15 Dic

Capítulo 323: Protagonismo

– ¡Aló, Mati hueón, urgente! ¿Cuántos años tiene tu hijo ya?
– ¿Años? Papá, el Jorge nació recién hace un mes y tres días, ¿Qué onda?
– ¡Ya, mejor aún! Te paso a buscar al toque entonces. Espérenme perfumaditos, con la zanja lavada y bien vestidos, porque vamos a ir a un cumpleaños.
– ¿Qué? Viejo, chanta la moto. Con la Leila pensábamos acostarnos temprano para ver un documental sobre la crianza responsable. Me dijo que lo compró especialmente para mí, así que olvídalo, no puedes llegar y alterarnos los planes así como así.
– ¡Hoy es la fiesta de cumpleaños de tu prima menor, hueón! Ay, no recuerdo el nombre de esa pendeja pesá’, ¡La hija de tu tío po, del hermano de tu mamá! Esa cabra hueona que habla como Mickey Mouse y que dibuja conejos con forma de pichula.
– Ah, ¿La Sofía?
– ¡La misma! Matías, escúchame bien: esta mañana pasé por afuerita de su casa, caché que el Pancho, mi ex cuñado, estaba entrando con una tremenda torta y picoteos para los cabros chicos, latas de pilsen y garrafas para los grandes, y yo, como andaba medio entonado, cara de raja le tiré el palo: “¡Buena po, Pancho culia’o! Se ve bien bueno el jolgorio oye, ¿Está de cumpleaños tu mocosa?”, Y me dijo que sí, “¡Y supongo que invitaste a mi nuevo nieto po!”, Le tiré, y el hueón, abriendo los ojos con sorpresa, se deshizo en disculpas; me juró que se le había olvidado, que no recordaba que voh habíai traído una cría al mundo, ¡Y claro! Si toda la familia sigue con la idea de que erí colipato po, así que el hueón pidió perdón nuevamente, y me encargó encarecidamente que te avisara que fuerai no más.
– Pero viejo, mi hijo aún es muy chico como para estar rodeado de tanta gente.
– ¡Mucho mejor po, Mati hueón! No veí que así a todos les da ternura, y te empiezan a regalar hueás. Y de paso, a nosotros también.
– No sé, viejo, no creo…
– A ver, no te confundas: no te estoy preguntando si querí ir, te estoy avisando que vamos a ir. Y si no querí, llegaré a tu departamento igual, te voy a poner una patá’ en los cocos, pescaré a mi nieto, e iré solo con él. Hoy amanecí con ganas de comer y tomar como chancho, y me di cuenta de que, si logro colar al Jorge a todos los cumpleaños familiares, lograré mi cometido con creces, y no solo hoy, sino que casi cada fin de semana del año, ¿Estamos? Y atento a la puerta, pajarón, que llegaré golpeando en media hora, ¡Chao!

Mi viejo cortó el teléfono, no sin antes emitir una serie de sonidos de placer que me obligaron a imaginarlo con la lengua afuera y la baba colgando, pensando de seguro en todo lo que se zamparía a costas de mi bendición. Como la idea seguía sin convencerme, apagué el teléfono y le pedí a la Leila, quien amamantaba a mi retoño acostada a mi lado, que me lo dejara cargando sobre el velador.

