrativa en esta vida.
– Pero espere, que me sigue doliendo… ¡Ay! ¡Ay mamita! ¡Ay!
– ¡Qué te pasa, cabra descriteriá!
– ¡Me duele mami! ¡Me duele!
– ¡Rempuja po mierda! ¡Hace fuerza, tení que botar ese mojón!
– ¡Ay! ¡Ay mamá! ¡Parece… parece que…!
– ¡Qué pasa! ¡Dime algo po!
– ¡Estoy haciendo por delante mamá! ¡Me está saliendo el zurullo por la zorra! ¡Estoy cagando a una guagua, mamá! ¡Estoy cagando a una guagua!

Santiago, 03 de octubre de 2014.

Segundo limpió el sudor de su frente, tomó un gran sorbo de bebida y, mirando detenidamente la decoración del negocio que estaba pronto a inaugurar, abrió al fin la cortina metálica que lo separaba de su futura clientela. Sin pedirle permiso a nadie, posicionó al medio de la vereda el letrero que con sus propias manos había pintado: “Verdulería Cochamó”, decían sus letras, en homenaje a aquella lejana tierra que tantos recuerdos le tría, pero que ahora, ya independizado totalmente, tenía que saber dejar atrás.

Del barrio bien poco conocía, y, por lo mismo, una ligera incomodidad lo invadió al ver a tanto personaje raro, decadente y sombrío deambulando por el lugar, desde la típica vieja copuchenta que entraba a su negocio fingiendo que iba a comprar algo, con la única intención de parar la oreja y así enterarse de los cahuines de quienes por ahí transitaban, hasta borrachines meados y cagados que le preguntaban si su local funcionaría como clandestino durante las noches, tal como el resto de los negocios de por ahí cerca.

Poco y nada vendió en su primer día, la caja registradora sólo lucía un par de monedas guachas y un billete que él mismo había depositado ahí para la buena suerte, y vaya que le habría dolido de no ser porque, justo cuando estaba por finalizar la jornada, una exótica joven morena, de unos veintitantos años, le hizo señas desde la otra esquina para que la esperara.

– Señorita, buenas tardes – saludó Segundo cuando ésta llegó, ofreciéndole gentilmente su pañuelo de seda para que se limpiara el sudor.
– ¡Uf! Gracias por no cerrar. Ando visitando a una tía que vive por aquí, y que lata llegar con las manos peladas – le respondió ella, pasándose el pañuelo por la cara, el cuello y las axilas, y devolviéndoselo totalmente lleno de manchas de un asqueroso café amarillento.
– ¡No, no, quédeselo! ¡Déjeselo para usted no más!
– Gracias. Qué amable. Es difícil encontrar a gente fina y educada por aquí.
– Qué agradece, para mí es un placer tenderle una mano. ¿Y qué le pasó a usted oiga? ¿La mechonearon acaso?
– ¿A mí? No, ¿Por qué?
– Por el olor a pescado, digo. Y por lo cochinita que está pue, con todo respeto.
– No sé de qué hablas, yo estoy bien. Y de cochina, nada. Si me bañé la semana pasada no más.
– Bueno, si usted lo dice… ¡Pero qué roto que soy! Pase, pase, ¿Le preparo una ensaladita, para que refresque la tarde?
– ¿En serio? ¡Ya po! ¿De repollo, puede ser?
– ¡A sus órdenes! Y discúlpeme oiga, que no me he presentado: Segundo Pancracio, para servirle.
– Mucho gusto, Segundo. Yo me llamo Carla.
– Carlita, que lindo nombre.
– Sí. Pero dime como me dicen mis cercanos no más.
– ¿Sí? ¿Y cómo le dicen?
– Rasca Choro.
– ¿Ah?
– Así mismo, Rasca Choro…. porque me vivo rascando el choro.

Santiago, 03 de octubre de 2015.

Segundo terminó de picar el tomate, de moler las paltas y de aliñar el repollo justo antes de que su enamorada llegara al departamento que ambos compartían. Aquel día cerró su verdulería varias horas más temprano, y todo con el único fin de celebrar el tremendo amor que tan hipnotizado lo tenía.

