21 Oct

Capítulo 319: Empatía

Cuidadosamente, como quien se acerca a una burbuja con temor a reventarla, me acurruqué al lado de la Leila, le regalé un tierno beso para desearle los buenos días, y comencé a acariciarle aquella enorme barriga que, hace poco más de ocho meses, alberga a nuestro esperado vástago.

– Quiero tanto que nazca – me dijo, posando su mano sobre la mía.
– Yo también, ni te imaginas cuánto – le respondí, mirándola con mis ojos llorosos producto de la emoción.
– Ya no queda nada. El tiempo pasó volando.
– En pocas semanas lo tendremos aquí, a nuestro lado.
– ¿Y qué es lo primero que quieres hacer cuando eso pase? – Me preguntó – Digo, cuando estemos más tranquilos, con el bebé en su cunita, y yo sin las limitaciones propias del embarazo.
– ¡Quiero hacer tantas cosas! Primero, regalonearlo, obvio, motivarlo al máximo, ponerle música, cantarle, leerle cuentos; luego, sacarnos muchas fotos, los tres abrazados, como la hermosa familia que estamos formando; también quiero que salgamos a pasear, que recorramos todos los parques de Santiago y que, apenas podamos, armemos nuestros bolsitos y partamos de vacaciones al sur, y después al norte, y de ahí al sur de nuevo, y luego fuera de Chile, y… ¡Ya, ya, perdón! Me emocioné de más. Ahora quiero escucharte a ti.
– ¿A mí?
– ¡Obvio! Cuéntame, por favor, que es lo que más quieres hacer luego de que nuestro hijo nazca.
– Uy, nada, yo sólo quiero que me culí’.
– ¿Qué?
– Eso, quiero que me culí’ con confianza, sin esa tonta idea de que la guagua te pegará una patá’ en la pichula. Quiero que afilí’ sin miedo, así como cuando nos conocimos.
– Pero Leila…
– Quiero me hagái parir, pero pa’entro; que me tirí el pelo, me echí un pollo en la boca, me rasguñí la espalda y me peguí charchazos en la raja como si quisierai sacarme chispas; quiero que te encerrí aquí, en la pieza, conmigo, que pongái sobre el velador unas bebidas energéticas y unas barras de cereal, y que me di como caja hasta que te salgan llagas en la corneta.
– Chucha, ¿Y no querí alguna otra hueaita?
– Sí. Quiero hacer un trío también.
– ¡Qué!
– Matías, entiéndeme: hay un incendio en mi interior que llevo meses conteniendo, y que, apenas el cuerpo me lo permita, tienes que ayudarme a aplacar.
– Pero… ¿Un trío? ¿Será necesario llegar a ese extremo?
– Sí, créeme que sí. Si no fuese necesario, no te lo pediría.
– Pucha, déjame pensarlo… ¡Ya, bacán, acepto! Mira, por ahí en mis papeles tengo los números de algunas chiquillas con las que nunca concreté, porque justo llegaste tú a mi vida, y puta, cagué po. Te aseguro que cualquiera de ellas estaría feliz de unírsenos.
– ¿Chiquilas? ¡Ja! Mati, por favor, te cortaría la tula antes de permitirte meter a otra mina en esta cama. Yo quiero un trío, pero con otro hombre.
– Ah, no. Eso sí que no.
– ¿Cómo es la hueá? Recién habías aceptado de lo más feliz. No te puedes echar para atrás ahora, Matías, o pensaré que me dijiste que sí sólo para ponérselo a otra hueona. Y eso, querido, es causal de patá’ en los cocos, te aviso.
– ¡No, no, mi amor! ¡No pienses mal de mí! Es sólo que… ¡Cómo vamos a hacer un trío con otro hombre po!
– Fácil: tú por delante, y el invitado… pucha… no sé si te guste lo que voy a decir…
– ¡No! ¡No lo digas!
– Por el chico po.
– ¡Pero amor, no! ¡Cómo me dices eso con tanta ligereza!
– ¿Qué tiene? Ay, qué cuático, Matías. Creí que eras más abierto de mente.
– ¡Oye, sí lo soy! Pero… pero ni siquiera a mí me has invitado a adentrarme por ese camino po.
– ¿Cómo? ¡Ah, que eres pavo! ¿Pensái que quiero que otro hueón me lo chante por atrás?
– Sí po, eso dijiste, ¿O no?
– ¡No! ¡Cómo se te ocurre, ni cagando! Entiéndeme bien: tú me lo metes por delante, y a nuestro invitado, que ojalá sea un negro fibroso de unos dos metros, le diremos que le tocará meterlo por el poto. Pero no por mi poto. Por tu poto.
– ¿Broma?
– ¿Qué? ¿Acaso creías que sería al revés? No me digas que preferirías que un hueón que se gasta así un pedazo de hueá me lo ponga sin piedad alguna, ¿Qué clase de pololo eres? ¿Querí verme partida en dos, hueón malo?
– No, me niego. Yo a ti te quiero mucho, pero paso. De ésta sí que paso.
– Puta que erí mala persona… yo quería que vivieras lo que estoy viviendo yo no más…
– ¿Que viva lo que estás viviendo tú? De qué estái hablando, Leila por la cresta.
– Sí po, ¡Linda la hueá! Llevo meses con el tremendo cabezón metido a’entro, ¡Y voh no podí aguantar ni una pura noche lo mismo! La cagái pa ser mal pololo, Mati hueón, no sabí na’ de empatía voh, ¡No sabí na’ de na’!

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