28 Nov

Capítulo 321: Urgencia

– Tome asiento, don Matías, y cuénteme, ¿Cuál es el nombre del niño?
– Jorge.
– Jorge… ¿Y el apellido?
– El mismo mío, doctor. Ahí le dejé mi carnet.
– Perfecto… ¿Y la madre?
– ¿La madre? Se llama Leila.
– No, no quiero el nombre de ella, le estoy preguntando dónde está, ¿No lo acompañó?
– Doctor, por favor, a ella ni la mencione. La Leila no se puede enterar de que estoy acá, en urgencias, con nuestro bebé de dos semanas de nacido, mientras ella duerme a pata suelta en mi departamento confiada en que estamos raja a su lado.
– ¿Cómo? ¿Usted me está diciendo que su pareja no tiene idea de que trajo a su bebé al hospital, y con escándalo incluido?
– Es que… sólo quería que me atendieran rápido.
– A ver, don Matías, vayamos al grano de una vez, ¿Qué le pasó?
– ¿Le cuento desde el principio?
– Claro, como corresponde.
– Veamos: yo a la Leila la conocí durante mis vacaciones de verano, en febrero, para ser más exacto, por allá por Brasil.
– No con tanto detalle, por favor, llegue luego al punto.
– Sí, sí, aquí voy: lo nuestro fue amor a primera vista, le juro, un flechazo que resultó tan fugaz y tan potente que… de él nació este cabrito. Aunque, en mi defensa, el condoro se debió a que el condón me quedó demasiado grande, y no me quedó otra que sacármelo po, ¿Me capta?
– Ya veo. Ahora, intente continuar con su relato, pero sin tanto rodeo innecesario. Enfoquémonos en su bebé.
– Bueno: el Jorge nació un día lunes, a eso de las nueve de la mañana, luego de casi 32 horas de trabajo de parto.
– ¡Caramba! Me imagino que eso fue terrible.
– ¡Y no sabe cuánto, doctor! Si llegué a llorar.
– ¿Usted? ¿Y por qué? Si la que sufre ahí es la madre pue.
– Porque en ese momento me di cuenta que, sin la Leila embarazada, iba a tener que volver a hacer la fila para mis trámites… ¡Como los hueones comunes y corrientes po!
– ¿Qué?
– ¡Lo que escuchó! Cada vez que tenía que pagar alguna cuenta, o cobrar un cheque, o comprar pilsen en el súpermercado, le decía a mi polola “mi amor, ¿Vamos a tomarnos un heladito? Acompáñame a una diligencia cortita antes, eso sí, y te invito uno de leche con plátano, de esos ricos que venden en bolsita aquí afuera”. Ella me hacía la collera feliz, y yo, ni hueón, la metía a la cola preferencial. Ni cinco minutos me demoraba en trámites que antes me tomaban cinco horas.
– Ya, ¿Y? ¿Me va a contar qué le pasó al bebé entonces? ¿Por qué lo trajo?
– ¡Claro, claro! Retomemos: el asunto, doctor, es que después de todas esas horas de trabajo de parto, y del sufrimiento que me significó a mí, como hombre, el saber que nunca más podría sacarle provecho a la guata gigantesca de mi novia, nació el Jorge.
– Y…
– Y luego, lo típico: lo encontraron cabezón, me miraron a mí, dijeron “¡Ah, tranquilos, lo heredó del padre!”, Me repitieron esa pesadez como diecisiete veces, desde los doctores hasta las señoras del aseo, y luego de unos días de burlas y bromas fomes, al fin nos pudimos ir a nuestro hogar…
– Ya, y…
– Y aquí viene lo raro.
– ¡Chuta, menos mal!
– Mi polola, tal como le indicó la matrona, le comenzó a dar de mamar al bebé cada dos horas, sagradamente. Se sacaba una pechuga, le daba leche, y repetía lo mismo con la otra hasta dejarlo rebalsado. Yo, para cooperar con algo, cuando el chicoco quedaba pocho lo tomaba en brazos y lo recostaba sobre mi pecho para sacarle los chanchitos, un aporte invaluable, sin lugar a dudas. Y así, lo mismo cada dos horas, mañana, tarde y noche, incansablemente.
– ¡Qué bien! Me alegra que se hayan logrado coordinar tan perfectamente, permítame felicitarlo.
– Hasta que un día…
– Ya, tenía que aparecer un problema…
– Nos quedamos raja, los tres: ella, yo, y el bebé sobre mi pecho…
– ¡Caramba! ¡Y no me diga que se le cayó!
– ¿Qué? ¡No, doctor! ¡Cómo se le ocurre!
– ¿Y entonces qué? ¿Lo aplastó? ¿Le dio un golpe sin querer? ¿Realizó un movimiento brusco que le hizo algún tipo de daño?
– Pero doctor, me extraña, ¿Qué clase de padre cree que soy? ¿Acaso me vio cara de irresponsable? ¡No, nada de eso! Si yo soy cuidadoso, más delicado que la chucha. Lo que pasó fue que, cuando desperté, descubrí que mi hijo estaba despierto también, aun recostado sobre mí…
– Y…
– Y me estaba chupando una teta.
– Espere, ¿Qué?
– Eso. Me estaba chupando la teta izquierda, afanado como nunca, súper entusiasmado, como si se le fuese la vida en ello.
– ¡Ahora entiendo! Y fue entonces cuando se le ocurrió traerlo a urgencias.
– Bueno, sí… pero después pensé que en realidad no era tan grave, que era normal, sobre todo porque, a la noche siguiente, volvió a hacerlo. Y con más ganas.
– ¿Cómo? Espere, entonces… ¿Esto no le sucedió hoy?
– ¿La chupada de tetas? No po, comenzó hace como una semana. Desde ese día, luego de acostamos, y cuando mi polola no da más del cansancio, el bebé aprovecha su posición en mi pecho y, solito, comienza a chupar. Parece una sanguijuela el pobre, si a veces pienso que me va a arrancar el pezón. Pero lo dejo no más, así desarrollamos mayormente el apego, ¿O no? Así fortalecemos aún más nuestros lazos afectivos… ¿Quiere verlo? ¿Quiere ver la cara que pone cuando chupa y chupa, y cacha que no sale nada? Es pa’ morirse de la ternura.
– Señor, a ver, un momento, baje las revoluciones por favor… si según usted ésta es una conducta reiterada y, además, su niño está bien, ¡Explíqueme porqué diantres lo trajo a urgencias! ¡Y a esta hora!
– ¿Y por qué más iba a ser doctor? Porque justo hoy, esta noche, me lo acosté aquí arribita, como siempre… ¡Y no chupó nada po! ¡Nada de nada!
– ¡Será porque se dio cuenta que usted no es su madre pue, señor! ¡Que usted no lo puede amamantar! ¡Si el niño será un recién nacido, pero no es hueón pue!
– ¿Cómo? O sea… ¿Lo hueón no es heredable?
– ¡No! O quizás sí, ¡No sé! Ay señor… salga de mi consulta de inmediato, por favor, se lo pido amablemente.
– Entonces… ¿No me va a dar nada para que me baje la leche?
– ¿Qué? ¡No!
– ¡Si pa’ eso vine a urgencias po! ¡Tome, ayúdeme, si pa’ eso estoy aquí!
– ¡Matías, por Dios, guárdese ese pecho ahora, por favor ! ¡No sea indigno!
– ¿Que me lo guarde? ¡No pienso! ¡Dónde está su ética profesional, señor! ¡Dónde está su seriedad! ¡Dónde está su decencia, dígame! ¡Dónde está su decencia!

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