– ¿Qué onda? ¿Quién era? – me consultó, mientras se cambiaba al Jorge desde la pechuga derecha a la izquierda.
– No, nadie… mi papá no más – le respondí, desinteresado – quería invitarnos a una celebración, un cumpleaños de una prima, nada importante.
– ¿Sí?
– Sí. Y eso.
– ¿Y habrá harta comida? ¿Ponche? ¿Melón con vino? ¿Champaña? Tengo tanto antojo de champaña, por la chucha.
– Puta… se trata de mi familia, así que demás que sí.
– ¡Vamos entonces po! – Clamó, alejándose al bebé de la pechuga, y posándolo rápidamente en mis brazos – Está decidido: ¡Hoy te toca cuidar al niño a ti! Yo me iré a arreglar rapidito, así que escúchame atentamente.
– Mi amor, ¿Qué pasa? Cálmate.
– ¡No me pidas que me calme! Llevo casi un año comiendo sano y evitando el copete a toda costa, ¡Así que calmada no voy a estar hasta que me chante así un pe’azo ‘e torta y un tonto trago al seco! Concéntrate en mis palabras, Matías, sólo te diré esto una vez: Debajo de la cama dejé una mochila guardada para este momento. Dentro de ella hay pañales, mamaderas, leche de tarro, y un instructivo para prepararla. Es a prueba de hueones, Mati, así que… no me falles.
– A ver, deja cachar si te estoy entendiendo… ¿Quieres ir a la fiesta?
– ¡Sí!
– ¿Y el documental que veríamos?
– ¡No existe ningún documental, hueón! ¡Lo inventé para tener una excusa pa’ que te acostarai temprano y me afilarai bien afilá! Pero ahora mis prioridades cambiaron. Prefiero salir a hueviar.
– Pucha…
– Y, además, Matías, pensándolo más detenidamente, ¿Sabes qué es lo mejor de todo esto?
– No, ¿Qué?
– ¡Que ésta será la primera presentación de nuestro bebé en sociedad!
– Ya… ¿Y?
– Mati, piénsalo, será perfecto: como es chiquitito, bonito y gordito, todos lo piropearán, le tirarán flores, le dirán que es el niño más bello de la tierra, ¡Y qué orgullo po! Si un cumplido para nuestra guagua es, a su vez, un cumplido para nosotros.
– Te entiendo. Es como que nos digan “les quedó bien hecho”.
– ¡Claro!
– ¡El tremendo honor po!
– ¡La distinción más grande!
– Hace tanto que no me tiran flores por algo…
– ¿Preparémonos entonces?
– ¡Ya, y rápido! Toma, tú anda bañarlo, que hace un rato se cagó hasta el cogote, y yo iré de una carrera al mall a comprarle un pantalón de gabardina, una camisa de seda y un corbatín.
– ¡Y unos zapatitos de cuero también! La idea es que mate.
– ¡Y unos suspensores, unos lentes y un gorrito! Espérate no más, y no importa que gaste todos mis ahorros en esto, porque ni cagando nos arrepentiremos. Ni cagando.

Y tal como lo habíamos planeado, dejamos a nuestro rechoncho bebé, de más de 5 kilos y casi 60 centímetros de estatura, listo para tirar pinta por vez primera, y de manera apoteósica, en una fiesta familiar. Demás está decir que le peinamos su poco pelo como si fuese a asistir a la más solemne de las galas, y le metimos un boche descomunal con tal de que aguantara despierto hasta llegar al lugar, y así llamara la atención de todos con esos enormes ojos negros que de su madre heredó.

Mi viejo golpeó mi puerta puntual como nunca, tomó al Jorge en brazos gritando “¡Aquí está mi mina de oro! ¡Mi pase libre para todos los cumpleaños del barrio!”, y salió a tomar un taxi sin siquiera preocuparse de nosotros, que corríamos desesperados tras él. Ya en nuestro destino, confirmé lo que mi taita me había comentado hace un rato con tanto entusiasmo: la fiesta de mi prima Sofía era de otro nivel. La entrada de la casa de mis tíos lucía una decoración en extremo ostentosa, llena de globos, luces y detalles que un pelagato como yo sólo había visto en una que otra película gringa. Tímidamente, con mi sencillez y humildad a flor de piel, hice ingreso pensando en todas las celebraciones familiares de las cuales, al igual que a mi padre, me habían excluido por ser demasiado borracho y ordinario, realidad que ahora estaba por cambiar, y todo gracias a mi pequeña bendición.

– ¡Miren quien llegó! – Gritó mi tía más copuchenta – ¡El bebé del Mati! ¡Y fíjense! ¡Es igual de cabezón que él!

