09 May

Capítulo 51: Esto sí, esto si es punk rock.

Todos mis amigos de infancia ya se encuentran casados, avejentados, con mil hijos y sometidos a la rutina de la vida adulta. De vez en cuando me piden que los acompañe a pasear a sus cabros chicos por algún parque y yo, a cambio, les exijo que nos juntemos por lo menos una vez al año para comportarnos como los pendejos irresponsables que fuimos algún día. La noche del sábado fue el momento seleccionado para ello, la previa la haríamos en mi departamento, eran ocho los invitados y a siete no les dieron permiso.

– Oye Mati, te aviso al tiro que no me puedo ir muy tarde – me advirtió el pelao Ulises, el único que llegó, apenas cruzó la puerta – mañana tengo que acompañar a mi señora a la misa del “Domingo de ramos”, así que lo lamento mucho. También le prometí que no bebería ni una gota de alcohol, y no insistas por favor, esta vez hablo en serio.

El pelao Ulises fue un punk bohemio y anarkista – sí, así mismo, con “k” – durante toda su juventud. Le hacía la cruz al matrimonio y, en general, a todo lo que oliera a “sistema”. La universidad se la pagó vendiéndole marihuana a sus compañeros y tuvo cuatro sobredosis etílicas que casi lo mandaron al patio de los callados. En una tocata de Los Miserables conoció a una mina de su misma onda, incluso un poco peor diría yo, se empotó como nunca y le pidió pololeo. Se les vio felices por un buen tiempo luciendo sus mohicanos mientras vendían hamburguesas de soya en los bares de Bellavista, hasta que la mina reconoció que todo su estilo punk no era más que una fase para llamar la atención de sus padres y colgó las cadenas y los bototos para siempre, no sin antes obligar al pelao Ulises a seguir su ejemplo para llevar una vida “normal” y “decente”. El pelao, macabeo como él solo, no pataleó mucho ante el mandato de su novia, cambió su aspecto radicalmente, comenzó a usar camisitas de tonos celestes y cortó su mohicano de raíz mientras dejaba caer una lágrima como despedida a su genuina identidad. Al poco tiempo se casó, compró un auto algo afeminado y lo ascendieron en la pega. Bacán por él, como amigo me encargué de felicitarlo en cada uno de sus logros, y él a cambio me agradecía enrostrándome con soberbia su vida perfecta y soñada, “tenís que seguir mi ejemplo Matías”, me decía una y otra vez, “mírate, no tienes vehículo ni casa propia, ¡Ni siquiera una esposa te has buscado! ¿Acaso no te gustaría tener a un Mati chico corriendo por acá? Madura Matías, busca la estabilidad”, pero apenas se tomaba un copete su discurso cambiaba totalmente a algo así como “¡Mati culiao, me voy a divorciar pa ser como voh! ¡Mírate hueón, te envidio, envidio tu mierda de vida! ¡A mí ya ni siquiera se me para Matías! ¡Tengo casi 30 años y hasta mi hermana chica culea más que yo po! ¿O no?”. Estaba cagao el pelao Ulises, por lo mismo me gustaba sacarlo de la rutina, aunque fuese una vez a las quinientas.

– Pero puta pelaito – le dije – desordénate un poco que sea, si nada malo va a pasar.
– Lo siento Matías, hice un compromiso con mi señora y tú sabes que soy un hombre de palabra. Además, a la Mimí no le gusta mucho que salga contigo, dice que eres una mala influencia.
– ¿Quién chucha es la Mimí?
– Mi esposa pues Matías, ¿Quién más va a ser?
– ¿Y de cuándo le decí “Mimí” hueón? Si se llama Teresa.
– Ignorante, es un asunto estilístico, todas las señoras de mis superiores tienen apodos bisílabos agudos y medios pirulos, está “la Teté”, “la Naná”, “la Fifí”, “la Cocó”, así que la Mimí me obligó a decirle así, y bueno, tú sabes que no me gusta hacer enojar a la Mimí.
– Mira pelao, te estay poniendo bien hueón últimamente así que, como esta noche seremos sólo tú y yo, te propondré un trato: vamos a un bar a tomarnos una piscola que sea, máximo cuatro, y a cambio no le contaré a tu “Mimí” las cochinadas que hiciste el año pasado cuando te curaste raja donde el flaco Lucho.
– ¿A qué bar vamos entonces?

