09 May

Capítulo 69: El cumpleaños de mi viejo, 2015 (parte 1).

Sábado 25 de abril.
Celebración del cumpleaños de mi taita
Parte 1.

Participantes del hueveo: Mi viejo, obviamente. Éste será el primer cumpleaños, desde su separación, que celebrará sin pedir la compañía de una puta como regalo, simplemente porque su actual pareja es una ex puta que le prohibió invitar a otras putas que no fueran las putas de su confianza. Pese a todo igual está feliz, al fin las quemaduras de su corneta terminaron de sanar y, según la opinión del médico, puede volver a meterla en cualquier orificio sin miedo a que se le caiga a pedazos; la hermana Luna, la actual pareja de mi viejo quien, desde que vive en la casa de éste, se ha dedicado a llevarlo aún más a la perdición. Lo convenció de sacar todos cachureos de la que hasta hace poco tiempo había sido mi pieza, todo con el fin de instalar un clandestino de mala muerte y llenar la casa de potenciales clientes (básicamente, borrachos que buscan curarse y afilar con lo que se mueva); el flaco Lucho, dueño de la botillería más rancia del barrio, la cual fue, además, fachada de un glorioso clandestino hasta hace sólo un par de semanas. Lamentablemente tuvo que cerrarlo por un problema con unas boletas que nunca terminé de entender; el Chico Maicol, dueño de la farmacia-clandestino más connotada del pasaje. Es conocido por ser fome y medio hueón, pero insistieron en invitarlo para que llevara una caja de Clarimir, “aquella sustancia más conocida en la calle como Wladimir”, según cuentea mi progenitor, porque jura que las dichosas gotitas son una nueva droga para volarse por los ojos; el cabezón Rubén, mi gran amigo de infancia. Caliente, degenerado e incapaz de mantener una relación estable. Hace años está obsesionado con vivir una fiesta swinger, pero jamás le ha resultado. Mi viejo es como un ídolo para él; Oye, la polola del cabezón Rubén. Nadie sabe cómo se llama ni qué hace, pero ya nos acostumbramos a decirle, simplemente, “Oye”; el pelao Ulises, otro amigo de infancia, también conocido como “el Raquelita” debido a que cree punky, pero se casó y se puso macabeo, conformista y mamón. Vivió en mi departamento luego de dejar a su esposa y volverse punky nuevamente. Durante semana santa se lo afilaron por primera vez… todos creemos que le gustó, pero él jura de guata que no (aunque por atrás se le hace agua el poto); Tomás, el hijo del flaco Lucho, también conocido como “la Gonzala Cáceres” debido a que es más afeminado que una primavera sin alcohol. Me quiso dar como caja en algún momento pero, gracias a dios, me cambió por el Pelao Ulises; otros participantes son el “Toperol”, el perro de mi viejo que se viola todo a su paso; la “Cholga”, la gata de la hermana Luna que es tan caliente como su dueña; un montón de viejos chicheros, unas putas amigas de la Luna y, finalmente, yo, el hueón.

Todo lo relatado a continuación fue recreado en base a recuerdos borrosos, apuntes registrados en una vieja libretita y frases sueltas que anoté en diversos trozos de papel higiénico (tanto limpios como usados). Comencemos.

11:00 p.m.

Hace poco más de 24 horas me hicieron “La mascada del cocodrilo”, que es algo así como “La mirada del cocodrilo” pero con algunas pequeñas variantes. La más importante, creo yo, es que “La mascada del cocodrilo” busca dar más dolor que placer y, por lo general, la ejecuta una mina mentalmente inestable, así como la Vanessa, mi supuesta ex, quien no encontró nada mejor que morderme un coco hasta casi sacármelo para darme a entender que nuestra relación llegaba hasta ahí. Un día ha pasado y aún no logro diferenciar entre las manchas rojas que son de sangre seca y las que son de lápiz labial, pero al menos logré conseguirme una silla de ruedas para salir de mi confinamiento e intentar rehacer mi vida.

