09 May

Capítulo 4: La estatua humana

Mi viejo fue conserje de edificio desde que tengo uso de razón. La verdad es que la pega era relajada y las lucas le permitían vivir relativamente piola, aunque lo mejor, según él, era que nadie lo controlaba. Cuando se dio cuenta de esto, agarró papa (era que no) y empezó a probar qué tan libre podía ser en su puesto de trabajo: primero, llevó una tele chiquitita para no aburrirse en los turnos de noche, y nadie se dio cuenta; luego empezó a llevar mi notebook, para jugar Solitario, y nadie se dio cuenta; después, le dio por llevar copete –vino, de preferencia– en un termo de 1 litro, y nadie se dio cuenta; hasta que se puso demasiado balsa, y comenzó a ofrecerle trago a las minas que llegaban borrachas después de los carretes. Ahí sí que se dieron cuenta.

Resulta que mi viejo le tenía echado el ojo a una señora que había enviudado hace poco. La dama asistía a un club de tango en Providencia junto a su difunto esposo, y, luego del bailoteo correspondiente, solían tomarse algunas copitas para aumentar el romanticismo de la jornada y preparar un clima sensual para lo que vendría después. Pasa que cuando el caballero falleció, la señora comenzó a ir al club sola… pero ya no era lo mismo, la necesidad de compañía la volvió vulnerable, y eso mi viejo pudo olfatearlo a lo lejos. Eran recién las 2 de la mañana de una noche de viernes cuando la dama llegó luciendo un vestido negro ceñido a su maduro cuerpo, mi padre la piropeó un poco, le ofreció un traguito servido en la tapa del termo, una cosa llevó a otra, y terminaron afilando en el cuarto del aseo. Todo hubiese sido glorioso de no ser por unos flaites que, al notar que no había nadie en conserjería, entraron y se robaron desde los computadores de vigilancia hasta la mesa de centro de la sala de espera. Al otro día, le pusieron la patá en la raja sin esperar explicaciones.

Como mi viejo es hueón, pero no tan tonto, de inmediato partió a una tienda de disfraces y se compró un traje de ángel más una pintura blanca para el rostro. Según él, iba a cumplir su sueño de ser “estatua humana”, y la verdad es que le fue bastante bien: se instaló cerca de la Plaza de Armas y hacía sus rutinas a cambio de las monedas que la gente le tiraba. Para perfeccionar su técnica, se consiguió un libro llamado “Los secretos de la actuación”, y fue ahí de dónde sacó que, para interpretar mejor a su personaje, debía vivir y sentir como él el día entero. Por supuesto, mi viejo entendió todo mal… o mejor dicho, entendió todo a su favor.

Cierto fin de semana me fui a quedar a su casa. Mi viejo llegó de noche, en silencio, con el traje de ángel puesto y la cara pintada. Yo estaba sentado en el sillón comiéndome un sándwich y tomándome un té. “¿Cómo te fue hoy?”, Le consulté, pero no me respondió nada, se quedó totalmente estático, “¿Quieres que te traiga algo? ¿Un té, un café, un pan?”, Y nada, ni una sola palabra salió de su boca. “Ya papá, déjate de leseras, vine porque tengo un cumpleaños mañana y necesito plata. No me dai un peso hace como tres meses, y mi vieja me retó porque le pido a ella no más”, y seguía con lo mismo, callado y sin mover ni un solo músculo, 100% metido en el personaje. Continué hablándole, preguntándole cosas, incluso una cachetada le puse para ver si algo le pasaba, pero no había caso. Pasaron un par de horas cuando noté que sus ojos se movían buscando llamar mi atención, así que le pregunté si necesitaba algo, y con la mirada apuntaba hacia el suelo, me miraba nuevamente y volvía a mirar hacia el suelo. Por inercia miré el piso y, bajo sus pies, estaba la cajita donde le tiraban las monedas. “Viejo”, le dije, “¿Querí que te tire monedas para hablar conmigo?”, Y de inmediato me guiñó un ojo, “es broma, ¿Cierto?”, le consulté, y de nuevo miró la cajita que descansaba vacía en el suelo. “Viejo hueón…”, murmuré mientras sacaba $100 de mis bolsillos y los lanzaba a la cajita. De inmediato se puso de pie, y con movimientos robóticos señaló el refrigerador y luego, con mímica, fingió tomar un vaso, echarle hielos y trago, y se quedó estático nuevamente. “¿Querí que te haga una piscola? ¿Eso es?”, Le pregunté, y su respuesta fue mirar otra vez la cajita, así que le tiré otros $100 y su reacción fue sólo mover la cabeza de arriba abajo, como diciendo “sí”, y nada más.

Bueno, si tenía que caer en su juego para conseguir lo que quería… qué más le iba a hacer. Fui corriendo a la botillería del flaco Lucho a sencillar las últimas cinco lucas que me quedaban, y comencé a seguirle el amén a mi papá. Le pedía plata para mi carrete, le echaba $100 y él hacía movimientos de cualquier cosa; le tiraba $100 nuevamente, le decía “ya po viejo, tengo que ir a ese carrete, es el cumpleaños de la mina que me gusta”, y él se paraba en una pata, ponía unas caras raras y de nuevo quedaba como estatua. Le tengo que ganar por cansancio, pensé, y una a una fui tirando las moneditas, y él respondió cada aporte con un movimiento distinto, hasta que se me acabó la plata y no me quedó otra que rogarle.

– Viejo, por favor, yo sé que tú también fuiste joven y pasaste por lo que estoy pasando yo. Hay una niña que me gusta mucho, mañana es su cumple, como te dije, y quiero llegar a la fiesta con una cajita de chocolates más que sea… en serio quiero agradarle.

Mi viejo se volteó hacia mí, por primera vez esa noche sin la necesidad de que le lanzara una moneda, y me dijo emocionado.

– En serio te gusta esa minita, ah…
– Sí papá, me gusta mucho.
– Bien Mati hueón, así me gusta, hijo de tigre teníai que salir.
– ¿Qué decí viejo? ¿Me pasai plata para poder comprarle el regalo?
– Obvio que sí hijo – respondió orgulloso – puedes contar conmigo siempre…

Se agachó sonriéndome, tomó la caja que reposaba en el suelo, la levantó, y sacó con una mano todas las chauchas que yo le había tirado recién.

– Toma hijo, con esto demás te alcanza… lo malo es que tengo puras monedas.
– Viejo, ¿Qué hueá?
– ¡No seái mal agradecido Mati hueón! – Me gritó ofendido – ¡Hay casi cinco lucas ahí, con eso la hací toda!

Me cagó. Otra vez me cagó. Aunque igual la hice toda, porque la mina era de onda artística y me la engrupí contándole que mi viejo hacía teatro callejero. Hijo de tigre tenía que salir pues, nada más.

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