– ¡Mi amor, llegaste! – Exclamó cuando la Rasca Choro atravesó la puerta, y rápidamente aprovechó de acomodarse los algodones que casi a diario llevaba incrustados en sus fosas nasales.
– ¡Mi vida! ¡Pero qué sorpresa más linda es ésta!
– ¿Te gustó? Llegué a las tres a hacer el aseo, limpiar y trapear todo lo cochinito que tú dejaste en la mañana, y luego, en el ratito que me quedó libre, te cociné esta cena, ¿Qué te parece?
– ¡Maravilloso! Aunque no te quejes tanto, si tan desordenado no dejé.
– Perdón, me estoy quejando demás. Ésta vez las larvas que suelen nacer de la fruta podrida que dejas debajo de la cama no alcanzaron a salir de su hogar, al menos.
– Qué exagerado eres, Segundo, ¡Ya! Sentémonos a comer mejor, ¿Qué estamos celebrando?
– ¿Cómo que qué estamos celebrando? ¿Acaso no te acuerdas? Un día como hoy, hace exactamente un año, te vi venir corriendo hacia mi verdulería. Un día como hoy, mi vida, me enamoré de ti.
– Qué lindo eres. No sé qué decir.
– No digas nada, y sólo recibe este regalito de mi parte. Espero que sea de tu agrado.
– ¡Qué detallista eres! ¿Qué es? A ver… ¡Un cuadrito con una foto nuestra! ¡Qué lindo!
– Sí, para que la coloquemos aquí mismo, en nuestro living.
– Te pasaste. No la quitaré nunca.
– ¿Lo prometes?
– Sí. Lo prometo.

La Rasca Choro, dando saltitos de felicidad, colocó el cuadro sobre un pequeño mueble que adornaba el centro de su departamento, y volvió rauda al lado de su enamorado, aunque esta vez con un semblante triste.

– Pucha amor, – le dijo, acurrucándose entre sus brazos – y yo a ti no te tengo nada.
– No te preocupes, mi vida. No es necesario.
– Pero si yo quiero darte algo. Aunque sea un gesto, una acción, también quiero aportar para que esta jornada sea inolvidable.
– A ver, y qué se te ocurre.
– Podría ser algo como… ¿Un masaje rico?
– No amor, no te molestes. Qué linda.
– ¡Ya sé! ¿Te regalo un baile sensual antes de irnos a la cama?
– ¡Uy, qué traviesa! Pero no mi vida, quédate tranquila. Qué tierna.
– ¡Ya! ¡Ahora sí! ¡Ahora se me ocurrió algo a lo que no te podrás negar!
– A ver, sorpréndeme.
– Ya: primero, te llevaré a la pieza.
– ¿Y qué más?
– Y te quitaré toda la ropa, lentamente.
– Me gusta, me gusta, ¿Y después?
– Después, te recostaré en nuestra cama, estiradito, con los ojos vendados.
– Se está poniendo bueno esto, ¿Y luego?
– Y luego, me subiré encima de ti, completamente desnuda.
– Ya…
– Giraré lentamente, hasta darte la espalda.
– Me está gustando el rumbo que va tomando esto…
– Poco a poco, lentito, comenzaré a hincarme.
– Y luego… y luego qué… ¡Dilo!
– Y luego, haré fuerza como nunca, y te cagaré en el pecho.
– Espera, ¿Qué?
– Pucha, ¿Te lo tengo que repetir todo? Ya, primero, te llevaré a la pieza…
– ¡No, no! Sólo lo último… dijiste que…
– Que te haré caquita en el pecho, ¿Qué tiene? Es una fantasía como cualquier otra, ¿No?
– Permíteme discrepar.
– A ver, tú el otro día te pusiste una cáscara de plátano en tu coso, y me pediste que, imitando a un mono, lo pelara, y después intentara comérmelo a puros chupetones.
– Sí, pero eso es distinto.
– ¿Qué tiene de distinto?
– ¡Que tú me querí cagar po, Rasca Choro! ¡Literalmente, me querí tirar mierda en el pecho!
– Oye, no me alces la voz.
– Ya, ya, mi amorcito, perdona, es que…
– ¿Me dirás que no entonces?
– Sabes que no puedo decirte que no. Si yo te amo.
– Entonces, comamos esta rica cena que me preparaste, luego me serviré unos huevos con tomate y cebolla, después un vasito de leche, aprovechando que soy intolerante a la lactosa, y después a la cama.
– Está bien… ¿Tienes algún plástico, así como para no manchar las sábanas?
– ¿Y pa’ qué, si ya son cafés?
– Sí, pero cuando las compré eran blancas.
– Bueno, pero ahora son cafés po, y mañana, más cafés aún, ¿Estamos?

