09 May

Capítulo 70: El cumpleaños de mi viejo, 2015 (parte 2).

Domingo 26 de abril.
Celebración del cumpleaños de mi taita
Parte 2.

02:00 a.m.

 

El cabezón Rubén tiene a mi viejo en un altar. Lo idolatra más que a cualquier personaje heroico del que haya leído o escuchado, lo idolatra más que a Superman, más que al Che, más que a Ron Jeremy y me jura, con una mano en el corazón y la otra en la corneta, que esa ranciedad superlativa es el estilo de vida que ha decidido seguir, “¿Cómo que estoy loco Mati hueón?” Me pregunta cuando lo reto por tener un ídolo tan decadente, “piénsalo bien: tu viejo trabaja en lo que quiere y cuando quiere, huevea todos los días, manda a la chucha a las viejas cahuineras que lo miran feo, se agarra a las medias guachas y no le importa lo material ni tampoco el mañana… ¡Si ni siquiera se ha preocupado de ahorrar para dejarte una herencia po Mati! ¿Cómo no lo voy a admirar?”. Ese toque.

Por su parte, mi papá le encuentra cierta chispa al Rubén, aunque cada vez que puede lo huevea diciéndole que le quiere levantar a la polola de turno, y todo porque éstas siempre tienen las principales características que busca mi viejo en todas las mujeres, es decir, que respiren y que, por supuesto, tengan pulso.

El cabezón llegó al cumpleaños poco después de la media noche junto a Oye, su nueva y enigmática pareja. Para nadie es sorpresa que este hueón no sabe nada de Oye, pero hace una semana, y gracias a la accidentada cita doble que tuvimos en mi departamento, descubrió lo único que le podría interesar a un tipo tan caliente como él: la cabra está dispuesta a pegarse un swinger sin problema alguno, el sueño de toda la vida del cabezón se estaba por cumplir, sólo bastaba encontrar a la pareja indicada y después todo sería sacarlo y ponerlo en la máxima cantidad de hoyos posibles.

Mi viejo estuvo aproximadamente tres meses sin usar la corneta… aunque, siendo riguroso, debo decir: “sin usarla como a él le hubiese gustado usarla”, porque de que afiló, afiló, pero casi se le cae a pedazos la hueá por andarla sacudiendo sin que las quemaduras se le sanaran del todo. Hoy la espera llegó a su fin, todos lo teníamos claro y, por lo mismo, la mayoría de los regalos que le llegaron apuntaban a su retorno a las pistas: la hermana Luna le llevó un anillo vibrador (el hueón huaso se lo puso en el dedo), el flaco Lucho le obsequió una caja de Viagra, el pelao Ulises se rajó con la tremenda torta con forma de pichula y el cabezón Rubén, siempre intentando sorprenderlo con algo novedoso, le regaló una bolsita que contenía un montón de frascos, sachets y botellitas de encendidos colores. Debo reconocer que al principio no supe de qué se trataba, pero menos mal no fui el único en quedar metido.

