09 May

Capítulo 65: Vanessa

Desde que mis amigos dejaron de ser pendejos irresponsables y se convirtieron en aburridos dueños de casa, siempre han intentado emparejarme con la típica amiga solterona que sus esposas recomiendan para “alguien como yo”. Como nunca he estado de acuerdo con semejante cursilería, no les queda otra que hacerme falsas invitaciones a comer o a tomar sin avisarme que, una vez más, todo se trata de una encerrona, “¡Oh! ¡Justo acaba de avisar mi comadre que se unirá a nuestro carrete!” Escucho una y otra vez, “¡Ay, se me ocurrió una idea genial! ¡Tengamos una cita doble pues! Te va a encantar ella Matías, si son tal para cual, y tienes que aprovechar porque el pololo la dejó por otra hace poquito y la pobrecita anda buscando el amor nuevamente ¡Si te la juegas bien, ése podrías ser tú! Aunque “jugársela” es mucho decir, igual mi amiga está vulnerable, es media maraca y en estos momentos se casaría con el primer hueón que se le cruce, ¿Qué te parece, a ver?”. Una paja la hueá, así he conocido a las minas más locas, bipolares, histéricas y sicópatas que han nacido en este lado del mundo… y también a la Vanessa.

A la Vanessa me la presentó el cabezón Rubén hace unos tres años por recomendación de su pareja de ese entonces, la loca Malú. Debo destacar que el cabezón Rubén cambia de novia cada seis meses, y a cada nueva conquista le mete en la cabeza eso de “busquémosle una polola a mi amigo Mati, una de tus amigas podría ser… esa bien tetona que me mostraste el otro día” con la única intención de agregar posteriormente “oye, le ha ido bien al Mati con tu amiga ah… podríamos salir a comer todos juntos la próxima noche… tomar algo… y después armar una fiesta swinger entre los cuatro, ¿Te tinca o no, mi amorcito?”. Por eso lo pasan pateando al cabezón culiao, si piensa con la corneta más que con el cerebro, aunque con la Vanessa su plan jamás le hubiese dado resultado porque, desde que cruzamos nuestras primeras palabras, jamás la vi como una posible conquista, todo lo contrario, la mina era demasiado bacán como para pololeársela, y eso me hizo sentir hacia ella la misma simpatía que uno siente por un mejor “amigo”, así mismo, con “o”, porque la Vanessa escapaba de todos los estereotipos de mujer soltera dispuesta a una cita a ciegas que había conocido hasta esa época: hablaba con total desparpajo, y a punta de chuchadas, sobre todo tipo de temas; tomaba Báltica directo de la botella en cualquier momento y en cualquier lugar y, lo mejor de todo, no estaba loca ni daba indicios de poder estarlo algún día. Sin dobles intenciones la invité a salir muchas veces, fue mi partner en varias tocatas, carretes rancios y una que otra visita al teatro, podía conversarle de todo mientras la encaminaba a su casa y nunca se dio entre nosotros aquella tensión sexual que caga todas las amistades entre hombres y mujeres. Hasta que me contó que se iría a vivir a Iquique. Y es que puta, la noticia me conmovió, mi compañera de tantas se marcharía quizás para siempre y, en un acto que no sabría cómo explicar, me aventuré a darle un beso tierno a modo de despedida cuando la fui a dejar al terminal. La cuchara igual me latió rápido en aquel instante, debo reconocerlo, y el fenómeno se acrecentó cuando sentí que mi amiga respondía a mi gesto amoroso acariciando su lengua con la mía. Finalmente nos miramos, sonreímos, nos dimos un último beso y dijimos adiós sin saber por cuánto tiempo estaríamos alejados, ella se subió al bus y yo tomé un taxi hasta la casa de mi viejo, donde me curé junto a él tres días enteros con el único fin de pasar las penas. Y sería todo.

Durante los años sin vernos mantuvimos cierto contacto vía Facebook y, en algunas ocasiones especiales, como nuestros cumpleaños o festividades, ella me llamaba y nos poníamos al día sobre nuestras vidas. Durante todo ese periodo, creí que el cambio de ambiente la había sensibilizado: ya no era la chica ruda de antes, ahora hablaba de forma más suave, más cocoroca, se reía ante cada chiste malo que le contaba, se preocupaba de demostrarme su afecto a cada instante y siempre, ¡Siempre! Se despedía con un “¡Besitos, te quiero mucho!” Que igual me descolocaba un poco porque, querámoslo o no, el paso de los años y la lejanía son factores que debilitan cualquier amistad, por muy fuerte que ésta sea, y, es más, aunque me avergüence decirlo, ni siquiera fui capaz de reconocer su voz la fatídica madrugada en la cual me llamó porque quería “despertarme con una sorpresa que me haría feliz”.

