09 May

Capítulo 41: La Morocha (o “La hermana del tío Pato”)

Invierno del 2010.

– Matías, ¿Qué es ese olor? – Preguntó mi viejo con voz siniestra.
– ¿Qué olor papá? No es nada, yo no siento nada…
– ¿Me estás mintiendo Matías? Sabes que tengo un olfato sobrehumano para detectar aromas femeninos y tú, hueoncito, andái pasado a cholga.
– No me hagas hablar viejo, ninguna palabra saldrá de mi boca.
– ¿Por qué te viniste a quedar a mi casa Matías? ¿El Pato te echó, cierto? Pero sólo por este fin de semana por lo que veo, tu bolso viene casi vacío, ¿Le llegaron visitas acaso? ¿Alguna de sus… familiares?
– No viejo, es que… ¡Es que te extrañaba, por eso vine!
– ¡Mientes! Estás temblando Mati hueón, ¿Qué me ocultas?
– ¡No diré nada!
– No lo necesito… déjame oler, a ver… Veo que esta vez no te afilaste a nadie, me decepcionas… sin embargo entraste al baño justo después de una fémina, y su olor se te pegó como una ladilla a un pendejo… No te muevas, déjame sentir… Es una mujer madura, morena, culona… ¡Y tiene un hermano hueco!
– ¡Viejo no!
– ¡Volvió la Morocha conchetumadre!

Un minuto se demoró en pillarme el viejo zorro. Después de mi incidente con la Chubi, el tío Pato prohibió mi presencia en la casa de mi vieja cada vez que alguna de sus familiares ultra ricas anduviese de visita, aunque pensé que con la Morocha, su hermana gemela, haría una excepción. Aquella mañana el tío me fue a despertar a la pieza, lucía más contento que de costumbre, se sentó a mi lado y me contó, con la cara llena de risa, que la Morocha andaba de vacaciones en Chile, había llegado esa misma mañana de sorpresa y se quedaría en la casa por todo el fin de semana. No se veían hace casi 15 años, un día ella pescó sus maletas y se marchó con rumbo a España para vivir nuevas experiencias y conocerse a sí misma, o una hueá así, y durante todo ese tiempo mi viejo dio jugo esperando su retorno, “piénsalo Mati hueón”, me decía, “si la negra ya era rica hablando como punga, imagínatela cuando vuelva hablando como española, igual que las minas de las pornos que te mostraba a ti y a tus compañeros de curso cuando venían a estudiar, ¿Te acordái? ¡Daría mi vida por ponerle la puntita aunque sea Mati hueón! ¡La puntita no más, con eso me conformo!”. Y no era para menos, mi viejo siempre estuvo obsesionado con la Morocha, pero escondió la calentura hacia ella durante toda su juventud debido a la profunda amistad que lo unía con el tío Pato, y después no le quedó otra que seguir aguantándose por culpa de su compromiso con mi vieja, hasta que el matrimonio terminó y, gracias a mi impertinencia, cachó que su gran amigo se servía a su ex esposa. Luego de aquel descubrimiento, la primera determinación que tomó fue taladrarse a la hermana del traidor a como diera lugar, pero los años pasaron y la Morocha no daba señales de regresar… hasta el invierno del 2010, cuando el tío Pato me despertó para contarme que su gemela andaba de vacaciones y me pidió, amablemente, que fuera al supermercado y comprara un sin número de hueás anotadas en una lista, todo con el noble fin de darle a la visitante una bienvenida como correspondía. “Obvio tío, voy de inmediato”, le dije intentando parecer educado, “pero déjeme ir a saludar a su gemela primero pues”, “no Mati, no te preocupes”, me respondió, “ella está en el baño ahora, así que cuando salga puedes entrar a ducharte y luego vas a comprar lo que te pedí, ¿Te tinca?”. Igual quería demostrarle al tío que podía confiar en mí, así que partí sin reclamarle nada… pero cuando volví a la casa cargado hasta el cogote con las bolsas del súper noté que este viejo maricón había cambiado las chapas de la puerta y, no conforme con eso, dejó en el suelo un bolsito con ropa junto a una nota que decía “No dejaré que te acerques nunca más a una de mis familiares pendejo culiao caliente. P.D.: Si le cuentas a tu papá que la Morocha está en Santiago, quemaré el casete de “Cachureos” autografiado por el cabezón Marcelo que tienes guardado desde los 12 años en tu velador”.

Y bueno, técnicamente no le conté nada a mi viejo, sino que todo lo descubrió gracias a su súper poder. Para que no lo detuviera me empujó hasta su pieza y ahí me dejó encerrado bajo un montón de llaves, aunque esta vez se paleteó y por debajo de la puerta me lanzó unos trozos de charqui por si me daba hambre. Volvió al otro día y, pese a que yo no tengo su talento, pude oler en todo su ser una mezcla de pelo quemado y paila marina.

– ¡Ostia Mati! ¡Es que ni de coña imaginas cómo folla esa mujer tío! – Exclamó casi llorando de emoción con un acento español más que ridículo.
– ¿Y por qué estái hablando así? ¿Estuviste un rato con la Morocha y se te pegó la hueá? ¡Aunque la verdad es que no me interesa escucharte viejo! ¡Menos mal debajo de tu cama teníai unas chelas, o si no me muero de sed!
– ¡Me cago en la leche Matías! Joder, todo lo que te importa es charlar de ti, ¡Qué chorrada!
– Mira, si querí que te escuche habla como chileno, parecí hueón… Y puta, ¿Se enojó mucho el tío Pato?
– ¡Sí po! ¡Ja! Más que la rechucha, ¿Pero qué le iba a hacer? La Morocha volvió de España prendiéndole velas a la corneta, no tuve ni que rogarle para que me abriera la puerta y me dejara pasar, así que ahí mismo en tu cama le dimos guaraca.
– ¿Pero el tío qué hizo? ¿Me mandó a decir algo?
– ¡Ah, sí! Ahora que lo dices, huevió caleta con que había sacado un casete de “Cachureos” de tu pieza… empezó a gritarnos que si no parábamos de afilar te lo iba a quemar.
– ¿Y tú no hiciste nada?
– ¡Obvio que sí po Mati! ¿Cómo no iba a hacer nada? Para puro sacarle pica al hueón me mandé un “¡El grito, el grito, el grito!” justo antes de que la Morocha se fuera cortada aullando como un coro de mil cabros chicos chillones… El casete te lo hicieron mierda sí, lo siento, el hueco del Pato no me dio posibilidad de negociar… Pero para que no estés triste grabé casi todo el polvo con mi celu… ¿Qué? ¿No lo querí ver acaso? ¿Para qué llorái Mati hueón? ¡Dime que soy mal padre ahora po!

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