09 May

Capítulo 36: La Kuky (o “La sobrina del tío Pato”).

En la familia del tío Pato ocurre ese fenómeno que se da en una de cada mil estirpes: todas, pero todas las mujeres que comparten su línea sanguínea, desde su madre hasta su hija, pasando por sus hermanas y sobrinas, son más ricas que una piscola con tres hielos. Antes de que formalizara la relación con mi vieja yo sólo conocía a la Chubi, su hija, pero unos días después del terremoto del 2010 me enteré de que doña Tere, su hermana menor, se alojaría un par de semanas en la que había sido mi habitación, aunque el premio mayor era la hija de esa vieja, la Kuky, a quien yo sólo conocía por fotos, y la verdad es que con puro ver su imagen tras el cristal me venía un cosquilleo desde lo más profundo de mi corazón hasta la punta misma de la corneta. En aquellos años la Kuky era estudiante de Pedagogía en Educación Física, se la pasaba haciendo deporte y tenía el culo como una roca. El apodo se lo había ganado gracias a su piel trigueña adornada por pequitas coquetonas que revoloteaban sin orden alguno por sus mejillas y, a diferencia de su prima Chubi, no se le conocía pololo alguno, eso de la “búsqueda del príncipe azul” era lo suyo, según me aseguró el tío Pato y, por lo mismo, apenas llegó a la casa de mi madre realicé una visita sorpresa para darle la bienvenida como un caballero.

– Matías, te voy a decir una pura hueá – comenzó a sermonearme el tío Pato apenas crucé la puerta – tú ya le quitaste la virginidad a mi niñita, y ahora no va a pasar lo mismo…
– ¡Pero tío Pato! – Lo interrumpí – ¿Cómo que le quité la virginidad? ¡Si a la Chubi le llegaba a bailar po!
– ¡Bueno, si le bailaba es porque lo tení muy chico entonces! Perdón, perdón…. Quizás me excedí, a lo que voy es que mi sobrinita es una cabra de casa, tranquila, estudiosa, y lo está pasando mal. El departamento de mi hermana Tere quedó hecho mierda después del terremoto así que, mientras se alojan en tu pieza, no te quiero ver rondando por acá, ¿Estamos?
– Tío, ya tengo 24 años y soy un joven serio, ¿Cómo puede pensar que tengo malas intenciones con su sobrina?
– No si tus intenciones me importan un pico, porque la Kuky a voh no te va a pescar ni cagando… pero aún así, ¡Ni siquiera lo intentes!

En todo caso el tío tenía razón, la Kuky estaba muy lejos de mi alcance y, para peor, ni siquiera podía invitarla un traguito por ahí para que agarráramos confianza, todo gracias a que cultivaba una vida sana basada en cero alcohol y cero trasnoche, estaba cagado, mi método de conquista número 1 me falló antes de siquiera aplicarlo… Aunque igual me la tenía que jugar por otro lado, hacerme el lindo a como diera lugar y, por lo mismo, apenas llegó la ayudé a desempacar sus maletitas (a su vieja con cuea´ la saludé, mal ahí) y le hice un recorrido por la casa, todo bajo la atenta mirada de mi tío Pato quien, llevándose sus manos a la parte baja, me hacía un gesto que interpreté como “te voy a cortar las huevas cabro culiao”. Y su profecía se cumplió, la Kuky no me pescó ni por lástima, se limitaba a responder un “sí” o un “no” seco ante todo lo que le preguntaba y ni siquiera me dio las gracias después de ordenarle todos sus cachureos.

– Tío Pato, bien pesadita su sobrina ah… – le comenté antes de emprender mi marcha.
– Te dije que no tenías ninguna posibilidad ahí, la cabra es fina, educada en colegio de monjas, no cae en las redes de cualquier pelagato.
– Pero si yo no quería llegar más allá, sólo buscaba su amistad… – mentí – yo a usted lo quiero como a un padre tío Pato, siempre lo defiendo cuando mi papá lo trata de hueco – mentí de nuevo – y por eso quería que su familia se sintiera parte de este humilde hogar.
– ¿Sabes cabro? Tienes razón… además, el incidente con mi hija ya pasó hace mucho tiempo, creo que es hora de olvidar el pasado, ¿Te tinca que nos tomemos un copetito para sellar esta nueva etapa?
– Si usted me invita, tío, no le puedo decir que no.
– ¡Pero un copete no más! ¡Después pescas tus hueás y te vas, ni pienses en dormir acá, mira que soy buena onda, pero no hueón!

Pocas veces he visto tomar al tío Pato, mi papá siempre se burló de él por ser demasiado económico y quedar raja al segundo vaso… y bueno, así mismo fue aquella noche, el pobre viejo con cuea´ podía levantar el poto para ir al baño y se quedó dormido amarrado a una piscola que no fue capaz de tomarse. Como castigo por curarlo mi mamá me obligó a arrastrarlo a su pieza y dejarlo acostado a su lado, “en pelota, por si se despierta fogoso”, acotó, “y voh quédate a dormir en living, capaz que te lleven preso por andar hediondo a trago en la vía pública, ¡Pero hácele caso al Pato, ni se te ocurra ir a meterte a la pieza de la Kuky!”, “¿Cómo se te ocurre vieja? Jamás haría una hueá así”. Esta vez hablaba en serio, me fui a acostar con una cola triste y derrotada entre las piernas, tanto así que apenas me tumbé en el sillón cerré los ojos y me dormí sin siquiera quitarme las zapatillas. Pero antes del amanecer pasó lo que no tenía que pasar.

