09 May

Capítulo 44: Día de la felicidad.

Hoy es el llamado “Día de la felicidad”. Me fijé porque un par de amigos se preocuparon cariñosamente de saludar a todos sus contactos muro por muro, incluso vi que otros se dieron el tiempo de buscar una imagen que representara todo lo que es la felicidad (arcoíris, ositos, flores y fuegos artificiales) para luego compartirla en los perfiles de sus seres queridos. Como me considero un ser humano tremendamente feliz no me podía quedar abajo de esta festividad, así que pesqué unas pocas lucas y partí donde mi viejo para celebrar que, después de varias semanas, al fin puede chupar nuevamente… Si eso no es la felicidad, entonces no sé lo que es.

– Ya viejo, levántate que iremos a tomar desayuno… aunque la idea es “tomar” más que “desayunar”.
– No Mati, muchas gracias pero no te preocupes, me quedaré mirando el matinal…
– ¿Qué? ¿Qué hueá dijiste? Hoy es el “Día de la felicidad” viejo, vamos a tomarnos una pilsoca para confirmar tu retorno a las pistas, ¿O acaso no estás feliz de estar bien al fin?
– Sí Mati, estoy feliz… ¡Pero en el matinal están mostrando chascarros de perritos! ¡Mira, mira! Ese se parece al Toperol cuando chico, ¿Te acordai de cuando te violaba hasta por las orejas? ¡Jajaja! ¡Esto es la felicidad! Relajarse, mirar tele… disfrutar de las cosas simples…
– Pero viejo, ¿Qué hueá te pasa? Primera vez que te escucho rechazando un copete… ¿Acaso estai curao y no me he dado cuenta?
– Nada de eso Matías… es sólo que… ya me aburrí de tomar. Creo que dejaré el copete para siempre.
– ¡Qué!
– Ya no tiene sentido po Mati hueón, ¿Cuál es la gracia de seguir curándome al lado de puros viejos que con raja sé cómo se llaman? ¿Para qué seguir vomitando y quedándome dormido en cualquier lado, si sé que puedo evitarlo? Además, parece que hoy curarse está de moda, todo el día en Facebook mis sobrinos, tus amigos, mis ex compañeras de pega, todos, se la pasan publicando que están borrachos, y se sacan servius con sus caras culiás deformes de tanto trago… no quiero más eso Matías, quiero trabajar bien, darte un buen ejemplo aunque sea tarde y prepararme para tener un nieto pronto, ¿Me entendí?
– Sí viejo… te entiendo, y me emociona escucharte… creo que tomaré tu ejemplo. Quiero ser como tú papá, eres un ejemplo a seguir…
– Está bien hijo, esa es la idea. Ahora, necesito que me hagas un último favor… Anda donde el flaco Lucho y dile cierre mi cuenta, explícale que nunca más visitaré su local y, además, dile a los cabros que están siempre ahí que les dejo saludos, probablemente los extrañaré, pero explícales que ésta es mi despedida.
– Está bien papá, iré de inmediato… te admiro, en serio.

Igual era emocionante la situación, supuse que un hecho tan relevante marcaría un antes y un después en mi vida, y así se lo hice ver al flaco Lucho. Lamentablemente el flaco no reaccionó muy bien, por un momento llegué a creer que le estaba dando un infarto, pero no, sólo estaba experimentando una pataleta digna de un cabro chico de cuatro años… y la verdad es que pateó la perra un buen rato. “¡Ese hueón me va a llevar a la quiebra!”, gritaba, “¡Cómo se le ocurre dejar de tomar justo ahora! ¡Mi hijo viene en pocas semanas y me dijo que quiere poner un negocio, y necesito capital para eso! ¡No, esta hueá no puede ser!”, Continuaba reclamando mientras tomaba su celular y enviaba mensajes de texto a todos sus clientes, “tengo que hacerlo volver, cómo sea tengo que hacerlo volver”, se decía a sí mismo de forma desesperada, y así mismo continuó mandando mensajes y llamando a medio mundo.

– Pero don Luís – le dije con la intención de calmarlo– tiene que respetar las decisiones que le hacen bien a la gente.
– ¿Pero cómo quiere que le cierre su cuenta? No tiene sentido, ¡Dile que le doy un bono de copete, que le entrego una tarjeta de cliente V.I.P. Y le doy todos los tours Premium por el centro que desee! ¡O que le pago doscientas, cien lucas, lo que quiera, pero que vuelva!
– No va a volver don Luís, yo hablé con él y está decidido.
– Yo voy a ir a hablar con él Come Quesillo, no cantes victoria antes de la batalla. Llamé a todos los cabros e iremos a visitarlo ahora mismo, aplicaremos métodos infalibles para que vuelva a chupar, espérate no más… yo conozco sus puntos débiles, no me la va a ganar…

Volví rápidamente a la casa de mi viejo para advertirle de lo que estaba a punto de suceder, pero ya no estaba en su pieza mirando televisión. Se acercaba la hora de almuerzo, por lo que supuse que encontraba en la cocina, pero no, así que, como última opción, fui a mirar al patio, y ahí estaba el lindo, muy suelto de cuerpo encendiendo la parrilla para asados.

– Viejo, ¿Qué onda? ¿Vai a hacer un asado?
– Bueno, así como “hacer hacer” un asado… no.
– ¿Entonces? ¿Para qué la parrilla?
– ¿Le dijiste al Lucho que no tomaría nunca más?
– Sí viejo, eso mismo te quería contar…
– No me digas nada, ¿Se volvió loco y llamó a todos los cabros, cierto?
– Sí, ¿Pero qué onda?
– Y supongo que ahora vienen hacia acá a convencerme de que vuelva a las pistas, y también me ofrecerá copete sin costo por un buen tiempo, ¿O me equivoco?
– Pero viejo… ¿Qué hueá? ¿Qué significa todo esto?
– ¿Qué más va a significar Mati hueón? ¡Carrete gratis po hombre! Prepárate, que esto se viene fuerte.

Justo en ese momento golpeó la puerta el flaco Lucho, quien venía acompañado de todos los parroquianos más chicheros del clandestino equipados con jabas de pilsen, cajas de pisco, garrafas de tinto, chimbombos y un montón de carne de todo tipo. Mi viejo tomó la delantera y, dándome la espalda, abrió la puerta lentamente. Como una avalancha se le vinieron encima todos los curagüillas, quienes lo lanzaron al suelo mientras mi taita gritaba un sobreactuado “¡No, no, no quiero beber más, no!”. El último en pasar fue el flaco Lucho, quien se acostó sobre mi pobre viejo y le metió un embudo en la boca para luego lanzarle chorros y chorros de pipeño al mismo tiempo que le decía “¿Así que no querí tomar más conchetumadre? ¿Así que no querí tomar más? Ahora vamos a ver si no tomai más”. Por un momento pensé en ayudarlo, pero noté una mueca de placer en su rostro difícil de describir, tanto así que se dio el lujo de doblar la cabeza para mirarme y esbozar una sonrisa triunfante. Mi viejo volvió a las pistas tal como debía ser: haciéndome hueón, jugando con todos y cafichando copete de modo magistral. Así es la felicidad para algunos, qué le vamos a hacer, no me queda otra que sumarme, total… el flaco Lucho paga.

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