19 Ene

Capítulo 325: Pastillas

– ¡Matías! Escúchame atentamente, soy tu papá.
– ¿Viejo? ¿Qué onda? ¿Por qué me estái llamando desde un teléfono público?
– ¡Cállate, hueón, y ponme atención! Que eché una pura moneda, y te hablaré de algo ilegal… Espera, ¿Estái con alguien?
– No, con nadie. La Leila se fue con el bebé a pasar la noche a la casa de su mamá. Me dice que necesita descansar, aunque sea por hoy.
– ¿Y por qué? ¿Está pa’ la cagá con los llantos de la guagua?
– No. Con mis ronquidos.
– Entonces… más rato estarás solo.
– Sí, completamente solo… Viejo, para, ¿A qué quieres llegar?
– Mati, dime la verdad… ¿Voh te volái?
– No, viejo, otra vez con lo mismo.
– Entonces, prepárate, porque hoy lo vas a hacer.
– ¿Qué?
– Hoy, como nunca, Matías, te voy a dejar vola’o. Te voy a dejar vola’o como un chancho, espérate no más.

A las nueve en punto, y vestido de solemne etiqueta, mi padre se presentó en mi departamento totalmente lúcido, portando un bidón de agua, y la sonrisa de quien se acababa de ganar la lotería.

– Viejo, – le dije – no sé qué me llama más la atención: tu pinta, o tu repentina sobriedad.
– Mati, voh no cachái nada, – me respondió, dejando el envase sobre la mesa – ¡Todo tiene su porqué, hueón! Pero de a poco vas aprender. Déjame ser tu guía en esto, hijo, toma mi mano y relájate… súbete a mi nave, vamos a derribar juntos las puertas de la percepción.
– Viejo, ¿Pa’ qué tan críptico? Saca el pito luego, y terminemos con esto de una vez.
– ¿Pito? ¡Ja! ¿Acaso estamos en séptimo básico, Mati hueón? Hijo, ¡Esa hueá es pa’ cabros chicos! Yo, cuando te dije que nos voláramos, te estaba hablando de las ligas mayores.
– Viejo, no me digái que…
– Sí, precisamente, me estoy refiriendo a esto…

Metiendo cuidadosamente su mano derecha al bolsillo interior de su chaqueta, mi viejo extrajo una pequeña bolsita transparente, sellada herméticamente en cada uno de sus bordes, y la levantó sonriente ante mis ojos. Dentro de ella, se distinguían dos pequeñas pastillas, “una para ti, y la otra para a mí”, me señaló, aunque tal afirmación, a esa altura, ya era bastante obvia.

– Viejo, no creo que sea buena idea, ¡De dónde sacaste eso!
– Por ahí no más po, Mati hueón. Digamos que… me las encontré.
– ¿Te las encontraste?
– Sí. ¿Te acordái del negro Fidel?
– Pero claro. El dueño del toples más connotado de la población.
– El mismo. Resulta que el negro, aburrido de transar con puros hueones picantes, se compró su bodega a don Pedrito Tula Corta, el carpintero del barrio, después de que el viejo hueón se cortara tres dedos intentando hacer un mueble de cocina.
– Ya, ¿Y?
– Y el negro, como es aviva’o, le puso una barrida al cuchitril, le instaló unas luces potentes forradas con papel celofán, contrató al Dylan, el hijo de la Irmita, ese cabro flaite que te pone música pulenta con una radio y dos cassettes, y listo, se armó la regia discoteca.
– No me digái que el negro Fidel ahora es empresario discotequero.
– ¡Tal como oyes, Matías! Y para la inauguración de su nuevo local, como corresponde, nos invitó a nosotros, sus clientes regalones, y se rajó con todo. Y cuando digo todo, me refiero a… todo. Tú cachái po, todas esas cosas que consumen en las discotecas. Ésas que te hacen sentir las luces más potentes, los olores más ricos y los culos más suave. Esas cositas que yo tengo aquí mismito po, en esta bolsita, para compartir contigo, ¿Qué me decí? ¿Prendamos unas linternas, y volvámonos locos? ¿Ah?
– Pero papá, según entiendo, esas pastillas son carísimas, y tú, con lo cagado que erí, no creo que te las hayái comprado… Dime algo, ¿Se las robaste al negro, cierto?
– ¡No, Mati hueón! ¡Cómo se te ocurre! ¿Robarle droga a mi amigo? ¡Eso jamás! Me extraña la mala imagen que tienes de mí.
– ¿Y entonces?
– Lo que le robé fue esta chaqueta.
– ¿Qué?
– Y estos pantalones también. Y los zapatos, por supuesto.
– Pero viejo.
– ¡Imagínate cómo quedó de borrado ese hueón! Si, sin siquiera esforzarme, logré dejarlo a raja pelá’. El punto, Matías, es que esta tarde, mientras me probaba la nueva percha, me puse a intrusear en los bolsillos a ver si encontraba algún billetito, ¿Y qué me pillo?
– No me digái.
– Sí. Esta bolsita, con estas dos maravillas dentro… ¿Qué me decí? ¿Las tomamos al tiro?
– Puta, viejo, igual me da miedo.
– ¿Y miedo de qué, hueón? ¡Dale, no seái cobarde! Si anoche no nos pasó nada.
– ¿Seguro, viejo?
– ¡Seguro! A lo más bailamos, hueviamos, nos reímos, vimos hueás, saltamos, nos toqueteamos todos con todos, a un hueón le dio un paro cardiaco, lo dejamos en el baño pa’ que no cagara la fiesta, después seguimos bailando, en volá el hueón se murió, no sé, ¡Pero el punto es que lo pasamos la raja!
– ¿Y pa’ qué querí volarte de nuevo viejo? Si ya lo hiciste anoche.
– ¡Porque quiero que hagamos algo juntos po, Mati! Como padre e hijo.
– No me digas eso, papi, que me emociono…
– Además, aprovechando que ando medio corto de lucas, te venderé tu dosis en diez luquitas. Son caras, tu mismo lo dijiste, ¡Pero vale la pena, hueón! ¡Vale la pena!
– Puta… ¡Ya, me convenciste!
– Toma entonces, sírvete.
– Está bien, aquí vamos… buen viaje, papá.
– Buen viaje, Mati hueón.

