15 Dic

Capítulo 322: Alergia

A un mes del parto de mi primer hijo, tomé una firme decisión que cayó como ají en el hoyo en los oídos de la Leila: “¡No! ¡No te lo voy a meter!”, Sentencié, “¿No veí que le puedo pegar un pichulazo a la guagua, y después no voy a tener plata para pagarle la rehabilitación?”. La respuesta de mi novia, igual de categórica, fue inmediata: “¡Ni que tuvierai la corneta de un metro po, chuchetumare! Ya hueón, no seái cachiporra y empelótate al toque, que hoy quiero que me culí sí o sí, y no aceptaré más chivas por respuesta, ¿Estamos?”.

En una situación normal, no hubiese hecho caso a sus peticiones por ningún motivo… pero ésta no era una situación normal, para nada, esta vez su cara denotaba en serio una desesperanza enorme, una pérdida de la fe, una ausencia de luz que, sin dudas, se debía a mis negativas de dejarle caer mi lastimera humanidad por miedo a dañar al crío y, por lo mismo, y pese a mis convicciones, me puse una mano en el corazón, la otra en su agigantada pechuga izquierda, y le dije “¡Ya mi guacha! No importa que batamos al cabro chico un rato, vayamos acomodando las guatas como podamos, porque esta noche te voy a rellenar como a un pavo”.

– ¡Oye, pero calma’o! No te pongái balsa tampoco po – me detuvo la Leila, cerrando sus piernas abruptamente.
– Ya, ¿Qué onda? ¿No era esto lo que queríai?
– ¡Sí po! Y más que la chucha… pero vai a tener que acabar afuera.
– Espera… es broma, ¿Cierto?
– No po, estoy hablando súper en serio: hazme lo que querái, vuélvete loco, móntate en mí como si fuese una saltarina, pero el moquillo lo tirái pa’l lado, pa’ la pared, ¿Estamos?
– A ver, creo que te faltaron clases de sensualidad a ti en el colegio, te explico: tú, mi amor, ya estás embarazada, es decir, ya estái con la pega hecha, y, según entiendo, no te puedo embarazar de nuevo po… Espera, ¿O sí puedo? No, en serio, no me mirí así, quiero saber, ¿Es científicamente posible eso?
– No po, tonto, y tampoco se trata de eso, ¿Acaso no te acordái que el día en que nos conocimos te conté que tenía una alergia brígida?
– Sí po, me dijiste que te hacía mal el quesillo. Por eso nunca compro, y termino trayendo jamoncito para la once.
– Mati, hueón, me refería al semen. Soy alérgica al semen. Incluso, el día en el que me dejaste embarazada, quedé con tanta irritación ahí abajo que anduve en silla de ruedas por tres días.
– Si me habíai contado lo de la silla… pero la verdad es que pensé que te había dejado inválida con mis movimientos pélvicos.
– ¡Ja! No.
– Pucha.
– Más bien, la culpa fue de lo acumulado que andabai. Pa’ haberme dejado así, me tuviste que haber rebalsado el estanque po. Y ahora, por el tamaño de tus bolas, me tinca que estái en iguales condiciones, así que afuerita no más te vai. Dentro mío, ni cagando.
– Ya, si no debe ser pa’ tanto tampoco.
– ¡Sale hueón, se me irrita la piel más que la chucha! El moquillo para mí es como el fuego para el cutis de cualquier ser humano normal.
– ¿En serio?
– ¡Sí po! ¿Por qué bromearía con algo así? Si es un padecimiento grave, no le veo el chiste.
– Ya, si me quedó claro. Echaré mi salsa de hombre en ese vaso que está sobre el velador entonces.
– ¡No hueí que después te lo vai a tomar!
– ¡No, qué asco! ¡Cómo se te ocurre! Si nunca tan rancio po…
– ¡Ya, comencemos entonces! Y oye.
– ¿Qué?
– Te corto la diuca si te mariconeái. Te lo juro.
– Pero para de retarme, que me estái cohibiendo…
– Perdón, sí lo noté…
– ¿Viste? Que ahora se me haya puesto el pilín como pasa es tu culpa, y de nadie más.
– Oye, tontito.
– ¿Qué pasó ahora?
– Perdóname, me puse hueona… es que la calentura me tiene así.
– Ya, vale.
– Te amo.
– Gracias, yo igual.
– ¡Pero dímelo con ganas po!
– Es que, si me lo ordenas, así tan insistentemente, no puedo.
– ¡Ay Matías, contigo no se puede! Tiene razón tu papá: voh no sabí na’ de sensualidad, hueón. ¿Y te digo algo más? Esta noche ordéñate tú solito, porque a mí no me tendrás. Mañana quizás sí… demás que sí, en realidad, pero hoy no, así que chao con voh.