La cena entre ambos se desarrolló con la fingida normalidad que sólo puede darse en una situación así: la Rasca Choro comía y comía como si no hubiese mañana, y Segundo sudaba pensando en que, cada uno de esos bocados que su enamorada engullía, acabaría desparramado en su pecho en forma de excremento. Por primera vez estando con ella, el tiempo se le pasó volando: en un abrir y cerrar de ojos se vio tumbado en la cama, con el torso al descubierto y a su novia de pie encima de él, como Dios la echó al mundo, y estirando las rodillas como si fuese a hacer sentadillas.

– Ya, Segundo, ¿Estás listo?
– Mi vida, ¿Podemos pensar esto un poquito más?
– Sí, claro, ¿Qué quieres pensar? ¡Ya sé! Quieres que te dibuje alguna forma en especial. Puedo hacer el intento.
– ¿Qué?
– Mira, si muevo el poto así, y luego para acá, y termino aquí, te puedo pintar un corazón. ¿Tierno, o no?
– ¿Un corazón con mierda?
– ¡Ay! ¡Es que si lo dices así, claro que suena raro!
– Ya, disculpa, disculpa. Acabemos con esto luego.
– Me gusta cuando me hablas rudo, mi amor. Despeja tu mente, que aquí voy.

Segundo cerró los ojos imaginando lo peor, mientras la Rasca Choro tomaba un diario que estaba tirado al borde de la cama y procedía a leer el horóscopo en voz alta para alcanzar el nivel máximo de concentración; y en eso estaban, listos para sellar su unión, cuando Segundo, de la nada, se arrepintió. Rápidamente intentó deslizarse por entre medio de las piernas de su atrevida novia, pero las sábanas estaban demasiado ásperas como para facilitarle la fricción, lo cual comprobó justo cuando su cara pasaba lentamente por debajo del trasero de la Rasca Choro, quien soltó de un solo golpe todo lo que llevaba en su interior, dejándole un camino marrón desde el mentón hasta la frente, y cubriendo su boca y orificios nasales de trozos de choclos y verduras mal digeridas.

Esa noche, y luego de una pelea de proporciones épicas, Segundo se dio un baño de tina, se lavó la cara cientos de veces en una mezcla de agua con cloro, vomitó otras cuantas, tomó su maleta, y le dijo a la Rasca Choro que la abandonaría para siempre. “Mis sentimientos por ti seguirán intactos”, le prometió antes de cerrar la puerta, “pero, a mí parecer, hasta el amor tiene sus límites, corazón”, y se fue.

Segundo lloró el término de su relación por días, y por las noches se revolcaba de pena pensando en qué estaría haciendo su enamorada, si acaso ya había encontrado a otro que le hiciera el aseo en el departamento, un nuevo pinche que le lavara la loza para que no se le llenara de hongos. El verano llegó con su colorido de siempre, pero eso a Segundo no le devolvió las ganas de vivir, todo lo contrario, aún más solo y destruido se sentió, y terminó de tocar fondo cuando, por esas cosas del destino, conoció a un grupo de viejos chicheros que lo invitaron a participar de un clandestino que quedaba a pocos pasos de su verdulería. A primera vista se veían buenas personas: un tal flaco Lucho los comandaba, aunque el que llevaba la batuta era un viejo flacuchento, medio pelado y rancio al cual todos llamaban “compadre”. Segundo, siguiendo su instinto autodestructivo, hizo buenas migas con los viejujos de inmediato, y ya en el clandestino, entre las risas típicas del que bebe para olvidar, les habló de los pasajes más curiosos de su vida, desde su nacimiento hasta la época actual. Aunque obvio su historia con Rasca Choro. Esa historia sólo lo llenaba de pena.

– Ven, siéntate aquí, te invito un trago – Le dijo el compadre del flaco Lucho, quien, pese a haberlo conocido recién, ya lo trataba como a un hijo – pero antes, cuéntame una hueá: ¿Es real lo que dijiste hace un rato, Segundo hueón? ¿En serio tu mamá te tuvo en un baño?
– Sí po tío, se lo juro. Ni sabía que estaba embarazada la pobre – le respondió.
– Entonces, … – clamó el viejo en tono solemne, poniéndose de pie y dándole suaves golpecitos a Segundo con un palo de escoba, tal como si lo estuviese nombrando caballero – desde hoy no te llamarás más Segundo. Desde hoy, te llamarás el Mierda.
– ¿El Mierda?
– Sí, el Mierda. Con cariño eso sí.
– Sí, sí, me agrada. Creo que me agrada.

