07 Feb

Capítulo 327: La eterna juventud

Mi padre llegó a mi departamento inusualmente temprano aquel día. Por lo general, las pocas veces en las que ha aparecido antes de las doce, lo hace con una pilsen o amarrado al concho del copete que no se alcanzó a tomar durante la noche anterior, y sólo llama a mi puerta para poder rematar su jolgorio en compañía de alguien, y luego tumbarse en el sillón a dormir el resto de la tarde. Pero en esa ocasión, la realidad fue distinta: no se veía borracho, más bien parecía desesperado, y ningún copete traía entre sus manos, sólo un pequeño frasco de plástico, transparente, y aparentemente vacío.

– Matías – me dijo – necesito tu semen.

El portazo que le pegué casi le quebró la nariz, pero eso no fue impedimento para que golpeara a la puerta nuevamente.

– ¡Ya po, Mati hueón! – Me gritó desde el pasillo – ¡No le pongái color por un poco de moquillo! ¡Si no me lo dai tú, voy a tener que macaquear a algún vagabundo para obtenerlo! ¡Y supongo que no querrás eso para tu pobre padre po! ¿Cierto?

Le abrí nuevamente, más por vergüenza que por caridad, y le pedí que, sin más rodeos, me explicara para qué mierda quería mi esencia vital.

– ¿Para qué más va a hacer, pajarón? – Me respondió – ¡Mira! ¡Mira mi cara!
– ¿Qué onda? ¿Qué tiene tu cara? – Le pregunté.
– Estoy lleno de arrugas, Mati hueón, ¡Parezco un viejo culia’o!
– Papá, estái igual que siempre…
– Lorea, hueón, cacha mis patas de gallo, fíjate en estas bolsas que tengo debajo de los ojos, contempla le ensalada de grietas que tengo en mis líneas de expresión, ¡Rájate con unas guaguas crudas po, hijo! ¡Sólo eso me podrá salvar!
– A ver, papá, chanta la moto. Cálmate, siéntate ahí, ¡Y explícame qué chucha tiene que ver mi moquillo con tus arrugas!
– ¡Hueón, tú no sabí na’ del cutis! ¡No cachái na’ de belleza! ¡No conocí na’ de estética integral! ¿Te hay fijado en la piel que se gasta tu mamá?
– Sí po. Tiene la piel lisita la vieja. Pero eso es porque lleva una vida sana no más.
– ¡Sale hueón! ¡Qué sabí voh! Para tu información, cuando estuve casado con esa bruja, cada noche me pedía que, justo cuando me fuera corta’o, le echara el moco en un frasquito; después la tonta se iba pa’l baño, y volvía con el frasco seco.
– Ay papá, qué asco…
– Ahora te da asco po hueón, y cuando chico de lo más bien le ibai a dar besitos de buenas noches.
– Oh, mierda, de veras.
– Yo, al principio, no le creía, “éstas son puras hueás de vieja”, decía, pero a las semanas me empecé a dar cuenta de que en realidad tu madre cada vez se veía más joven, y yo… cada día más viejo. Fue entonces cuando, sin decirle a nadie, empecé a aplicar la misma técnica: todas las mañanas, antes de salir a trabajar, me encerraba en el baño a correrme la masturbación, echaba el pichí blanco en el mismo frasco que ocupaba tu mamá, y lo usaba rezando por recobrar la juventud que de a poco iba perdiendo. Pero ya varios años han pasado, y los resultados a la vista no están.
– Pucha viejo… es que, con todo respeto, me tinca que tú debí tener el moquillo vencido ya po.
– ¡Y esa misma hueá pensé yo po, Mati hueón! Hace meses que llegué a esa conclusión, y por lo mismo fui al clandestino del flaco Lucho, y le pedí a todos los curagüillas que se la pasan ahí que se rajaran con un poco de chuño pa’ mi noble causa. Y nada, tampoco me funcionó.
– ¿Y entonces? ¿Por qué tení esperanza de que con el mío las cosas sean diferentes?
– ¡Porque tú erí joven po, Mati hueón! Es lógico que la hueá no me resultara, si estaba usando puro moco de viejo.
– Eso me hace sentido.
– Esta mañana, mientras probaba si el semen de don Julio Chicha me daba resultado, pensé en eso… ¡Y es que claro! El viejo de mierda ése tiene como 80 años, su salsa de hombre ya debe estar avinagrada, de seguro, así que me puse a buscar en mi mente a quien podría ser mi salvador: debía ser un hueón que usara poco su herramienta, para que no tuviera la leche tan batida, y puta, ¡Quién más que tú po, Mati hueón! ¡En tu moquillo está el secreto, en tu moquillo está la frescura, en tu moquillo está la juventud!
– Bueno… lo tomaré como un piropo. Mírame, estoy sonrojado.
– ¿Y entonces? ¿Te vai a rajar con un poquito, más que sea?
– ¿Sabí qué papá? Me emociona tu confianza en mí… bueno, en mi moco, así que no sólo te llenaré ese frasquito, ¡Sino que te daré una botella entera!
– ¿En serio, hijo mío?
– Sí po viejo. Es más, comenzaré ahora mismo… total, no tengo nada más entretenido que hacer.
– ¡Buena, chuchetumare! Aquí mismo te espero entonces, ¡Devuélveme la lozanía, Mati hueón! ¡Dame una nueva vida! ¡Regálame la eterna juventud!

Desde ese día, y durante poco más de un mes, mi viejo llegó sagradamente cada mañana a mi departamento a pedirme su dosis diaria de la milagrosa crema natural, y yo, como si fuese un placentero sacrificio, me llegué a descascarar la corneta de tanto estrujármela para cumplir con el pedido diario que a mi papito le prometí. Hasta que una mañana, luego de comprobar que el nuevo tratamiento no le estaba dando resultados, mi viejo no apareció más.

Al principio me dio lo mismo, la verdad, levantarme tan temprano para macaquearme frente a un frasco se me estaba haciendo monótono y agotador, así que ni siquiera me preocupé de ir a verlo, pero luego de unos días sin tener noticias de él, y asumiendo que quizás algo malo le había pasado, le puse un llamado para tener noticias suyas.

– Aló, ¿Papá?
– Hola, Mati hueón – me respondió, desanimado.
– ¿Cómo estái?
– Mal.
– ¿Sí?
– Sí. Mal, y viejo. Cada día más viejo.
– Entonces, asumo que eso del moquillo definitivamente no te funcionó.
– No, pa’ na’. Es categórico: la hueá no me dio ningún resultado.
– Pucha.
– Sí. No me queda más que resignarme y morir así, arrugado…
– ¿Pero estái seguro de que usaste el semen bien?
– ¡Obvio po, Mati, si nunca tan hueón!
– ¿Seguro?
– ¡Sí po! Si ni siquiera mezclaba con agua la hueá antes de tomármelo. Y por muy amargo que estuviera, ni una sola pizca de azúcar le eché, ¿Viste? Si nunca tan hueón.

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