No fue tan difícil convencerlo, si al final el que nace chicharra muere cantando. Partimos a taquillar al barrio Brasil, encontramos un local con música piola y, cuando no llevábamos ni siquiera una hora de jarana, pasó lo que tenía que pasar: el pelao Ulises se curó con tequila, pescó los limones que le sobraron y comenzó a exprimirlos sobre su cabeza, todo con el fin de armarse un improvisado mohicano con la cagá de pelo que le va quedando. A eso de las 2 de la mañana se quitó la camisa y le prendió fuego, razón por la cual nos echaron del pub y, consecuentemente, no nos dejaron entrar a ningún otro. En ese momento de desesperación recordé que en mi departamento tenía un par de botellas de pisco llenitas, convencí al pelao de subirnos a un taxi para iniciar el viaje de retorno y éste accedió de mala gana. Pésima idea en todo caso, porque apenas entramos en mi humilde morada descubrimos a mi viejo tomando solo en el living.

– Viejo, ¿Qué hueá? ¿Cómo entraste?
– Le saqué copias a tus llaves po Mati hueón, ¿O qué creí? ¿Que sólo voh podí llegar y meterte a mi casa?
– ¡Pero yo no represento ningún peligro po hombre, a ti te tengo miedo! Además, ¿Qué tení que andar haciendo acá?
– ¿Qué más voy a andar haciendo? Este pelao pinta monos ha publicado toda la noche fotos del carretito que se estaban pegando, y cuando te etiquetó intentando mear su camisa en llamas asumí que se vendrían para acá…
– Y te invitaste solo…
– Si lo dices así suena feo… pero sí.
– ¡Buena onda que haya venido po tío! – Le gritó en toda la oreja el pelao Ulises – ¡Si esta noche es noche de hombres! ¿O no? ¿O no Mati? ¿O no? ¿O no tío? ¿Ah? ¿O no?
– Puta pelao, tú desde que te casaste dejaste de ser hombre – le respondió mi viejo – ahora erí como la mascota de tu señora, ¿Hay cachao que las viejas pitucas se compran unos perritos chiquititos medios amariconaos para lucirse? Bueno, tú solo erí como una manada de esos perritos.
– ¡Na que ver tío! ¡Si yo sigo siendo el mismo de siempre! El envase puede cambiar, pero por dentro soy punk a muerte, ¿O no Mati? Dile a tu viejo que no he cambiado po, que sigo siendo el mismo ¿O no?
– A ver pelao – retomó mi viejo – hay una sola forma de que te crea…
– ¿Cuál, a ver? Dígamela po, ¿O no? Yo le demostraré que está equivocado.
– Transfórmate en punk ahora mismo si erí tan choro, ¿Te atreví, o le tení miedo a alguien?
– ¡Obvio que me atrevo po! ¡Qué tanto, si yo me mando solo! ¿O no Mati? Dile que me mando solo po, dile.
– No pelao hueón – le respondí – erí más macabeo que la chucha, así que no te defenderé. Y viejo, sé que nunca te encuentro la razón en nada, pero dime, ¿En qué puedo ayudarte?
– Trae pinturas, témperas, clavos, candados, alambres, alicate, perforadora y todo lo que tengái para dejar encachao a nuestro amigo Ulises, a menos que se arrepienta.
– ¡Qué me voy a arrepentir! ¡G.G. Allin es una cagá al lado mío! ¡Ponte un tema de Misfit Mati culiao y después háganme lo que quieran!

Pobre pelao, en serio, pobre pelao… cegados por las piscolas le enchulamos el poco pelo que tenía y se lo dejamos como si a un pavo real lo hubiesen pescado a palos. No conformes con ello le atravesamos un alfiler de gancho en cada ceja, un candado en la oreja izquierda y un tornillo en la otra. Por supuesto, le hicimos mierda la poca ropa que le quedaba, le escribimos un sinfín de hueás en el cuerpo con un plumón permanente y, para terminar, le hicimos una sesión de fotos que después, y por voluntad propia, subió a su Facebook orgulloso. Estaba feliz el pelao, se miraba al espejo y se reía solo, “¡Sácate unas servius pal Feis!” le gritaba mi viejo, y el pelaito ponía caras de malo para expresar su renacida rudeza y vamos publicando más imágenes en la red, hasta que sonó su celular y la expresión de su rostro nos indicó lo peor.

– ¿Aló? Sí mi amor… no… no, no, cómo se te ocurre… pero para, si soy buen esposo ¿O no? Dime que no po, ¿O no? Ya… pero, pero… Sí po, el Mati… el Mati fue… ya, bueno mi amor, un beso, te amo.
– ¿Todo bien pelao? – Le pregunté con un sentimiento de culpa que no les explico.
– Sí Mati, todo bien.
– ¿Estás seguro? ¿Te puedo ayudar en algo?
– Qué bueno que lo digas Matías, porque sí, me puedes ayudar en algo.
– Claro, dime, cuenta conmigo.
– Acompáñame a la casa a buscar mis cosas. Me vengo a vivir contigo.

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