Pero no, no le agradaba. Y no por lo feo del nombre, sino porque, pese a que se suponía que debía recordarle su infancia en Cochamó, junto a sus padres y ese baño de pozo que lo vio nacer, la palabra “mierda” sólo le traía a la mente una imagen: la imagen de la Rasca Choro, su amada Rasca Choro, contorneando su bello cuerpo desnudo frente a él, mientras pujaba para soltar el maldito zurullo que motivó su alejamiento definitivo.

Las semanas pasaron, y el estado anímico del Mierda no cambio. Ni siquiera el haber obtenido el tercer lugar en el “Festival de disfraces pa’l pico”, concurso clásico del clandestino que había convertido en su segundo hogar, lo logró emocionar: el disfrazar a su miembro de plátano (colocando cuidadosamente una cáscara sobre él) le trajo más nostalgia que alegrías, y eso, inevitablemente, sus nuevos amigos lo notaron.

– ¿Qué te pasa, Mierdita? – Le preguntó el flaco Lucho, sirviéndole una piscola por cuenta de la casa – ¿Por qué ese caracho?
– No es nada tío. Males de amor no más.
– Pero suéltate, relájate y échalo todo afuera. Si estamos aquí para ayudarte.
– Lo que pasa… lo que pasa es que…

Sin más rodeos, el Mierda estalló en llanto, y, como si experimentara la mayor de las catarsis, expresó lo que con tanto recelo guardaba en su interior: “todo me recuerda a ella, ¡Todo! El apodo que me pusieron, la cáscara de plátano con la que disfracé a mi diuca, el olor de esta cantina, los vagabundos que duermen aquí afuera entre bolsas de basura y comida descompuesta, ¡No sé qué hacer! Quiero volver con ella, pedirle otra oportunidad, pero… pero un amigo en común me contó que la vieron con otro entrando al hogar que compartíamos. Con un guatón de mierda que, de seguro, no le entregará todo el amor que le entregué yo”. Los borrachines abrazaron al Mierda enternecidos, y le prometieron que todo estaría bien. Aunque, debido a la experiencia, sabían que no era fácil que fuese así.

Al terminar la jornada, el Mierda tomó su cascarita de plátano, agradeció la buena disposición que todos tuvieron para escucharlo, y se retiró a su hogar cabizbajo. “¡Nosotros te ayudaremos a recuperarla!”, Escuchó que le gritaron desde el clandestino cuando ya había avanzado varios pasos, pensando en que su pequeña confesión lo había dejado aún peor.

Durante los días venideros, el Mierda no fue capaz de abrir su local: la depresión se lo estaba comiendo, y ni siquiera ánimos para ir al clandestino del flaco Lucho le iban quedando. Hasta que una mañana, harto de llorar por su amor perdido, se armó de valor y se decidió a recuperarlo. Lleno de adrenalina, corrió hasta el edificio en el que vivía la Rasca Choro, subió al ascensor, pese a los gritos inentendibles del conserje, y llegó hasta su puerta, la cual hubiese tocado lleno de ilusiones y esperanzas de no haber sido porque, justo cuando levantaba su mano para golpear, alguien desde dentro la abrió.

– Chao, mi amor – dijo simplemente un gordo treintón de aspecto acabado que salía arreglándose la polera, y quitándose unas enormes bolas de algodón desde sus fosas nasales.
– ¡Chao lindo, te amo, no lo olvides! – Escuchó que le respondía la Rasca Choro desde la pieza, de seguro aún acostada luego de haber pasado la noche con aquel desconocido.

La cara, el mundo, la vida y el amor se le vinieron abajo de un solo golpe, y ahí se quedó, petrificado ante el nuevo pinche de su ex, quien lo miraba extrañado sin entender qué hacía aquel extraño sujeto de pie frente a él.

– Hola amigo, ¿Necesitas algo?
– Perdón, no, no… – respondió el Mierda, conteniendo el llanto – me equivoqué de piso, perdón.
– ¡Tranquilo, me pasa siempre! – Acotó el desconocido, cerrando la puerta tras de sí – Y fíjate que una vez la cagué mucho más, porque, en vez de equivocarme de piso, ¡Me equivoqué de edificio po! Aunque, en mi defensa, era igualito al mío… pero en otra comuna. ¿Vas al ascensor? Te acompaño.
– Sí, sí, vamos.