Según me avisaron, la celebración de mi viejo comenzaba a eso de las doce de la noche. Eran las once y yo aún estaba tirado en el centro buscando a algún taxista bondadoso que se diera la paja de llevarme a mi cercano destino. Como ni un conchesumadre se paleteó, empecé a pasearme en silla de ruedas por la calle San Diego, relajado, haciendo la hora sin prisa alguna, tanto así que me di el tiempo de pasar a tomarme un par de piscolas en un boliche de confianza, donde me quedé pegado conversando con un histriónico estudiante de teatro que, extrañamente, hablaba puras hueás.

– Y como te iba diciendo, Isaías…
– No me llamo Isaías – lo interrumpí – es “Matías”… pero dime Mati.
– Isaías, Elías, Matías, ¡Da igual! Matías, vivías, sufrías… ¡Sufrimiento! La vida misma… ¿Y qué es la vida, qué es el placer, qué es el dolor? Dolor… ¿Sientes dolor porque un artista, con su sensibilidad a flor de piel, no puede recordar qué cartel te colgaron en tu bautizo? ¿Tanto le importa eso a tu alma errante? Los nombres no son más que una chapa, un código de barras que este ganado llamado sociedad te ha dado para ilusionarte con la vaga idea de la individualidad. Lo que importa realmente es ser capaces de desprendernos de toda etiqueta, ser almas volátiles al servicio de la creación… ¿Entiendes lo que digo, amigo inválido?
– No, te dejé de pescar a la tercera palabra, y tampoco soy inválido, sólo me duele mucho un coco…
– ¡Dolor! ¿Qué es el dolor? Dolor traidor, dolor sanador, dolor liberador…
– ¡Y entonces! – lo interrumpí nuevamente antes de que se pusiera a improvisar otro monólogo latero – ¿Quieres ser actor, cierto?
– ¡Ja! Otra vez con lo mismo, mi amigo. Yo no me encasillo en nada, compréndelo, a veces soy un payaso jocoso, otras un avezado malabarista, a ratos puedo ser el mejor poeta de las cosas simples o, sencillamente, me puedo transformar en un mimo melancólico… hoy en día los actores solo buscan reconocimiento, fama, dinero, yo busco algo más profundo…
– ¿La dura erí payaso? A mi viejo le encantan los tonys, y justo hoy está celebrando su cumpleaños y no tengo nada para llevarle… ¿Sabí? Te doy una luca y media a cambio de que vayamos a su casa ahora mismo y le hagas tu show.
– Dos lucas.
– Luca seiscientos y con derecho a dos latas de Báltica, pero sólo si te dejai de hablar tanta hueá junta.
– Hecho.
– Ya, me tomo la última piscola y nos movemos… ya son las once y media.
– Error, mi querido amigo, mi reloj de bolsillo me indica que tu celular se volvió loco. Son las doce y media.
– ¿La dura? Déjame ver… ¡Mierda! Ya, apurémonos hueón, dejemos la silla de ruedas acá no más, pero voh me tení que ayudar a caminar.
– De acuerdo mi amigo… Pero por favor, no me digas más “hueón” o “voh”, llámame por mi nombre artístico.
– ¿Y ése cuál sería?
– “El Payaso Chispita”, ¿Te gusta? Es porque hago magia con fuego, ¿Querí ver?
– Déjalo para después, por ahora sólo necesito que me hagas el favor de tomar estas lucas e ir a pagar la cuenta, mientras tanto yo me intentaré poner de pie para ir a parar un taxi. Dale, ayúdame…
– ¡Si usted paga, mi amigo, al Payaso Chispita no le queda más que obedecer!
Salí caminando apenas del local, pero era un sacrificio que tenía que hacer. De todos modos el efecto de las piscolas me sirvió como anestesia para apaciguar el dolor, aunque lo más curioso fue escuchar, dentro de mi borrachera, como los parroquianos del lugar me aplaudían y gritaban “¡Es un milagro! ¡Puede caminar! ¡Llamen a don Francisco y cuéntenle que el trago de este bar cura todos los males!”. Bueno, en parte era verdad.