En una situación normal, hubiese tirado a la guagua pa´l lado y le hubiese gritado a la señora “¡Me repiten ese chiste todo el puto día, vieja culiá’ poco creativa!”, Pero me contuve y dibujé una sonrisa en mi rostro para parecer feliz con su talla de mierda. Mi viejo, por su parte, ya había entrado a paso firme hasta el patio del lugar, donde se encontraban los adultos preparando un pantagruélico asado y sirviéndose unos copetes pocos, y la Leila, ya amarrada a una copa de champaña, se presentaba con parte de mi familia y, sin que nadie se lo pidiera, mostraba a quien se le cruzara todas las fotos del Jorgito a poto pela’o que tenía almacenadas en su celular, recibiendo de vuelta las decenas de cumplidos que tanto estaba esperando, “¡Tu bebé es hermoso!”, “chiquitito lindo, ¿Un mes tiene ya? Se nota muy fuerte y saludable, muy bien cuidado, ¡Felicitaciones!”, “¡Si es idéntico a ti, linda! Qué rico que hayas aparecido para mejorar la raza”, y en eso estaba, embobada con tantas flores y halagos, cuando un silencio repentino inundó el living y, mágicamente, todos los asistentes voltearon sus cabezas hacia la entrada principal.

– ¡Miren, es la Tamy! – Gritó mi segunda tía más copuchenta, entusiasmada – ¡Y trae a su bebita, recién nacida! ¡Es un angelito!

Tan poco me relaciono con mi familia, tan insignificante me parecen sus vidas, que ignoraba por completo que la negra Tamy, la única prima que tengo de mi edad, también había sido madre hace poco… Más específicamente, hace cinco días.

– ¡Que chiquitita que es! – Gritó mi tío Pancho.
– ¡Es tan menudita, tan suavecita, tan delgadita! – Chilló mi cuarta tía más copuchenta.
– ¡Y miren! – Acotó la tercera con ese título – ¡Tiene la cabeza de un tamaño normal! ¡Como las guagüitas comunes y corrientes! ¡Con cabecitas armónicas a sus cuerpecitos esbeltos!

Como si hubiese pasado un tornado que arrastrado la atención de todos lejos de mi niñito, nos quedamos de pie junto a la Leila observando como la mocosa recién llegada recibía arrumacos, ofrecimientos de regalos, y hasta uno que otro billete de parte de mis tíos más rajados, quienes se los dejaban en el coche diciendo “para sus estudios, porque una niñita así de perfecta de seguro llegará muy lejos”. La Leila, quien ya iba por la tercera copa de champaña, clavó su mirada en la bebé recién llegada, y no se despegó de ella hasta que escuchó mi voz.

– Terrible de fea la guagua, – le dije simplemente – nuestro bebé es infinitas veces más lindo.
– Pendeja horrible – agregó – ¡Mírala! Con esa cara de ratón.
– Y ese cuerpo, tan… tan normal. ¡Y mira su cabeza! Me cae en una mano, fácil. Es insignificante.
– y debe cagar súper hediondo, además.
– De seguro se arruga entera cuando toma leche.
– Es más lindo nuestro Jorgito, ¿Cierto Matías? ¿Cierto que sí?
– Sí, mi amor, mucho más lindo.
– Mucho, mucho más…

la Leila tomó un respiro, se chantó al seco el resto de su copa, y cambió su tono de voz a uno mucho más apesadumbrado.

– Y entonces, – continuó – ¿Por qué nadie lo pesca? ¿Por qué todos corrieron a ver a esa aparecida?
– No sé. No me lo explico.
– Matías… tenemos que movernos. Anda a buscar a tu papá.
– ¿Cómo? ¿Ya nos vamos?
– ¿Irnos? No, nada de eso, – respondió, llenando su copa nuevamente – vamos a boicotear a esa mocosa. Nadie le roba la atención a mi niñito.
– ¿La vamos a boicotear?
– Sí. La vamos a dejar como pico.
– ¿Cómo? ¿A una recién nacida?
– Sí. Como pico.

Mi viejo apareció a nuestro lado apenas lo llamamos, sosteniendo tres presas de carne en una mano y una caña de tinto en la otra; escuchó nuestra triste historia al borde de las lágrimas y, olvidando por un momento cuál era su objetivo primario en la fiesta, solidarizó de inmediato con nuestro pesar.

