09 May

Capítulo 47: Doble de cuerpo

Cuando tenía veintiuno pasé el susto de mi vida. Aquellas esquivas primeras lluvias de otoño recién comenzaban a caer, las frías calles del centro de Santiago estaban para congelarle las huevas a cualquiera y a mí, el muy ahueonao, se me ocurrió ir a un mall en búsqueda de ropa para el verano siguiente… Aunque en realidad la culpa la tuvo mi vieja, ella fue quien me metió en la cabeza eso de que “tienes que comprar todos los artículos de temporada, justamente, en la temporada contraria” y, por lo mismo, le pedí unas pocas lucas y partí. Al llegar a San Antonio noté que llevaba los cachetes más colorados que pichula de perro, pensé rápido en qué hacer para capear las bajas temperaturas y, de forma inconsciente, me metí a un local que lucía un colorido letrero: “Café”… y la verdad es que era bien rancia la hueá, por más que miré alrededor no vi ninguna máquina expendedora del bendito café, es más, ni siquiera había una tetera que me diera alguna esperanza de que aquel cuchitril no fuera un puterío más del sector… me acerqué al mesón principal y confirmé que estaba equivocado, no se trataba de un puterío más, sino que era uno de travestis, y no de los simpáticos como esos que vi alguna vez en el Circo Timoteo, para nada, era de esos travestis que lo único femenino que tienen es la peluca, y todo lo demás es puro olor a macho y fuerza bruta. De inmediato me pescaron para el hueveo, me preguntaron si andaba con plata, respondí que sí pero que era para comprar shorts, entonces más me hueviaron, me dijeron que tenía que gastarla obligatoriamente, política del local según la más vieja, y que el consumo mínimo era de 20 lucas, estaba cagado por todos lados. Mi vida entera pasó frente a mis ojos, y justo cuando comencé a pensar en qué haría mi viejo sin mí, sentí una voz a lo lejos que dijo “dejen tranquilo a ese cabro hueón. Que se vaya y no vuelva”. Como si hubiese sido una orden divina, todos los travestis se alejaron en silencio y dejaron abierto el paso para mi retirada, ¡Puta el alivio pa grande! Así que lentito emprendí la marcha, no sin antes buscar con la mirada a mi salvador para, por lo menos, agradecerle con una sonrisa lo hecho por mí… y lo que descubrí me dejó al borde de la cagadera: era un travesti de estatura media, igual a la de mi viejo; lucía un bigotito mal crecido, el mismo que se deja mi viejo, y bajo su peluca se descubría una calvicie casi total, ¡Idéntica a la pelá de mi viejo conchetumare! Se me vino el mundo encima, sabía que este hueón era un rancio sin límites, ¿Pero al punto de trabajar como travesti? No podía ser.

Cuento corto: no compré nada de ropa y gasté la plata en un taxi que me llevara a la casa de mi taita, era mi deber esperarlo y pedirle explicaciones, ¿Tan cagado estaba, o lo hacía por gusto? Pero ni siquiera alcancé a pensar en otra pregunta porque, apenas abrí la puerta, lo vi echado en el sillón con una malta en la mano mirando una película porno protagonizada por títeres.

– ¿Viejo? ¿Qué hací acá? – Le consulté aún perturbado.
– Vivo acá po Mati hueón, ¿Traí una minita acaso que estai tan urgido? Dile que pase no más, ocupa mi cama campeón… pero a cambio me escondo en el ropero, ¿Buena idea, o no?
– No viejo si vine sólo porque… puta, la cagué, pensé mal de ti…
– A ver hijo… conversemos, ábrete conmigo, ¿Qué te pasó? Yo te escucharé con respeto.
– Pasa que fui a un café que queda en San Antonio…
– ¿Y no me invitaste maricón? ¡Chúpalo Mati hueón, yo siempre te invito!
– Pero viejo, déjame terminar… pasa que entré a este local, y vi a un travesti igual a ti… tenía tu estatura, tus facciones, tú misma pelada, y hasta tiraba pinta con el mismo bigotito que te dejas cuando no te afeitas…
– ¡Jajaja! Ahueonao, me confundiste con doña Maiga, la dueña del café ése.
– ¿Qué? ¿Acaso lo conoces?
– “La” conozco, “la”, femenino, ¿De dónde sacaste que es travesti? Si es mina hueón, tiene el choriflai bien puesto… Lo que pasa es que quedó pelada porque pasaba muchas rabias, así que no le queda otra que chantarse esa peluca fea que usa, y el bigotito, puta… ¡Es pelúa la vieja po! No todas pueden ser modelos.
– ¡Pero viejo, es que es idéntica a ti!
– Lo sé, me la cepillo bien seguido por ese motivo.
– ¿Ah? ¿Qué hueá?
– ¡Es como afilarse a uno mismo sin la necesidad de caer de nuevo en esa tortura del candado chino po Mati hueón! ¿Qué tiene? ¿Acaso no es el sueño de cualquier hombre ponérselo a sí mismo? ¿Me vai a decir que no? ¡Voh no sabí na de sensualidad Mati hueón! ¡No sabí na!

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