– ¿Qué son estas hueás cabezón? – Consultó mi viejo – No me digai que son desodorantes, la hueá penca, no veí que a la Lunita le gusta que ande hediondito yo, así, igualito a ella.
– ¡No po tío! ¡Jaja! ¿Cómo se le ocurre? – Se defendió todo nervioso el cabezón – Mire, estos son puros geles lubricantes, ¿Vio? Para que los use en la intimidad pues, usted sabe.
– ¿Qué estai queriendo decir sapo culiao? – Interrumpió la hermana Luna – ¿Estai insinuando que yo tengo el mariscal sin caldo? ¿Ah?
– ¡No doña Luna! Por favor, no se confunda… mire, estos lubricantes los usan las parejas para jugar más que nada, para pasarlo mejor, salir de la rutina y ampliar la mente.
– ¿En serio? – Preguntó mi viejo – ¿Y por qué acá dice “Con sabor a plátano”? Cacha este otro, dice “Con sabor a frutilla”… ¿Se los puedo echar al pan o no? Mira que con los bajones de Wladimir me piteo un sobre de mermelada al día, y después la pobre Lunita no tiene que comer y me pega chirlitos en los cocos como castigo….
– Pero tío, no mire en menos mi regalo pue, si se lo traje con cariño para que los use, en serio no se arrepentirá… además, nunca es tarde para probar cosas nuevas, quién sabe, a lo mejor le queda gustando y después quiere ir más allá, así como yo con mi polola, ya hemos hecho de todo, bueno… casi de todo ¿O no Oye?
– Sí po tío, aunque nos está faltando una pura cosita… – Respondió Oye con un tono notoriamente coquetón.
– ¿Ah sí mijita? ¡Eso le pasa por andar con cabros chicos pue! Una mujer como usted tiene que estar al lado de un hueón macho, maduro, experimentado, así como yo…
– ¿Te estai joteando a esta pendeja chuchetumare? – Reclamó la hermana Luna.
– No mi Lunita, ¿Cómo se le ocurre? Sólo quería saber cuál era esa “cosita” que le falta a esta niña y que la tiene tan triste.
– Hacer un swinger – respondió Oye sin siquiera arrugarse – el otro día estuvimos casi casi, pero algo le pasó al Mati y se terminó echando para atrás el muy maricón.
– ¿Cómo que “algo me pasó”? ¡Me mordieron un coco! Además que no estoy ni ahí con intercambiar parejas, yo estoy buscando algo más sincero, algo como…
– ¡Cállate Mati hueón! – Me gritó mi viejo – ¿Me están diciendo que un “swinger” es un intercambio de parejas? ¡Por la conchemimadre! ¡Siempre el hueco del Pato me decía que hiciéramos un swinger cuando aún no nos separábamos de nuestras esposas, y yo, el ahueonao, le decía que no porque pensaba que la hueá era un estilo de baile! ¡Y puta, yo no bailo hueás raras po, pura cumbia y corridos no más!
– Que erí ahueonao – le dijo la hermana Luna – aparte, ¿Qué tanto color le dan? Jugar a las cambiaditas es como un deporte para mí… Si quieren le damos al tiro, espérenme en la pieza mientras me lavo la resbalosa y se acabó el hueveo.
– ¿Qué hueá Lunita? ¿Es en serio? – Preguntó mi viejo con una sonrisa enorme.
– Sí po almácigo de hueas, ¿Acaso me viste care´chiste?
– Yo me apunto – dijo Oye.
– Voy a afilar junto a mi ídolo, qué honor… – Susurró para sí mismo el cabezón Rubén.
– ¡No por la chucha! ¡No no no no no! – Agregué yo.

Mis palabras no hicieron mella en el cuarteto de calientes. Le hermana Luna fue la primera en entrar a la pieza, sacó el guarén de la almohada y lo tiró debajo de la cama por si la Cholga se aburría, y la siguió de inmediato la Oye, quien, tal como la otra vez, se quitó la blusa para ir a la guerra con las tetas al aire de una. El cabezón Rubén me miró con cara de culpa y me dijo al oído “lo siento Matías, es mi sueño, deberías apoyarme”, “no importa hueón”, le respondí, “sólo espero que no te arrepintai después, no sabí con la chichita que te estay curando”. Mi viejo lo tomó del hombro y le guiño un ojo, ya era hora de partir.

– Después de usted tío.
– Gracias cabezón, se nota que eres un cabro muy educadito.
– Es que yo a usted lo admiro mucho, no sabe cuánto.
– Me imagino cabezoncito, no es para menos, sé que para muchos soy un ejemplo, aunque no me lo digan.
– Estoy seguro de que es así tío… Ya, ¿Entremos? Las chiquillas nos están esperando.
– Sí cabezón, entremos… pero antes, cuéntame algo…
– Sí tío, pregúnteme lo que quiera.
– Voh cabezón… ¿Sabí tocar algún instrumento? ¿Sí? ¿Y cachai como se toca un trombón?

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