13 Ene

Capítulo 324: La fantasía

– ¿Mati? Matías… ¡Matías, despierta!
– ¡Ah! ¡Qué! Leila, son las… son las seis de la mañana, ¿Qué hueá? ¿Qué pasó?
– ¿Sabes qué día es hoy?
– ¿Hoy? A ver… ¡Chucha! Hoy es nuestro aniversario, ¿Cierto? ¡Feliz aniversario, mi vida! Lo tenía súper, pero súper presente, ¡Mira, aquí mismo te tengo tu regalo! Es un… un… ¡Un despertador! Toma, espero que te guste, no te lo alcancé a envolver porque…
– Matías, hueón, deja mi reloj ahí, ridículo, ¿Cómo va a ser nuestro aniversario? Si nos conocimos hace menos de un año, cuando me dejaste embarazada.
– Ah… ¡Entonces ya sé! ¡Hoy nuestro bebé cumple un mes! ¿Verdad?
– ¡No, pavo, nada que ver! Para aclararte un poco la película, el niño ya tiene un mes… pero con diez días.
– Ah. De veras.
– Sí. O sea, Matías, di a luz hace cuarenta días. Cuarenta. Un mes y diez días, cuarenta. 
– Cuático, como pasa el tiempo de rápido, la cagó…
– Sí po.
– Y bueno, ¿Eso era todo?
– ¡Matías!
– ¡Qué!
– ¿Aún no cachái?
– ¡Qué cosa!
– ¡Que hoy se nos acaba la cuarentena po, tonto hueón! ¡Que hoy quiero que me culí’!
– ¡Oh, de veras! Pero pucha, ¿Y el chico?
– Hueón, llevo tanto rato esperando este momento, que te lo paso sin problemas, dale no más, hoy no tengo límites.
– ¡No po, Leila! ¡Me refiero a la guagua! ¡A nuestro bebito!
– Lo dejaré donde mi mamá po, Matías, está todo conversado, tú no te preocupes por eso, sólo levántate, anda a trabajar y, cuando vuelvas, prepárate, porque te voy a chupar hasta las tetas, hueón.
– ¿En serio me vai a hacer eso?
– Sinceramente… te voy a hacer lo que querái.
– ¡Ya! ¡La raja!
– Cuéntame algo, Matías, ¿Tú tení alguna fantasía?
– ¡Sí!
– ¿Qué es lo que más te gustaría?
– ¡Tener un Súper Nintendo, de esos viejos! Pa’ jugar Street Fighter.
– ¿Qué? ¡No po Mati! ¿De qué chucha estái hablando? ¡Me refiero a alguna fantasía pa’ hoy!
– Es que en serio sería demasiado bacán jugar Súper Nintendo. Un control tú, otro control yo; tú juegas Ryu, yo con Chun-Li… no sé, piénsalo.
– Puta el hueón… ya, te propongo algo, ¿Te tinca que realicemos un juego erótico? Digo, ambos asumimos un personaje, nos olvidamos por un ratito del “Mati” y la “Leila”, y gozamos de nuestra vuelta al catre a concho.
– ¡Ya po! ¿Y yo qué tendría que hacer?
– Nada, sólo dejarte llevar. Yo te esperaré disfrazada, lista para jugar, actuando como otra persona, total, desde niña quise estudiar actuación… así que esto será como cumplir un sueño.
– ¡Bacán! Si te puedo ayudar a cumplir con tu papel, yo feliz, pero… ¿Y qué más tengo que hacer?
– Nada, mi amor, todo déjamelo a mí.
– ¿Segura? Igual no soy muy bueno actuando, pero si tú le pones ganas…
– Sí, tranquilo, le pondré talento como nunca. Tú sólo déjate sorprender. Sígueme la corriente, y déjate sorprender.

Ese día en la pega, y a riesgo de sonar ordinario, anduve por horas con la corneta pará’. El sólo hecho de imaginarme a la Leila vestida con un traje de enfermera sexy, o de policía sexy, o de mucama sexy, o de teletubbie sexy, o de la hueá que fuera sexy, lograba que se me cayera la baba y que mi mente proyectara imágenes que me dejaban los calzoncillos pegoteados a las bolas. Cuando el reloj marcó la hora de salida, pesqué mis hueás y partí rajado hasta mi hogar. Me comencé a quitar los zapatos y el cinturón apenas subí al ascensor, y, al bajar de éste, ya llevaba la camisa desabotonada, los pantalones hasta las rodillas y, de no haber sido por una misteriosa voz que me detuvo a mitad de pasillo, de seguro llegaba hasta la puerta de mi departamento a raja pelá’.