El Mierda caminó junto al desconocido por un pasillo que nunca se le había hecho tan eterno, y, pese a su naturaleza pacifista, debió guardar sus manos en los bolsillos para evitar darle un puñetazo a su nuevo rival.

– ¿Y tú… vives aquí? – Le preguntó, con tal de obtener mayor información de su relación con la Rasca Choro.
– No, no. Andaba visitando a una chiquilla con la que estoy saliendo.
– ¿Sí? ¿Y es algo serio? – Consultó, hirviendo de rabia – ¿Ya están pololeando? ¿Cuánto llevan? ¿Se van a casar? ¡Dime! ¿Ya planearon la luna de miel? ¡Habla!
– A ver, a ver, cálmate un poquito. Ni siquiera nos conocemos, amigo, y esas preguntas son muy privadas, ¿No crees?
– Sí, perdón, tienes razón.
– Lo único que te puedo decir, así entre nosotros, – continuó el desconocido – es que hoy mi guachita me dio la prueba de amor más grande que me han dado en la vida.
– ¿A qué te refieres?
– A nada. Lo dejaré hasta ahí.
– Momento, ¿Qué es eso que tienes en tu polera? ¿Es sangre? ¿Le pegaste hueón? ¡Dime que le tocaste un solo pelo, y te mato concha de tu madre!
– ¡No amigo! ¡Cómo se te ocurre, eso jamás! Pucha, no te debería contar esto, pero, como no nos conocemos y estás dudando de mí… mira: mi amorcito me dibujó un corazón en el pecho con su menstruación, ¿Qué te parece? Lindo, ¿No? Yo te juro amigo, así, desde lo más profundo de mi ser, que no me voy a bañar nunca más.
– Pero… Pero…
– ¿Qué te pasa? ¿Estái bien? De pronto te pusiste pálido… ¡Pero bueno! Ya llegamos al primer piso, y aquí me bajo yo. Ha sido un gusto, mi nombre es Matías, ¿Y el tuyo? ¿No? ¿No quieres responder? Está bien, sé que el exceso de amor perturba a algunos, ¡Nos vemos! Que te vaya bien, me quedaría conversando, pero tengo que ir a buscar a mi viejo al clandestino de su compadre, el flaco Lucho. Deberíai ir para allá un día, se te pasaría todo lo taimado. Adiós.
– Espera, ¿Dijiste… clandestino del flaco Lucho?
– Sí, ¿Por qué? ¿Lo conoces?
– No, no lo conozco – mintió – me llamó la atención el nombre no más. Adiós.

Hirviendo de rabia, el Mierda corrió hasta su casa, y en un acto que no reconoció como de sí mismo, se bebió todas las botellas de alcohol que guardaba en su cocina. Se estaba volviendo loco, lo sabía, pero nada podía hacer al respecto. Pensó en la Rasca Choro junto al tal Matías, los vio besándose en su mente, la imaginó a ella saltando sobre la panza de su nuevo amor, y lo imaginó a él pasando su lengua por el cuerpo sudado de la mujer que, no hasta hace mucho, le prometía amor eterno. Al borde de la inconciencia, y tirando todo a su paso, entró a su verdulería sabiendo perfectamente lo que tenía que hacer, y cómo tenía que hacerlo: tomó los dos cuchillos más grandes que encontró, los cuales ocupaba para cortar duros trozos de zapallo, y los guardó en su mochila. Estaba decidido: iría hasta el clandestino del flaco Lucho, sacaría las armas, se quedaría con una, le entregaría la otra a ese tal Matías y, como caballero que se consideraba, lo retaría a un duelo. Este mundo no tenía espacio para los dos, o al menos, eso pensaba él, y con eso en mente montó su bicicleta, y comenzó a pedalear hacia su encuentro con el destino, sin recordar que, algunos días antes, había dejado tirada una cáscara de plátano justo afuera de su local, la misma cáscara que le recordaba a su amor perdido, y que hoy, como si fuese una broma cruel, causaba que la rueda delantera de su bicicleta se resbalara trágicamente, enviándolo de cabeza al suelo sin darle el tiempo ni la posibilidad de protegerse con las manos, lugar donde perdería la vida al instante, teniendo como última imagen de este mundo un reluciente repollo que quedó justo frente a su umbral de visión, y que por la eternidad le recordaría a ella, a su único amor; a ella, a su incomparable Rasca Choro.

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