Al mismo tiempo, como si fuese la más coordinada de las coreografías, nos tragamos dificultosamente las pastillas, tomamos un gran sorbo de agua, nos sonreímos con mirada cómplice, y nos sentamos en mi sillón a esperar los efectos. Y esperamos y esperamos, y esperamos un poco más, y cuando ya había pasado más una hora, esperamos otro poco hasta que mi viejo dijo “deberíamos bailar, a lo mejor por eso no nos agarra aún”. Y pusimos un disco de rancheras, y empezamos a menearnos pa’ allá y pa’ acá, tomando agua como nunca, y sudamos y saltamos, y seguimos bailando y seguimos sudando, hasta que llegó un punto en el cual, sin duda alguna, me comencé a sentir extraño, mi rostro estaba tirante, apenas sentía las manos, y la cuchara me latía a mil por hora. No cabían dudas, entonces, las pastillas me habían hecho efecto, y ya era hora de disfrutarlas.

– ¿Te sentí raro también, viejo?
– Sí, Mati, más que la chucha.
– ¡Tírame agua entonces, mierda! ¡Y súbele la música, que quiero bailar!

Mi viejo, motivadísimo, puso la radio a todo chancho y, corriendo dificultosamente, llegó al interruptor de la luz, y empezó a prenderlo y apagarlo reiteradas veces al ritmo de la música, hasta que la ampolleta se quemó. Entonces, pescamos las linternas, y con ellas comenzamos a jugar; las luces danzaban tal como danzaban nuestros cuerpos, y seguimos tomando agua, y cara de raja, producto de un calor repentino, nos quitamos la ropa, y cuando nos dieron ganas de mear lo hicimos ahí mismo, sobre los sillones, total estábamos vola’os, y cuando quisimos vomitar lo hicimos ahí mismo, sobre las plantas, total estábamos vola’os, y más tarde, cuando nos dieron ganas de cagar, lo hicimos ahí mismo, en el balcón, total… estábamos vola’os, y así seguimos por horas, en la volá’ máxima, bailando y riendo como si el mundo se fuese a acabar, hasta que nos dormimos agotadísimos ahí, en el piso del living, no sin antes lanzar un grito de euforia como despedida al momento mágico que acabábamos de vivir, en el cual, con todos los sentidos alterados gracias a aquellas pastillas prohibidas, sellamos un mágico momento de padre e hijo.

Al otro día, un puntapié en las hueas, propinado por la firme pata izquierda de la Leila, me despertó de mi letargo. Su rostro desencajado me daba a entender que contenta no estaba con la tremenda cagá’ que había a su alrededor, mientras mi viejo, de pie a sus espaldas, movía sus labios diciéndome “cagaste”, sin que ella lo pudiera ver, pero eso ahora no importaba, mi padre de ésta no me iba a salvar, nada más debía despejar mi mente para zafar solito del pedazo de penca que mi novia me iba a mandar.

– Ay, amor mío, menos mal que llegaste, ¿Cómo estás?
– “Ay, amor mío, menos mal que llegaste”, me dice el hueón – respondió, imitándome de un modo burlesco – ¡Qué chucha hiciste, Matías! ¡Qué significa este desorden!
– Es que mi vida, no me lo vas a creer, anoche vino mi papá, y…
– ¡No me metái a mí en hueás! – Reaccionó mi viejo, alzando ambas manos – ¡Yo no hice nada! ¡Él me obligó! ¡Él es la mala influencia! ¡Él me obligó!
– ¡Ya, se callan los dos! – Se impuso la Leila – No sacan nada con echarse la culpa el uno con el otro, ¡Si aquí yo quiero saber una pura hueá!
– ¿Qué cosa, mi amorcito? – Pregunté, agachando la cabeza.
– ¿Ustedes dejaron esos zurullos en el balcón, cierto?
– Sí, – respondió mi viejo, ligeramente avergonzado – es que nos volamos con pastillas…
– ¡Pero papá!
– ¡No me interrumpái, Matías! Si hay que ir por la vida con la verdad. Y por eso, Leilita, nos pusimos enteros de locos, ¿Me cacha? Pero el Mati me obligó, ah, así que a mí no me culpe de nada.
– Así que fueron a comprar pastillas, los lindos. No son capaces de ordenar, pero sí se dan la paja de ir donde un traficante a comprar sus cochinás’.
– ¡No se preocupe por eso, mijita! Si no fuimos pa’ ni un lado.
– ¿No?
– ¡No po! Si las encontramos en uno de los bolsillos de mi vestón.
– Ah… con razón…
– ¿Qué, mijita? ¿Con razón qué?
– Que, revisando sus mojones, y a menos que ustedes dos caguen botones, ¡Les informo que se tragaron los de repuesto de esa chaqueta, par de ahueona’os!

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