09 May

Capítulo 38: Los suegros de mi viejo.

Por lo que he escuchado en boca de la gente mayor, hace no muchas décadas existía una especie de tradición que te obligaba a visitar formalmente el hogar de tu pareja y hacerle la pata al suegro para “pedirle la mano” de su niñita. Era un hueveo el asunto, se debía ir bien emperifollado, perfumadito, fingiendo ser un caballero de buena situación o, por lo menos, un hueón decente… sólo así podías servirte con todas las de la ley a tu minoca y, eventualmente, casarte, tener hijos y morir en la lenta agonía de la vida adulta.

A lo que voy: mis viejos habían comenzado a pololear en el liceo, siendo ambos unos pendejos lunáticos e inmaduros que se la pasaban armando dramas para luego reconciliarse a punta de polvos en el roñoso catre de mis abuelos paternos. Por lo mismo, jamás imaginaron que lo suyo podría llegar a tomar un rumbo serio. Según mi papá, el enamoramiento hacia mi madre nació debido a que ella lo hechizó, pero no lo decía en un sentido romántico, para nada, sino más bien dando a entender que mi vieja le lanzó un embrujo de forma literal, una especie de conjuro para cagarle la vida y obligarlo a ser miserable junto a ella para siempre; según mi mamá, se metió con mi viejo porque tenía un bigotito ridículo que le recordaba a su amor de infancia, Cantinflas… y es que puta, mi vieja tiene unos gustos de mierda muy extraños, mayor explicación no les puedo dar. El punto es que, apenas salieron de Cuarto Medio, mi abuelo materno se enteró de las andanzas amatorias de su hijita, así que le exigió que invitara al pololo a una comida formal para así conocerlo y comenzar a planear el matrimonio desde ya.
 
Llegado el día del encuentro la madre de mi vieja preparó un festín pantagruélico para esperar a su flamante yerno. De seguro la pobre señora pensó que sería un tipo refinado y de apellido rimbombante, ¡Las hueas! Era optimista la vieja, creo que heredé eso de ella. Por otro lado, mi mamá comenzó a entrenar a mi padre para que no hablara de tal tema o no se comportara de tal forma. El hombre era indomable desde chiquitito, pero, para esa ocasión en especial, juró dejar su incipiente ranciedad de lado y transformarse, aunque fuese por un par de horas, en un aristócrata de tomo y lomo… después de todo, tenía que impresionar a la familia de la que sería su mujer para toda la vida, y se la jugó, porque la verdad es que la cena fluyó sin contratiempos, comió empleando correctamente los servicios y bebió vino con el meñique levantado; incluso agradeció la invitación con un emotivo brindis dedicado al amor de su vida, mi madre, y, gracias a ello, su suegro lo invitó al patio para conversar a solas, “así nos podemos tomar un whisky tranquilos para hablar del futuro… yerno…”, le dijo, como una señal de aprobación. Gran error de principiante, darle whisky a mi viejo es como darle yumbina a un perro en leva: una hueá que, simplemente, no se debe hacer.
 
– Y bueno, joven, me ha dejado gratamente impresionado – le dijo mi abuelo, luego de servirle el primer vaso llenito y sin hielo – pero cuénteme… ¿Cuáles son sus intenciones con mi niñita?
– O sea, así como “intenciones intenciones” ya no me quedan, – respondió mi viejo, tomándoselo el whiscacho al seco – porque así entre nosotros, suegrito, su hija se hace de rogar tan poco que ni siquiera tengo que “intentarlo”, ¿Me entiende? Basta con que le diga upa, y ella ya está a poto pela’o encima mío diciéndome chalupa.
– ¿Qué estás insinuando? ¡Espero que no te estés refiriendo a lo que yo estoy pensando!
– Usted sabe lo que le quiero decir pue’, mi amigo, si nosotros somos de los mismos, ¿O acaso cree que no me fijé en el pedazo de mujer que eligió como señora? O sea, su hija igual está como para rajarla con la uña, pero lamentablemente no heredó las tetas de su madre… una pena.
– ¡Pero, pero! ¿De qué me estás hablando cabro de mierda? ¿Me estás queriendo decir que te aprovechaste de la inocencia de mi hija?
– Tranquilo suegro, tranquilo…
– ¡Cómo quieres que esté tranquilo! ¡Me niego a imaginar que me niñita pueda darme un nieto con alguien de tu calaña! ¡Me niego!
– Tranquilo le digo, oiga, no hay de qué preocuparse… hágame caso, y no piense en nietos ni nada de eso, si total, por el chico no hay guagua po, ¿O acaso no sabía eso?
 
Veredicto: Mi viejo fue sentenciado a no volver a pisar en toda su vida la casa de sus suegros. Para mi vieja fue un martirio, pero, para para él…. el mayor triunfo de su juventud.

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