01:00 a.m.

Llegué a la fiesta con el Payaso Chispita justo cuando se daba inicio al primer escándalo de la noche. O algo así. Resulta que, para la inauguración del clandestino de mi viejo con la Luna, al cual bautizaron herejemente como “El Santo Sepulcro”, se armó una mocha épica entre la Gonzala Cáceres y una puta de unos 60 años que, si bien era flacuchenta y estaba desdentada, resultó ser tremendamente rápida y agresiva. En esa ocasión todos hicimos un círculo alrededor de los contrincantes con la intención de detenerlos pero, al notar que ambos le ponían talento a la hora de tirar cornetes, comenzamos a alentarlos y, consecuentemente, a apostar por nuestro favorito. Finalmente el triunfo se lo llevó la Gonzala, aunque, siendo razonables, no ganó gracias a su juventud o a su fuerza, sino porque le mordió una teta a la vieja y ésta se taimó y se fue a la chucha. Bueno, en esta ocasión la pelea estelar fue un poco distinta ya que, según me contó el pelao Ulises, todo empezó porque la Cholga, fiel a sus malas costumbres de gata mimada, llegó con un tremendo guarén de regalo para la hermana Luna y, como siempre, se lo dejó sobre la almohada de mi viejo, sin cachar que este hueón del Toperol, también fiel a sus malas costumbres de perro caliente, estaba mirando todo con la lengua afuera y, apenas la gata se bajó del catre, no se le ocurrió nada mejor que ir a montarse arriba del roedor y puta… la Cholga no se la perdonó. Yo he presenciado hueás cuáticas en mi vida, en serio hueás muy cuáticas, pero ver a la Cholga intentando rasguñar al Toperol, mientras este último esquivaba los manotazos para responderle con feroces punteos, fue una experiencia que superó todos mis límites. Las apuestas no tardaron en aparecer, la mayoría de los espectadores le iba a la Cholga, debido a su salvajismo y viveza, aunque el hecho de que el Toperol sólo buscara violársela (con nulos resultados) también fue un factor a considerar a la hora de sacar las lucas. En eso estábamos cuando este saco hueas de Payaso Chispita, alumbrado como él solo, saltó al medio de la mocha buscando ser el centro de atención y, sin pensarlo demasiado, se arrodilló frente a la Luna, sacó un pañuelo de su chaqueta y le prendió fuego esperando que la hueá se convirtiera en una rosa luego de apagarse… cosa que nunca sucedió porque, apenas la Cholga vio la llama en manos de este ser extraño que se reía como loco y sin motivo aparente, se le lanzó encima y le puso unos rasguños en todo el rostro buscando defender a su ama. A lo único que atinó el pobre Chispita fue a cubrirse la cara con ambas manos, pero al ahueonao se le olvidó apagar el pañuelo, por lo mismo el fuego le comenzó a quemar la chaqueta y, apenas atinó a tumbarse en el piso producto del dolor y la desesperación, el degenerado del Toperol se le tiró encima para afilárselo así tal cual estaba: con ropa, incendiándose y gritando como demente. Menos mal reaccionamos rápido y logramos apagarlo antes de que ocurriera una desgracia, yo tomé una botella de pilsen y se la vacié entera sobre las incipientes llamas, mientras otros curaos, no dispuestos a desperdiciar ni una sola gota de alcohol (entre ellos mi viejo), sacaron sus cornetas y comenzaron a orinarlo de arriba a abajo.

– Llegaste Matías – me dijo mi viejo aún meando.
– Sí papá, disculpa la tardanza…
– No te preocupí… Tú trajiste a este payaso, ¿Cierto?
– Puta, sí viejo… se suponía que era tu regalo, pero se arruinó.
– Hijo… – me dijo sonriendo mientras se la sacudía – éste es, por lejos, el mejor regalo que he recibido en mi vida.

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