23 Oct

Capítulo 320: Se inicia el cierre de puertas

“Se inicia el cierre de puertas”.

La Leila, yo y su guata de ocho meses entramos al vagón a duras penas y, cuan sardinas en una lata, nos acomodamos como pudimos entre la multitud de santiaguinos estresados que repletaban el metro ese viernes a las ocho de la tarde.

Tres asientos preferenciales habían en nuestro rango de visión, y los tres, tal como el resto, se encontraban ocupados: el primero, por un cabro chico que estaba pegado a su celular mirando videos de un youtuber que no logré reconocer; el segundo, por un joven chascón y desaliñado que visiblemente iba borracho a más no poder, y el tercero, por una vieja que, si bien era gorda, embarazada no estaba. Ninguno se paró para darle el asiento a mi novia, y es más, la señora rechoncha se hizo la dormida, aunque sin dejar de hablar por su manos libres con alguna amiga con la cual copuchaba.

De pronto, y sin la necesidad de que reclamáramos, una tierna ancianita, de columna encorvada y cabello cano, se puso de pie, miró a la Leila y le dijo “mijita, venga, tome asiento”. “Señora, no se preocupe, muchas gracias”, le dijo la Leila, “sé que llevo cara de cansada, pero no me gustaría quitarle el puesto”. Pero la veterana no aceptó un no por respuesta, y es más, con un jocoso entusiasmo la tomó del brazo y la dejó sentadita en el lugar que había sido de ella hasta hace poco, “usted tiene que cuidarse, mijita, si su cuerpo se cansa, la bendición se cansa también, acomódese por aquí, relájese, duerma si quiere, hágame caso, a las viejitas no se les porfía”. Y la Leila obedeció, más por respeto que por cansancio.

Con la cara llena de risa, la señora se me acercó.

– ¡Cómo está la gente de rota hoy en día, oiga! – Me dijo, sin temor a que la escucharan – ¡Ya no hay valores! Imagínese: su polola esperando guagüita, ¡Y ni una de estas bestias es capaz de cederle el asiento!
– Sí señora, es impactante. Pero bueno, qué le vamos a hacer.
– En mis tiempos las cosas no eran así – continuó – no señor: en mis tiempos existían los caballeros, los niños bien educados, las mujeres con empatía por sus pares. Ahora estamos perdidos, joven, completamente perdidos.
– No puedo estar más de acuerdo con usted, mi dama. Es duro traer un hijo a un mundo en estas condiciones, pero intentaremos darle la mejor formación posible.
– ¡Es lo que tienen que hacer! Mire, aquí vamos a llegar a la siguiente estación, y le apuesto que todos estos desatinados que están aquí harán vista gorda si es que se sube un adulto mayor, o un discapacitado, o alguna niña encinta, como su polola, o un…

De pronto, las puertas del vagón se abrieron; un señor que estaba acomodado en un asiento cercano se puso de pie para bajarse, y yo, más rápido que nunca, empujé a la vieja pa’ un lado, posé la raja en el anhelado puesto libre, cerré los ojos, tiré la cabeza pa’ atrás, y me hice el dormido hasta que llegué a mi destino.

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