09 May

Capítulo 33: El cumpleaños de mi viejo, 2014 (parte 2).

Abril del 2014, 6 a.m.
Primer amanecer luego de la jarana previa al cumpleaños de mi viejo.

Le esposa del flaco Lucho me sorprendió con los pantalones abajo en el baño de su casa. No sé si le molestó más ver una revista Avon toda pegoteada encima de sus toallas o fijarse que, gracias al consejo de mi viejo, me había vertido toda su tintura rubia para el cabello quizás con qué intención. El punto es que la señora me pescó de la oreja, me tiró a la calle con el culo al aire, volvió a entrar y salió nuevamente con mi viejo a la rastra.

– Se enojó la señora parece – le comenté, ahueonadamente, a mi papá.
– ¿Y qué más querí Mati hueón? Si la vieja anda con las raíces más negras que la chucha y a voh se te ocurre robarle la tintura.
– ¡Pero si fue idea tuya po viejo!
– Yo creo que el copete te está haciendo mal Matías, tú antes no eras así…
– Viejo, ya tengo 28 años, he vivido más de la mitad de mi vida rodeado por adultos irresponsables, puros malos ejemplos de conducta, ¿Con qué cara me dices algo así? ¡Además estai más borracho que yo!
– Sí Mati, estaré curao y todo lo que querai, ¡Pero por lo menos no tengo el pelo teñido rubio!
– No me hueí porfa, ya se me está pasando la curadera y me estoy dando cuenta de la tontera que hice… para peor tengo las mechas tiesas como paja.
– Mati, se dice “con paja”, no “como paja”, exprésate bien. ¡Ya! ¡Y cambia ese caracho que vamos a ir donde el chico Maicol a rematar!
– No viejo, caminemos para tu casa mejor, ya fue mucho por hoy.
– ¿Estay más hueón? ¡Son recién las 6 de la mañana! A esta hora el chico se raja con unas pastillas para quedar eléctrico. Aparte, podí aprovechar de sacar alguna hueá de su farmacia para quitarte ese color amariconao´ de la cabeza, así que vamos.

En silencio caminamos las pocas cuadras que separaban al bar-clandestino del flaco Lucho de la farmacia-clandestino del chico Maicol. Al llegar, mi viejo tomó un tremendo camote y comenzó a golpear el portón de la botica, y no pasó ni medio segundo cuando una voz carrasposa gritó desde el interior del local “¡Contraseña!”, ante lo cual mi taita respondió “¡Sildenafilio!” automáticamente. Nos abrió el chico Maicol, vestido únicamente con una cotona blanca plagada de manchas de vino y una que otra pintita roja de una sustancia que parecía ser sangre. “¡Buena compadre!”, le dijo a mi viejo mientras lo saludaba con un apretón de manos, luego me miró con una expresión curiosa y agregó “¡Puta que está cagá la Luli oiga!”. Un apodo más para mi lista de sobrenombres humillantes.

– ¡Está media fuerte la música don Maicol! – le grité apenas entramos – ¡No sabía que le gustaba la electrónica a usted!
– ¡Pero si a voh te encanta bailar po Luli! ¡Aparte, es la música preferida de mis clientes, llegan a ver hueás de colores de tanto volarse al ritmo del punchi-punchi!
– ¡Oye Luli! – Me dijo mi papá – ¡Déjate de llorar y anda a preparar unas piscolas! ¡Yo mientras tanto voy a servirme una cosita con el chico Maicol!
– ¡Ándate con cuidado viejo, mira que cuando te volai te da por desaparecer! ¡Recuerda lo que te pasó cuando te perdiste en el desierto y te encontraron tratando de ponérselo a un cactus!
– ¡Tranquilo Mati hueón, me extraña tanta desconfianza!

Me fui a sentar al mesón central del clandestino, al lado de dos viejos que estaban pegados mirando la llama de una vela que estaba por apagarse. El chico Maicol volvió solo, me dijo que mi papá vendría en un rato, que mientras tanto me tomara una piscola, así que le hice caso obedientemente… y después me tomé otra, y luego otra, hasta que se me apagó la tele y me quedé dormido sobre la barra. A las 8 de la mañana me despertó el vibrador de mi celular, la música continuaba sonando con la misma potencia y no habían rastros del chico Maicol o de mi viejo por ningún lado.

– ¿Aló? – Respondí con voz de ultratumba.
– ¡Aló!- Respondió una voz masculina del otro lado – ¡Se escucha mucha bulla! ¡Aló, la música está muy fuerte!
– ¿Viejo, erí tú? ¡Ven al clandestino del chico Maicol, acuérdate que tengo las llaves de tu casa! – Respondí a grito limpio.
– ¿Don Matías? ¿Aló? ¡No escucho, hable más fuerte!
– ¡Estoy donde el chico Maicol hueón oh! ¡Ven para acá, queda caleta de copete! ¡Ya, voy a cortar!
– ¡Matías! ¡Bájele el volumen a la música, se lo ordeno!
– ¿Qué hueá? ¿Quién es?
– ¡Señor, habla con el cabo Valdés, de la Segunda Comisaría de Santiago Centro! ¡No corte!

“Chesumadre”, pensé mientras corría a desenchufar los parlantes del clandestino para poder escuchar algo.

