09 May

Capítulo 5: El palo para sacarse selfies.

Mi viejo se compró un palo para sacarse selfies. Hace un par de semanas lo invité a cenar a un restorán coreano de lo más lujoso y, justo cuando el garzón nos sirvió nuestros platos, mi viejo sacó de su banano un celular gigante… y el famoso palo para sacarse selfies. La verdad es que ser hijo de mi padre me ha ayudado a tener un alto nivel de tolerancia ante la vergüenza, pero igual se me revolvió un poco la guata al verlo sacándose fotos sonriendo al lado del tofu y los calamares. A esta altura de la vida no voy a andar pataleando por ese tipo de niñerías, y desde hace un tiempo venía lamentándome porque no tenía ninguna foto junto a mi viejo. Lo más triste es que tampoco tengo fotos de mi etapa de niñez, según mi viejo las llevó todas al clandestino del flaco Lucho y las pegó en las paredes, porque pasaba tanto tiempo metido ahí que ya se había convertido en su segundo hogar. La hueá tonta. El punto es que comencé a pensar en el futuro, en cuando mi viejo ya no estuviera, y me di cuenta que no tendría ninguna imagen junto a él para recordar los pocos momentos gratos que vivimos. Aquella noche lo pasé a buscar temprano y, sin decirle el motivo, le llevé de regalo ropa decente, máquinas de afeitar y hasta un gel para el pelo. Aunque al principio fue algo reacio a emperifollarse, al verme vestido tan formal lo motivó a copiarme la onda.

 

El momento era perfecto, ahí estábamos los dos, padre e hijo, compartiendo alrededor de una mesa y luciendo unas pintas impecables. Miré detenidamente como mi viejo levantaba su palito y se tomaba y se tomaba fotos, una tras otra, y por un momento me enternecí. Sin que me invitara, me puse de pie y, olvidando la vergüenza que sentí en un principio, abracé a mi viejo fuertemente y  sonreí a la cámara.

–          ¡Mati hueón, qué te pasa! – Me preguntó con cara de susto y guardando su celular.

–          Nada po viejo, sólo quería una foto junto a ti.

–          ¿Y para esa hueá me abrasai?

–          ¿Y qué tiene? ¿Acaso no puedo abrazar a mi padre? – Le consulté ofendido.

–          ¡No se trata de eso Mati! ¡Pero mira a tu alrededor!

–          ¿Qué tiene? No veo nada especial, no sé porqué le poní tanto color.

–          ¡Está lleno de chinas po Mati hueón! ¡Si nos ven abrazándonos van a pensar que somos maracos! Y yo hoy sí o sí me llevo una para la casa, ¡Sabí que las chinas son mi debilidad po Mati! ¡Sabí que mi sueño es tirarme a una china disfrazada de Chun-Li!

–          En primer lugar viejo, son coreanas; y segundo, estay haciendo el ridículo sacándote fotos solo con esa lesera, igual no te van a pescar.

–          ¡No cachai nada hijo! ¡No cachai nada! A las chinas les encantan las hueás tecnológicas, ¡Y con este palito soy una especie de dios entre simples mortales!

Eso fue mucho para mí, mi viejo estaba superando sus propios niveles de miseria, patetismo y ranciedad. Saqué mi billetera, dejé sobre la mesa la plata justa para cancelar la cuenta y me fui.

Deambulando por Santiago esa noche me di cuenta que, entre más años cumplo, más me alejo de mi padre, y concluí que me estaba convirtiendo en un ser egoísta y despreocupado por los demás, tal como él, y eso no podía ser. Tomé un taxi y me dirigí hacia la casa de mi viejo con la intención de hacer una tregua, pedirle disculpas de ser necesario y decirle que no me importaba que fuera un cretino con ocurrencias estúpidas. Llegué de madrugada, ninguna luz de la casa se encontraba encendida, “debe estar durmiendo”, pensé, “pobre viejo, le eché a perder la noche por una tontera”. La puerta de su pieza estaba cerrada, así que la abrí lentamente para verlo dormir, quizás me armaba de valentía y le decía al oído cuanto lo apreciaba, pero nada de eso sucedió, porque al encender la luz quedé shockeado al verlo tirando con una coreana disfrazada de Chun-Li, mientras mi viejo tomaba fotos con su palo para selfies. “¡Mañana te las muestro, Mati hueón!”, me gritó mientras arrancaba del lugar.

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