09 Feb

Capítulo 328: Backstreet_Metallica

A los 13 años, conocí en Latinchat a mi primer amor virtual. Angelita era su nick, y el mío, Backstreet_Metallica. Teníamos la misma edad, y vivíamos, más o menos, a una hora y media de distancia. Vale aclarar que por esos años no era fácil conocer a alguien de tan cerca, la mayoría de quienes ingresaban a los salones de chat eran viejos mexicanos degenerados, o una que otra mina que, a puro coa, te explicaba que en realidad era princesa africana, que estaba secuestrada, y que necesitabas que le enviaras algunas lucas urgente para su rescate. En ese entorno hostil, la Angelita era una luz que brillaba más fuerte que ninguna otra, y por lo mismo lo nuestro, mágicamente, fue amor al primer mensaje.

Durante un par de meses chateamos cada noche, y luego, cuando las mariposas que revoloteaban en nuestros estómagos no daban más, intercambiamos números, y después comenzamos a llamarnos, y así, entre telefonazos y mensajes, concretamos nuestro pololeo virtual, hasta que un día, y por insistencia de ella, acordamos vernos en persona.

– A las cinco, en la plaza de armas – me dijo.
– Ahí estaré puntual, mi Angelita – le respondí, entre suspiros y alaridos de amor.

Me puse mi ropa más bonita ese día. Rompí el chanchito con mis ahorros para comprarle la más fina caja de bombones que en mi barrio pude encontrar, me bañé con los shampús y jabones caros que mi mamá guardaba bajo llave en el botiquín del baño, con la indicación de que eran de uso exclusivo de ella, y le robé un poco de perfume a mi papá, para ocultar el olor a paja que a todos los lolos se nos impregna en el cuerpo a esa edad. Durante el trayecto en micro, saqué un cuaderno y un lápiz, y le escribí una cartita con las palabras más sinceras que me nacieron en ese momento, le dibujé corazones en cada espacio que me quedó en blanco y, para terminar, luego de poner el “te amo” final, me froté el papel por el cuello, para que absorbiera un poco de la aromática fragancia que llevaba puesta.

Llegué a la plaza puntual, y me senté a esperarla con los chocolatitos en la mano y la cartita en la otra, y ahí me quedé, buscándola con mi mirada tiritona y practicando las primeras palabras que le diría… hasta que la vi, escondida detrás de un árbol, con el vestido blanco que me dijo que se pondría, y el mismo peinado que llevaba en la única foto que, meses atrás, me había enviado.

– Hola – le dije – soy yo.

La Angelita dio un paso hacia atrás, realizó una mueca difícil de descifrar, me dio un rápido vistazo de arriba hacia abajo y, sin la necesidad de decirme nada, se dio la media vuelta y huyó del lugar.

Desde esa misma tarde, nunca más la vi conectada.

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