09 May

Capítulo 7: El cyber del tío Pato.

Para la navidad del 2002 mis viejos hicieron una tregua momentánea para unir fuerzas y comprarme mi primer computador. Habían pasado 3 años desde su separación, y yo aún no era capaz de superarlo. Como no se hicieron el tiempo para llevarme a sicólogos, cortaron por lo sano y comenzaron a comprar mi cariño con regalos de todo tipo. En aquella época el mejor amigo de mi papá vivía del creciente rubro computacional, así que él fue el encargado de armarme un equipo a la pinta, “y si el cabro quiere meterse a internet”, le dijo a mi mamá, “que venga a mi cyber no más, usted tráigalo a la hora que sea”… “Gracias tío Pato”, le decía yo, “le diré a mi mami que me traiga después del trabajo”.

En ese tiempo yo no lo sabía, pero el fetiche de mi madre era tirar sintiendo el peligro de ser descubierta. La verdad es que con mi viejo jamás la pillé, pero con el tío Pato ¡Uf! Más veces que la cresta, y la primera fue, justamente, en su cyber. El lugar era más bien pequeño, tenía 6 cabinas privadas, cada una con un computador en extremo lento y que aún no pasaba del Windows 98. Por lo general mi mamá me llevaba de noche, y el tío Pato me invitaba a ocupar la cabina número 1 porque, según él, tenía el equipo más rápido. Una noche, mientras buscaba niñas para chatear en mIRC, sentí ruidos extraños que venían desde la cabina número 6, “el tío Pato debe estar viendo porno”, me dije, y de puro caliente (hijo de tigre) comencé a toquetearme al ritmo de los jadeos femeninos que a cada segundo se hacían más intensos. Pero llegó un momento en el cual las cosas se salieron de control, las paredes de las cabinas comenzaron a tiritar y no me quedó otra que ir a ver qué onda, “al tío Pato le debe estar dando un infarto por culpa de la porno”, pensé inocentemente, pero no, nada de eso, asomé la cabeza en su cabina… y ahí tenía a mi sagrada madre, con las manos atadas con el cable del mouse y saltando desaforada encima de él, y lo único que atiné a pensar fue que me estuve macaqueando como nunca al compás de los gemidos de mi vieja.

Si a mí no me gustó el descubrimiento, imagínense a mi viejo.

–   ¡Él era mi mejor amigo Mati hueón! – Me dijo al borde del llanto – ¡Me quiero matar! ¡Pero primero lo voy a matar a él! ¡Pato culiao!

–   ¡Viejo córtala! – Le reclamé – Vi a mi mamá en pelota tirando con un hueón, y ahora salí con que te vai a matar, ¡Por qué nadie me pregunta a mí cómo estoy! ¡Tengo 16 años y nadie me ha preguntado cómo me siento con todo esto!

–   Hijo, vo´ erí joven, se te va a olvidar, así funciona el cuerpo humano… yo ni me acuerdo de las cosas que me pasaban a esa edad.

–   Papá, eso es porque el copete te atrofió el cerebro.

–   ¡No seai sin respeto Mati hueón! – respondió enojado – ¡Y con el Pato por la chucha! ¿Cómo puede estar comiéndose al Pato? ¡Si ese hueón la tiene más chica que yo! ¡Tú se la viste po Mati hueón! ¡Mírame la mía, es más grande, mira!

–   ¡Viejo súbete los pantalones por la chucha!

–   ¡Apóyame hijo! ¡Apóyame en este momento difícil! ¡Lo necesito!

Realmente el viejo estaba devastado, si no lo ayudaba ahora iba a terminar tocando fondo… Aunque nunca supe qué le dolía más, si el haber perdido a mi mamá definitivamente, o que se estuviera emparejando con su mejor amigo.

–        Bueno viejo – le dije – te daré en el gusto… sácala…

–        Gracias Mati hueón, no sé qué haría sin ti – me dijo mientras se bajaba los pantalones – ¿Y? ¿Quién es más hombre? ¿Yo, o ese hueón?

–        Tú viejo, por lejos tú – le mentí.

De inmediato su cara cambió, la pena se fue de su rostro y se le infló el pecho automáticamente.

–          ¡Ya mierda, no más lamentos! ¡Vamos al toples del negro Fidel ahora mismo! ¡Tengo que echar a andar esta tremenda herramienta, mira que entre más hablamos más tiempo valioso está perdiendo!

–          Viejo, no me dai plata desde hace meses, ¿Y querí que vayamos a un toples?

–          Tranquilo tú, el negro Fidel me hace rebaja los días de semana… ¡Y además tení que puro mirar a otras minas en pelota Mati hueón! Para que te saquí la imagen de la guatona de tu mamá de la cabeza.

–          No es una linda forma de tratarla… pero quizás tengas razón.

–          ¡Obvio que tengo razón, Mati hueón! ¡Obvio que tengo razón!

No tenía razón.

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