– Hay que hacer cagar a esa pendeja.
– ¡Así se habla tío!
– ¡Pero papá!
– Mati hueón, los hijos son lo primero, ¿Acaso yo no te he enseñado eso? Por ti hubiese hecho lo mismo, así que no te sorprendas tanto.
– Viejo, cuando estaba en la básica y te conté que unos compañeros me molestaban, y me sugeriste que les dijera que era niñita, porque así no se iban a meter conmigo.
– ¡Y era obvio po! ¿Quién se iba a querer meter con una cabra tan fea? Aparte, Mati, un par de patás’ en la raja no le hacen mal a nadie, no desvíes la atención del tema principal, ¡Tenemos que devolverle el protagonismo a mi nieto!
– Ya, está bien, pero cómo.
– Fácil – dijo mi viejo, acercándose a la multitud que aún alababa las virtudes de la bebé de mi prima Tamy – ¡Permiso! A ver, a ver, ¿Y esta chiquitita tan linda? ¿La puedo tomar?

Sin que nadie le respondiera, tomó a la diminuta criatura en brazos e, intentando pasar desapercibido, pasó a llevar un lujoso florero que descansaba al lado de la entrada principal, haciéndolo estallar en el suelo, y generando un boche que los puso alerta a todos.

– ¡La guagua fue! – Gritó, levantando al bebé por sobre su cabeza – ¿La vieron? ¡Le puso una patá’ maletera al florero pa’ que se cayera! ¡Que se vaya pa’ la casa será mejor!

La totalidad de los presentes observó la escena con una molesta curiosidad, aunque sólo se limitaron a murmurar algunas frases inaudibles que, de seguro, apuntaban al lamentable espectáculo que estaba dando mi padre.

– ¡Y cachen! ¡Está meneando las piernas de nuevo! ¡Oh, na’ que ver, me quiere poner una patá’ en el hocico! Anda a acostar a tu guagua será mejor, Tamy, harto odiosa que se pone cuando hay más gente a su alrededor. No como mi nieto, ¿Sabí? El Jorge es un niño fino, ubicado y educado en los mejores colegios, ¿Qué me miran? ¡Si es verdad! ¿Y tu guagua, Tamy? ¿A quién le ha ganado? ¿Tiene algún diploma? ¡Dime po! ¿Te ha llevado algún galvano pa’ que lo colguí’ en la pared? ¡Dime po!

Rápidamente, y con una excusa tipo “pase a la niña pa’ acá, que parece que se hizo”, la Tamy le quitó a mi padre su bebé de los brazos, y se alejó de él, junto con todos quienes aún mimaban a su retoña, clavándole en los ojos una mirada de desdén.

– Creo que no funcionó. Hay que ser más drásticos – propuso mi viejo, regresando a nuestro lado.
– ¡Viejo, no! – le respondí, derrotado – Mejor vámonos pa’ la casa. Ante nuestros ojos, el Jorge es el niño más lindo, pero hay que aceptar que para los demás no lo es, y punto.
– Que la chupen meando esos hueones – replicó la Leila, sirviéndose una copa más – no saben na’ de guaguas bonitas, ¡Nada! Mira, Matías, a mí esa cabra chica se me cruzó entre ceja y ceja, ¡Nadie le roba protagonismo a mi guatón! Así que hoy, a sus cinco días de vida, aprenderá una importante lección: con mi cabezón chico, no.

Incorporándose como pudo, la Leila se dirigió al baño, salió a los pocos minutos con la cara lavada y luminosa, se coló entre la multitud que aún regalaba arrumacos y piropos a la bebita de la Tamy y, presentándose como la madre de la otra guagua de la fiesta, pidió permiso para cargar a la pequeña en sus brazos.