– Aló, sí, sí, habla con Matías, ¿Me dijo que usted era carabinero?
– Afirmativo señor, llevamos más de media hora intentando contactarlo.
– Sí, perdón, en serio, mil disculpas… es que estaba durmiendo.
– ¿Y con esa música tan fuerte? ¿Quién puede dormir así? Oye Valenzuela – escuché que le decía a alguien – Éste hueón está más curao que el papá po.
– ¿Mi papá? ¿Está con mi papá? ¿Qué cagá se mandó?
– Estamos en un procedimiento con un señor que se identificó como su padre, y está en la que dice ser su vivienda, pero los vecinos nos llamaron porque entró a la misma de forma altamente sospechosa, y está tan borracho que es incapaz de responder lo que le preguntamos, por eso llamamos al último número que tenía discado en el teléfono.
– Perdónelo mi cabo, se debe haber olvidado que yo tengo las llaves de la casa, si revisa dentro del tarro de café que está sobre el microondas encontrará sus documentos, a ver si con eso se puede comprobar que la casa es de él…
– Perfecto don Matías, entonces mueva la raja luego y venga a cuidar a su papá, lo dejaremos donde mismo lo encontramos.

Salí del clandestino del chico Maicol corriendo hecho un peo, y a la misma velocidad llegué a la casa de mi viejo. Lo primero que noté fue que el ventanal, ubicado al lado izquierdo de la puerta, estaba completamente roto, y los trozos de vidrio se encontraban esparcidos por todo el antejardín. Obviamente, lo primero que pensé fue que alguien había entrado a robar y que mi viejo, en un acto de valentía y alertado por algún vecino, fue a defender su vivienda, pero sabía que mi teoría era demasiado heroica para ser verdad, así que mejor entré y desperté a mi taita para preguntarle qué cresta había pasado.

– Mati… Mati hueón, qué sed tengo… sácame una pilsoca del refri y pónemela acá al lado con una bombilla.
– Pero viejo, qué hueá pasó, la casa está hecha mierda.
– ¡Ah Chucha! Fue real todo entonces… pensé que lo había soñado – respondió intentando ponerse de pie.
– ¿Pero qué onda? Para más cacha me dejaste tirado en el clandestino, ni siquiera me avisaste que te venías a acostar.
– ¡Qué te iba a avisar Mati hueón! ¡Si estaba más demente que la chucha! Recuerdo que el chico Maicol me dejó solo en el baño y de repente me puse a imaginar que estaba en la nieve, corriendo libre, feliz, pleno… pero en pelota y cagado de frío. Incluso sentí que las bolas se me apretaron tanto que me llegaban a la garganta.
– Ya… ¿Y?
– Y puta, ¡Me cagué de frío po! Por lo mismo pensé en venir a buscar unas frazadas y unos gorritos antes de morirme congelado, ¡Obvio, tenía que salvar mi vida! Así que vine de una carrera y caché que no tenía llaves… para peor, como pensé que estaba desnudo, me las busqué hasta dentro del culo, y nada.
– ¿Y ahí se te ocurrió quebrar el ventanal?
– Bueno, técnicamente lo rompiste tú…
– ¿Cómo es eso?
– Es que para no parecer loco, me puse a hablar contigo… o sea, a fingir que hablaba contigo, pensé que así los vecinos no pintarían el mono y podría romper el vidrio sin que llamaran a los pacos… Y fue sencillo, me tapé la cara con mi chaqueta e imité tu voz de hueón diciendo “puta viejo, se me quedaron las llaves”, y después ponía mi voz de galán y te respondía “¿Qué podremos hacer ahora, Mati querido?”, y ahí fue cuando tú dijiste “no te preocupes padre, yo aprendí una técnica para abrir cualquier puerta cuando estuve en la cana”. Ahí fue cuando salté la reja, pesqué una piedra, rompí el vidrio y entré.
– Una mierda tu plan po viejo…
– Hubiese funcionado a la perfección, pero parece que una de mis vecinas me sacó el rollo y llamó al 133… y puta, tanto correr por la nieve me dio sueño, así que me recosté para descansar la vista, pero al rato sentí un dolor fuerte en los cocos, abrí los ojos y vi que un paco me estaba dando lumazos en mis berenjenas.
– ¿Y no se te ocurrió decirles que ésta es tu casa?
– ¡Claro po Mati hueón! Pero se las dieron de investigadores y me preguntaron que con quién vivía, y cuando les dije que solo comenzaron a revisar mi ropero… ahí cagué: encontraron la colección de calzones de las minas que me afilo.
– Puta que erí rancio viejo…
– ¡Pero ya safé! A un paco se le ocurrió revisar mi celular, encontró algunas fotos que nos tomamos el otro día con tu mamá en mi cama, así que te llamaron para confirmar y luego de un arreglo se fueron.
– No te creo que tuviste que sobornar a los carabineros…
– Sí… fue horrible… me dijeron que olvidarían todo si les entregaba la mitad de mi colección de calzones… yo les ofrecí tu notebook, pero no hubo caso, en serio querían esos calzones.
– Viejo, en mi notebook tengo todo el material que necesito para mi trabajo, ¿Cómo se te ocurre ofrecerlo?
– ¿Y bueno? ¿Acaso crees conseguir que esa ropa interior no me costó trabajo? Siempre me menosprecias Mati… eres tan mal hijo a veces.

Debíamos hacer la hora para cambiar el vidrio, pero no podíamos dormir por miedo a que alguien se aprovechara y entrara a la mala, por lo mismo tomé la bicicleta y fui a buscar el desayuno donde el flaco Lucho: charqui y pisen para mi viejo, maní y malta con harina para mí. Quedaban pocas horas para la celebración de su cumpleaños y yo estaba borracho nuevamente, “¿Sabes lo que podrías hacer Matías?”, me dijo mi viejo, “ir a hacerte rulitos a la peluquería de la negra Marlén, ahí sí que quedarías parecido a la Luli… te verías súper”, “no es mala idea viejo, no es mala idea”…

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