– Mati… Mati, despierta…
– ¿Ah? ¿Qué hueá? ¿Quién es? Prende la luz.
– No es necesario Mati, sólo despierta.
– ¿Kuky? ¿Erí tú?
– Sí po, ¿O acaso esperabai a alguien más?
– No… es que justo estaba soñando contigo, y cuando abrí los ojos y te vi creí seguir en aquel sueño y…
– ¡Ah ya, el hueón cursi! Vuelve a decir una hueá así y me devuelvo a mi pieza.
– Ya, qué onda, perdón… pensé que te gustaban los hombres románticos.
– Puta, quizás sí, pero no vine a despertarte buscando romanticismo.
– ¿Y qué andas buscando entonces?
– Te la hago corta: mi prima, la Chubi, me contó que te dejó pagando la vez que tiraron, ¿Es verdad?
– ¿En serio te contó eso? Se supone que es privado.
– Ya, entonces es verdad… y a mí puta que me cae mal la Chubi, esa hueá no se hace, ¿Cachai? ¿Cómo le prestai el mono a un hueón y ni siquiera eres capaz de pegarte el polvo completo, como corresponde?
– Bueno… sí, igual tení razón… me dolieron las bolas toda la noche.
– Pero esta vez andas de suerte, Matías, porque yo voy a terminar el trabajo que la maraca de mi prima dejó a medio camino… así que sácate todo, que a culear se ha dicho.
– ¿Estás segura? Yo pensé que tú eras más tranquila, más quitadita de bulla… como te cuidai, erí sana, vai a ser profesora y todo eso.
– ¿Y voh creí que me he sacado la chucha tonificando este tremendo cuerpo para puro andar enseñándoles a unos hueones a correr? Ni cagando, cuando tienes algo bueno lo usas, así que si tienes algo bueno para mí anda sacándolo antes de que me arrepienta.
– ¡Puta, ya! ¿Pero andai con condones?
– ¿Pero cómo Matías hueón? ¿Me vai a decir que viniste hasta esta casa a jotearme y ni siquiera trajiste un mísero condón?
– No me tenía mucha fe la verdad…
– Filo no más, pónemelo a fierro pelao, pero cuando te querai ir cortina tira el moco afuera, siempre lo he hecho así y nunca me ha pasado ni una hueá, ¿Estamos?
– Está bien… yo te aviso.

La Kuky tenía un físico de otro mundo, tocarla desnuda era sentir un sinfín de curvas trabajadas a la perfección, y fue tanto lo que me calentó esa sensación que mi ahogado grito de “¡Me voy!” llegó antes de lo esperado. Saqué la herramienta justo en el momento previo al champañazo, rápidamente tomé mi polera de Pulp Fiction que yacía tumbada en el suelo y, como si fuese un bombero tirando agua, le lancé todo el líquido seminal a la altura de la manga. La Kuky me dio un beso en la mejilla y volvió a su pieza, yo alcancé a ponerme sólo los pantalones antes de que el cansancio me la ganara nuevamente. Al otro día me despertó el ruido de la televisión, mi tío Pato miraba algún matinal mientras tomaba desayuno en el sillón contiguo al que yo descansaba, mientras mi vieja ordenaba el lugar junto a la Kuky (quien ni siquiera me dijo buenos días) y su mamá. “¿Así que igual dormiste aquí hueoncito?”, me dijo el tío Pato con un tonito buena onda, “por lo menos veo que te portaste bien, así me gusta”, “obvio po tío”, le respondí, “si apenas usted se durmió yo me vine a acostar… y recién desperté, ¿Vio que puede confiar en mí?”. El tío Pato asintió con la cabeza, me estrechó su mano en signo de disculpas y yo, siguiéndole la corriente, me puse de pie a guata pelá y hasta un abrazo le di… Y puta madre, justo en ese momento a mi vieja, como buena dueña de casa preocupada, se le ocurrió levantar mi polera del piso con la intención de tirarla a la lavadora, pero antes le echó un vistazo a la rápida, me miró furiosa y comenzó a gritar: “¡Pero Matías! ¿Cómo se te ocurre sonarte la nariz con tu ropa? ¡Está bien que sufras con tus alergias, pero mira, la dejaste llena de mocos!”. Me puse pálido, la Kuky se hizo la loca y partió corriendo a la pieza y el tío Pato, en una acción que no termino de comprender, le arrebató la polera de las manos a mi madre, olió la mancha exageradamente y, no conforme con eso, le pasó la punta de la lengua para testear el sabor…

La patá en la raja no me la sacó nadie.

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