– ¡Que nenita más linda! – Clamó con un tono exagerado, mientras dejaba caer suavemente, sin que nadie la notara, la champaña de su copa sobre la ropa de la bebé – Tan tranquilita, tan bonita, tan… ¡Ay! ¡Se meó entera! ¡Que es cochina! ¿Cómo no avisa? Porque el mío sí avisa…
– Pasa para acá – le dijo la Tamy, con voz desinteresada – no me demoro nada en cambiarla. Aparte, tengo que apurarme, porque aquí mis tías me están ofreciendo un auto para transportarla más cómodamente, así que no puedo perder tanto tiempo.
– Sí, dale, dale – le respondió la Leila, girándose entusiasmada hacia los presentes – ¡Ahora podrían ir a ver mi gordo! No está meado ni nada, así que tómenlo con confianza, y…
– ¡Listo! Ya volvimos – dijo la Tamy, dejando a su bebé recién mudada acostada en su coche – ¿En qué estábamos? Tío Pancho, creo usted que me estaba ofreciendo plata para ampliar mi casa también, y para construirle una pieza a mi bebé, ¿O no?

“Me fue como el pico”, susurró la Leila, mientras volvía a nuestro rincón, “vámonos pa’ la casa, por la chucha”, imploré yo, “que esta hueá me está dando pena”, y “ya oh, espérenme un poco”, dijo mi papá, “voy al baño y viramos”. Con la Leila ordenamos nuestras cosas, ocultamos varios paquetes de ramitas, suflitos y papitas fritas en el coche del bebé, y nos fuimos a despedir de la cumpleañera, a quien casi no habíamos visto, y en eso estábamos, dándole las felicitaciones de rigor, cuando mi viejo salió del baño ocultando algo en su bolsillo izquierdo, y dirigiéndose hacia la guagua de la Tamy nuevamente, tomándola en brazos fingiendo despedirse y, con la astucia de un mago, depositando lo que ocultaba en la parte trasera de su pañal.

– Chao chiquitita linda, – le dijo – que Dios la bendiga, la cuide y la… la… ¡Cresta! ¿Qué es ese olor?
– ¿Cuál olor? – Consultó la Tamy, agudizando su sentido olfativo, y poniendo, de pronto, una exagerada cara de asco.
– ¡Ese olor a mierda po! Ah no, no puede ser, mira, ¡Tu cabra chica se cagó en mis brazos! A ver, deja sacarle el pañal para ver… ¡Oh! ¡Cacha! ¡El tremendo mojón! ¡Este zurullo es más grande que ella, cómo chucha! Mi nieto no hace estas cosas, no señor, ¡Mi nieto caga flores, señores! ¡Flores!

Ni un segundo más alcanzó a hablar cuando la Tamy le arrebató a su cría de los brazos, y el primer cornete, proveniente de no sé qué puño, le llegó seco en el hocico. De ahí para adelante todo fue gritos, caos y confusión, sólo logré escuchar un “¡Por eso nadie invita a estos rancios culia’os a las fiestas”, proveniente seguramente de mi tío Pancho, y un “¡Estúpidos cabezas de chorlito! ¡Arruinaron mi celebración!”, de mi prima Sofía, a juzgar por lo chillona de su voz. Con más culpa que vergüenza, con la Leila agarramos los últimos canapés que estaban a nuestro paso, un par de bebidas de tres litros, unas bolsas de dulces, el coche, y rajamos del lugar sin despedirnos de nadie. A mi viejo lo esperamos en la cuadra siguiente y, con la ayuda de unos flaites –quienes actuaron a cambio de dos cigarros sueltos-, abrimos un grifo para que se lavara la cara y se quitara los restos de mierda que le refregaron entre pera y bigote. Caminamos a tomar la micro en silencio, con el remordimiento típico de quien sabe que se ganó el odio de una familia entera, pero con la satisfacción del que hace de todo por poner a los suyos en primer lugar.

– Bueno, al menos no los vamos a ver más – dije en voz alta, a modo de consuelo.
– Y no creo que nos quieran ver tampoco – agregó la Leila, mirando hacia atrás, temerosa de que alguien nos hubiese perseguido.
– No sé, Matías, – repuso mi viejo – a mí me tinca que les vai a tener que dirigir la palabra bien pronto.
– ¿Qué? ¿Y eso por qué, papá?
– Porque, a no ser que a tu hijo se le haya achicado la cabeza mágicamente, me tinca que te trajiste el coche equivocado, ahueona’o.

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