– ¿Cómo estái, mi lindo? ¿Acaso no te alegras de escuchar mi voz?
– Sí Vane, obvio que me alegra… pero estoy raja.
– ¡Ay que eres tontito! Ya po, pregúntame cuál es la sorpresa que te tengo.
– ¿Cuál es la sorpresa que me tienes?
– Adivina.
– ¿Te vas a casar?
– ¡Ay Matías! ¡Qué eres loco, me das risa! Aunque ojalá fuera eso, estoy esperando hace rato la propuesta y no pasa na’ po, jajajaja, ¡Uy, la media indirecta!
– Bueno, ¿Y entonces?
– ¡Me devuelvo a Santiago, Matías!
– ¿En serio? Qué bacán.
– Sabía que te pondrías feliz.
– Sí, obvio, podríamos hacer algo para darte la bienvenida; tomarnos algún traguito, no sé.
– Eso está más que claro, tontito, si apenas llegue lo primero que haré será ir a tu departamento para que nos pongamos al día, ¿Qué tal?
– Puta, la raja, te estaré esperando.
– Lo sé lindo. ¡Ya, te dejo dormir para que no te pongas gruñón! Un besito, te quiero mucho.
– Dale, igual.

Y el día llegó. Tocó el timbre de mi departamento la noche de un sábado, me saludó con un abrazo tremendo y un tímido beso en mi sorprendida jeta. Bueno, será, a lo mejor se le corrió la cara, pensé. Antes de conversar de cualquier cosa, me dijo que entraría al baño a ducharse, “vengo agotadísima y necesito despejarme. Mientras tanto tú podrías entrar mi mochila y sacar mis cosas”, agregó.

– Bien grande la mochila ah… ¿Qué onda? ¿Vienes recién llegando? ¿No pasaste donde tus viejos antes?
– ¡No po Mati! ¿Para qué? – Me respondió gritando desde la ducha – ¡No podía esperar más!
– Ah… ¿Y qué andas trayendo?
– Nada en especial, ropa, cremitas, cosas de mina.
– ¿Ropa?
– Sí, sé que es poquito, pero no te asustes, el resto de mis pertenencias me llegarán mañana en un camión de mudanzas, así que me tienes que ayudar a desempacar.
– ¿Qué? ¿Que te ayude a qué? – Le consulté confundido.
– A desempacar po mi amor, o sea, puedo perdonar que hayas olvidado nuestros aniversarios y que seas tan frío cuando te llamo, pero mínimo que me ayudes alguna vez en algo, ¿O no, mi vida?

Conchemimadre, pensé, será posible que… Conchemimadre… Fui corriendo al balcón y, discretamente, saqué mi celular y llamé al cabezón Rubén.

– Aló, cabezón. Oye hueón, está la Vanessa acá.
– ¡Buena Matías! ¡Échale una por mí!
– ¡No se trata de eso, hueón! Sé que va a sonar raro… pero parece… puta, parece que esta loca piensa que estamos pololeando.
– ¿Qué hueá estái hablando, Matías? Pero si ustedes son pololos po. O al menos así lo tengo entendido yo.
– ¡Qué! Pero cómo se te ocurre cabezón, si incluso me hay visto pinchando con otras minas desde que la Vane se fue, ¿Cómo vamos a estar pololeando?
– Puta, pensé que la cagabai po, ¿Qué tanto?
– ¡Hueón, pero qué onda! ¡Si sólo nos dimos un beso!
– Chucha, ¿No te conté?
– ¿No me contaste qué?
– Puta… creo que debí haberte dicho antes, ¡Pero pensé que estabai enamorado po hueón! No es culpa mía, si voh te la viviai saliendo con ella…
– ¡Habla luego, pedazo de saco’e hueas!
– Lo que pasa que la Vanessa es más loca que la cresta. Está obsesionada con el matrimonio, con lograr la vida en pareja, y basta con que un hueón le demuestre un poco de afecto para que la loca se pase películas con el futuro y quiera amarrarlo para siempre a su lado. Por eso la patean a cada rato a la pobre.
– ¡Y por qué me presentaste a una mina así, cabezón reculiao!
– ¡Porque igual está rica y creí que la Malú me iba a dejar hacer la fiesta swinger que llevo años esperando! Pero me fue mal po… bueno, voh sabí.
– ¿Y qué hago ahora, hueón? Está en la ducha, y creo que tiene intenciones de venirse a vivir conmigo.
– Ándate con cuidadito ahí, escuché una vez que la loca se enojó tanto con un hueón que la pateó que, de la pura rabia, le ofreció sexo de despedida para puro morderle un coco.
– ¿Y entonces? ¿Qué cresta puedo hacer?
– Nada.
– ¡No me hueí po cabezón! ¡Dime algo! ¡Dame alguna solución!
– Puta Matías, ¿Qué querí que te diga? Bienvenido al mundo del pololeo no más po, te felicito.

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