– Lolo, ¿Anda buscando algún servicio?

La minifalda de la mujer no le cubría nada, aunque a ella no le molestaba, y eso lo dejaba en claro apoyando su pierna izquierda a la pared del pasillo, a sabiendas de que su humanidad quedaba totalmente expuesta ante mis ojos. Los metros que nos separaban no me impedían oler la colonia Coral con la que había impregnado su chaqueta de cuero, y de no haber sido por su mirada, muy bien camuflada detrás de varias capas de maquillaje, no habría ni notado que esa mujer de la noche –que, curiosamente, me abordaba en plena tarde- se trataba nada más ni nada menos que de la Leila. Mi inocente y tierna Leila.

– ¡Pero mi amor! ¿Qué haces vestida así? ¡Y en pleno pasillo! Ven, entremos rápido, que los vecinos te pueden ver.
– A ver, guachito – me dijo, con un acento flaite que no le pertenecía, y masticando un enorme chicle con toda la boca abierta – yo no soy na’ tu amor, ¿Me escuchaste? Yo soy la Deyanira.
– ¿Deyanira?
– Sí, así mismito, Deyanira, y si querí que dentremos pa’ tu morada, primero tení’ que decirme qué servicio querí, y mostrarme que tení las lucas pa’ pagarme, mira que yo no culeo na’ por amor al arte, pa’ que voh sepái.
– ¡Ah, ya entiendo! Esto es parte de nuestro juego erótico, ¿Cierto? Tú te haces pasar por maraca, y yo tengo que ser tu cliente, ¿Es así?
– No sé na’ de lo que me habla, caballero, – continuó la Leila, aun personificando a la Deyanira, pero guiñándome un ojo, como señal para que le siguiera la corriente – ¿Y sa’e qué? Usté’ ya me está dándome mucho la lata, ¿Vio? Así que mejor dígame si quiere servirse algo de mí, o mejor lo dejamo’ hasta aquí no má’.
– Ya, Leila… ¡Perdón! Deyanira, cuénteme, qué tiene para ofrecerme, a ver.
– Mire, le puedo hacerle un lava’o de ca’eza por diez mil, la tortuja coja o el martillo polaco por veintemil, la carretilla diabólica por veinticinco, la cruz nipona y el violín gitano, los dos por treinta, y la pirinola satánica, con un ñe de yapa, a cuarenta mil, ¿Qué me dice? ¿Le tinca, o no le tinca na’?

Envalentonado, y dispuesto a entrar con todo al juego, pesqué a la leila del brazo, posé una de sus manos encima de mi paquete, y la otra sobre mi escuálida billetera, y le susurré al oído “lo quiero todo, Deyanira. Todo”, mientras la llevaba hasta la puerta del departamento, y le arrancaba con mis dientes lo poco y nada que llevaba puesto.

– Hazme cagar pa’entro, papito – me susurró, con una voz de chana caliente que no le conocía.
– No le contí de esto a nadie, Deyanira – le dije, con mirada cómplice – mira que tengo pareja, pero no me puedo resistir a ti.
– ¡Sin besos, sin besos! – Ordenó finalmente mi amante, y comenzamos a concretizar, sin más, aquello que por tanto tiempo esperamos.

Y la tumbé sobre la cama, y la di vuelta, y me dio vuelta ella, y la puse pa’ allá, y me puso pa’ acá’, y gemimos, y aullamos, y nos rasguñamos, y nos tiramos el pelo, y fue tanta la pasión que le pusimos, tanto el color, tanta la energía, que juré en algún momento haber sentido olor a piel quemada y a sudor mezclado con sangre fresca mientras acabábamos juntos en un grito que, de seguro, se escuchó a varios edificios de distancia, y que dio paso para que despegáramos nuestros cuerpos y encendiéramos un cigarro cada uno para celebrar el éxito de nuestro extraño ritual.