Al poco rato, la Leila se durmió raja, boca arriba, y sin su mano izquierda aferrada a mis presas, como solía hacerlo cada noche, una señal inequívoca de que, en esta ocasión, quizás por vez primera, su molestia era en serio… Yo, por mi parte, la miré por horas queriendo acariciarla, pero mi torpeza en temáticas amorosas me obligó a contenerme… ¿La amaba? ¡Claro que la amaba! Desde día uno, y hasta el último probablemente, pero… ¿Por qué no se lo decía? Quizás mi sensibilidad artística me obligaba a huir de los convencionalismos, y me exigía darle una prueba de amor a otro nivel, alejada de las típicas palabras de buena crianza que se dicen en momentos así.

Al otro día, apenas la sentí despertar, cerré mis ojos y fingí seguir durmiendo. Hasta unos ronquidos me pegué con tal de hacerme el loco, y ahí, ocultándome del mundo de los despiertos, la vi caminar hacia el baño, quejándose como quien despierta con toda la maña, y sacando una crema humectante desde el cajón que tiene especialmente destinado para acumular hueás.

– ¡Conchetumare! – La sentí gritar – ¡Hueón! ¡Qué hiciste!
– ¿Ah? ¿Qué pasó? Me despertaste – Mentí.
– ¡Me escribiste “Te amo” por todo el cuerpo con semen, para que las letras amanecieran rojas!
– Sí… me macaqueé toda la noche sólo para pintar mi arte sobre tu piel, ¿Te gustó?
– Matías – susurró, rascándose el cuerpo desesperadamente – esto es, por lejos, lo más romántico que han hecho por mí.
– ¡Sí! Sabía que te encantaría.
– Estoy impresionada ¡Siento que soy más tuya que nunca! Te amo, Matías, te amo una infinidad. Y ven para acá ahora mismo, que quiero uno de tus abrazos apretados.
– ¡No! ¡Alto ahí!
– Pero Mati, qué onda.
– ¡Anda a bañarte primero, cochina! Estái pasada a moco, y qué asco esa hueá.
– ¡Puta el hueón poco romántico! Ya oh, me voy a la ducha, ¿Tienes alguna crema para las ronchas por ahí? En serio me está desesperando esta picazón.
– Sí, aquí tienes. Pero no te eches en la espalda, por favor.
– ¿No? ¿Y por qué?
– Porque ahí anoté la lista de hueás que tengo que ir a comprar al súper hoy, y no se me puede olvidar, ¿Bueno?
– ¡Pero Matías! Que erí… a ver, deja verme al espejo… ¡Pero oye! ¿Y ésta es tu dichosa lista?
– Sí, ¿Qué tiene?
– ¡Que aquí sólo dice “Quesillo” po Matías! Me escribiste “Quesillo” de arriba abajo… ¡Y más de veinte veces!
– Bueno, me vinieron unos antojos incontrolables no más po, ¿Qué tanto? ¡Y no me preguntí porqué!

Comentarios

Comentarios