09 May

Capítulo 6.2: El beso.

Igual no tenía tanto sueño. Llamé a un radio taxi, no me lavé ni la cara (no había para qué) y a eso de las 4 de la madrugada estaba llegando a la casa del flaco Lucho. Toqué a la puerta y no fue necesario decir contraseña alguna, mi viejo me abrió personalmente, con una sonrisa de oreja a oreja.

Era un hueveo llegar al clandestino del flaco Lucho: primero había que entrar por su botillería, luego cruzar la puerta que daba a su casa, atravesar el living, la cocina, una especie de bodega llena de cachureos y recién ahí podías entrar a otro cuartito pequeño, que antes había sido la pieza del hijo del flaco Lucho pero, apenas el cabro salió de la media y se fue a hacer el servicio, su papi la convirtió en un clandestino. Y la verdad es que el lugar era bastante simpático, tenía una mesita de madera, seis cajones para sentarse y un papel mural hecho de puras Bomba 4 pegadas una al lado de otra. La especialidad de la casa era el vino tinto con azúcar, pero aquella noche, y debido a que habían visitas ilustres, estaban tomando pisco con jugo Yupi de naranja. El flaco Lucho estaba tirado en el piso durmiendo, y su esposa – de bata, despeinada y con un pucho en la boca – era la mesera.

– ¡Ya chiquillas! ¡Llegó mi hermano chico! – Les dijo mi viejo a dos minas que estaban bailando cumbia solas en una esquina – ¡Éste sí que es hombre! No como el maricón del Lucho que se anda quedando dormido solo.
– Viejo – le susurré – ¿Cómo que tu hermano?
– Cállate Mati hueón – me respondió igual de bajo – no veí que pierdo puntos si estas socias cachan que tengo un crío de casi 30 años.
– Viejo, no sabí ni siquiera cuántos años tengo…
– Da lo mismo hueón – me respondió a un volumen casi imperceptible – no sé cuántos años tení, pero sé que te gusta lo mismo que a mí… Ahora ven pa acá y pásalo bien, que ya está todo pagado.
– Viejo, me llamaste para que yo pagara, ¿Recuerdas? Vine porque no tenías ni un peso.
– Mejor aún, así no lo vai a ver como plata perdida – dijo antes de acercarse nuevamente a las minas – ¡Ya cabras, que siga el hueveo! ¡Eh eh eh eh!

Qué le iba a hacer, ya estaba ahí… Dejé que mi viejo bailara solo con las minas, y me senté a tomar pisco puro. Le pedí a la esposa del flaco Lucho que me llevara hielitos y algo para picar, pero me mandó a la chucha y agregó que lo único para picar que obtendría esa noche iban a ser ladillas. Estaba bien. Ni un minuto pasó cuando tenía a una de las chicas sentada a mi lado acariciándome la pierna.

– Y tú, tan calladito que saliste – me dijo con un intento de voz profunda.
– Sí, ¿No les dijo mi… hermano… que yo era piola?
– ¿Tu hermano? Si sabemos hace rato que el viejo es tu papá, estuvo toda la noche hueviando con que iba a venir su hijo, y a medida que se iba curando empezó a decir “mi hermano”… Si no somos tan hueonas nosotras.
– ¡Ja! Mi viejo…
– ¿Y cómo te llamái lolito?
– Mati – respondí.
– Mati… ¿Y no me vai a preguntar mi nombre… Mati?
– Disculpa – le dije, tomándome mi vaso al seco – ¿Cuál es su nombre, señorita?
– Mi nombre es Yarittza… con dos T.
– Así veo…
– Tení la misma cara de caliente que tu papito, Mati… porqué mejor no nos dejamos de hablar y…

No terminó la frase cuando comenzó a besarme. La verdad es que me pilló de sorpresa y sólo me quedó dejarme querer. Tenía una lengua gruesa y larga, que definitivamente sabía cómo usar, y debo reconocer que disfruté ese beso, lo disfruté tanto como disfruté el sabor de su boca, su frescura, su suavidad… la Yaritzza me estaba haciendo sentir cosas que no sentía desde hace mucho, y eso me llevó a las nubes de inmediato.

Así estuvimos un buen rato, hasta que me dijo que la esperara, que debía ir al baño, pero que cuando volviera nos iríamos a un lugar más cómodo. Me serví el último vaso de pisco y llamé a mi viejo, que ahora estaba bailando boleros.

– Viejo, me tengo que ir… ¿Cuánta plata necesitái que te deje?
– ¿Cómo te vai a ir Mati? ¡Si la estamos pasando tan bien!
– Es que viejo, pinché con esa niña, la Yarittza…
– ¿Te comiste a la Yarittza?
– Es feo decirlo así – le recriminé – pero sí.
– ¡Mati hueón! – Me dijo poniéndose de pie con los brazos abiertos – ¡Estoy orgulloso de ti Mati! ¡Orgulloso de nosotros! ¡Ahora no compartimos sólo la misma sangre! ¡Ahora compartimos mucho más!
– ¿Qué hueá viejo? ¿De qué estay hablando?
– ¡Jaja! No me vai a creer Mati hueón, ¡Pero la Yarittza me la estaba chupando justo antes de que tu llegarai! ¡Y después le diste un beso! ¿Viste? ¡Ahora tienes una parte mía dentro de ti!

No es que le tenga asco a mi viejo, pero me salió un chorro de vómito tan fuerte, que incluso un poco le salpicó en la cara al flaco Lucho, quien seguía durmiendo sin cachar nada de lo que estaba pasando. Apenas me repuse tomé mi chaqueta, le pasé a mi viejo 40 lucas y me fui del lugar.

Hoy en la mañana mi viejo me llamó, muerto de la risa, para contarme que se había tirado a las dos minas y, lo mejor, que la esposa del flaco Lucho me había puesto de sobrenombre “El come quesillo”. A mí no me dio risa.

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