– Oh, Leila, la cagó – le dije simplemente, con la respiración aún entrecortada.
– ¡Que no me llamo Leila, hueón porfia’o! – Respondió, en extremo molesta – Me llamo Deyanira, así me bautizó mi mamita cuando me parió en el burdel de la tía Zoila, el mismo día en el que el maricón del piano se echó al pollo pa’ no reconocerme.
– Ya po, mi amor, si ya terminó el juego. Volvamos a la realidad.
– ¿Y qué sabí voh de realidá’, cochino culia’o? ¿Qué sabí voh? Pa’ que voh sepái, yo sí que he vivido la realidá’ po, yo sí que sé lo que significa romperse el hoyo trabajando, y todo gracia’ a lo que me enseñó mi tía Zoila po. Gracia’ a ella, y a su conviviente, don Juan Nariz de Pico, a mí no me ha falta’o na’.
– ¿Juan Nariz de Pico? ¿Y quién es ése? – Pregunté, olvidando por un momento que mi novia aún estaba actuando.
– ¡El caballero que nos cuida a to’as losotras po! Mi jefe, mi cabrón, mi protector.
– Ah… me tinca que es buena persona.
– ¡Entero ‘e choro don Juan! Nunca ha deja’o que ni un gil que pase de vi’o con losotra’, ¡Ni uno! Y si algún pelagato se atreve a jugarno’ chueco, o a culiarno’ sin pagar, don Juan de una pura patá’ en las hueas cobra les cobra lo que valemo’.
– Ya, ya, entiendo… oye, ¿Sabí qué? Ya me fui corta’o hace rato, y como que toda esta dinámica me tiene medio aburrido, ¿Cachái? Podríai decirle a la Leila que vuelva, mira que tenemos que ir a comprar algo pa’ la once, que a esta hora hace hambre, y después a buscar al niño, y…
– Ya, si ya me voy a irme ya. Pero antes, ¿Dónde está mi plata?
– ¿Cómo? ¿Tu qué?
– Mi plata po, las lucas que me tení que pagar por ordeñarte, ¿Dónde están?
– Pucha, ya po Leila, no te pongái pesadita.
– ¡Que no me llamo Leila, guatón reculiao! ¿Tení mis mone’as, o no?
– Ya, está bien, toma – le dije, contando billetes imaginarios entre mis dedos, y estirándoselos para que los recibiera.
– Ah, me querí pescar pal hueveo – susurró, con tono carrasposo, poniéndose de pie y vistiéndose a la rápida – Ya no más, hueoncito, ya vai’ a ver, espérate acostadito, que esto no se va a quedar así.

Sin más explicaciones, mi novia salió de la pieza, dejándome ahí solo, en pelota y deseoso de que terminara pronto con su fantasía sexual extendida, aunque confirmé que mis deseos no se cumplirían prontamente cuando, al poco rato, y sin haberlo visto venir, irrumpió en la pieza nuevamente, pero esta vez luciendo el descuidado aspecto de una puta vieja, con talco en su cabello, para simular canas, y muchos calcetines en el sostén y en el calzón, para fingir aquella gordura típica de las señoras de edad avanzada y vida bien vivida.

– ¿Cómo que no le querí pagar a mi cabra, chuchetumare? – Lanzó de pie frente a la cama, con una voz gruesa, grave, imitando a alguien que ha fumado mucho.
– Ay, Leila, ¿En serio?
– ¿Quién es la Leila? ¿Otra cabra a la que cagaste con plata, acaso? Mi nombre es tía Zoila, doña Zoila pa’ voh, y la Deyanira, mi ahijá’, me contó que voh no querí na’ cancelarle la cacha, ¿Cómo es la hueá? ¿Voh creí que el poto de la culiá’ es gratis?
– Pucha, ya, es que no tengo plata en efectivo aquí – mentí, buscando una salida para tan ridícula situación.
– Así que no tení na’ efectivo.
– No, no tengo. Pero si quiere, le deposito. Deme su rut, doña Zoila, porque usted tiene rut po, ¿Verdad? Como toda persona real, ¿O no?

La Leila, ¡Digo! Doña Zoila, me miró con ojos de odio, sabiendo que la metí en una encrucijada difícil de zafar, refunfuñó por unos segundos, miró a su alrededor y, sabiéndose derrotada, me dijo “espérate no más. Ni te levantí, hueoncito, que te van a venir a ver”. Cansado, con sueño, y con la paja viva que viene después de todo polvo, me dispuse a dormir estirándome de punta a punta en mi cama, solo, como no lo hacía hace tanto, y en eso estaba, gozando de mi tranquilidad, cuando de pronto siento una ruidosa patada que casi echó abajo la puerta de la habitación, y un grito ronco y violento que, de no haber sido porque noté rápidamente que se trataba de la Leila vestida como viejo bonachón, con mi antiguo terno, una barba dibujada con plumón y un moño mal amarrado, hubiese pensado que se trataba de un asaltante.

– ¿Voh erí el vivito que no le quiere pagar a mi cabra? – Me dijo, fingiendo dificultosamente una voz masculina.
– Déjame adivinar… don Juan Nariz de Pico, ¿Cierto? Que buen detalle, mi amor, te pegaste un trozo de vienesa en la ñata. Debo reconocer que eso sí que no me lo esperaba.
– ¿Me estái mirando la nariz, hueón? ¿Te estái riendo de mi nariz? ¿Querí saber lo que le pasó al último hueón que me huevió por mi nariz?
– No, a ver, sorpréndeme. Qué le pasó.
– ¡Le corté la pichula, y se la metí por el hoyo! – Respondió la Leila, sacando unas tijeras desde su bolsillo delantero, y enseñándomelas amenazante.
– Leila, ya, creo que te estás pasando.
– ¡Que soy don Juan Nariz de Pico, te dije! ¿Y sabí qué más? ¡Ya me choreaste, machuca’o!
– ¿Sí? ¿Y qué me vai a hacer?
– Si no querí soltar las lucas, ¡A patás’ en la raja te las voy a sacar!

Y tal como lo prometió, la Leila, dando demostraciones de ser una actriz aficionada excelente, se subió de un solo salto a la cama y, con una fuerza impresionante, me dio vuelta para ponerme dos patadas bien puestas, la primera entre la raja y los cocos, y la segunda, un puntete bien puesto en el hoyo, dejándome casi mudo de la sorpresa.

– ¡Ya, está bien! ¡Está bien! ¡Detente! – Rogué, arrancando del lugar dificultosamente.
– ¿Me vai a entregar la plata de mi chiquilla?
– ¡Sí, tome, tome! ¡Ahí está mi billetera! Hay como treinta lucas, las tenía para los pañales de mi hijo, pero lléveselas.
– ¡Y qué me importan a mí tus hueás de pañales! Yo quiero que aprendái a respetar a mis cabras, y a no pasarte de listo nunca más con una de mis niñas, ¿Me escuchaste?
– Sí, escuché, pero, por favor, váyase luego, que quiero que vuelva mi polola. Llévese cada billete, y no vuelva nunca más, por el amor de Dios, quiero que vuelva mi polola.

Pasándose el pulgar lentamente por el cuello, como diciendo “a la próxima te voy a masacrar”, la Leila, aún en la piel de don Juan, se retiró caminando lentamente hacia atrás y, dando un portazo innecesariamente fuerte, dijo adiós a la locura que acabábamos de vivir. O eso hasta nuevo aviso.

Al cabo de un rato, volvió a entrar como si nada, pero esta vez siendo ella misma, tan linda, tan luminosa, con su cara lavada, sin rastro alguno del maquillaje que hace poco había utilizado, y su estilo de siempre, muy alejado al lucido hace un rato en la variedad de personajes que, para mí, caracterizó.

– ¿Cómo estái amor? ¿Qué hací ahí, a raja pelá’? – Me preguntó, como si nada hubiese pasado.
– No, nada. Te estaba esperando.
– Ah, buena… oye, guatón, sabí que tengo que ir a comprarle pañales al niño, ¿Aún tení las lucas que me dijiste que disponías para eso? Treinta mil creo que eran, o no.
– Pero Leila, ¿Qué onda? Si sabí que…
– ¿Qué? No me digái que las gastaste.
– ¡Sí po!
– ¿Y en qué? ¡No se te ocurra responder que te farreaste la plata de tu hijo en alguna hueá tonta! Mira que ahí sí que vamos a pelear terrible de brígido.
– No… no, nada de eso, – respondí ahueonadamente, entendiendo que mi novia llevaría su actuación hasta el final – es que me asaltaron aquí afuera. Eso fue.
– Ah, te asaltaron.
– Sí. Me lo quitaron todo.
– ¿No te la habrás gastado en alguna otra hueona, acaso?
– ¡No, mi amor, cómo se te ocurre! Si yo tengo ojos sólo para ti.
– Ya, más te vale.
– Y entonces, qué haremos.
– Qué haremos con qué.
– Con los pañales para el niño po. De alguna parte tenemos que sacar las lucas para comprárselos.
– Tranquilo con eso. Yo me encargo.
– ¿Sí? ¿Y cómo?
– Con estas treinta luquitas que me hice por ahí.
– ¿Ah?
– ¡Y ni se te ocurra preguntar de dónde las saqué! Porque, con lo coloriento que erí tú, podría jurar que te vai a poner celoso…

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